Dicen de él que es un maldito, un genio,
un marginal glorioso que vivió al borde
del abismo y regresó para escupirle al
mundo su verdad. Fue yonkey, fue
leyenda, fue deseo prohibido en una
España que no estaba lista para él.
Eusebio Poncela no pidió permiso, rompió
las reglas, quemó las etiquetas y dejó
cicatrices en el cine, en el teatro y en
la vida. Hoy, a sus casi 80 años sigue
siendo un huracán silencioso, imposible
de detener. Quédate porque lo que vas a
descubrir no es solo la historia de un
actor, es el retrato de una revolución
con nombre y apellidos. ¿Qué destacarías
de Eusevio Poncela? Comparte tu opinión
en los comentarios y participa en el
debate. Desde las entrañas de un barrio
obrero de Madrid llamado Vallecas nace
un niño que no tarda en demostrar que
está hecho de otra pasta. No se
conforma, no se somete, no encaja, es
puro nervio, puro fuego. Se llama
Eusebio Poncela. Y aunque aún nadie lo
sepa, está destinado a sacudir los
cimientos del cine, el teatro y la
televisión en España. Su infancia no es
fácil. Escapa de casa más de una vez. es
expulsado de ocho colegios y en casa el
aire está cargado de cicatrices
invisibles. Su padre, un socialista
culto, arrastra la derrota de haber
luchado en el bando equivocado de una
guerra que lo dejó deshecho. En medio de
todo eso, Eusebio ya tiene claro quién
es y, sobre todo lo que no está
dispuesto a ser. Desde los 3 años dice
que quiere ser actor y no
miente. Participa en funciones escolares
y se forma en la Real Escuela Superior
de Arte Dramático. Su cuerpo y su voz se
convierten en instrumentos afilados,
listos para romper la hipocresía y la
rigidez de la escena española. Su debut
profesional llega con Mariana Pineda
junto a María Dolores Pradera y pronto
se consolida en montajes como Romeo y
Julieta Omarsade, dirigido por Adolfo
Marcillac. En el teatro encuentra su
verdad, su espacio natural, su refugio.
No actúa para gustar, actúa para ser.
Durante los años 70, Poncela alterna
teatro con cine y televisión. participa
en Estudio 1, viaja a Londres, París,
Nueva York, y se va ganando una
reputación. Es brillante, sí, pero
también es difícil. No se deja manejar.
Rechaza papeles comerciales, desprecia
la fama fácil y se va creando un aura de
actor marginal, insumiso, irrepetible.
Es el tipo de intérprete que incomoda a
los productores, pero fascina a los
directores valientes. Todo cambia en
1979. Ese año marca un antes y un
después. Poncela protagoniza Arrebato,
la obra maestra de Iván Zulueta. Una
película hipnótica experimental donde se
funden el cine, la adicción y el deseo.
Eusebio interpreta a un director
atrapado por la heroína y la línea entre
el personaje y el actor comienza a
desdibujarse porque en la vida real él
también empieza a caer en ese abismo. La
heroína entra en escena silenciosa y
letal y transforma su casa en Madrid en
un infierno parecido al de Kid Richards
según sus propias palabras. Pero antes
de desaparecer, Poncela deja golpe sobre
la mesa. Operación Ogro, dirigida por
Yillo Pontecorbo, donde interpreta a un
miembro de ETA en una cinta que remueve
conciencias por retratar el asesinato de
Carrero Blanco. El actor se convierte en
un símbolo de un cine político,
arriesgado, sin
concesiones, pero mientras en pantalla
brilla, por dentro se va apagando. En
esos años oscuros, Poncela se convierte
en una víctima más de la heroína. España
no está preparada para entenderlo. No
hay comprensión, solo estigma, solo
rechazo. Se le ve como aú paria, un
problema, un actor incómodo con un
talento que asusta y una vida personal
que espanta. Así que toma una decisión
radical. Huye del país. Se marcha a
Argentina, Ausuaya, la ciudad más
austral del planeta. Allí, en medio del
frío y el silencio, comienza a
desintoxicarse por su cuenta. No pisa
una clínica, no sigue un programa, lo
hace a su manera, solo como siempre, y
lo consigue. Eusebio Poncela sobrevive,
se limpia y renace. En esos años lejos
de España encuentra también otro modo de
expresarse. La pintura descubre un
placer nuevo, una forma de crear sin
tener que
exponerse, pinta, camina, respira, vive.
Y cuando menos lo espera, el cine vuelve
a llamarlo. Es Adolfo Aristarain, que lo
quiere para un papel que marcará su
regreso por todo lo alto. Dante en
Martín Hche, ese personaje pansexual,
inteligente, brutalmente libre, parece
escrito para él y su frase hay que
follarse a las mentes se convierte en un
manifiesto. Una declaración de
principios, una cachetada a una sociedad
anquilosada. Con Cecilia Roz lado,
Poncela demuestra que no solo ha vuelto,
ha vuelto mejor que nunca. Pero la
gloria no le interesa, nunca le ha
interesado. Cuando lo invitan a
entrevistas, no suaviza nada. Dice lo
que piensa, sin filtro. La política le
parece una farsa, un bucle. La cultura
oficial le da urticaria. Se define como
anarquista emocional y ni la vejez lo ha
domado. Tiene 80 años, según dice
Wikipedia, porque él nunca lo confirma,
pero se le ve fuerte, entero con esa
belleza inquebrantable que el tiempo no
ha logrado borrar. Rechaza trabajos en
cine y no le parecen relevantes. Se
refugia en el teatro, donde su alma
encuentra sentido y aún hoy, en pleno
siglo XXI, sigue actuando. Sigue dejando
al público de pie, aplaudiendo arabiar.
Como en el beso de la mujer araña, donde
interpreta a Molina una figura ambigua,
carnal, necesaria. El público lo adora,
lo espera en la puerta, le grita bravo
con los ojos llenos de emoción y él como
siempre solo sonríe, recoge su abrigo y
desaparece entre las
sombras. A medida que pasan los años 80,
el nombre de Eusebio Poncela se vuelve
indispensable en el cine español. No
porque él lo buscara, no porque hiciera
promociones ni fiestas, ni se codeara
con las élites mediáticas. Todo lo
contrario, su leyenda crece porque se
mantiene intacto, feroz, inconquistable.
Es un actor que solo acepta papeles que
le hablen, que le quemen, que le
ofrezcan una grieta por donde colarse
con su alma. Nada más. Y en esa década
gloriosa se cruzan en su camino algunos
de los directores más importantes de la
historia del cine español. Pilar miró,
le da uno de sus papeles más intensos en
Werfer, donde la sensibilidad y el dolor
se filtran por cada plano. Con Imanol
Uribe en El Rey pasmado demuestra que
puede alternar el drama con la crítica
social y seguir brillando. Pero si hay
una relación artística que marca un
antes y un después en su vida, es la que
mantiene con Pedro Almodobar, primero en
matador, donde interpreta a un comisario
entre la pasión y la culpa, y luego en
la ley del deseo, una película que
cambia por completo las reglas del cine
español. Allí, Poncela encarna a Pablo,
un director homosexual profundamente
enamorado de un joven impulsivo y
peligroso interpretado por Antonio
Banderas. La película incluye una escena
de sexo anal entre ambos que sacude a
una España aún empapada de represión
moral. Esa escena no solo rompe tabúes,
rompe el cine en dos.
Poncela como siempre está lejos cuando
ocurre el escándalo. Se encuentra en
Costa Rica filmando otra película. Ni
siquiera se entera de la revolución que
ha provocado en las salas. Ni quiere
enterarse. Cuando le dicen que ha sido
un éxito, responde sin pestañear. Nesuda
la [ __ ] Él ya está pensando en lo
siguiente, en lo que aún no ha hecho.
Mientras tanto, su imagen empieza a
consolidarse como la de un actor
maldito, un putón cardíaco, como él
mismo se define. La crítica lo idolatra,
el público lo respeta, la industria lo
teme porque es un tipo que no acepta
órdenes, no se deja vestir por modas ni
corrientes. Es un lobo solitario, un
marginal que se ha ganado ese título a
pulso y con un orgullo feroz. Pero
también hay un hombre detrás del mito,
un hombre que ha sufrido, que ha
enterrado amigos por culpa de la droga,
que ha vivido en carne propia el
rechazo, la incomprensión, el infierno
de una España que no sabía cómo tratar a
quienes salían del molde. Él no oculta
nada, lo dice todo. No fui a clínicas,
me curé solo. Soy un genio de la
supervivencia. Gracias a la genética,
gracias a mi padre. Ese mismo espíritu
es el que lo lleva ya limpio, a volver a
pisar los escenarios con una fuerza
renovada, pero más sabio, más
selectivo. Ya no quiere saber nada del
cine vacío. No le motiva pasar semanas
rodando con 50 personas que no conoces y
la historia no tiene fundamento. Elige
el teatro y en el teatro brilla como
nunca. En obras como El beso de la mujer
araña, dirigido por Carlota Ferrer, se
entrega por completo. Su personaje,
Molina, no es solo un preso político. Es
una figura de transición, de género, de
sensibilidad, un alma libre atrapada en
un cuerpo castigado. El público aplaude
de pie, lo esperan a la salida, le
agradecen con lágrimas en los ojos.
Poncela, ya en sus 80 sigue dejando
huellas imborrables sobre el escenario y
no se detiene porque si hay algo que le
sobra es vitalidad. Sigue haciendo
ejercicio, como le enseñó su padre. Vive
en un pueblo rodeado de campo y
silencio. Y aunque ya no ve las noticias
ni se mete en debates políticos, sigue
siendo un anarquista de corazón, un
provocador nato, un hombre que no pide
permiso para existir. También lo vemos
en series de televisión como Omerly.
Sapere Aude, donde interpreta a un
carismático dueño de un cabaret sin
miedo a abrazarlo cuir, lo excéntrico,
lo diferente. Cuando alguien insinúa que
podría encasillarse por hacer personajes
homosexuales, él revienta el argumento.
¿Qué tiene que ver por dónde metes la
cosa con el personaje? A Javier Barden
lo encasillan por hacer de heterosexual.
No me fastidies. Cada palabra suya es un
disparo, pero no un disparo ciego. Es un
dardo envenenado de
lucidez. Habla de la libertad como algo
sagrado. Habla de los prejuicios como
una enfermedad
nacional. España es un país facha, no
solo conservador. Facha dice, y no lo
hace para provocar, lo hace porque es su
verdad. Eusebio Poncela no se calla,
nunca lo ha hecho ni en los peores
momentos. Y esa lealtad brutal, asimismo
es lo que lo ha convertido en una figura
legendaria, en una rara avis del
espectáculo español. Un hombre que ha
sobrevivido a la censura, a las drogas,
a la industria y que sigue a día de hoy
más vivo que nunca. Eusebio Poncela no
ha construido una carrera, ha levantado
un universo propio, un lugar donde las
reglas no aplican, donde el tiempo no
corre igual y donde cada personaje que
interpreta es una exploración, una
confesión, un acto de resistencia. Por
eso, aunque ha trabajado con los grandes
nombres del cine español, nunca ha sido
uno más. Nunca ha sido un actor del
montón. Él nace y se consume en escena y
eso lo distingue de cualquiera. Durante
los años 90, con su alma limpia y su voz
aún más poderosa, Concela retoma el cine
desde una madurez serena y punzante.
Participa en proyectos como Sagitario,
dirigido por Vicente Molina Fax, donde
vuelve a interpretar un personaje con
una carga homosexual profunda y
desafiante. No lo hace por militancia,
lo hace porque le interesa, porque esos
papeles hablan de lo que nadie quiere
mirar. La identidad, el deseo, la
fragilidad, el cuerpo también aparece en
la miniserie viento del pueblo, dando
vida al poeta Miguel Hernández y se
involucra en producciones
cinematográficas como Tuno Negro, Remei,
Los Borgia o Teresa, el cuerpo de
Cristo, todas ellas atravesadas por la
crítica, el simbolismo y el riesgo. No
acepta papeles decorativos, quiere
conflicto, quiere vértigo, quiere
belleza. En el año 2001, su trabajo
junto a Ángela Molina en Sagitario
demuestra que su fuerza no se ha
diluido. Es un intérprete de silencios,
de gestos mínimos, de miradas que
arrasan y en teatro su leyenda no hace
más que crecer. Obras complejas,
contemporáneas, arriesgadas. Intacto.
Una coproducción internacional con el
legendario Max Fon Sidow le vale una
nominación al Goya como mejor actor y no
es para menos.
La crítica se rinde una vez más. También
participa en la película argentina
Hermanas de Julia Solomonov, que revisa
el trauma de la dictadura desde una
mirada
íntima. Eusebio no solo actúa, se
convierte en parte del tejido emocional
de cada obra. No le interesa la gloria,
sino la verdad. En 2004 recibe el Premio
Nacional de Cinematografía Nacho
Martínez en el Festival de Gijón. Lo
acepta con ironía. dice que seguramente
haya personas más valiosas que él a
quienes debería ir dirigido. Pero todos
saben que ese premio no es un favor, es
una deuda saldada, porque si hay alguien
que ha entregado su cuerpo, su alma y
sus entrañas al arte en España, ese es
Eusebio Poncela. En la televisión
también de Jaguaya lo vemos en Águila
Roja, en Isabel y en Carlos rey
emperador, donde interpreta al cardenal
Cisneros, un personaje duro, ambiguo, de
enorme peso histórico. Repite ese mismo
papel en El Ministerio del Tiempo y con
solo unos minutos en pantalla logra
imponer una presencia tan poderosa como
la de cualquier protagonista. Su voz, su
postura, su gesto, todo en él sigue
siendo puro teatro. Puro cine, pura
leyenda. Pero Usebio no busca volver a
estar en el centro. Vive en su retiro,
en el campo, lejos del ruido. Desde hace
años se aleja de la gran ciudad. Ya no
le interesa lo que se cuece en las
tertulias de moda ni en los
informativos. Dice que no ve noticias,
que la política es un teatro repetitivo
donde nadie quiere entenderse y sin
embargo, su presencia pública sigue
teniendo peso político porque su sola
existencia es un acto de disidencia. En
entrevistas habla de sus días de
juventud con una mezcla de sarcasmo y
ternura. Recuerda que estaba en París
cuando murió Franco, esperando a que el
dictador se decidiera de una vez. Para
celebrar su muerte, no brindó con vino,
se tomó un ácido. Así es él, siempre a
lo grande, siempre libre. Y es libertad
lo que lo hace profundamente querido. No
hay nadie como él.
Cuando habla, suelta frases que se
vuelven tatuajes generacionales. Cuando
actúa, convoca a una audiencia que sabe
que está ante algo único, irrepetible,
casi sagrado. No hay pose, no hay
cálculo, solo entrega. A día de hoy,
Poncela sigue en activo, no por
necesidad económica, sino porque ama lo
que hace, porque el escenario lo llama,
porque la interpretación es su
respiración. asegura que podría vivir
cómodamente sin trabajar, pero no
concibe una vida alejada del oficio que
lo salvó. Su independencia, su lenguaje
sin filtros, su forma de estar en el
mundo, lo han convertido en un referente
absoluto, no solo en la cultura
española, también en la lucha por la
libertad, por la identidad, por el
derecho a ser, sin pedir permiso. Sus
papeles, sus frases, sus gestos viven en
la memoria de varias generaciones que
han aprendido con él que el arte no
tiene género, ni moral, ni límites.
Eusebio Poncela está vivo, vibrante,
lúcido y sigue siendo una fuerza
creativa imparable. Es a día de hoy uno
de los últimos grandes actores libres
del panorama español. Un nombre que no
se ajusta a ningún molde, una voz que no
se calla, un cuerpo que aún vibra con
cada personaje. Y cuando un día ya no
esté, su sombra seguirá proyectándose
sobre el teatro, sobre las pantallas,
sobre cada actor que se atreva a vivir
sin pedir permiso. Porque su historia no
es solo la de un actor brillante, es la
de un superviviente, un insumiso, un
símbolo. Recuerda que esto fue Famosos
del Corazón, tu canal de YouTube donde
la verdad siempre sale a la luz.
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