Me llamo Enzo.

Y si estás escuchando esto, probablemente te estás preguntando qué puede tener que decir un hombre como yo sobre fe, santos o milagros.

La respuesta corta es nada.

O al menos eso es lo que hubiera dicho hace un año.

Pero algo pasó, algo que no puedo explicar con lógica, que no puedo justificar con ciencia y que me persigue cada noche cuando cierro los ojos.

Voy a contarte una historia que nunca le he contado a nadie en su totalidad.

Es mi historia.

La historia de cómo un hombre que vivió 40 años sin creer en nada más que en billetes arrugados, terminó de rodillas frente a un vidrio llorando como un niño perdido.

Durante 40 años.

Mi religión fue el dinero.

Mi templo era la calle, los callejones oscuros de Turín, las oficinas traseras donde se hacían tratos que nunca aparecerían en ningún contrato legal.

Yo no era lo que la gente piensa cuando escucha la palabra sicario.

No mataba personas, al menos no en el sentido literal.

Yo mataba otras cosas, reputaciones, carreras, empresas, símbolos.

Era lo que en mi círculo llamaban un limpiador profesional.

Si alguien importante quería que algo desapareciera, que algo se rompiera, que alguien quedara en ridículo sin poder rastrearlo, hasta ellos, me llamaban a mí.

¿Cómo llegué a eso? No nací siendo así, te lo aseguro.

Nací en una familia normal, en un barrio obrero de Turín.

Mi padre trabajaba en la fábrica Fiat.

Mi madre era costurera.

Éramos pobres, pero éramos honrados.

Al menos ellos lo eran.

Yo empecé a torcer el camino muy joven.

Primero fueron pequeñas estafas en el colegio, luego robos menores.

A los 20 años ya estaba metido en cosas más grandes.

A los 30 ya era profesional.

Y a los 40 ya no recordaba cómo se sentía tener la conciencia tranquila.

Mi especialidad era la destrucción controlada.

Entraba donde me decían, hacía lo que me pagaban por hacer y desaparecía sin dejar rastro.

Había quemado archivos corporativos, había saboteado maquinaria industrial, había plantado evidencia falsa que arruinó carreras políticas, pero nunca, nunca me habían pedido algo como lo que me pidieron en febrero del año pasado.

La llamada llegó un martes por la tarde.

Yo estaba en mi apartamento, un lugar sucio en las afueras de Turín que apenas usaba.

No tenía muebles decentes, solo un colchón en el suelo y una mesa donde contaba el dinero.

El número era desconocido, pero eso no era raro en mi línea de trabajo.

Contesté con mi tono habitual, seco directo.

Necesitamos un trabajo especial, dijo la voz al otro lado.

Era masculina, educada, con un acento que no pude ubicar del todo.

algo simbólico, algo que mande un mensaje.

Soy todo oídos respondí encendiendo un cigarrillo.

¿Has oído hablar de Carlo Acutis? Me reí.

No pude evitarlo.

El beato adolescente, el chico de los milagros en internet, ese mismo.

¿Y qué quieres que haga? Hackear su página de Wikipedia.

Hubo un silencio del otro lado.

Luego la voz continuó más fría.

Queremos que vayas a Asís, al santuario del despojamiento, donde está su cuerpo.

Queremos que entres de noche y que destruyas el vidrio de su tumba, que lo hagas añicos, que lo rocíes con pintura negra.

Queremos que quede claro que no hay nada sagrado ahí dentro, solo cera, marketing y mentiras.

Me quedé callado por un momento procesando.

Me estás pidiendo que profane la tumba de un beato te estamos pidiendo que hagas tu trabajo y te pagaremos el triple de tu tarifa normal.

El triple, eso eran 30,000 € suficiente para saldar una deuda de juego que me estaba ahogando.

Una deuda que si no pagaba pronto iba a costarme mucho más que dinero.

Ya me habían advertido.

Ya me habían roto dos dedos como recordatorio.

La próxima vez serían las rodillas o algo peor.

¿Quién está detrás de esto?, pregunté.

un colectivo.

Gente que está cansada de ver cómo la iglesia convierte a niños en productos de consumo masivo.

Gente que quiere demostrar que todo esto es un fraude.

No me importaba la ideología, me importaba el dinero.

¿Cuándo? Tienes una semana para planificarlo.

Queremos que sea limpio, rápido y que salgas sin que te atrapen.

El escándalo debe ser el acto en sí, no tu captura.

Colgué el teléfono y me quedé mirando el techo agrietado de mi apartamento.

Un beato, un chico muerto que, según decían, hacía milagros desde su tumba.

Yo no creía en nada de eso.

Para mí, Carlo Acutis no era un santo.

Era solo un obstáculo de vidro entre mí y mi libertad financiera.

Era solo otro trabajo.

Los siguientes días los pasé investigando.

Carlo Acutis murió en 2006 a los 15 años de leucemia.

Lo beatificaron en 2020.

Su cuerpo estaba expuesto en el santuario del despojamiento en Asís, vestido con jeans, sudadera y zapatillas deportivas.

Decían que había hecho milagros, que había sanado a un niño en Brasil, que era el patrono de internet porque había creado un sitio web catalogando milagros eucarísticos.

Todo me parecía ridículo.

Un niño rico que jugaba con computadoras y ahora lo vendían como santo moderno.

Estudié los planos del santuario, investigué los horarios de las guardias de seguridad.

Conseguí acceso a las cámaras mediante un contacto que tenía en una empresa de vigilancia.

Descubrí que había una ventana de 10 minutos cada noche, entre las 2 y las 2:10 de la madrugada, cuando cambiaban el turno de guardia y las cámaras hacían un reseteo automático.

10 minutos era más que suficiente.

Compré una marreta corta de esas que usan los bomberos, ligera, manejable, pero con suficiente potencia para destrozar vidrio blindado.

También conseguí spray de pintura negra industrial del tipo que no se borra fácilmente.

Mi plan era simple, entrar por la puerta lateral de la nave que sabía que tenía un cerrojo antiguo, fácil de forzar, caminar hasta el monumento, destrozar el vidrio con la marreta, rociar todo con pintura y salir por donde había entrado.

10 minutos entrada y salida.

El día antes de viajar a Así me llegó el primer pago.

10,000 € en una cuenta en el extranjero.

El resto lo recibiría cuando enviara pruebas fotográficas del trabajo completado.

Usé parte de ese dinero para comprar un coche usado, algo anónimo que pudiera abandonar después si era necesario.

El resto lo guardé.

Oye, una pausa rápida.

Me encantaría saber desde dónde conectas hoy.

Deja un comentario con tu ubicación.

Siempre es increíble ver cómo crece esta comunidad por todo el mundo.

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Salí de Turín un jueves por la mañana.

El viaje a Así son unas 4 horas en coche.

Conduje despacio, sin prisa, escuchando música antigua en la radio.

No pensaba en lo que iba a hacer.

Había aprendido hace mucho tiempo a desconectar la parte de mi cerebro que cuestionaba las cosas.

Así era como sobrevivías en este negocio.

No pensabas, hacías.

Llegué a Así al atardecer.

La ciudad es hermosa, hay que admitirlo, toda de piedra antigua, construida en una colina con vistas a los valles de Humbría.

Las calles están llenas de turistas y peregrinos.

Gente que viene a ver la basílica de San Francisco, a visitar las iglesias, a sentir lo que sea que vengan a sentir.

Yo me hospedé en un hotel pequeño en las afueras, lejos del centro histórico.

Pagué en efectivo, di un nombre falso.

Pasé el resto del día caminando por la ciudad, memorizando las rutas de escape, ubicando dónde estaban las cámaras de seguridad públicas, estudiando los patrones de movimiento de los carabinieri locales.

Todo era rutina, todo era profesional.

Cené una pizza en un restaurante turístico, regresé al hotel y esperé.

La noche cayó fría.

Era mediados de febrero y en Asís, a esa altura hace frío de verdad.

Me puse ropa oscura, térmica, metí la marreta y el spray en una mochila negra.

Guardé mi teléfono en el coche apagado.

No quería nada que pudiera rastrearme.

A la 1:30 de la madrugada salí del hotel.

Las calles de Asís de noche son como otro mundo, silenciosas, vacías.

iluminadas solo por farolas antiguas que proyectan sombras largas en el pavimento de piedra.

Había niebla, una niebla baja, espesa, que cubría las piedras antiguas como un sudario.

Caminé por calles estrechas, evitando las pocas cámaras que había hasta llegar al santuario del despojamiento.

El santuario es una iglesia moderna construida en el lugar donde San Francisco se despojó de todas sus riquezas.

Irónico, pensé, aquí estaba yo a punto de destrozar el cuerpo de un beato por dinero.

Me acerqué a la puerta lateral.

Tal como había investigado, el cerrojo era viejo.

Saqué mi gansúa y en menos de un minuto la puerta se dio con un clic suave.

Entré.

El silencio dentro de la iglesia era diferente al silencio de afuera.

No era un silencio vacío, sino una quietud tensa, pesada, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.

Mis pasos resonaban en el suelo de mármol, a pesar de que caminaba despacio con cuidado.

Había una luz tenue de esas velas de vigilia que nunca se apagan, proyectando sombras temblorosas en las paredes.

Caminé por la nave lateral, pegado a las columnas hasta que lo vi.

El monumento estaba al frente, a la derecha del altar.

Era más simple de lo que esperaba.

No había oro, ni mármol elaborado, ni nada ostentoso, solo una estructura de vidrio casi moderna con el cuerpo adentro.

Me acerqué despacio.

El corazón me latía rápido, pero no por miedo.

Era adrenalina pura, la misma que sentía cada vez que hacía un trabajo.

Me detuve frente al vidrio y ahí estaba él, Carlo Acutis, vestido como habían dicho, jeans azules, una sudadera deportiva, zapatillas Nike.

Parecía un adolescente normal que se había quedado dormido después del almuerzo.

Su rostro estaba sereno, las manos cruzadas sobre el pecho.

Había algo perturbador en lo normal que se veía.

No parecía una reliquia antigua.

Parecía un chico que podría despertar en cualquier momento y preguntarme qué estaba haciendo ahí.

Sentí una irritación profunda.

No sé por qué.

Pero ese cuerpo vestido de manera tan casual me molestaba.

Acuérdate de la realidad, chico murmuré en voz baja, dejando caer la mochila al suelo.

El sonido resonó en el silencio de la iglesia como un trueno.

Saqué la marreta.

El metal frío pesaba en mis manos.

Miré el reloj.

Eran las 2:2 minutos.

tenía 8 minutos antes de que volvieran las cámaras y cambiara la guardia.

8 minutos para hacer el trabajo y salir de ahí.

Levanté el brazo, sintiendo el peso de la herramienta, calculando el ángulo del golpe.

Mis músculos se tensaron.

La adrenalina fría recorría mis venas.

Iba a hacerlo.

Iba a destrozar ese vidrio.

Iba a profanar esa tumba.

iba a cobrar mi dinero y saldar mi deuda.

Un golpe, dos como mucho.

El vidrio se rompería en 1000 pedazos.

Y entonces el aire cambió.

No hubo truenos, no hubo relámpagos, no aparecieron ángeles con trompetas ni nada de eso.

Fue algo mucho más sutil, mucho más aterrorizante.

Mi brazo levantado en el aire con la marreta se congeló.

No por miedo, no porque yo decidiera detenerme.

Se congeló porque una mano se posó en mi hombro.

Una mano liviana, cálida, real.

Sentí el peso de esa mano como si alguien estuviera parado justo detrás de mí.

Los dedos apretaron suavemente mi hombro derecho y con esa mano llegó un cambio en el olor del aire.

El olor a ser vieja y a incienso que había percibido al entrar desapareció.

En su lugar llegó algo que no puedo explicar bien.

Olía a ozono, como cuando hay una tormenta eléctrica, como olor a electricidad estática y mezclado con eso lirios frescos, como si alguien hubiera puesto un ramo de flores recién cortadas justo a mi lado.

Entonces escuché la voz.

Era joven, casi alegre, como si el dueño de esa voz estuviera a punto de reírse de un chiste privado.

La voz susurró justo detrás de mi oreja derecha, tan cerca que sentí el aliento cálido en mi piel.

Enso, si rompes eso, el vidrio lo cambiamos.

Pero, ¿quién va a arreglar lo que está roto dentro de ti? El mundo se detuvo.

Mi nombre.

La voz había dicho mi nombre.

Giré el cuerpo violentamente, la marreta todavía en mis manos, listo para golpear a quien fuera que estuviera ahí, listo para defender mi vida si era necesario.

Pero cuando me di vuelta solo había vacío.

La iglesia estaba completamente vacía.

No había nadie, solo yo.

Mi respiración agitada y el cuerpo del beato detrás del vidrio inmóvil como siempre.

Miré hacia todos los lados, hacia las columnas, hacia las sombras, hacia la puerta por donde había entrado.

Nada, nadie.

El silencio era absoluto, excepto por el sonido de mi propia respiración que salía en nubes de vapor en el aire frío.

El sudor frío empezó a bajar por mi espalda.

Mis manos temblaban.

No susurré.

No, no, no.

Esto no era real.

No podía ser real.

Era el estrés, la falta de sueño.

Había estado despierto más de 24 horas.

Mi cerebro me estaba jugando una mala pasada, pero la voz había dicho mi nombre, había dicho Enzo y había dicho algo más, algo sobre lo que estaba roto dentro de mí.

Intenté recuperar el control, respiré hondo, apreté los dientes.

“Concéntrate”, me dije.

“Haz el trabajo, sal de aquí.

” Levanté la marreta otra vez, forzándome a ignorar el temblor en mis brazos.

Pero no pude.

Mis manos temblaban tanto que la marreta se resbaló de mi agarre y cayó al suelo de mármol con un estruendo que sonó como un disparo en el silencio de la iglesia.

El eco rebotó en las paredes, en el techo, multiplicándose hasta que sentí que toda la iglesia gritaba.

Retrocedí tropezando con mi propia mochila.

Caí de espaldas.

El pánico me invadió como nunca antes en mi vida.

He estado en situaciones peligrosas.

He tenido pistolas apuntándome.

He estado a punto de ser arrestado.

Pero nunca, nunca había sentido este tipo de terror.

Era un miedo que venía de adentro, como si cada célula de mi cuerpo estuviera gritando que huyera.

Me levanté dejando la marreta en el suelo, dejando la mochila con el spray.

Corrí hacia la puerta lateral.

Mis manos resbalaban mientras intentaba abrir el cerrojo desde adentro.

Finalmente lo logré y salí a la noche fría de Asís.

La niebla se había vuelto más espesa.

Corrí por las calles de piedra sin dirección, solo queriendo alejarme.

Mis pulmones ardían.

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a estallar.

Llegué hasta donde había dejado el coche, metí la llave con manos temblorosas y arranqué.

Conduje, conduje sin rumbo fijo, solo alejándome de Asís.

Tomé la autopista hacia el norte.

No iba a Turín, no sabía a dónde iba, solo conducía con las manos aferradas al volante, esperando que en cualquier momento sonara mi teléfono, esperando la llamada furiosa de mis contratantes, preguntando por qué había fallado, esperando las sirenas de la policía, esperando algo.

Pero el teléfono nunca sonó.

Conduje durante horas.

Cuando el sol empezó a salir, me encontraba cerca de Perugia.

Tenía que parar.

Estaba exhausto, física y mentalmente destruido.

Encontré un motel barato en las afueras, pagué en efectivo y me encerré en la habitación.

Me senté en el suelo con la espalda contra la puerta cerrada con llave y empecé a temblar.

No podía parar.

Era como si todo mi cuerpo estuviera en shock.

“Me estoy volviendo loco”, repetí en voz alta.

“Me estoy volviendo loco.

No pasó nada.

No había nadie.

Fue mi imaginación, pero sabía que no era verdad.

La mano en mi hombro había sido real, la voz había sido real, el olor a ozono y lirios había sido real.

Y lo peor de todo, la pregunta que me había hecho esa voz seguía resonando en mi cabeza.

¿Quién va arreglar lo que está roto dentro de ti? ¿Qué estaba roto dentro de mí? Todo.

Todo estaba roto.

Mi vida entera era una colección de pedazos rotos.

No tenía familia, no tenía amigos, no tenía nada, excepto deudas, miedo y una habilidad para destruir cosas.

Era bueno destrozando, pero ¿qué más era? Nada.

Me quedé ahí sentado en ese piso sucio durante horas, incapaz de moverme, incapaz de pensar con claridad.

Eventualmente me arrastré hasta la cama y me quedé dormido, todavía vestido, todavía temblando.

Desperté cuando ya era de noche otra vez.

Habían pasado 24 horas desde mi intento fallido en Asís.

24 horas exactas.

Miré mi teléfono, seguía apagado.

Lo encendí medio esperando que explotara con llamadas y mensajes.

Pero solo había silencio.

Nadie me había buscado.

Era como si el trabajo nunca hubiera existido.

Entonces, justo cuando estaba a punto de apagar el teléfono otra vez, llegó una notificación, un email.

Miré la pantalla sin comprender.

Era de una cuenta que no había usado en años, una cuenta antigua que casi nadie conocía.

De hecho, solo una persona en el mundo sabía de esa cuenta.

Sofía, mi hija.

Mi corazón se detuvo.

No había hablado con Sofía en 10 años desde que su madre y yo nos separamos de la peor manera posible.

Desde que decidí que era mejor para ella crecer sin un padre como yo, desde que corté todo contacto, porque pensé que así la estaba protegiendo de la porquería que era mi vida.

El asunto del email decía, el chico del sueño.

Con manos temblorosas abría el mensaje.

Papá, empezaba.

Esa sola palabra casi me hizo llorar.

hacía tanto que nadie me llamaba papá.

Sé que no nos hablamos, sé que probablemente te sorprenda recibir esto, pero necesito contarte algo que pasó anoche.

Anoche, 24 horas atrás, exactamente cuando yo estaba en Asís, tuve un sueño continuaba el email.

Pero no fue un sueño normal.

Fue tan real que cuando desperté no estaba segura de si realmente había estado durmiendo.

En el sueño estaba en un lugar que no reconocía, una iglesia, creo.

Todo estaba oscuro, excepto por una luz suave que venía de algún lado.

Y ahí, parado frente a mí, había un chico.

Se me puso la piel de gallina.

Era joven, como de 15 o 16 años.

Vestía una sudadera deportiva y jeans, zapatillas deportivas.

Se veía completamente normal, como cualquier chico que verías en la calle.

Pero había algo diferente en él.

Sus ojos brillaban, papá, como si tuvieran luz propia.

y estaba sonriendo, no una sonrisa burlona, sino alegre, como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo.

Mis manos temblaban tanto que casi dejo caer el teléfono.

El chico tenía algo en las manos, una marreta, pero estaba rota, partida en dos.

Me la mostró y se rió.

Entonces me miró directamente y me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza.

Me dijo, “Dile a tu padre que su deuda ha sido pagada, pero ahora me debe una visita.

” Desperté llorando, papá.

No sé por qué.

No sé qué significa este sueño.

Pero cuando me desperté, sentí algo que no había sentido en 10 años.

Sentí que necesitaba perdonarte.

No sé qué hiciste, no sé dónde estás, no sé si estás bien o si estás mal, pero sé que necesito que sepas que te perdono por todo, por haberte ido, por no estar, por lo que sea que te hizo alejarte de nosotros.

Te perdono.

¿Hay algo más, papá? Esta mañana, después del sueño, revisé la cuenta bancaria, ya sabes, la que mamá me dejó cuando murió el año pasado.

Encontré una transferencia que entró anoche, una transferencia anónima por exactamente 15,000 €.

El código de referencia de la transferencia era una fecha, 3 de mayo de 1991.

No reconocí esa fecha hasta que la busqué en internet.

Papá, esa es la fecha de nacimiento de Carlo Acutis, el beato, el chico de la sudadera.

No entiendo nada de esto, pero sé que es importante.

Sé que esto es para ti de alguna manera.

¿Dónde estás, papá? ¿Estás bien? El email terminaba con una dirección.

Sofía vivía en Milán, a solo 2 horas de donde yo estaba.

Dejé caer el teléfono.

Me quedé sentado en esa cama de motel barato, mirando la pared agrietada, tratando de procesar lo que acababa de leer.

La deuda, mi deuda de juego era de 15,000 € la misma cantidad que había aparecido en la cuenta de Sofía con el código de nacimiento de Carlo Acutis.

¿Quién va a arreglar lo que está roto dentro de ti? La pregunta volvió a mi mente y de repente entendí, no era una pregunta retórica, no era una acusación, era una oferta, era una invitación.

Me puse de pie, caminé hasta el pequeño espejo sucio del baño y me miré.

Realmente me miré probablemente por primera vez en años.

Vi a un hombre de 48 años que parecía de 60.

Ojeras profundas, arrugas de estrés, cicatrices de peleas callejeras, ojos vacíos, un hombre destruido.

Enzo, me dije a mí mismo en voz alta, ¿quién eres? Y no tenía respuesta.

Lloré por primera vez en décadas.

Lloré.

Lloré por todos los años perdidos, por mi hija que había crecido sin mí, por mi exesposa que había muerto sin que yo supiera, por todas las cosas que había destruido en mi vida, por todas las personas que había lastimado, por el vacío absoluto que era mi existencia.

Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas.

Y cuando finalmente paré, cuando me limpié la cara con agua fría, supe lo que tenía que hacer.

Volvía a Asís, no inmediatamente.

Primero fui a Milán.

Fui a ver a Sofía.

Me paré frente a su apartamento durante una hora antes de tener el valor de tocar el timbre.

Cuando finalmente lo hice, cuando la puerta se abrió y vi a mi hija ahí parada, ya no la niña de 8 años que recordaba, sino una mujer de 18, hermosa y fuerte, no supe qué decir.

Ella tampoco dijo nada, solo me abrazó y volvimos a llorar juntos en el umbral de su puerta.

Pasé tres días con Sofía.

Tres días en los que le conté todo, bueno, casi todo.

Le conté sobre mi vida de crimen, sobre las cosas terribles que había hecho, sobre por qué me fui.

Le conté sobre Asís, sobre el beato, sobre la voz, sobre la mano en mi hombro.

Le conté sobre su sueño y lo que significaba.

Ella escuchó todo sin juzgarme, solo escuchó.

Y cuando terminé, me dijo algo que nunca olvidaré.

Papá, creo que ese chico te salvó la vida, no solo tu vida física, sino tu alma.

Creo que tienes que volver, creo que tienes que terminar lo que empezaste, pero de la manera correcta.

Tenía razón.

Volví a Así dos semanas después.

Esta vez no llegué de noche, llegué de día con el sol brillando sobre las piedras antiguas de la ciudad.

No llevaba una marreta en mi mochila, llevaba un rosario que Sofía me había regalado.

Ni siquiera sabía cómo usarlo, pero lo llevaba igual.

Entré al santuario del despojamiento por la puerta principal, no por la lateral.

Había gente adentro, peregrinos, turistas, gente rezando.

Me sentí fuera de lugar, sucio entre tanta paz, pero seguí caminando hasta llegar frente al monumento.

Ahí estaba él otra vez, Carlo Acutis, el chico de la sudadera.

Me quedé parado frente al vidrio durante mucho tiempo.

La gente pasaba a mi alrededor, pero yo no me movía.

Solo miraba ese rostro sereno, esas manos cruzadas, esa ropa tan normal.

“Lo siento”, susurré finalmente.

“Lo siento mucho.

Vine a destruirte.

Vine a profanar tu tumba por dinero.

Vine porque estaba desesperado y vacío y no creía en nada.

Pero tú, tú me detuviste.

Tú me preguntaste quién iba a arreglar lo que está roto en mí.

Y creo que la respuesta es que no puedo hacerlo.

Solo no sé cómo hacerlo.

No sé ni siquiera por dónde empezar.

Me arrodillé ahí, frente a toda esa gente, me arrodillé en el suelo de mármol y empecé a llorar otra vez.

No me importó quién me viera, no me importó nada, excepto el peso que finalmente estaba dejando ir.

Sentí una mano en mi hombro otra vez, pero esta vez no me asusté.

Giré y vi a un sacerdote anciano con ojos amables, mirándome con preocupación.

Hijo, dijo suavemente, ¿estás bien? No, respondí honestamente, pero creo que voy a estarlo.

Antes de seguir con el final de mi historia, tengo mucha curiosidad.

¿Desde dónde me estás viendo? Déjame tu ciudad o país en los comentarios.

Me encanta ver hasta dónde llegan estas historias.

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El sacerdote se sentó a mi lado en uno de los bancos.

No me preguntó qué me pasaba, no me presionó para que hablara, solo se quedó ahí en silencio esperando.

Eventualmente empecé a hablar.

Le conté todo, absolutamente todo.

Le hablé del contrato, de la marreta, de la voz, del sueño de Sofía, de la deuda pagada.

Le conté sobre los 40 años de destrucción y vacío.

Cuando terminé, esperé que me juzgara.

Esperé que me dijera que era un monstruo, que no merecía perdón, que lo que había intentado hacer era imperdonable, pero no lo hizo.

Carlos tiene una manera especial de llegar a la gente, dijo el sacerdote con una sonrisa suave.

Especialmente a los jóvenes y a los perdidos.

Tú eres ambas cosas, hijo.

Eres joven en tu fe, apenas naciendo a ella y estabas perdido, muy perdido.

Todavía lo estoy, admití.

Lo sé, pero el hecho de que estés aquí, el hecho de que hayas vuelto, significa que ya no estás perdido de la misma manera.

Ahora sabes que hay un camino, solo necesitas aprender a caminarlo.

Me quedé en Asís durante una semana.

El sacerdote, el padre Yusepe, me ayudó a encontrar un lugar donde quedarme, una casa de peregrinos que aceptaba a cualquiera.

Pasé esos días caminando por la ciudad, visitando las iglesias, aprendiendo sobre San Francisco, sobre la renuncia, sobre el despojamiento.

Aprendí que el santuario del despojamiento estaba construido exactamente en el lugar donde Francisco de Asís se quitó toda su ropa cara frente a su padre rico y dijo que ya no quería nada material, solo a Dios.

renunció a todo, a su familia, a su dinero, a su futuro cómodo, todo por algo que no podía ver ni tocar, pero que sentía era más real que cualquier otra cosa.

Yo no podía hacer eso, no podía ser santo, pero podía empezar a despojarme de las cosas que me habían estado destruyendo.

podía renunciar a la vida de crimen, podía renunciar a la violencia, podía renunciar a la persona que había sido.

Llamé a mis contactos en Turín y les dije que estaba fuera del negocio.

Algunos se rieron, otros se enojaron, uno me amenazó, no me importó.

Bloqueé todos esos números, cerré esas cuentas bancarias, corté todos los lazos con esa vida, llamé a Sofía todos los días.

Le conté sobre mis caminatas, sobre las conversaciones con el padre Yusepe, sobre lo que estaba aprendiendo.

Ella estaba feliz, podía escucharlo en su voz.

Su papá finalmente estaba vivo de verdad.

Antes de irme de Asís, volví una última vez al santuario.

Esta vez llevé algo.

Había encontrado la marreta que abandoné esa noche.

Estaba escondida en un rincón oscuro de la iglesia, probablemente puesta ahí por algún guardia de seguridad que la había encontrado y no sabía qué hacer con ella.

Le pedí permiso al padre Giuseppe para llevármela.

Me paré frente al vidrio otra vez con la marreta en mis manos, pero esta vez no la levanté para destruir.

La sostuve frente a mí, mirándola realmente por primera vez.

Era solo un pedazo de metal.

Un pedazo de metal que había planeado usar para hacer algo horrible, pero que ahora representaba todo lo que estaba dejando atrás.

Gracias”, dije en voz baja, mirando el rostro sereno detrás del vidrio.

“Gracias por detenerme.

Gracias por la pregunta.

Gracias por pagarle mi deuda.

Gracias por devolverme a mi hija.

Gracias por mostrarme que todavía puedo ser salvado.

” Dejé la marreta a los pies del monumento como una ofrenda, como un símbolo de rendición.

Ya no la necesitaba.

Ya no necesitaba destruir cosas para sentir que tenía control.

Eso fue hace 6 meses.

Hoy vivo en Milán, cerca de Sofía.

Conseguí un trabajo honesto en construcción.

Trabajo duro físico, que me cansa el cuerpo, pero me deja la mente tranquila.

No gano mucho, pero es dinero limpio.

Es dinero que puedo gastar sin sentir que está manchado de sangre o lágrimas de otras personas.

Voy a misa los domingos, no porque entienda todo.

De hecho, entiendo muy poco.

Pero voy porque ahí siento algo que nunca había sentido antes, paz.

Cuando me arrodillo, cuando cierro los ojos, cuando escucho las oraciones que todavía no me sé de memoria, siento esa paz que me dice que estoy en el lugar correcto.

Sofía y yo cenamos juntos dos veces por semana.

A veces hablamos de cosas profundas, de fe, de perdón, de segundas oportunidades.

Otras veces solo vemos películas tontas y comemos pizza.

Ambas cosas son igual de importantes.

Ambas son parte de reconstruir lo que estaba roto.

Todavía tengo pesadillas.

Sueño con todos los años perdidos, con todas las cosas terribles que hice, con toda la gente que lastimé.

Me despierto sudando, temblando, sintiendo el peso de todo ese pasado.

Pero luego recuerdo la voz, recuerdo la pregunta.

¿Quién va a arreglar lo que está roto dentro de ti? Y recuerdo que la respuesta no es que yo tenga que arreglarlo solo.

La respuesta es que hay ayuda, que hay gracia, que hay segundas oportunidades incluso para gente como yo.

Volví a Asís hace dos semanas.

Sofía vino conmigo.

Fue su primera vez allí.

Caminamos juntos por las calles de piedra, visitamos las iglesias, nos sentamos en los cafés y finalmente la llevé al santuario del despojamiento.

Le mostré el lugar exacto donde me arrodillé esa noche con la marreta en la mano.

Le mostré donde sentí la mano en mi hombro.

Le mostré el monumento, el vidrio que estuve a punto de destrozar.

Papá”, me dijo mirando el rostro sereno de Carlo.

Él se ve como alguien que entendería, alguien que no juzgaría.

“Lo sé”, respondí.

“Creo que por eso pudo llegar a mí.

No vino con juicio, vino con una pregunta y esa pregunta me salvó la vida.

Nos quedamos ahí un largo rato, mi hija y yo, frente al vidrio.

Rezamos juntos, aunque yo todavía tropiezo con las palabras.

Encendimos velas.

Y antes de irnos, Sofía dejó una nota pequeña en el libro de intenciones que está cerca del monumento.

Después me mostró lo que había escrito.

Gracias por devolverme a mi papá.

Lloré otra vez, pero esta vez fueron lágrimas buenas, lágrimas de gratitud, de alivio, de esperanza.

Sé que mi historia suena imposible.

Sé que hay gente que dirá que todo fue coincidencia, que la voz fue mi imaginación, que el sueño de Sofía fue solo eso, un sueño, que la transferencia bancaria tuvo alguna explicación lógica.

Y está bien, cada uno tiene derecho a su escepticismo, pero yo sé lo que viví, yo sé lo que sentí.

Yo sé que esa mano en mi hombro era real.

Yo sé que esa voz conocía mi nombre y conocía mi dolor.

Yo sé que algo cambió en mí esa noche en Así, algo que no puedo explicar con palabras, pero que siento cada día.

He hecho cosas horribles en mi vida.

He lastimado gente, he destruido cosas, he vivido 40 años sin creer en nada, excepto en el dinero y el poder.

Fui un sicario, no de cuerpos, sino de esperanzas, de sueños, de símbolos.

Y estaba bien con eso.

No sentía remordimiento, no sentía nada.

Pero un chico de 15 años, muerto hace casi 20 años, vestido con jeans y zapatillas, me detuvo.

Me hizo una pregunta que ninguna otra persona me había hecho.

Me mostró que todavía había algo en mí que valía la pena salvar.

Me devolvió a mi hija, me pagó una deuda que yo debía y lo único que me pidió a cambio fue una visita.

Así que visito, voy a Así cada mes.

A veces voy solo, a veces voy con Sofia.

Me siento frente a ese vidrio y hablo.

Le cuento sobre mi vida, sobre mis luchas, sobre mis pequeños triunfos.

Le cuento sobre los días buenos y los días malos.

Le pido ayuda cuando siento que estoy a punto de caer en viejos hábitos.

Le agradezco por haberme salvado.

Y a veces cuando la iglesia está muy tranquila, cuando no hay nadie más alrededor, juro que puedo oler eso otra vez, ese olor a ozono y lirios, ese olor a electricidad y flores frescas.

Y siento paz.

Mi vida todavía no es perfecta.

Todavía lucho.

Todavía tengo días en los que el peso del pasado me aplasta.

Todavía tengo tentaciones de volver a lo que conocía porque aunque era destructivo, era familiar.

Pero cada vez que siento eso, recuerdo la pregunta.

¿Quién va a arreglar lo que está roto dentro de ti? Y la respuesta es complicada.

Parte de la respuesta es que yo tengo que hacer el trabajo.

Tengo que levantarme cada día y elegir ser diferente.

Tengo que enfrentar las consecuencias de mis acciones.

Tengo que reconstruir ladrillo por ladrillo una vida que valga la pena vivir.

Pero la otra parte de la respuesta es que no puedo hacerlo solo.

Necesito ayuda.

Necesito gracia.

necesito perdón.

Y de alguna manera en esa noche fría en Asís, encontré todo eso, no de donde esperaba, no de un sacerdote sabio o de un retiro espiritual planificado.

Lo encontré de un chico muerto que usaba ropa deportiva y que decidió que yo valía la pena salvar.

Carlo Acutis nunca me conoció en vida.

murió cuando yo ya tenía 30 años y estaba profundamente sumergido en mi vida de crimen.

Nunca cruzamos caminos, nunca habría tenido razón para saber mi nombre, pero esa noche, de alguna manera, él estaba ahí o algo que venía de él, algo que actuaba a través de él, estaba ahí y me salvó.

No de la manera dramática en que pasen las películas.

No hubo rayo de luz ni coros angelicales.

Me salvó de la manera más simple y más profunda posible.

Me hizo una pregunta, me hizo pensar, me hizo sentir y eso fue suficiente para romper el hechizo de 40 años de oscuridad.

Si estás escuchando esta historia y llevas tu propia marreta en la vida, sea lo que sea, quiero que sepas algo.

No importa cuánto tiempo hayas estado roto, no importa cuántas cosas terribles hayas hecho, no importa qué tan lejos sientas que has caído, todavía hay esperanza.

Yo miré el abismo, viví en él durante 40 años y el abismo me devolvió la mirada, pero no con oscuridad.

me miró con los ojos de un chico de 15 años que llevaba zapatillas deportivas y que sonreía como si supiera un secreto maravilloso.

Y ese secreto era que todavía había tiempo, todavía había oportunidad, todavía había gracia.

El vidrio que nos separa del cielo, de la bondad, de la redención, es más delgado de lo que pensamos.

Y no necesita ser roto con violencia, solo necesita ser limpiado.

Limpiado con nuestras lágrimas, con nuestro arrepentimiento, con nuestra voluntad de cambiar.

Esa noche en Asís fui a romper algo sagrado.

Pero lo que se rompió fue la cáscara dura de cinismo y muerte que había construido alrededor de mi corazón.

Y cuando esa cáscara se rompió, cuando finalmente me permití sentir otra vez, encontré que debajo de toda esa oscuridad todavía había algo salvable.

Todavía había un enzo que podía amar, que podía arrepentirse, que podía cambiar.

Todavía estoy aprendiendo a hacer ese enzo.

Todos los días es una elección.

Todos los días es un paso pequeño, pero los pasos pequeños eventualmente te llevan lejos.

Y cada paso que doy lejos de lo que era, es un paso hacia algo mejor, algo real, algo que vale la pena.

Así que si te preguntas si es demasiado tarde para ti, si sientes que has hecho cosas imperdonables, si piensas que no hay vuelta atrás del camino que has tomado, déjame decirte algo desde el fondo de mi experiencia.

Nunca es demasiado tarde.

Nunca.

Yo era un sicario, un destructor profesional, un hombre sin fe, sin esperanza, sin amor y un beato adolescente que lleva jeans me salvó la vida con una sola pregunta.

La voz que me detuvo esa noche en Asís puede llamarte a ti hoy.

Puede que no la escuches de la manera dramática en que yo la escuché.

Puede que venga como un pensamiento silencioso, como una inquietud en tu corazón, como un sueño, como la voz de alguien que amas diciéndote que todavía hay esperanza.

Pero si prestas atención, si te detienes aunque sea por un momento, en lo que sea que estés haciendo, que te está destruyendo, la escucharás.

Y cuando la escuches, espero que tengas el valor de bajar tu propia marreta, de soltar lo que te está matando, de permitirte ser salvado, porque mereces ser salvado.

Todos merecemos eso.

No importa lo que hayamos hecho, yo lo sé porque lo viví.

Mi nombre es Enzo y esta es mi historia de cómo un beato adolescente con zapatillas deportivas me salvó la vida.

Gracias por escuchar.