48 horas después de insultar a Carlo a Cutis frente a toda su clase, mi vida cambió para siempre.

Me reí de él.

Me reí en voz alta delante
de 30 adolescentes que observaban en silencio con una mezcla de incomodidad, curiosidad
morbosa y anticipación nerviosa.

Me reí porque era Mateo Romano, profesor de religión
del prestigioso Instituto San Marcos de Milán.

Me reí porque llevaba 20 años enseñando sobre
un dios en el que ya no creía.

Me reí porque pensaba que entendía exactamente cómo funcionaba
el mundo y estaba completamente equivocado.

Ese mismo día comenzó una transformación espiritual
tan violenta que me resultó imposible ignorarla.

Y lo que más me aterra incluso ahora después de
todos estos años es que Carlo Acutis lo sabía.

lo supo desde el momento exacto en
que nuestras miradas se cruzaron ese   lunes de finales de septiembre.

Me miró con
esos ojos oscuros que parecían ver más allá de mi armadura cuidadosamente construida de
cinismo y racionalismo.

Me miró directamente al alma y me dijo algo que me heló la
sangre.

En 48 horas, profesor romano, usted van a entender.

Mi nombre es Mateo Romano.

Tengo 40 años.

Enseño religión católica en una de las instituciones educativas más respetadas
de Milán.

Pero mi fe murió hace 23 años, el mismo día que enterramos a mi hermano menor Luca.

Tenía 12 años cuando el cáncer se lo llevó después de 8 meses de agonía que ningún niño debería
sufrir.

8 meses que me marcaron para siempre.

Recuerdo cada noche de esos 8 meses.

Recuerdo cómo
me arrodillaba junto a mi cama después de que mis padres pensaban que estaba dormido.

Recuerdo
las promesas que hacía en la oscuridad de mi habitación.

Dios, si salvas a Luca, dedicaré mi
vida entera a tu servicio.

Me haré sacerdote.

Nunca pediré nada más.

Solo esto.

Solo sálvalo.

Recuerdo las lágrimas que empapaban mi almohada.

Recuerdo la esperanza feroz y desesperada
que tenía porque yo creía, creía de verdad que Dios escuchaba, que Dios respondía, que Dios
no permitiría que un niño inocente sufriera así.

Pero Luca murió de todos modos.

murió consumido
por el dolor, su pequeño cuerpo devastado por un enemigo invisible que la medicina no pudo
detener.

Y yo dejé de creer.

No fue gradual, no fue filosófico, fue instantáneo y total, como
cuando se rompe un vaso.

Un momento está completo, al siguiente está hecho pedazos y todos los
argumentos teológicos del mundo no pueden pegar los pedazos de nuevo.

Mi familia es profundamente
religiosa.

Mi padre consiguió este puesto para mí.

Durante 20 años he estado enseñando sobre
milagros que no creo que existan, sobre una eucaristía que considero solo pan.

Los estudiantes
lo notaban.

Algunos se volvían escépticos como yo, y me sentía justificado hasta que Carlos llegó
en septiembre del 2006.

Fue el primer día del año escolar cuando lo vi.

Los estudiantes
de tercero de secundaria entraban ruidos empujándose.

Carlo entró solo, caminó hasta la
tercera fila, se sentó, sacó su cuaderno y esperó.

simplemente esperó con las manos cruzadas, mirando
hacia el frente con una atención que ningún otro estudiante mostraba.

Era delgado, casi frágil, con
cabello oscuro y ojos que me incomodaron desde el primer momento.

No eran los ojos de un niño de
14 años, eran demasiado profundos, demasiado serenos.

Comencé con mi introducción habitual.

Les dije que estudiaríamos las religiones desde una perspectiva histórica.

no devocional, que
buscaríamos explicaciones naturales detrás de lo que la tradición llama sobrenatural.

Cuando terminé y pregunté si había dudas, la mano de Carlos se levantó.

Profesor Romano dijo
con voz clara y respetuosa.

Entiendo que vamos a estudiar las religiones como fenómenos culturales,
pero también vamos a explorar la posibilidad de que algunas de estas tradiciones contengan verdad
espiritual real.

O ya hemos decidido de antemano que toda experiencia religiosa es reducible a
psicología y sociología.

El silencio que siguió fue tan denso que podía escuchar el zumbido de
las luces fluorescentes sobre nuestras cabezas.

Varios estudiantes se giraron en sus asientos
para mirar mejor.

Otros intercambiaban miradas nerviosas.

Todos sabían que algo importante
acababa de suceder, aunque quizás no entendían exactamente qué.

Sonreí con la condescendencia
que había perfeccionado durante años de enseñanza.

esa sonrisa que decía sin palabras que
era paciente con la ingenuidad juvenil,   pero que no la tomaría en serio.

Le respondí
con tono cuidadosamente modulado.

Carlo, esa es precisamente la pregunta que espero que
todos ustedes se hagan a lo largo del curso.

Mi trabajo es darles herramientas para pensar
críticamente, no decirles qué creer.

Pero debo ser honesto con ustedes.

En mi experiencia, en décadas
de estudio, las explicaciones naturales siempre terminan siendo suficientes.

Nunca he encontrado
un solo caso de supuesto milagro que no pudiera explicarse por coincidencia, malinterpretación de
eventos o en algunos casos fraude directo.

Carlo me sostuvo la mirada.

No había desafío en sus
ojos.

No había arrogancia adolescente tratando de impresionar a sus compañeros.

Había algo más
profundo, algo que me incomodaba sin que pudiera nombrarlo.

Con respeto, profesor, dijo con voz
tranquila pero firme.

La ausencia de evidencia en su experiencia personal no constituye evidencia
de ausencia en el universo completo.

Eso sería como si un hombre ciego dijera que los colores
no existen, porque él nunca los ha visto.

Varios estudiantes ahogaron risas nerviosas, otros
se inclinaban hacia adelante en sus asientos, fascinados.

Yo sentí algo que no había sentido en
años dentro de un aula.

Desafío intelectual real, no el desafío típico de adolescentes tratando
de evitar tareas o de cuestionar autoridad por el simple placer de hacerlo.

Esto era diferente.

Carlo estaba planteando una objeción filosófica legítima y lo estaba haciendo con una madurez
que no correspondía a sus 14 años.

Me acerqué a su escritorio.

Le dije que la carga de la prueba
recae en quien afirma lo extraordinario, que yo podría afirmar que hay unicornios invisibles en
mi jardín, pero eso no haría razonable creer en ellos.

Carlo asintió.

Entiendo, profesor.

Pero
los unicornios invisibles no transforman vidas, no inspiran sacrificio heroico, no generan amor
que atraviesa culturas y milenios.

Si vamos a comparar la fe con fantasías, deberíamos reconocer
que sus efectos son cualitativamente diferentes.

Ahí fue cuando sentí envidia pura y ardiente.

Este niño tenía algo que yo había perdido.

Tenía certeza, tenía paz, tenía esa confianza que
solo viene de creer que el universo tiene sentido, que el sufrimiento tiene propósito.

Y yo lo odiaba
por ello.

me recordaba lo que había sido antes de perder a Luca.

Así que hice lo que haría durante
las siguientes semanas.

Lo humillé.

Le dije frente a toda la clase que confundía efectos psicológicos
con verdad objetiva, que esperaba que aprendiera a distinguir entre lo que nos hace sentir bien y
lo que es verdadero.

Carlos simplemente asintió, me agradeció y se sentó.

No parecía ofendido,
solo paciente, y esa paciencia me enfureció aún más.

Las semanas siguientes establecieron un
patrón terrible que ahora, mirando atrás me llena de vergüenza.

Carlo nunca faltaba a clase, nunca
llegaba tarde, siempre prestaba atención completa, tomando notas meticulosas en su cuaderno con esa
concentración total que solo él parecía poseer.

Irregularmente hacía preguntas o comentarios
que exponían debilidades en mis argumentos, inconsistencias en mi lógica, suposiciones que yo
había hecho sin examinar, pero nunca lo hacía con arrogancia.

Nunca trataba de ganar debates o de
hacerme quedar mal frente a los otros estudiantes.

Simplemente señalaba con esa voz tranquila
y respetuosa cuando algo que yo había dicho no seguía lógicamente de las premisas que había
establecido.

cuando una conclusión iba más allá de lo que la evidencia realmente permitía.

Cuando
yo estaba, en resumen, dejando que mis prejuicios guiaran mi enseñanza en lugar de la razón que
tanto proclamaba valorar.

Y cada vez que lo hacía, yo respondía no con argumentos más fuertes o con
reconocimiento humilde de sus puntos válidos, sino con humillación calculada.

Comentarios sarcásticos
sobre su ingenuidad.

Risas condescendientes que hacían que otros estudiantes se rieran también.

Comparaciones implícitas entre su pensamiento crítico supuestamente inmaduro, y el análisis
riguroso de adultos verdaderamente educados.

Recuerdo una clase particularmente cruel.

En la
tercera semana estábamos discutiendo milagros en diferentes tradiciones.

Expliqué cómo cada cultura
reporta los milagros que su teología predice, sugiriendo que son construcciones culturales.

Carlo levantó la mano.

Yo suspiré audiblemente.

Profesor, dijo él, ¿no podría ser que diferentes
culturas interpretan las mismas intervenciones divinas a través del lenguaje que tienen
disponible? La diversidad de descripciones no invalida necesariamente la realidad de la
experiencia.

Es como si diferentes personas describieran el mismo atardecer con diferentes
vocabularios.

Era un argumento sofisticado, demasiado sofisticado, y me irritaba porque era
difícil de refutar.

Entonces cambié de táctica.

Carl, le dije con sonrisa falsa, eso es muy
creativo, pero estás haciendo lo que los apologistas siempre hacen.

Inventar explicaciones
convenientes que no se pueden probar.

La navaja de Okam dice que debemos preferir la explicación
más simple.

Y la más simple es que los humanos inventan historias porque necesitan sentir que sus
vidas tienen propósito cósmico.

La clase se ríó.

Carlo bajó la vista y yo sentí esa satisfacción
mezquina de haber ganado el intercambio.

Los otros estudiantes comenzaron a notar.

Algunos se ponían
incómodos, otros, los más crueles, empezaron a burlarse de Carlo.

Había un chico, David de
Corcini, particularmente despiadado.

Cada vez que Carlo mencionaba fe, David hacía comentarios.

Mira
al pequeño santo.

Tal vez puedas curar mi alergia con tus oraciones.

Y yo permitía esas burlas.

A
veces las alentaba con mi silencio cómplice.

Carlo nunca se defendía, nunca respondía, simplemente
continuaba participando con la misma seriedad y eso me enfurecía más.

Quería que se quebrara,
quería que mostrara rabia o tristeza, pero nada, solo esa paz inquebrantable.

En octubre descubrí
algo sobre Carlo que intensificó mi envidia.

Una mañana llegué temprano alrededor de las 7.

Pasé
por la capilla de la escuela.

Vi luz bajo la puerta.

Miré por la ventana.

Carlo estaba dentro,
solo, arrodillado frente al sagrario con las manos juntas, completamente inmóvil, completamente
absorto.

Pregunté al capellán sobre Carlo.

El padre Benedeto me dijo que Carlo venía a misa cada
mañana desde los 7 años, que tenía una devoción especial por la Eucaristía que nunca había visto
en alguien tan joven.

y me contó que Carlo estaba construyendo una página web documentando milagros
eucarísticos de todo el mundo.

A los 14 años esa información me dio más munición.

En la siguiente
clase mencioné casualmente que algunos estudiantes creían que el pan se convertía en carne humana
durante la consagración, que en la Edad Media estas creencias tenían sentido, pero que en
el siglo XXI era embarazoso.

La clase se rió.

Carlo no dijo nada, pero sus mejillas se
colorearon.

Carlo finalmente levantó la mano.

Yo la ignoré.

Él la mantuvo arriba.

Después de varios
minutos incómodos, le di la palabra.

Profesor Romano, dijo con voz temblorosa, ha leído sobre
el caso de Buenos Aires en 1996 o el anciano donde el tejido todavía existe y ha sido analizado.

Lo interrumpí con una risa.

Carl, por favor, esos casos son fraudes.

Ningún científico serio
verificaría afirmaciones tan absurdas.

La clase se ríó.

Carlo bajó la cabeza.

Por primera vez
parecía genuinamente herido.

Davide levantó la mano con una sonrisa maliciosa.

Está diciendo
que las personas que creen en milagros son como las que creen en alianígenas.

Le respondí con
cuidado aparente, pero intención clara.

Sí.

Fundamentalmente, ambos cometen el mismo error.

La clase se ríó de nuevo.

Carlo no levantó la vista.

Esa noche me pregunté por qué era tan
cruel.

No era solo su fe lo que me irritaba, era cómo la vivía con alegría, con certeza.

Carlo
tenía algo que yo deseaba desesperadamente, pero que mi orgullo no me permitía admitir.

Entonces
decidí quebrar su certeza como la mía había sido quebrada.

El lunes 25 de septiembre del 2006
preparé la lección definitiva.

Había investigado casos de su página web.

Imprimí artículos
escépticos.

Proyecté en pantalla los argumentos contra un milagro.

Mostré inconsistencias.

La
falta de análisis riguroso.

Luego me giré hacia Carlo.

Carlo, dije con tono condescendiente.

Entiendo que has dedicado tiempo a esta página web, pero tengo la responsabilidad de enseñarte
pensamiento crítico.

Y la verdad incómoda es que estos casos no resisten escrutinio serio.

Carl
levantó la vista, me miró directamente y por primera vez vi tristeza, pero también compasión.

Profesor Romano dijo con voz tranquila pero firme, usted no está enseñándome a pensar críticamente,
usted está enseñándome su dolor.

El silencio fue absoluto, mi dolor.

¿Cómo se atrevía? Le respondí
con rabia apenas contenida.

Eso es inapropiado, Carlo.

Enfócate en los argumentos que presenté.

Carlo asintió.

Disculpe mi comentario, pero puedo responder hasta sus argumentos.

Cada punto
que presentó fue refutado por investigaciones posteriores que usted no revisó.

Hay análisis
forenses modernos, hay testimonios de científicos seculares.

Si realmente está interesado en pensar
críticamente, debería examinar la evidencia completa.

Varios estudiantes hicieron sonidos
de sorpresa.

Yo sentí la sangre subir a mi cara.

Este niño me estaba acusando de cherry picking y
tenía razón, pero en lugar de admitir mi error, caminé hasta su escritorio.

Me incliné sobre
él y con voz baja le dije algo terrible.

Le dije que su devoción era patética, que revelaba
debilidad intelectual, que esperaba que madurara y dejara atrás estas supersticiones.

Carlo me miraba
con esos ojos que parecían ver directamente a través de mi cinismo hasta el adolescente roto que
lloraba por su hermano.

Y entonces dijo algo que cambiaría todo.

En 48 horas, profesor romano,
usted va a entender.

Yo me reí en su cara.

Le pregunté qué significaba eso.

Era una amenaza,
una profecía.

Carlo no respondió al sarcasmo, solo me miró con tristeza profunda.

No es una amenaza,
profesor, es una promesa.

Dios va a responderle y cuando lo haga, espero que tenga el coraje
de reconocerlo.

Le respondí con más crueldad.

Le dije que esperaba ansioso este supuesto
milagro, que si en 48 horas algo inexplicable sucedía, vendría a su casa de rodillas, pero que
cuando nada pasara, esperaba que reconociera que su fe era autoengaño.

Carlo asintió, miró su
reloj.

Son las 10:32 de la mañana del lunes 25 de septiembre, dijo.

En 48 horas serán las 10:32
del miércoles 27 de septiembre.

Profesor Romano, en ese momento usted va a saber que Dios existe,
que los milagros son reales y que todo el dolor que ha estado cargando desde que su hermano Luca
murió no tiene que definir el resto de su vida.

El mundo se detuvo, no podía respirar.

¿Cómo
sabía sobre Luca? Nunca hablaba de mi hermano.

Con voz temblorosa le pregunté cómo sabía quién le
había contado.

Carlo me miró con compasión.

Nadie me contó, profesor.

Luca me lo dijo.

Él quiere
que usted sepa que está bien, que está en paz, que lo perdona y que en 48 horas usted va a
recibir algo que solo ustedes dos conocían.

Algo que le probará que la muerte no es el
final.

La clase explotó en murmullos.

Yo estaba paralizado.

Una parte de mí quería gritar, pero
otra parte, silenciada durante 23 años susurraba, “¿Y si fuera cierto?” Le dije a Carlo que esto
era inaceptable, que usar información de mi vida privada era cruel, que hablaría con el director.

Carlo asintió.

Entiendo, profesor.

Le pido perdón, pero todo lo que dije es verdad y en 48 horas
usted lo sabrá.

Recogió sus cosas y caminó hacia la puerta.

En el umbral se giró.

Su hermano lo
ama, profesor romano.

Nunca dejó de amarlo.

Y Dios también.

Las siguientes 48 horas fueron
las más extrañas de mi vida.

No dormí la noche del lunes.

Me quedé despierto mirando fotos de
Luca que no había mirado en años y me preguntaba cómo Carlos sabía.

¿Cómo podía saber sobre Luca?
Pensé en todas las cosas que solo mi hermano y yo habíamos compartido.

Pero había una cosa en
particular.

Un mes antes de que Luca muriera, me llamó a su habitación del hospital.

Estábamos
solos.

Luca me tomó de la mano.

Mateo susurró.

Tengo miedo de irme sin que sepas.

Te dejé
algo.

Está debajo del tercer tablón suelto en mi habitación, el que está bajo la ventana.

Ahí está
mi colección de canicas, las especiales.

Quiero que las tengas y quiero que cada vez que las mires
recuerdes que siempre seremos hermanos.

¿Me lo prometes? Le prometí, pero cuando Luca murió, yo
estaba tan destruido que nunca busqué las canicas.

No quería esa conexión.

quería olvidar.

Y años
después, cuando mis padres vendieron la casa, asumí que las canicas se habían perdido.

El martes
fue peor.

Fui a la escuela como autómata.

Vi a Carlo en los pasillos.

Me vio también, pero no
se acercó, solo me miró con certeza.

Él sabía que algo iba a pasar y eso me aterraba.

Esa noche,
el martes 26 de septiembre, hice algo que no había hecho en 23 años.

Recé.

Hablé a Luca como si
pudiera escucharme.

Le dije cuánto lo extrañaba, cuánto lamentaba nunca haber buscado las canicas
y le dije que si realmente había una manera de comunicarse, necesitaba saberlo.

Necesitaba una
señal.

Me dormí después de medianoche, agotado, pero inquieto, y tuve un sueño.

No fue como los
sueños normales donde todo es confuso y la lógica se rompe.

Este sueño tenía la claridad cristalina
de la memoria real.

Estaba en nuestra casa de la infancia, en la habitación de Luca, exactamente
como la recordaba.

Las paredes azul claro, el póster de su equipo de fútbol favorito.

Los
juguetes que nunca tuve corazón para tocar.

después de su muerte y Luca estaba ahí.

No, el
Luca consumido por el cáncer, el niño esquelético conectado a máquinas que apenas podía hablar sin
sentir dolor.

Este era mi hermano real, 12 años, con sus mejillas llenas y sus ojos brillantes,
sonriendo con esa sonrisa traviesa que siempre tenía cuando sabía algo que yo no sabía.

Mateo
dijo su voz clara y fuerte.

La voz que había olvidado cómo sonaba.

La voz que solo existía
ahora en videos familiares viejos que no podía soportar ver.

No las buscaste.

No buscaste las
canicas que te dejé.

Y me di cuenta en el sueño que estaba llorando, que las lágrimas corrían
por mi rostro, aunque sabía que estaba dormido.

Lo siento, Luca.

Lo siento tanto, no pude.

Fue
demasiado doloroso.

Mi hermano caminó hacia mí y lo sentí.

Sentí su mano en mi hombro, cálida y
real y sólida.

Está bien, hermano.

Entiendo por qué no pudiste.

El dolor te cegó.

Te hizo olvidar
no solo a mí, sino a ti mismo.

Te hizo olvidar quién eras antes de que yo muriera.

Pero ahora es
tiempo.

Es tiempo de que encuentres lo que dejé para ti.

Carlo te va a mostrar el camino.

Confía
en él, Mateo.

Él ve cosas que otros no pueden ver.

Él escucha voces que otros no pueden escuchar
y yo le pedí que te ayudara porque te amo, porque nunca dejé de amarte y porque Dios no te
ha abandonado, aunque tú lo abandonaste a él.

Me desperté sobresaltado, jadeando, con el corazón
martillando en mi pecho.

Las sábanas estaban empapadas de sudor.

Mi almohada húmeda de lágrimas
que no recordaba haber derramado.

Miré el reloj.

5:15 de la mañana, miércoles 27 de septiembre
de 2006.

En exactamente 5 horas y 17 minutos llegaría el momento que Carlo había prometido
y yo ya sabía.

En lo profundo de mi ser, en un lugar que había cerrado hacía 23 años,
yo ya sabía que algo imposible estaba a punto de suceder.

Me levanté con piernas temblorosas.

Me duché con agua tan caliente que casi quemaba.

tratando de convencerme de que estaba despierto,
de que el sueño había terminado, pero la sensación de la mano de Luca en mi hombro persistía,
podía sentirla todavía.

El peso, el calor, la realidad innegable de ese contacto.

Me vestí
sin pensar realmente en lo que hacía, pantalones, camisa, suéter, pero no pude ir a la escuela.

No podía pretender que este era un día normal.

que podía estar frente a una clase y enseñar como
si mi mundo no estuviera a punto de desmoronarse.

Llamé al director, le dije que estaba enfermo, que
necesitaba el día libre.

Mi voz sonaba extraña, incluso a mis propios oídos, hueca, distante.

Las horas que siguieron fueron las más largas de mi vida.

Intenté leer.

Las palabras eran
incomprensibles.

Intenté ver televisión.

Las imágenes no tenían sentido.

Solo podía
caminar de un lado a otro de mi apartamento, mirando el reloj cada pocos minutos.

Cada segundo
se sentía como una eternidad.

9 de la mañana, 9:30 10.

Mi corazón latía tan fuerte que podía
escucharlo en mis oídos.

Mis manos temblaban.

Había sudor frío en mi frente, a pesar de que
el apartamento no estaba caliente.

10 y 15.

10 y 20.

Cada minuto que pasaba aumentaba la
tensión insoportable.

Parte de mí esperaba desesperadamente que nada pasara, que las 10:32
llegaran y se fueran sin evento, que pudiera volver a mi vida ordenada y racional donde Dios
no existía y los muertos permanecían muertos.

Pero otra parte, la parte que había despertado
con el sueño de Luca, la parte que había sentido su mano en mi hombro, esa parte sabía.

Sabía
que mi vida estaba a punto de cambiar, que las defensas que había construido tan cuidadosamente
durante 23 años estaban a punto de ser demolidas.

y tenía miedo, un miedo profundo y primitivo
de enfrentar verdades que había negado durante tanto tiempo.

10 y 28, 10 y 29, 10 y 30.

Mi
respiración era superficial y rápida.

10:31.

Me senté en el sofá mirando fijamente la puerta
de mi apartamento como si pudiera hacer que algo apareciera o no apareciera por pura fuerza de
voluntad.

Y entonces, exactamente a las 10:32 de la mañana del miércoles 27 de septiembre de 2006,
48 horas después de que Carlo hiciera su promesa, mi puerta sonó.

Un golpe suave pero insistente.

Me
quedé paralizado.

Abrí.

Carlo Acutis estaba ahí en el pasillo de mi edificio vestido de manera simple
con un suéter azul marino, mirándome con esos ojos oscuros.

Profesor Romano dijo tranquilamente.

Necesita venir conmigo.

Hay algo que tiene que ver.

Es tiempo.

Carlo asintió.

Tomé mi chaqueta
y lo seguí.

Había un taxi esperando.

Carlo dio instrucciones hacia el área donde había crecido,
donde estaba mi casa de la infancia.

El viaje duró 20 minutos.

Carlo no habló.

Llegamos.

Carlo
pagó al taxi.

Bajamos frente a mi antigua casa, pero ya no se veía como la recordaba.

Había sido
renovada, pintada diferente.

Otras personas vivían ahí.

Carlo caminó hacia la puerta.

tocó el timbre.

Una mujer de unos 50 años apareció.

“Tú debes ser, Carlo”, dijo.

“Sí, señora Benedetti, gracias
por permitirnos venir.

” Ella nos dejó entrar.

El interior era completamente diferente, pero la
estructura básica era la misma.

Carlos subió las escaleras en el segundo piso, giró hacia
la derecha, hacia donde había estado la habitación de Luca.

Ahora era una oficina, pero
la ventana estaba en el mismo lugar y el piso era el mismo.

Carlo entró, se arrodilló cerca de
la ventana, comenzó a contar tablones.

Un, dos, tres.

El tercer tablón.

Sacó un destornillador
pequeño de su mochila.

Comenzó a aflojar el tablón.

La señora preguntó qué estaba haciendo.

Carlo explicó que necesitábamos revisar algo, que lo repondría después.

Carlo removió el tablón,
miró dentro del espacio oscuro debajo y entonces sacó algo.

Una pequeña caja de metal antigua
oxidada la sostuvo hacia mí.

Esto es suyo, profesor romano.

Le pertenece desde hace 23 años.

Tomé la caja con manos que temblaban tanto que casi la dejo caer.

El metal estaba frío contra
mis palmas.

oxidado por años de abandono.

Pesaba más de lo que esperaba o quizás era el peso de 23
años de negación lo que sentía en mis manos.

Era una vieja caja de galletas que Luca y yo habíamos
usado para guardar nuestros tesoros cuando éramos niños.

La reconocí inmediatamente azul y roja
con letras doradas desvanecidas.

En la tapa, escritas con marcador permanente que ahora estaba
casi invisible.

Estaban nuestras iniciales M y L, Mateo y Lucas, nuestro pacto secreto, nuestro
cofre del tesoro compartido.

Mis dedos temblaban mientras abría la tapa.

La bisagra chirriaba con
un sonido que me transportó instantáneamente a mi infancia.

A esas tardes de verano, cuando Luca
y yo nos sentábamos en el piso de su habitación, contando nuestras canicas, inventando
historias para cada una.

Dentro había canicas, docenas de canicas, las canicas especiales que
Luca y yo habíamos coleccionado durante años, cada una era una memoria, la grande azul con
remolinos blancos que habíamos encontrado en el parque cuando Luca tenía 8 años.

Habíamos cavado
en el arenero durante horas, buscándola después de que la vio brillar bajo la arena.

La verde con
espiral dorada que Luca había ganado en un juego contra nuestro vecino Marco.

Luca había estado
tan orgulloso que durmió con ella bajo su almohada durante una semana.

La roja perfectamente redonda
y transparente que yo le había regalado en su décimo cumpleaños.

La había comprado con mi propio
dinero ahorrado.

Luca me había abrazado tan fuerte que casi no podía respirar.

Las lágrimas nublaban
mi visión.

caían sobre las canicas, haciéndolas brillar en la luz que entraba por la ventana de
la oficina.

Cada canica era un momento de nuestra infancia que creía perdido para siempre.

Cada una
era prueba de que una vez habíamos sido felices, de que una vez habíamos sido hermanos que se
amaban sin la sombra de la muerte entre nosotros.

Pero había algo más en la caja debajo de las
canicas, un pedazo de papel doblado con cuidado, amarillento por el tiempo.

Las manos me temblaban
tanto que apenas podía abrirlo.

Sabía qué era.

Lo supe antes de verlo.

Era la nota que Luca me había
prometido, las últimas palabras que mi hermano me había dejado.

La desdoblé con una delicadeza
reverencial, como si pudiera romperse al tocarla.

La letra era de Luca, su escritura infantil e
irregular, algunas letras más grandes que otras, escritas con bolígrafo azul que se había
desvanecido, pero que todavía era legible.

Y mientras leía podía escuchar su voz, la voz que
había olvidado, la voz del sueño, la voz que nunca había dejado de existir, solo había dejado
de escuchar.

Mateo, cuando encuentres esto, acuérdate que siempre seremos hermanos.

No importa
dónde esté yo, no importa qué pase.

Te quiero más que a nada en el mundo.

Y si alguna vez dudas,
si alguna vez te sientes solo o perdido, solo mira estas canicas y recuerda todos los juegos
que jugamos, todas las aventuras que tuvimos, todos los secretos que compartimos.

Esos
momentos fueron reales.

Nuestro amor es real y el amor nunca muere.

Ni siquiera cuando
los cuerpos se van.

Estaré esperándote, hermano, hasta que nos volvamos a ver.

Te veo pronto.

Tu
hermano que te ama, Luca.

Caí de rodillas.

No fue una decisión consciente.

Mis piernas simplemente
dejaron de sostenerme.

Caí sobre el piso de madera de esa oficina que había sido la habitación
de mi hermano.

Y lloré.

Lloré como no había llorado desde que tenía 17 años.

Lloré con soyosos
que sacudían mi cuerpo entero.

23 años de dolor que había enterrado.

23 años de rabia que había
dirigido hacia Dios.

23 años de negación.

Todo saliendo en un torrente que no podía controlar
y que no quería controlar.

La señora Benedetti me miraba con preocupación desde la puerta.

Carlos se arrodilló junto a mí.

No dijo nada.

No trató de consolarme con palabras vacías,
simplemente puso una mano en mi hombro, la misma manera en que Luca había puesto su mano
en mi hombro en el sueño.

Y en ese contacto simple y humano sentí algo que no había sentido en 23
años.

Sentí que no estaba solo, que nunca había estado solo, que mi hermano había estado tratando
de alcanzarme todo este tiempo y yo había estado demasiado ciego por mi dolor para verlo.

Cuando
me calmé, le pregunté a Carlo, ¿cómo? ¿Cómo sabía? Lucas me lo dijo, profesor.

Él está con Dios,
está en paz y ha estado tratando de alcanzarlo durante años, pero usted había cerrado su corazón
tan completamente que no podía escucharlo.

Le pregunté por qué Luca había elegido hablarle a
él.

¿Por qué no directamente a mí? Carlos sonrió con tristeza.

Porque usted no hubiera escuchado,
hubiera racionalizado cualquier experiencia como ilusión.

Necesitaba algo objetivo, algo que
viniera de fuera.

Y por alguna razón Dios me permite escuchar a aquellos que han partido cuando
es importante, cuando alguien necesita saber que sus seres amados todavía existen.

Me quedé ahí
sosteniendo las canicas, la nota y enfrentando una verdad que había estado negando.

Dios existía.

Los
milagros eran reales.

La muerte no era el final y todo el edificio intelectual que había construido
era solo protección, ¿no? ¿Verdad? Carlo me ayudó a levantarme.

Le agradecimos a la señora.

Salimos.

Caminamos en silencio.

Finalmente le dije que lo sentía, que sentía cada humillación, que sentía
haber atacado su fe porque yo había perdido la mía.

Carlo me detuvo.

Puso una mano en mi brazo.

Profesor Romano, todo está perdonado.

Todo fue necesario.

Usted necesitaba llegar a este punto de
quiebre para poder reconstruirse.

Regresamos a mi apartamento.

Carlos se sentó en mi sofá y entonces
me contó algo.

me dijo que estaba enfermo, que tenía leucemia, que los doctores habían dicho
que le quedaban tal vez 6 meses, que su cuerpo se estaba apagando, que por eso trabajaba tan
intensamente en su página web, porque sabía que su tiempo era corto.

Me derrumbé.

La idea de que este
muchacho extraordinario estaba muriendo, Carlo me consoló.

me dijo que la muerte no era el final,
que pronto vería a Jesús y que desde el otro lado continuaría intercediendo por personas como yo.

Pasamos esa tarde hablando, compartiendo, sanando.

Cuando oscureció, Carlo dijo que necesitaba
irse.

Antes de irse, me dio su rosario, simple, de madera, usado.

me dijo que lo había usado
en oración durante años, que quería que yo lo tuviera, que cuando sintiera dudas lo sostuviera
y recordara este día.

Carlo Acutis murió el 12 de octubre del 2006, dos semanas después de
nuestro viaje a buscar las canicas.

En esos días que siguieron a nuestro descubrimiento, Carlo fue
hospitalizado.

Su leucemia avanzaba rápidamente.

Los doctores hicieron todo lo posible, pero su
cuerpo se estaba apagando.

Tenía 15 años.

Fui a su funeral días después.

Miles de personas vinieron.

Después del funeral, cuando regresé a la escuela, reunía toda mi clase, les conté todo sobre
las canicas, sobre la nota de Luca, sobre cómo Carlo había sabido algo imposible de saber.

Me arrodillé, me arrodillé frente a la silla vacía donde Carlos solía sentarse y pedí perdón.

Perdón por cada humillación, por cada burla.

Les dije que había estado equivocado, que Carlo
había estado en lo correcto, que Dios existía, que los milagros eran reales y que dedicaría el
resto de mi vida a honrar su memoria continuando su trabajo.

En los días después de nuestro viaje
a buscar las canicas, antes de que Carlo fuera hospitalizado, trabajamos juntos en su proyecto
web.

Fueron solo algunos días intensos, preciosos.

Carlo me enseñó sobre los casos que había
documentado, me explicó su metodología de investigación y juntos comenzamos a expandir
el sitio.

Yo aportaba mis habilidades de investigación académica.

Él aportaba su fe y su
intuición.

Contactábamos parroquias, verificábamos documentos, pero su salud se deterioraba
visiblemente y pronto, demasiado pronto, fue hospitalizado.

Las últimas dos semanas de su
vida las pasó en el hospital luchando contra la leucemia que finalmente lo venció.

Yo lo visité
allí varias veces y cada visita fue un regalo, una oportunidad más de aprender de este muchacho
extraordinario.

Ahora, después de su muerte, me comprometí a continuar ese trabajo, a mantener
viva su visión.

Durante el funeral, el sacerdote habló sobre Carlo, sobre su devoción eucarística,
sobre cómo había usado sus dones para evangelizar.

y me di cuenta de algo.

Carlo no solo había
cambiado mi vida, había cambiado cientos, tal vez miles de vidas.

Años después, en 2020,
Carlo Acutis fue beatificado.

Cuando recibí la noticia, lloré de alegría porque el mundo
finalmente reconocía lo que yo había conocido, que este muchacho era extraordinario, que su vida
había sido un testimonio poderoso de que Dios existe.

Ahora tengo 59 años.

He enseñado religión
por casi 40 años, pero solo he sido verdaderamente maestro durante los últimos 19 desde que Carlo me
enseñó a ver de nuevo.

Todavía mantengo el sitio web de Carlo.

Lo he expandido.

Ahora hay miles de
casos documentados, millones de visitantes cada año y todavía cargo dos cosas conmigo siempre.

En mi bolsillo izquierdo, el rosario de Carlo.

En mi bolsillo derecho, la canica roja que le di a
Luca en su décimo cumpleaños.

Cuando tengo dudas, toco estos objetos.

Y recuerdo que en 48 horas mi
vida cambió para siempre.

Recuerdo que un niño de 14 años vio a través de dos décadas de armadura
hasta el adolescente roto que lloraba por su hermano.

Recuerdo que los milagros son reales, que
Dios existe, que el amor nunca muere.

La última vez que vi a Carlo consciente me dijo algo que
he llevado como mantra desde entonces.

Profesor Romano, recuerde siempre esto.

No estamos llamados
a entender todo, estamos llamados a confiar.

Y en esa confianza encontramos paz que sobrepasa
todo entendimiento.

Tenía razón, como siempre.

Si te ha servido, comparte este testimonio
y no olvides ver más vídeos del canal.