No sé si alguna vez has visto tu reflejo en un espejo y has sentido que la persona que te mira no eres tú, que es un extraño, alguien que no reconoces, alguien que no querías ser.

Yo viví así durante casi 40 años.

Mi nombre es Sebastián Ibarra, tengo 47 años y soy el párroco de la Iglesia de San Miguel Arcángel en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México.

Pero antes de ser padre, antes de ser sacerdote, fui el niño que nadie quería mirar.

Cuando tenía 8 años hubo un incendio en mi casa.

Era de noche.

Yo estaba durmiendo en mi cuarto del segundo piso.

Nunca supimos exactamente qué lo causó.

Tal vez un corto circuito en la cocina.

Lo único que recuerdo es despertarme envuelto en humo negro y calor insoportable.

Mi papá logró sacarme, pero no antes de que las llamas alcanzaran el lado izquierdo de mi cuerpo.

Mi cara, mi cuello, parte de mi hombro.

El dolor fue indescriptible, pero más indescriptible fue lo que vino después.

Los médicos hicieron lo que pudieron.

Hubo cirugías, injertos de piel, tratamientos.

Pero en 1967, en un pueblo pequeño de México, la medicina reconstructiva no era lo que es ahora.

Las cicatrices quedaron profundas, gruesas, deformantes.

La piel del lado izquierdo de mi cara se contrajo, tirando de mi ojo hasta dejarlo parcialmente cerrado.

Mi boca quedó torcida de ese lado.

Mi cuello tiene líneas de piel arrugada y brillante que parecen raíces de árbol.

Cuando la gente me ve por primera vez, no pueden evitar quedarse mirando por un segundo antes de desviar rápidamente la vista.

He aprendido a reconocer esa secuencia.

Mirada, sorpresa, incomodidad, desvío.

Crecí siendo el niño que asustaba a otros niños.

En la escuela me llamaban El monstruo, cara quemada.

Freddy Krueger cuando esa película se hizo famosa.

Comía solo en el recreo.

Nadie quería ser mi compañero en los trabajos en equipo.

Las mamás de mis compañeros les decían que no se burlaran de mí, pero yo veía en sus ojos que ellas también sentían lástima o repulsión cuando venían a recoger a sus hijos y me veían.

Mi mamá, Dios la tenga en su gloria.

Fue mi único consuelo durante años.

Ella me decía que Dios me había marcado para un propósito especial, que las cicatrices eran como un bautismo de fuego, que yo tenía que ser más fuerte por dentro, porque por fuera el mundo sería cruel conmigo.

Tenía razón en todo.

El mundo fue cruel, pero ella me enseñó a sobrevivir esa crueldad.

Cuando tenía 17 años supe que quería ser sacerdote.

No fue una revelación mística ni un sueño.

Fue más simple y más triste que eso.

Me di cuenta de que nunca iba a tener una vida normal.

Ninguna chica me iba a mirar con amor.

Ninguna familia iba a aceptarme como yerno.

Ningún empleador me iba a querer de cara al público.

Pero la iglesia, pensé, la iglesia acepta a todos.

Dios no se fija en las apariencias y si me hacía sacerdote podría servir, podría tener un propósito, podría hacer que mi vida significara algo más que solo sobrevivir el rechazo diario.

Entré al seminario a los 18, ahí fue diferente.

Mis compañeros seminaristas eran, en su mayoría buenos hombres que me trataban con respeto, pero incluso ahí había distancia.

Nadie es cruel en un seminario, pero tampoco hay cercanía.

genuina cuando tu apariencia hace que los demás se sientan incómodos.

Las conversaciones eran cordiales, pero breves.

Los abrazos de paz durante la misa eran rápidos, mecánicos.

Yo entendía, no los culpaba, pero cada interacción me recordaba que era diferente, que era menos.

Me ordené sacerdote a los 25 años.

Fue uno de los días más felices de mi vida y también uno de los más solitarios.

Mi mamá lloraba de orgullo, mi papá estaba serio y conmovido.

Pero cuando el obispo me abrazó durante la ceremonia, sentí su incomodidad.

Fue un abrazo de obligación, no de celebración, y eso marcó el tono de lo que sería mi sacerdocio.

Serví en varias parroquias pequeñas durante mis primeros 10 años.

Siempre me enviaban a lugares rurales, comunidades donde la necesidad de un sacerdote era mayor que la incomodidad con mi apariencia.

Celebraba misas, administraba sacramentos, visitaba enfermos, hacía mi trabajo, pero siempre sentía que era tolerado, no querido.

Los feligreses venían a confesarse conmigo porque era el único sacerdote disponible, no porque confiaran en mí o se sintieran cómodos.

Hace 12 años, en 1994, me asignaron a la parroquia de San Miguel Arcángel en San Cristóbal de las Casas.

Es una iglesia hermosa, colonial del siglo X, con paredes gruesas de adobe y un techo alto de madera.

La comunidad aquí es más grande, más urbana.

Hay turistas que vienen a visitar el centro histórico.

Pensé que tal vez aquí sería diferente, que en una ciudad más grande la gente estaría más acostumbrada a la diversidad, a ver diferentes tipos de personas.

Pero no fue así.

Si acaso fue peor, porque aquí había más gente, lo que significaba más miradas, más incomodidad, más rechazo sutil, pero constante.

Los feligreses venían a misa, sí, recibían la comunión de mis manos, sí, pero después salían rápido.

Nadie se quedaba a charlar conmigo después de la misa, como hacían con otros sacerdotes que venían a ayudar en las fiestas grandes.

Cuando caminaba por el mercado con mi alzacuellos, la gente me saludaba con respeto, pero desde lejos, nunca de cerca.

Lo que más me dolía eran los niños.

Yo amo a los niños, su inocencia, su alegría.

Pero los niños tienen miedo de lo que no entienden.

Cuando yo me acercaba a bendecir a una familia después de misa, veía como las mamás instintivamente jalaban a sus hijos hacia ellas, alejándolos de mí.

Los niños me miraban con ojos grandes, asustados, y luego escondían la cara en las piernas de sus padres.

Yo fingía no notarlo.

Sonreía, bendecía desde la distancia y seguía adelante, pero cada vez me mataba un poco por dentro.

Durante 12 años viví así, celebrando misa todos los días para una comunidad que me toleraba, pero no me tocaba.

Mis manos consagraban el cuerpo de Cristo cada mañana.

sostenían la elevada en el momento más sagrado de la liturgia.

Pero esas mismas manos jamás recibieron el calor de un abrazo sincero.

Nunca un apretón de manos que durara más de un segundo, nunca una palmada en el hombro que no fuera forzada.

Me acostumbré a la soledad.

Aprendí a vivir con ella.

Mis días eran rutina.

Misa de 7 de la mañana, confesiones de 9 a 11, misa de mediodía, visitas a enfermos por la tarde.

Rosario a las 6, cena solo en la casa parroquial, lectura, oración, dormir.

Los fines de semana había más misas, más gente, pero la misma distancia.

Los domingos eran los peores porque veía a las familias juntas abrazándose, besándose, tocándose con esa facilidad que yo nunca conocería.

Había noches en que me preguntaba si había hecho lo correcto al hacerme sacerdote, no porque dudara de mi vocación o de Dios, sino porque me preguntaba si era justo vivir así, tan aislado, tan intocable.

Otros sacerdotes tenían comunidades que los querían, feligreces que los buscaban para conversar.

que los invitaban a comer, que los consideraban parte de la familia.

Yo era funcional, era el sacerdote que estaba ahí cuando se necesitaba un sacramento, pero no era querido.

Y luego llegó agosto de 2006, ese mes que cambió absolutamente todo.

San Cristóbal siempre está lleno en agosto por la feria de verano.

Hay eventos culturales, artesanías, turistas de todo México y del mundo.

La Iglesia recibe muchos visitantes durante esa época.

Algunos vienen por fe, otros solo por curiosidad arquitectónica.

Yo celebraba las misas normalmente, sabiendo que la mayoría de esos rostros nuevos desaparecerían en unos días.

El martes 8 de agosto era un día particularmente caluroso, esa humedad pesada típica del verano en Chiapas que hace que todo se sienta más lento, más espeso.

Yo celebré la misa de las 7 de la mañana con los feligres habituales, unos 15 o 20, casi todos mayores.

Luego pasé la mañana en la oficina parroquial atendiendo algunos asuntos administrativos, preparando los textos para las lecturas de la semana siguiente.

A las 11:15 subí al altar para prepararme para la misa de las 11.

Es la misa que atrae más turistas porque está en un horario cómodo después del desayuno, antes de la comida.

Cuando empezó a llegar la gente, noté inmediatamente a una familia que destacaba entre los demás.

Claramente extranjeros, muy bien vestidos, con ese aire elegante de los europeos.

Los padres eran altos, el papá con lentes y el pelo gris en las cienes, la mamá con el cabello castaño recogido en un peinado impecable y con ellos venía un adolescente.

El chico tendría unos 15 años, quizás 16.

Llevaba tenis Adidas blancos, jeans desgastados, pero de marca, y una mochila que, evidentemente tenía una computadora portátil por la forma rectangular que se marcaba.

Tenía el cabello oscuro peinado con gel hacia delante, ese estilo que usaban todos los jóvenes en esa época.

Pero lo que me llamó la atención no fue su ropa ni su peinado, fueron sus ojos.

Tengo experiencia leyendo cómo la gente me mira.

Reconozco la curiosidad morbosa, la lástima, el asco disimulado, pero este chico me miró diferente.

Cuando entré al altar y me giré hacia la congregación para hacer la señal de la cruz inicial, nuestros ojos se encontraron y él no desvió la mirada.

No hubo ese microsegundo de shock al ver mi rostro.

No hubo incomodidad, solo una concentración profunda, como si estuviera estudiándome, pero no mi apariencia, sino algo más profundo.

Durante toda la misa noté que el chico estaba completamente absorto, no como los turistas que miran alrededor admirando la arquitectura o que discretamente toman fotos.

Él estaba escuchando cada palabra.

Más que eso, estaba tomando notas en un cuaderno.

Lo vi escribir durante mi homilía sobre el amor de Cristo, que no hace distinciones, sobre cómo Jesús tocó a los leprosos cuando nadie más lo hacía.

fue una de mis homilías favoritas, la que daba cada vez que necesitaba recordarme a mí mismo por qué seguía ahí a pesar del rechazo constante.

Cuando terminó la misa, como siempre, la gente empezó a salir rápidamente.

Algunos turistas se quedaron tomando fotos de los retablos.

Los feligres habituales me saludaron con una inclinación de cabeza desde lejos y se fueron.

Yo empecé a recoger los objetos litúrgicos del altar, preparándome para volver a la sacristía y quitarme los ornamentos.

Y entonces escuché pasos acercándose, firmes, decididos.

Me giré y ahí estaba el adolescente italiano caminando directamente hacia mí, no con timidez, no con vacilación, con propósito.

Padre Sebastián, me dijo en un español con acento, pero perfectamente claro y comprensible.

Me llamo Carlo Acutis.

Estoy de visita con mis papás Andrea y Antonia y necesito hablar con usted.

Oye, antes de seguir con esta historia que te va a tocar el corazón, quiero preguntarte algo.

¿Desde dónde me estás viendo? Déjame tu ciudad o país en los comentarios.

Me encanta saber hasta dónde llegan estos relatos.

Y si esta historia te está moviendo algo por dentro, por favor dale al botón de suscribirse.

Me ayuda muchísimo a seguir compartiendo estas experiencias con todos ustedes.

Vale, sigamos.

Lo miré con sorpresa.

Primero porque sabía mi nombre sin que yo me hubiera presentado.

Segundo, porque su español era demasiado bueno para un turista italiano casual.

Y tercero, porque estaba parado ahí a menos de un metro de mí, sin ninguna señal de incomodidad o rechazo.

“Claro, hijo”, le respondí tratando de sonar normal, aunque estaba desconcertado.

“Podemos hablar en la sacristía.

” Lo guié por el pasillo lateral hacia la sacristía, esa habitación pequeña detrás del altar donde guardamos los ornamentos, los cálices, los libros litúrgicos.

Carlo entró y se sentó en una de las sillas viejas de madera sin que yo se lo pidiera, como si estuviera completamente cómodo.

Se quitó la mochila, la abrió y sacó una laptop, una laptop bastante moderna para esa época, una de esas que acababan de salir con pantalla delgada.

Padre, quiero mostrarle algo”, me dijo mientras abría la computadora y esperaba a que se encendiera.

Estoy creando un sitio web sobre milagros eucarísticos alrededor del mundo.

La pantalla se iluminó y ahí estaba.

Un sitio web simple pero hermoso, lleno de imágenes, textos, mapas.

Estoy documentando todas las manifestaciones de Cristo en la Eucaristía que puedo encontrar”, explicó con un entusiasmo que era contagioso.

Quiero que los jóvenes como yo sepan que Jesús está realmente presente en el pan y el vino consagrados.

No es solo un símbolo, es real.

Me mostró diferentes páginas de su sitio.

Había investigado milagros en Italia, Polonia, Argentina, Portugal.

Cada entrada tenía fotos, datos históricos, testimonios.

Era impresionante la cantidad de trabajo que había detrás de todo eso y más impresionante que lo estuviera haciendo un adolescente.

“Carlo, esto es increíble”, le dije sinceramente.

“¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esto?” “Un par de años”, respondió con sencillez.

“Uso la computadora y el internet para investigar.

Mucha gente dice que la tecnología aleja a los jóvenes de Dios, pero yo creo que podemos usarla para acercarnos.

Si los jóvenes pasan horas en internet, ¿por qué no darles contenido que los lleve a Cristo? Hablamos durante casi 40 minutos.

Carlos me contó sobre su vida en Milán, sobre su familia, sobre cómo había desarrollado este amor por la Eucaristía desde pequeño.

Me habló de su devoción a la Virgen María, de cómo rezaba el rosario todos los días.

Había una madurez espiritual en él que no correspondía para nada con su edad, pero tampoco era solemne o aburrido.

Se reía, hacía chistes, hablaba de programación y de tecnología con la misma pasión que hablaba de santos y milagros.

Y luego, de repente cerró la computadora.

El clic de la tapa cerrándose sonó fuerte en el silencio de la sacristía.

Carlo me miró directamente a los ojos, no a mi ojo bueno, tratando de evitar el otro, no a un punto seguro en mi frente o mi nariz.

Me miró a los dos ojos, sostuvo mi mirada sin pestañar, sin desviarla hacia las cicatrices que cubrían todo el lado izquierdo de mi cara.

Padre Sebastián, dijo con una seriedad que no había mostrado hasta ese momento, una seriedad que no correspondía para nada con su edad.

Sé que nadie lo toca.

Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago.

Abrí la boca para decir algo, para negarlo, para fingir que no entendía de qué hablaba, pero no salieron palabras.

Sé que celebra misa todos los días”, continuó Carlo, sintiendo que sus manos consagran el cuerpo de Cristo, pero que esas mismas manos nunca reciben el calor de un abrazo sincero.

Sé que lleva 12 años aquí en esta parroquia sirviendo a una comunidad que lo tolera, pero que no lo toca, que recibe los sacramentos de sus manos, pero que evita su mirada.

Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.

¿Cómo sabía todo esto? ¿Cómo podía este adolescente italiano que acababa de conocerme verme con tanta claridad? Y sé algo más, padre, dijo Carl y su voz se volvió aún más seria.

En exactamente 72 horas, el viernes 11 de agosto a las 2:30 de la tarde, este templo va a tener que cerrar por tr meses completos.

Me quedé completamente paralizado.

¿Cómo? ¿Cómo sabes eso?, Logré preguntar con voz temblorosa.

Carlos sonrió, pero no era una sonrisa de suficiencia o de orgullo.

Era una sonrisa llena de paz, de certeza tranquila.

Porque Dios me lo mostró, Padre, y me mostró también que ese cierre no va a ser una tragedia, sino un regalo.

Durante la clausura van a descubrir algo en los muros de esta iglesia que lleva escondido más de 200 años, algo que va a transformar este templo y su ministerio.

Mi mente trataba de procesar lo que estaba escuchando.

Este chico estaba loco.

era algún tipo de broma elaborada, pero había algo en su mirada, en su tono que no era de locura ni de engaño, era de convicción absoluta.

Pero antes de que eso suceda, continuó Carlo mientras se ponía de pie.

Necesito hacer algo.

Caminó hacia donde yo estaba sentado.

Yo me puse de pie también, más por instinto que por decisión consciente.

Carlos se paró frente a mí, tan cerca que podía ver las motitas doradas en sus ojos oscuros.

Y entonces, sin decir una palabra más, sin pedir permiso, sin vacilar ni un segundo, me abrazó.

No fue un abrazo rápido de cortesía, no fue una palmadita incómoda en la espalda, fue un abrazo largo, firme, de esos que envuelven, de esos que te hacen sentir que existes, de esos que te dicen, “Eres importante.

Tu humanidad vale más que tu apariencia.

” Sus brazos rodearon mi espalda y me apretó con fuerza, con sinceridad.

Pude sentir el calor de otro ser humano contra mi cuerpo por primera vez en años.

Yo me quedé rígido por un momento, en shock.

No sabía qué hacer con mis brazos, dónde ponerlos.

Hacía tanto tiempo que nadie me abrazaba, así que había olvidado cómo responder.

Pero luego, como si mi cuerpo recordara por su cuenta, mis brazos se levantaron y abracé a Carlo de vuelta.

Y entonces me quebré.

Las lágrimas que había estado conteniendo por 12 años empezaron a fluir.

Soyosos profundos, vergonzosos.

desesperados.

Lloré como no había llorado desde que era niño.

Lloré por cada abrazo que nunca recibí, por cada mano que se alejó de la mía, por cada mirada que se desvió, por cada niño que se escondió de mí, por cada noche que me acosté solo preguntándome si alguien en este mundo podría verme como algo más que un monstruo.

Y Carlo me sostuvo, no me soltó, no se incómodo, no trató de calmarme o de que parara.

simplemente me sostuvo mientras yo lloraba contra su hombro.

Cuando finalmente pude controlarme, cuando me separé limpiándome las lágrimas con vergüenza, vi que Carlo también estaba llorando.

“Padre”, dijo con voz quebrada, “yo también estoy enfermo.

Tengo leucemia.

Probablemente me queden solo dos meses de vida.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

Este chico hermoso, brillante, lleno de vida y de fe, se estaba muriendo y había usado su tiempo, su energía preciosa para venir hasta aquí, a México, a una iglesia pequeña en Chiapas para abrazarme.

“Pero necesitaba venir aquí”, continuó Carlo.

Necesitaba decirle algo importante.

En 72 horas exactas a las 2:30 de la tarde del viernes, durante la misa, va a caer un trozo de yeso del muro norte de la iglesia, justo detrás del altar de la Virgen de Guadalupe.

Señaló hacia la pared, a través de la puerta abierta de la sacristía, la pared norte del templo, donde efectivamente estaba el altar lateral dedicado a la Virgen de Guadalupe.

Cuando eso pase, siguió Carlos, van a llamar a ingenieros estructurales y ellos van a descubrir que toda esa pared tiene frescos del siglo XVII tapados con capas de pintura y yeso.

La Arquidiócesis va a ordenar el cierre inmediato para restauración y dentro de esos frescos hay uno en particular.

hizo una pausa mirándome intensamente.

Cristo abrazando a un leproso.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

Cuando usted lo vea, padre, va a entender por qué Dios me trajo hasta aquí, por qué me mostró esta visión, por qué necesitaba abrazarlo antes de que todo esto suceda.

Carlo tomó mi mano entre las suyas.

Sus manos eran cálidas, suaves, sin ningún rastro de asco o incomodidad.

al tocar mi piel marcada por las cicatrices.

Dentro de exactamente 72 horas, dijo con precisión absoluta, cuando caiga ese trozo de yeso, va a haber siete personas en la misa, cinco mujeres y dos hombres.

La señora del vestido azul claro, que siempre se sienta en la tercera banca de la izquierda, va a ser la primera en ver el fresco del Cristo abrazando al leproso y ella va a llorar.

¿Quién es ella?, pregunté.

Es la mamá de un niño con parálisis cerebral que está en silla de ruedas y a quien ella esconde en casa por vergüenza, respondió Carlo.

Ese fresco va a cambiarle el corazón.

Va a entender que Cristo no rechaza a su hijo y que ella tampoco debería esconderlo.

De su mochila sacó un sobre blanco doblado.

Me lo entregó.

Esto es una carta que escribí para usted.

No la abra después de que el templo cierre.

Ahí hay algo más que necesita saber.

Tomé el sobre con manos temblorosas.

Carlo, yo no sé qué decir.

No tiene que decir nada, padre.

Solo confíe.

Dios lo ama.

Lo ama tanto que me envió desde el otro lado del mundo para decírselo, para abrazarlo, para mostrarle que su sacerdocio vale, que su vida vale, que usted vale.

Carlos se despidió poco después.

me dio otro abrazo más breve, pero igual de sincero.

“Nos vemos en el cielo, padre Sebastián”, me dijo antes de irse.

Y luego se fue con su mochila y su laptop de vuelta con sus padres que lo esperaban en la entrada de la iglesia.

Yo me quedé en la sacristía durante cuánto tiempo, sosteniendo el sobre, tratando de procesar todo lo que acababa de pasar.

¿Había sido real o me estaba volviendo loco en mi soledad? Los siguientes tres días fueron los más extraños de mi vida.

No podía dejar de pensar en las palabras de Carlo en su predicción específica.

Viernes 11 de agosto, 2:30 de la tarde, muro norte, siete personas, señora de vestido azul claro.

Era demasiado específico para ser inventado, pero también era demasiado imposible para ser verdad.

Pensé en abrir la carta varias veces, pero algo me detenía.

Carlo había dicho claramente, “No la abra después de que el templo cierre.

” Si iba a confiar en él, tenía que confiar completamente.

El miércoles y el jueves celebré las misas normalmente, pero cada vez que miraba hacia el muro norte, hacia el altar de la Virgen de Guadalupe, sentía una mezcla de ansiedad y anticipación.

¿Realmente iba a pasar algo? ¿O me había dejado llevar por las palabras de un adolescente enfermo que tal vez estaba alucinando por su leucemia? Llegó el viernes 11 de agosto.

Me desperté temprano, nervioso como nunca en mi vida.

Celebré la misa de las 7 de la mañana tratando de actuar normal, pero mi mente estaba en la tarde a las 2:30 en 5 horas, en 3 horas, en 1 hora.

A las 2 men subí al altar para preparar la misa de las 2 de la tarde.

Es una misa que normalmente atrae muy poca gente.

Justo en medio del calor del día, después de la comida empezaron a llegar los feligreces.

Yo los conté mentalmente, casi sin querer.

Una mujer mayor, otra mujer, un hombre, dos mujeres más, otro hombre.

Y finalmente, entrando por la puerta lateral, doña refugio.

Doña Refugio era una feligresa que venía regularmente, siempre se sentaba en el mismo lugar, tercera banca del lado izquierdo.

Y ese día, como siempre, llevaba puesto un vestido azul claro.

Siete personas, cinco mujeres y dos hombres, exactamente como Carlo había dicho.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que todos podrían escucharlo.

Empecé la misa con manos temblorosas.

Hicimos las lecturas, el evangelio, la homilía.

Yo apenas podía concentrarme en lo que estaba diciendo.

Mi mirada seguía yendo al muro norte, a esa pared sólida, blanca, aparentemente normal detrás del altar de la Virgen.

Llegamos a la liturgia eucarística, la consagración, el momento más sagrado de la misa.

Tomé el pan en mis manos.

Tomad y comed todos de él.

Empecé a recitar las palabras que había dicho miles de veces, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros.

Levanté la elevándola por encima de mi cabeza como manda el ritual.

Era exactamente las 2:30 de la tarde.

Yo había mirado el reloj justo antes de empezar la consagración y entonces lo escuché.

un crujido seco, fuerte, inconfundible, como cuando se rompe una rama gruesa.

Venía del muro norte.

Bajé la instintivamente, girándome hacia el sonido y lo vi.

Un trozo de yeso del tamaño de una pizza grande se desprendió de la pared detrás del altar de la Virgen de Guadalupe.

Cayó en cámara lenta, desintegrándose en pedazos más pequeños al golpear el suelo de piedra.

El polvo blanco se elevó en el aire creando una nube que se expandió por el altar lateral.

Los siete feligreses se pusieron de pie.

Algunos gritaron, todos miraban hacia la pared.

Yo puse la de vuelta en la patena con manos temblorosas y caminé hacia el lugar donde había caído el yeso.

Cuando el polvo empezó a asentarse, todos lo vimos al mismo tiempo.

Debajo del yeso blanco había colores, colores brillantes, vibrantes, azules, rojos, dorados, trazos de pintura antigua, líneas que claramente habían sido hechas con intención artística y en el centro del área expuesta, parcialmente visible, había la imagen de dos figuras, una de pie con túnica blanca y un alo dorado alrededor de la cabeza.

Cristo.

Y la otra figura arrodillada con la piel marcada por manchas oscuras, un leproso.

Y Cristo estaba inclinado hacia él, sus brazos extendidos en un claro gesto de abrazo.

Doña Refugio se levantó de su banca como hipnotizada.

caminó por el pasillo central, luego hacia el lado donde estaba el altar de la Virgen, acercándose al fresco recién revelado.

Se quedó parada ahí mirando la imagen y luego empezó a temblar.

“Es Cristo”, susurró, “Aunque en el silencio de la iglesia todos la escuchamos perfectamente, Cristo abrazando a alguien enfermo y entonces empezó a llorar.

No un llanto suave, sino soyosos profundos, desgarradores que sacudían todo su cuerpo.

Se dejó caer de rodillas frente al fresco, las manos juntas en oración, llorando inconsolablemente.

Los demás feligres se acercaron también, murmurando entre ellos, señalando el fresco.

Yo estaba paralizado mirando la escena, sintiendo que todo mi mundo se había volteado de cabeza.

Carlo tenía razón en todo.

Las 72 horas exactas, el viernes 11 de agosto, las 2:30 de la tarde, el muro norte, las siete personas, la señora del vestido azul claro, el fresco de Cristo abrazando al leproso.

Todo, absolutamente todo, había sucedido exactamente como él lo había predicho.

Terminé la misa de alguna manera.

Mis manos se movían por memoria muscular, consagrando el vino, distribuyendo la comunión, diciendo las palabras finales, pero mi mente estaba en otro lugar tratando de comprender la magnitud de lo que acababa de presenciar.

Después de la misa llamé inmediatamente a la Arquidiócesis.

Les expliqué lo que había pasado, que había caído yeso y se había revelado lo que parecía ser un fresco antiguo.

Dijeron que enviarían a alguien a revisar, pero por seguridad, que no celebrara más misas que un ingeniero estructural evaluara la seguridad del edificio.

Los ingenieros llegaron esa misma tarde, trajeron herramientas, escaleras, cámaras, hicieron pruebas en toda la pared norte y entonces llamaron a más expertos, restauradores de arte colonial, arqueólogos especializados en arte sacro, historiadores de la Arquidiócesis.

El diagnóstico llegó al día siguiente.

Toda la pared norte y parte de la pared este tenían frescos coloniales debajo de múltiples capas de pintura y yeso que habían sido aplicadas durante restauraciones mal hechas en el siglo XX.

Era un hallazgo arqueológico y artístico de primer nivel.

Los frescos probablemente databan del siglo XVIII, posiblemente realizados por alguno de los monjes franciscanos que habían fundado la misión original.

La decisión de la Arquidiócesis fue inmediata y no negociable.

La iglesia debía cerrar de inmediato para una restauración profesional completa.

Tr meses mínimo, posiblemente más dependiendo de lo que encontraran al quitar todas las capas.

Esa noche, solo en la casa parroquial, con la iglesia vacía y silenciosa al otro lado del pequeño patio, saqué el sobre que Carlo me había dado.

Mis manos temblaban mientras lo abría.

Dentro había dos hojas de papel escritas a mano con la misma letra cuidadosa y una fotografía impresa en papel fotográfico.

Padre Sebastián, empezaba la carta.

Cuando lea esto, el templo ya estará cerrado.

Quiero que sepa tres cosas.

Primera, yo pedí específicamente a mis papás venir a San Cristóbal de las Casas en nuestro viaje por México, porque Dios me mostró en oración que usted necesitaba este abrazo y esta señal.

Mis padres querían ir a Cancún, a las playas, como hacen todos los turistas, pero yo insistí en que quería visitar iglesias coloniales en Chiapas.

No les expliqué por qué realmente, porque no habrían entendido, pero Dios puso en mi corazón que tenía que venir aquí a esta iglesia específica para encontrarme con usted.

Tuve que parar de leer por un momento para limpiarme las lágrimas.

Segunda cosa, el fresco de Cristo abrazando al leproso no es coincidencia.

Investigué la historia de esta iglesia antes de venir.

Ese fresco fue pintado en 1782 por un monje franciscano llamado Fry Mateo de San José.

Fry Mateo tenía el rostro desfigurado por Viruela, una enfermedad que en esa época era como la lepra bíblica, te convertía en intocable, en rechazado por la sociedad.

Él dedicó su arte a mostrar que Cristo toca lo que el mundo rechaza, que Dios ama lo que la humanidad considera feo o desagradable.

Cuando los restauradores limpien completamente el fresco, van a encontrar en la esquina inferior derecha la firma del artista y una fecha, agosto 11 de 17882, exactamente 224 años antes del día que cayó el yeso.

Coincidencia.

Yo no creo en las coincidencias cuando Dios está involucrado.

224 años.

El mismo día, agosto 11, un monje con la cara desfigurada pintando a Cristo, abrazando a un leproso exactamente 224 años antes de que ese fresco fuera revelado a un sacerdote con la cara desfigurada que nunca había sido abrazado.

Seguí leyendo con lágrimas corriendo libremente por mis mejillas.

Tercera cosa, adjunto a esta carta hay una foto que tomé con mi cámara digital de usted y yo juntos en la sacristía después de nuestro abrazo.

Le pedí a mi papá que nos tomara la foto antes de irnos, pero no quise decirle en ese momento por qué era importante.

Ímala y guárdela, padre Sebastián, porque cuando yo ya no esté, va a necesitar recordar que Dios lo amó tanto que envió a un adolescente italiano enfermo desde el otro lado del mundo para abrazarlo y decirle que su sacerdocio no está definido por su rostro, sino por su corazón.

Miré la fotografía.

Ahí estábamos Carlo y yo, parados uno al lado del otro en la sacristía.

Yo todavía tenía lágrimas en la cara de aquel abrazo.

Carlo tenía una sonrisa serena, pacífica.

Su brazo estaba alrededor de mis hombros.

No había incomodidad en su postura.

No había esa rigidez que la gente siempre tiene cuando tienen que posar a mi lado para una foto.

Solo había cercanía genuina.

La carta continuaba.

Padre, el templo va a estar cerrado por tres meses.

Use ese tiempo para reflexionar.

para orar, para entender que lo que pasó hoy no fue solo sobre revelar un fresco, fue sobre revelar la verdad de quién es usted ante los ojos de Dios.

Dios lo ve como alguien digno de ser abrazado.

Y cuando el templo reabra, cuando la comunidad vea ese fresco de Cristo abrazando al leproso, algo va a cambiar en sus corazones.

Van a entender algo que necesitan entender.

Doña Refugio tiene un hijo de 8 años llamado Matías.

Él tiene parálisis cerebral severa.

Está en silla de ruedas, no puede hablar.

Necesita cuidados constantes.

Doña Refugio lo ama con todo su corazón, pero tiene vergüenza de él.

Lo mantiene escondido en su casa, no lo lleva a la iglesia, no lo saca a pasear por el pueblo.

Tiene miedo de las miradas, de los susurros, del rechazo.

Cuando ella vio el fresco y lloró, Dios estaba hablándole.

le estaba diciendo, Cristo no rechaza a tu hijo.

Cristo lo abraza.

Cristo lo ama exactamente como es.

En los próximos meses ella va a cambiar y cuando el templo reabra va a traer a Matías a misa y otros van a ver su valentía y van a empezar a traer a sus propios familiares que han escondido por vergüenza.

Y usted, padre Sebastián, va a estar ahí para recibirlos a todos, ya no como el sacerdote intocable, sino como el sacerdote que entiende el rechazo, que conoce la soledad y que puede ofrecer el consuelo de Cristo a aquellos que el mundo considera indignos de amor.

La carta terminaba así.

Padre, en 72 horas este templo va a cerrar, pero cuando reabra usted va a entender que Dios nunca clausura nada sin la intención de revelar algo más hermoso.

El templo va a estar cerrado por tres meses.

Su corazón va a estar abierto para siempre.

Gracias por dejarme abrazarlo.

Fue un honor.

Nos vemos en el cielo.

Carlo Acutis.

No pude dormir esa noche.

Me quedé en mi habitación leyendo y releyendo la carta, mirando la fotografía, tratando de procesar todo.

Carlos se estaba muriendo.

Tenía leucemia.

Le quedaban dos meses de vida, según él mismo había dicho, y había usado su tiempo precioso, su energía limitada para venir hasta aquí, para abrazarme, para entregarme un mensaje que cambiaría mi vida.

Los siguientes tres meses fueron transformadores.

Sin misas que celebrar, sin rutinas que mantener, tuve tiempo para reflexionar profundamente.

Visitaba la iglesia cada día para supervisar el trabajo de restauración.

Era fascinante ver como los expertos, capa por capa, revelaban los frescos escondidos.

El fresco de Cristo abrazando al leproso fue el primero en ser completamente restaurado.

Era hermoso, mucho más de lo que habíamos visto en esa primera vista parcial.

Cristo estaba de pie inclinado hacia el leproso que estaba arrodillado.

Los brazos de Cristo rodeaban los hombros del leproso en un abrazo protector, amoroso.

El rostro de Cristo mostraba una compasión infinita, y el rostro del leproso, marcado por la enfermedad mostraba una mezcla de asombro y gratitud, como si no pudiera creer que alguien lo estuviera tocando con amor.

En la esquina inferior derecha, exactamente como Carlo había predicho, estaba la firma Fray Mateo de San José y la fecha.

11 de agosto de 1782, 224 años exactos.

Contraté a un historiador de la universidad para investigar sobre Fray Mateo.

Lo que encontró me dejó sin palabras.

Fraimateo había llegado a San Cristóbal en 1780, enviado desde España.

Había contraído Viruela durante el viaje, una enfermedad que le dejó el rostro severamente marcado.

Los documentos históricos mencionaban que Fraimateo rara vez salía de la iglesia, que prefería trabajar solo en sus pinturas.

Había muerto joven a los 35 años en 1795, solo y aislado, dedicando su vida a crear arte sagrado que recordara a la gente que Cristo no rechaza a nadie.

Era mi historia, era yo, separados por 224 años, pero unidos por la misma experiencia de rechazo, de soledad, de servir a Dios desde los márgenes de la sociedad.

Durante los tres meses de cierre también tuve tiempo de ver la transformación de doña refugio.

Ella empezó a venir regularmente a la casa parroquial para hablar conmigo.

Al principio era tímida, nerviosa, pero poco a poco se abrió.

Me contó sobre Matías, sobre su culpa, sobre su vergüenza.

Padre”, me dijo un día llorando cuando vi ese fresco, cuando vi a Cristo abrazando a ese hombre enfermo, sin importarle las manchas en su piel, sentí como si Dios me estuviera gritando, “¿Por qué escondes a mi hijo? ¿Por qué te avergüenzas de él?” Y me di cuenta de que he sido una cobarde.

Matías es hermoso, es un regalo de Dios, pero yo he estado más preocupada por lo que la gente piensa que por amarlo como él merece.

Cuando el templo reabra, le prometí, Matías va a estar en la primera banca y vamos a recibirlo con amor.

El templo reabrió la primera semana de noviembre de 2006.

Fue toda una celebración.

El obispo vino personalmente para la misa de reapertura.

Los medios locales cubrieron el evento hablando del increíble descubrimiento arqueológico.

Pero para mí lo más importante no fueron los frescos restaurados, aunque eran espectaculares.

Lo más importante fue ver entrar a doña refugio empujando la silla de ruedas de Matías.

Matías era un niño hermoso.

Su cuerpo estaba rígido por la parálisis.

Su cabeza colgaba hacia un lado, no podía controlar sus movimientos.

Pero cuando doña Refugio lo colocó en la primera banca y yo me acerqué a bendecirlo, sus ojos me miraron y en esos ojos vi vida, vi alma.

Vi a otro ser humano que conocía el rechazo y la incomprensión.

Me arrodillé junto a su silla de ruedas y puse mi mano sobre su cabeza.

Bienvenido a casa, Matías, le dije.

Y su madre lloró.

Pero esta vez de alegría, no de vergüenza.

Ese domingo marcó un cambio en la parroquia.

Otros feligreses que tenían familiares con discapacidades, empezaron a traerlos.

Una señora trajo a su hermana con síndrome de Down.

Un hombre trajo a su padre en estado terminal de cáncer.

Una pareja joven trajo a su bebé con labio leporino.

Personas que habían estado escondidas, avergonzadas, comenzaron a aparecer y todos miraban el fresco de Cristo abrazando al leproso.

Se paraban frente a él después de misa.

Tocaban la pared con reverencia, lloraban, oraban.

Ese fresco se convirtió en el símbolo de nuestra parroquia, un recordatorio constante de que Cristo no rechaza a nadie, que el amor de Dios abraza especialmente a aquellos que el mundo considera indignos.

Antes de seguir, quiero hacerte una pregunta.

¿Te está llegando esta historia? ¿Te está tocando el corazón como me tocó a mí? Déjame un comentario diciéndome qué piensas, si crees en estas cosas, si has vivido alguna vez el rechazo o la soledad.

Y si aún no lo has hecho, por favor, suscríbete al canal.

Tu apoyo significa todo para mí y me ayuda a seguir compartiendo historias que pueden cambiar vidas, como esta cambió la mía.

Dos meses después de la reapertura del templo, en diciembre de 2006, estaba revisando noticias en internet cuando vi un titular que me detuvo el corazón.

Muere adolescente italiano Carlo Acutis, conocido por su sitio web sobre milagros eucarísticos.

Carlo había muerto el 12 de octubre en Monza, Italia.

Tenía apenas 15 años.

La leucemia fulminante que él me había mencionado se lo había llevado exactamente cuando él había predicho, dos meses después de nuestra conversación.

Lloré durante horas.

Lloré por ese chico extraordinario que había viajado miles de kilómetros para abrazar a un sacerdote solitario.

Lloré porque nunca podría agradecerle en persona.

Lloré porque el mundo había perdido una luz brillante.

Pero también lloré de gratitud porque sabía que Carlo había cumplido su misión.

había hecho lo que Dios le había pedido que hiciera y su legado continuaba vivo en esta pequeña iglesia en Chiapas, en los feligreses transformados, en mi propio corazón sanado.

Los años pasaron.

Mi vida como sacerdote cambió completamente.

Ya no era el párroco intocable.

Los feligreses empezaron a acercarse.

Después de misa se quedaban a charlar.

Me invitaban a comer a sus casas.

Los niños, especialmente los niños con discapacidades que ahora venían regularmente, se acercaban sin miedo, me tomaban de la mano, me abrazaban, me hacían preguntas sin filtro sobre mis cicatrices.

¿Te dolió mucho?, me preguntó una vez Matías, que a través de los años había aprendido a comunicarse con un dispositivo especial.

Sí, muchísimo, le respondí honestamente.

A mí también me duele a veces, me dijo, “Mi cuerpo no hace lo que yo quiero, pero mamá dice que Dios me ama así como soy.

Tu mamá tiene razón”, le dije abrazándolo.

“Dios te ama exactamente como eres y yo también.

” En 2020 recibí la noticia de que Carlo Acutis sería beatificado.

La ceremonia sería en Así, Italia, en octubre.

Hablé con el obispo, le expliqué mi conexión personal con Carlo, le conté la historia completa.

Me autorizó a viajar a Italia para estar presente en la beatificación.

Fue el viaje más importante de mi vida.

Llegué a Así unos días antes de la ceremonia.

Visité la tumba de Carlo, que estaba en el santuario del despojo.

Me arrodillé frente a su tumba y le hablé como si estuviera ahí escuchándome.

Carlo le dije en voz baja, gracias.

Gracias por verme cuando nadie más lo hacía.

Gracias por abrazarme cuando nadie más se atrevía.

Gracias por mostrarme que mi valor no está en mi apariencia, sino en mi corazón.

Gracias por tu profecía que transformó mi parroquia, mi ministerio, mi vida.

Te extraño, aunque solo te conocí por una hora, pero esa hora fue suficiente para cambiar todo.

El día de la beatificación, 10 de octubre de 2020, había miles de personas en Asís.

Jóvenes de todo el mundo habían viajado para estar ahí.

Durante la ceremonia proyectaron fotos de la vida de Carlo, incluyendo fotos de su sitio web sobre milagros eucarísticos.

Vi esas imágenes en las pantallas gigantes y recordé ese día en la sacristía cuando me lo había mostrado en su laptop hablando con tanto entusiasmo sobre evangelizar a los jóvenes a través de internet.

Yo tenía en mi bolsillo la fotografía que Carlos me había dejado, la de nosotros dos juntos en la sacristía.

La saqué y la miré durante la ceremonia.

Ahí estaba él con 15 años sonriendo con esa paz que solo tienen quienes ven más allá del tiempo.

Y ahí estaba yo llorando, pero también sonriendo, tocado por primera vez en años.

Después de la beatificación, tuve la oportunidad de hablar brevemente con Antonia Salzano, la mamá de Carlos.

Le conté mi historia, le mostré la fotografía.

Ella la miró con lágrimas en los ojos.

Carlo me habló de usted”, me dijo.

Cuando regresamos de México, él estaba muy débil, pero seguía hablando de un sacerdote en Chiapas con el que había hablado, a quien había abrazado.

Dijo que era importante, que Dios le había mostrado que usted necesitaba ese abrazo.

Me alegra tanto que haya venido.

Carlo estaría feliz de saber que su mensaje lo transformó.

Su hijo me salvó”, le dije simplemente.

Me dio una razón para seguir, una esperanza que había perdido.

Hoy, 18 años después de aquel martes de agosto de 2006, sigo siendo el párroco de San Miguel Arcángel en San Cristóbal de las Casas.

Pero soy un hombre completamente diferente del que era.

Ya no soy el sacerdote solitario e intocable.

Mi parroquia se ha convertido en un lugar de refugio para personas con discapacidades, con enfermedades, con cualquier condición que los haga sentir rechazados por el mundo.

Cada domingo la iglesia está llena, sillas de ruedas, muletas, bastones, tanques de oxígeno y en medio de todo eso, amor, abrazos genuinos, toques sinceros.

Una comunidad que finalmente entendió el mensaje del fresco de Cristo abrazando al leproso.

Ese fresco está ahora en el centro de todo lo que hacemos.

Lo hemos reproducido en folletos, en carteles, en las camisetas de nuestros grupos juveniles.

Se ha convertido en un símbolo no solo de nuestra parroquia, sino de todo San Cristóbal.

Turistas vienen de lejos para verlo, no solo por su valor artístico, sino por su mensaje poderoso.

Tengo la fotografía de Carlo y yo enmarcada en mi escritorio de la casa parroquial.

Cada mañana, antes de salir a celebrar misa, la miro y recuerdo.

Recuerdo el abrazo que me devolvió la humanidad.

Recuerdo la predicción imposible que se cumplió con precisión milimétrica.

Recuerdo las palabras.

En 72 horas este templo va a cerrar, pero cuando reabra usted va a entender que Dios nunca clausura nada sin la intención de revelar algo más hermoso.

Carlo tenía razón en todo.

El templo cerró por tres meses, pero mi corazón se abrió para siempre.

La historia de las 72 horas de Carlo se ha vuelto parte de la leyenda local de San Cristóbal.

Los guías turísticos la cuentan cuando traen grupos a ver los frescos.

Los feligreses la repiten a los visitantes y cada vez que alguien la escucha, algo cambia en ellos.

Porque no es solo mi historia, es la historia de todos los que alguna vez se han sentido rechazados, feos, indignos de amor.

Doña Refugio sigue trayendo a Matías a misa todos los domingos.

Él tiene ahora 26 años.

Su condición no ha cambiado, pero él ha cambiado todo a su alrededor.

Es el centro de atención de la parroquia, el que recibe más abrazos, más besos en la frente, más palabras cariñosas.

Su mamá me dice que a veces no puede creer que es la misma mujer que lo escondía por vergüenza.

El fresco me salvó.

Me dice, Carlos me salvó.

Cristo me salvó.

He tenido el honor de conocer a otros sacerdotes y religiosos.

que también fueron tocados por Carlo durante su corta vida.

En encuentros y conferencias compartimos nuestras historias y siempre hay un patrón.

Carlo veía lo que otros no veían.

Sabía cosas que no debería saber.

Actuaba con una precisión que solo podía venir de Dios.

Pero lo más importante, Carlo amaba.

Amaba con una generosidad que iba más allá de lo natural.

Dio abrazos a quienes nadie abrazaba.

dio tiempo a quienes nadie quería escuchar.

Dio esperanza a quienes habían perdido toda esperanza.

Cuando la gente me pregunta si creo en milagros, les señalo el fresco de Cristo abrazando al leproso.

Les cuento la historia de cómo un trozo de yeso cayó exactamente 72 horas después de que un adolescente italiano predijera que pasaría.

Les hablo de la fecha en el fresco.

11 de agosto de 1782.

exactamente 224 años antes.

Les muestro la fotografía de Carlo y yo juntos y les digo, “Los milagros no siempre son dramáticos.

A veces son sutiles, personales, íntimos, pero son reales.

Yo soy la prueba viviente.

Mi vida ahora está llena de momentos que antes me parecían imposibles.

Abrazos diarios de feligreses que genuinamente me aprecian.

Invitaciones a casas para compartir comidas.

Niños que me toman de la mano sin miedo.

Confesiones donde la gente se abre conmigo porque saben que entiendo el sufrimiento, que conozco el rechazo.

No voy a mentir y decir que ya no me afectan las miradas de extraños en la calle.

Todavía hay momentos en que me veo en el espejo y siento el peso de mis cicatrices.

Todavía hay personas que se asustan cuando me ven por primera vez, pero ya no defino mi valor por esas reacciones.

Carlo me enseñó que mi valor viene de otro lugar, de un lugar más profundo, de un lugar eterno.

Cada 8 de agosto, el aniversario del día que conocí a Carlo, celebro una misa especial.

Invito a todos los que se sienten rechazados, marginados, feos, indignos y frente al fresco de Cristo, abrazando al leproso, les digo lo mismo que Carlo me dijo a mí.

Dios los ama.

Los ama tanto que haría cualquier cosa para demostrárselos.

los ama más allá de su apariencia, más allá de sus limitaciones, más allá de lo que el mundo piensa de ustedes.

Y después de esa misa abrazo a cada persona que viene.

Abrazos largos, firmes, sinceros, del tipo que Carlos me dio, del tipo que me devolvió la humanidad, del tipo que dice, “Eres importante, tu vida tiene valor, no estás solo, porque eso es lo que Carlo hizo por mí.

me demostró que no estoy solo, que nunca estuve solo, que Dios siempre estuvo ahí esperando el momento perfecto para enviar a un mensajero.

Y ese mensajero resultó ser un adolescente italiano de 15 años con tenis Adidas y una laptop, muriendo de leucemia, pero lleno de vida, viajando miles de kilómetros para abrazar a un sacerdote solitario en un pueblo pequeño de México.

72 horas.

Ese fue el tiempo que Carlo me dio desde el momento en que me dijo la profecía hasta el momento en que se cumplió.

72 horas de ansiedad, de duda, de esperanza.

72 horas que cambiaron los siguientes 18 años de mi vida.

Pero en realidad no fueron solo 72 horas, fue un momento.

Fue el momento del abrazo.

Ese instante en que los brazos de Carlo me rodearon y me hicieron sentir que existía, que importaba, que mi humanidad valía más que mi apariencia.

Todo lo demás, la profecía, el fresco, la transformación de la parroquia, todo nació de ese abrazo.

Por eso ahora yo abrazo, abrazo a todos los que vienen a mí.

Porque aprendí que un abrazo puede salvar una vida, puede sanar heridas que llevan décadas abiertas, puede devolver la dignidad a quien se siente indigno.

Puede recordarle a alguien que Dios lo ama cuando todo el mundo lo rechaza.

Carlo Acutis me enseñó eso y por eso cada día le doy gracias.

Le doy gracias por haber obedecido el llamado de Dios de venir hasta aquí.

Le doy gracias por haber tenido el valor de acercarse a mí sin miedo.

Le doy gracias por haber usado sus últimos días, su energía preciosa, su tiempo limitado para cambiar la vida de un extraño al otro lado del mundo.

Cuando Carlo fue beatificado, muchos hablaron de sus milagros, de su sitio web, de su amor por la Eucaristía.

Todo eso es verdad y es importante, pero para mí el milagro de Carlo fue más simple.

y más profundo.

Fue el milagro del toque, el milagro de ver más allá de las apariencias, el milagro de amar lo que el mundo rechaza.

Y ese milagro continúa.

Cada domingo, cuando celebro misa frente al fresco de Cristo, abrazando al leproso, veo el milagro multiplicándose.

Lo veo en doña refugio abrazando a Matías.

Lo veo en los feligres abrazando a personas con discapacidades.

Lo veo en los niños que corren a abrazarme sin miedo después de la misa.

Carlo plantó una semilla con su abrazo y esa semilla se convirtió en un árbol que da frutos de amor, de aceptación, de dignidad.

Hace poco tiempo, un joven de la parroquia me dijo que quería ser sacerdote.

Tiene una discapacidad en su pierna izquierda.

Cogea al caminar usa un bastón.

me dijo, “Padre Sebastián, si usted pudo ser sacerdote con su rostro, yo puedo ser sacerdote con mi pierna.

Usted me enseñó que Dios no se fija en nuestros cuerpos, sino en nuestros corazones.

” Lloré cuando me dijo eso, porque me di cuenta de que el legado de Carlo no termina conmigo, está pasando a la siguiente generación.

Ese joven va a ser ordenado sacerdote y va a llevar el mismo mensaje que Carlo me trajo, que Dios ama lo que el mundo rechaza.

Esta es mi historia, la historia de un sacerdote solitario que fue abrazado por un beato cuando todavía era un adolescente enfermo.

La historia de 72 horas que se convirtieron en 18 años de transformación.

La historia de un fresco escondido por 224 años que fue revelado en el momento perfecto para sanar corazones rotos.

Pero más que nada es la historia del amor de Dios manifestado de formas imposibles de ignorar.

El amor que viaja miles de kilómetros para abrazar a quien nadie abraza.

El amor que hace caer yeso de paredes con precisión milimétrica.

El amor que transforma parroquias enteras.

El amor que nunca jamás rechaza a nadie por su apariencia.

Carlo me dijo antes de irse, “Nos vemos en el cielo, padre Sebastián, y yo sé que es verdad.

Algún día voy a volver a ver a ese chico extraordinario y cuando lo vea voy a hacer lo mismo que él hizo conmigo.

Lo voy a abrazar y le voy a decir, “Gracias.

Gracias por salvarme.

Gracias por enseñarme.

Gracias por amarme” cuando nadie más lo hacía.

Hasta entonces sigo sirviendo aquí.

en San Miguel Arcángel, bajo la mirada del fresco de Cristo, abrazando al leproso.

Sigo celebrando misa todos los días.

Sigo abrazando a todos los que vienen.

Sigo contando la historia de Carlo a cualquiera que quiera escucharla.

Porque esta historia no es solo mía, es de todos los que alguna vez se han sentido rechazados.

Es de todos los que llevan cicatrices visibles o invisibles.

Es de todos los que necesitan saber que Dios los ama.

exactamente como son.

Y si tú que estás leyendo o escuchando esto, te identificas con esa soledad, con ese rechazo, con esa sensación de ser intocable, quiero que sepas algo.

Tú también mereces ser abrazado.

Tu vida tiene valor.

Tu historia importa y Dios te ama con un amor que va más allá de cualquier cosa que el mundo diga sobre ti.

A veces ese amor llega en formas inesperadas.

A veces llega en la forma de un adolescente italiano que viaja miles de kilómetros solo para abrazarte.

A veces llega en la forma de un trozo de yeso que cae revelando un fresco de 224 años.

A veces llega en la forma de una comunidad que finalmente abre sus ojos y su corazón, pero siempre llega porque Dios nunca abandona a sus hijos, nunca rechaza a nadie.

Nunca considera a alguien indigno de amor.

Carlo Acutis sabía eso mejor que nadie y usó su corta vida para asegurarse de que yo también lo supiera.

Por eso, 18 años después, todavía lloro cuando cuento esta historia.

Por eso todavía miro la fotografía de nosotros dos cada mañana.

Por eso todavía siento su abrazo, aunque hayan pasado tantos años, porque algunos abrazos trascienden el tiempo, algunos abrazos salvan vidas y el abrazo de Carlo Acutis salvó la mía.

72 horas para un milagro, tres días para que un templo cerrara y un corazón se abriera.

Ese fue el regalo que recibí y ahora paso el resto de mi vida compartiendo ese regalo con todos los que lo necesiten.

Gracias, Carlos, por todo, por tu abrazo, por tu profecía, por tu amor, por mostrarme que Dios nunca clausura nada sin la intención de revelar algo más hermoso.

Tenías razón.

El templo cerró por tres meses, pero mi corazón se abrió para siempre y esa es la mayor bendición que he recibido en mis 47 años de vida.

Gracias.