Llevo 23 años volando aviones comerciales y nunca, en ninguna de las más de 12,000 horas que acumulo en cabina, había experimentado lo que viví el 16 de octubre de 2019.

Ese día transporté el cuerpo de Carlo Acutis desde Milán hasta Asís y durante 7 minutos a 10,000 m de altura, todos los instrumentos de navegación fallaron al mismo tiempo, mientras una luz que no puedo explicar guió el avión hasta su destino exacto.

Mi nombre es Marcos Santini.

Tengo 48 años y durante más de 4 años guardé silencio sobre lo que realmente ocurrió en ese vuelo, porque temía que nadie me creyera, que pensaran que había perdido la cordura o que inventaba historias para llamar la atención.

Pero lo que las cajas negras registraron esa tarde, lo que los técnicos aeronáuticos revisaron una y otra vez sin encontrar explicación científica alguna.

Y lo que yo viví en esa cabina merece ser contado ahora que finalmente he entendido que no fue un error técnico ni una alucinación producto del cansancio.

Crecí en una familia católica de Turín, de esas que van a misa los domingos por tradición más que por convicción profunda.

Mi padre era ingeniero, mi madre profesora de matemáticas y en casa se respiraba un ambiente de fe tibia, correcta, sin grandes aspavientos ni experiencias místicas de ningún tipo.

Yo estudié en un colegio religioso donde los curas hablaban de Dios como quien explica ecuaciones con lógica y distancia.

Y aunque nunca me declaré ateo, tampoco puedo decir que tuviera una relación personal con lo divino.

Me gustaban los aviones desde niño, esa sensación de dominar el cielo, de entender los instrumentos, de confiar en la tecnología y en mi entrenamiento.

Me hice piloto comercial a los 25 años.

Me casé con Laura a los 28.

Tuve dos hijos y construí una vida ordenada, predecible, segura.

volaba a rutas nacionales e internacionales, transportaba pasajeros, carga y ocasionalmente aceptaba vuelos especiales que pagaban mejor.

La fe para mí era un seguro de vida, algo que está ahí por si acaso, pero que nunca esperas usar realmente.

En octubre de 2019 recibí una llamada de mi jefe de operaciones.

Me preguntó si estaría disponible para un vuelo funerario especial el 16 de ese mes.

Se trataba de transportar el cuerpo de un adolescente desde Milán hasta Asís.

Un vuelo corto, apenas 40 minutos en condiciones normales, pero con un significado enorme para la iglesia, porque el chico había sido beatificado recientemente y miles de personas lo esperaban en la basílica de San Francisco.

El nombre era Carlo Acutis.

Yo había escuchado algo en las noticias sobre él.

Un joven que murió de leucemia a los 15 años en 2006, que amaba la informática y la eucaristía, que había creado una página web catalogando milagros eucarísticos alrededor del mundo, pero no sabía mucho más.

Acepté el trabajo porque era un vuelo sencillo, bien pagado y porque Laura me dijo que sería un honor participar en algo así.

Revisé las condiciones meteorológicas la noche anterior.

Todo estaba despejado, sin turbulencias previstas, vientos favorables.

Sería una operación rutinaria.

La mañana del 16 llegué al aeropuerto de Milán 2s horas antes del vuelo.

El ataúdlo Acutis ya estaba en la pista, custodiado por varios sacerdotes y miembros de su familia.

Me acerqué para presentarme y vi a su madre, Antonia, con los ojos hinchados, pero serenos, como si cargara un dolor inmenso, pero también una paz que no entendí en ese momento.

Uno de los sacerdotes, el padre Juliano, me explicó que Carlo había pedido ser enterrado en Asís porque amaba a San Francisco, que había visitado ese lugar varias veces durante su corta vida y que consideraba esa ciudad como su hogar espiritual.

me habló de la sonrisa de Carlo, de su madurez espiritual a pesar de su juventud, de cómo había ofrecido sus sufrimientos por el Papa y por la Iglesia durante su enfermedad.

Yo asentía educadamente, pero por dentro pensaba en los procedimientos técnicos, en la lista de verificación, en asegurar que el ataúd estuviera correctamente fijado en la bodega.

La fe de esa gente me parecía hermosa, pero yo estaba ahí para hacer mi trabajo, no para vivir una experiencia religiosa.

Despegamos a las 14:32.

El copiloto era Stefano, un hombre de 35 años con quien había volado docenas de veces.

Alguien meticuloso, tranquilo, confiable.

Los primeros 15 minutos transcurrieron sin novedad.

El cielo estaba limpio, azul profundo, con algunas nubes bajas que dejamos atrás.

Rápidamente alcanzamos la altitud de crucero, 10,000 m exactos, y activamos el piloto automático.

Stefano comentó algo sobre el partido de fútbol del domingo.

Yo revisé los instrumentos una vez más.

Todo marcaba parámetros normales.

La radio crepitaba ocasionalmente con comunicaciones de otros vuelos.

El GPS mostraba nuestra ruta atrasada con precisión milimétrica.

Los motores ronroneaban con ese sonido constante que después de tantos años se convierte en música familiar.

Entonces, a las 14:51, exactamente 19 minutos después del despegue, todo se apagó.

No fue un apagón gradual, fue instantáneo, absoluto, aterrador.

Todas las pantallas se pusieron negras, el GPS desapareció.

Los altímetros dejaron de funcionar.

La brújula giró sin control.

Los sistemas de comunicación quedaron mudos.

El piloto automático se desconectó con un pitido agudo que aún escucho en mis pesadillas.

Stefano y yo nos miramos durante una fracción de segundo con los ojos abiertos como platos y luego entramos en modo emergencia automático.

Tomé los controles manuales.

Él intentó reiniciar los sistemas.

Yo busqué referencias visuales en el horizonte, pero estábamos sobre una capa de nubes que no nos dejaba ver el suelo.

Mi corazón latía tan fuerte que sentía el pulso en las cienes.

Stefano repetía en voz baja que esto no era posible, que los sistemas redundantes deberían haber activado, que nunca había visto una falla así.

Yo intenté mantener la calma, recordar mi entrenamiento, pero la verdad es que estaba aterrado.

Sin instrumentos a 10,000 m.

sin saber exactamente dónde estábamos ni hacia dónde nos dirigíamos.

Teníamos combustible para menos de una hora y ninguna forma de comunicarnos con la torre de control.

Fue entonces cuando apareció la luz.

Primero pensé que era un reflejo del sol en el parabrisas, pero el ángulo no coincidía.

Era una luz dorada, suave, que no lastimaba los ojos a pesar de su intensidad.

Venía desde el frente, ligeramente a la derecha y se movía como invitándonos a seguirla.

Stefano la vio también.

Lo sé porque dejó de tocar los controles y se quedó inmóvil con la boca entreabierta.

Yo no soy una persona impulsiva.

Toda mi carrera se ha basado en seguir protocolos, en no tomar decisiones emocionales.

Pero en ese momento algo dentro de mí, algo que no puedo explicar con palabras, me dijo que siguiera esa luz.

Giré el avión suavemente hacia ella.

La luz se mantuvo siempre a la misma distancia, como si supiera exactamente a qué velocidad volábamos, guiándonos a través de las nubes.

El silencio en la cabina era absoluto.

Ni Stefano ni yo hablábamos.

Solo seguíamos esa presencia luminosa que parecía conocer el camino mejor que cualquier GPS.

Los 7 minutos que duró aquello se sintieron como una eternidad y como un instante al mismo tiempo.

No había miedo, y eso es lo más extraño.

Debería haber estado paralizado de terror, pero en cambio sentía una calma profunda, casi irreal.

Era como si alguien más estuviera pilotando realmente el avión, como si mis manos en los controles fueran solo un formalismo.

Stefano después me confesó que sintió lo mismo, que tuvo la certeza absoluta de que no nos íbamos a estrellar, de que llegaríamos bien.

La luz nos llevó a través de un corredor entre nubes que no debería haber estado ahí según los mapas meteorológicos.

Descendimos gradualmente sin necesidad de instrumentos y de pronto, exactamente a las 14:58, 7 minutos después de la falla, todos los sistemas volvieron a encenderse simultáneamente, las pantallas se iluminaron, el GPS mostró nuestra posición y descubrimos con incredulidad absoluta que estábamos exactamente en la trayectoria correcta hacia Asís, alineados perfectamente con la pista de aterrizaje que apareció ante nosotros apenas tres minutos después, la luz dorada había desaparecido en el mismo instante en que los instrumentos volvieron.

Aterrizamos a las 15:02.

Mis manos temblaban cuando apagué los motores.

Stefano tenía lágrimas en los ojos.

Nos quedamos sentados en silencio durante varios minutos antes de poder movernos.

Cuando finalmente bajamos del avión, el padre Juliano se acercó y nos preguntó si todo había ido bien.

Yo no supe que responder.

Le dije que sí, que habíamos llegado sin problemas, pero mi voz sonaba hueca.

Él me miró fijamente, como si pudiera ver a través de mi mentira educada, y dijo algo que nunca olvidaré.

dijo que Carlo tenía esa costumbre de hacer las cosas a su manera, incluso desde el cielo.

Sonrió y se alejó para coordinar el traslado del ataúd a la basílica.

Yo me quedé ahí parado viendo cómo cargaban el féretro de ese adolescente que había muerto 13 años atrás.

Y por primera vez en mi vida sentí que había algo más grande que la tecnología, más real que los instrumentos, más poderoso que toda mi experiencia acumulada.

Si esta historia está tocando algo en ti, te invito a quedarte.

Lo que viene después es aún más fuerte.

Esa misma noche, de regreso en Milán, Stefano y yo fuimos llamados a una reunión urgente con los técnicos de mantenimiento.

Habían revisado las cajas negras del avión, esos dispositivos que registran cada parámetro del vuelo, cada comunicación, cada dato técnico.

Los técnicos estaban desconcertados, nos mostraron los gráficos en sus pantallas.

Efectivamente, a las 14:51 todos los sistemas habían fallado simultáneamente, algo que según ellos era estadísticamente imposible, dado que los aviones modernos tienen múltiples redundancias precisamente para evitar ese escenario.

Pero lo más inexplicable era lo que registraron durante esos 7 minutos.

El avión había mantenido una trayectoria perfecta, sin desviaciones, sin pérdida de altitud irregular, como si un piloto experto con todos los instrumentos funcionando estuviera al mando.

Más aún, la ruta seguida era más eficiente que la programada originalmente, ahorrando combustible y tiempo.

Uno de los técnicos, un hombre mayor llamado Giuseppe, que llevaba 40 años en la industria, nos dijo que en toda su carrera nunca había visto algo así, que no tenía explicación científica, que los sistemas habían fallado y, sin embargo, el avión había volado mejor que nunca.

Durante las semanas siguientes intenté racionalizar lo ocurrido.

Pensé que tal vez había sido un fallo eléctrico temporal, que la luz era un fenómeno atmosférico raro, que la calma que sentí fue simplemente mi cerebro entrando en modo supervivencia, pero cada explicación que construía se derrumbaba ante los hechos.

Stefano dejó de volar durante dos meses.

Me confesó que no podía subirse a un avión sin revivir esos 7 minutos.

Sin buscar la luz dorada en el horizonte.

Yo seguí volando porque es lo único que sé hacer, pero algo había cambiado dentro de mí.

Empecé a investigar sobre Carlo Acutis.

Leí sobre su vida, sobre cómo a los 7 años pidió hacer la primera comunión porque quería estar cerca de Jesús, sobre cómo usaba su talento para la programación para evangelizar.

Sobre cómo durante su enfermedad nunca se quejó y ofrecía cada dolor como oración.

Descubrí que había documentado más de 130 milagros eucarísticos verificados en su página web, fenómenos donde la consagrada se había transformado en tejido cardíaco humano, donde había sangrado, donde había permanecido incorrupta durante siglos.

Historias que antes habría descartado como superstición, pero que ahora leía con una mezcla de fascinación y respeto.

Le conté a Laura lo que había pasado.

Ella lloró.

me dijo que había estado rezándole a Carlo a Cutis durante todo el vuelo, pidiéndole que nos protegiera, aunque no me lo había mencionado antes para no asustarme.

Nuestro hijo mayor, que entonces tenía 14 años, casi la misma edad que Carlo cuando murió, me preguntó si realmente creía que un chico muerto había guiado el avión.

Yo no supe qué responder.

Le dije que no sabía qué había pasado exactamente, pero que algo extraordinario había ocurrido, algo que escapaba a mi comprensión, pero que era innegablemente real.

Empecé a ir a misa no por obligación, sino porque necesitaba respuestas, porque sentía que había sido tocado por algo sagrado y no sabía cómo procesarlo.

El sacerdote de nuestra parroquia, cuando finalmente me atreví a contarle la historia completa, me dijo que los santos tienen esa costumbre de manifestarse de formas inesperadas, que Carlo Acutis en particular parecía especializarse en usar la tecnología y los medios modernos para señalar hacia lo eterno.

Pasaron 4 años.

Volví a mi rutina, a mis vuelos comerciales, a mi vida ordenada.

Pero el 16 de octubre de cada año, en el aniversario de aquel vuelo, sentía una inquietud que no podía explicar.

En octubre de 2023, exactamente 4 años después, recibí un mensaje inesperado a través de las redes sociales.

Era de una mujer brasileña llamada Beatriz.

Me decía que su hijo había sido curado de un tumor cerebral inoperable después de que su familia rezara a Carlo Acutis y que el día de la curación inexplicable, el 16 de octubre de 2019, ella había tenido una visión donde veía un avión rodeado de luz dorada.

me enviaba fotos de los estudios médicos, certificados de doctores confirmando que el tumor había desaparecido sin intervención, testimonios de oncólogos que admitían no tener explicación científica.

Me decía que había buscado durante años alguna noticia sobre un vuelo especial ese día y que finalmente alguien le había dado mi nombre.

Me preguntaba si yo había visto algo inusual durante ese vuelo.

Leí ese mensaje 10 veces antes de poder responder.

Las manos me temblaban igual que el día del vuelo.

Beatriz no tenía forma de saber sobre la luz.

Yo nunca había hablado públicamente de ello.

Solo Este Stefano, Laura, los técnicos y el padre Juliano conocían los detalles.

Le respondí contándole toda la historia.

Ella me llamó por teléfono y lloramos juntos.

dos desconocidos conectados por un adolescente santo que había decidido manifestarse de formas que desafiaban toda lógica.

Me contó que su hijo, que ahora tiene 12 años, quiere ser piloto cuando crezca, que dibuja aviones constantemente, que dice que un ángel lo salvó y que ese ángel volaba en un avión dorado.

Ese fue mi segundo despertar.

Entendí que lo que viví no fue solo para mí, que formaba parte de algo mucho más grande, que Carlo Acutis estaba orquestando una red de milagros interconectados que apenas comenzamos a comprender.

Desde entonces he hablado con otras personas que han experimentado intervenciones inexplicables relacionadas con Carlo Acutis, un ingeniero informático en España cuyo servidor se salvó de un ciberataque devastador el mismo día que comenzó a rezarle a Carlo.

una adolescente en Argentina que superó una adicción a las redes sociales después de ver un documental sobre él.

Un médico en Italia que presenció una recuperación imposible de un paciente en coma después de que la familia colocara una reliquia de Carlo en la habitación del hospital.

Cada historia es única, pero todas comparten ese elemento de imposibilidad técnica, de intervención que no puede explicarse con las leyes naturales que conocemos.

Y todas ocurren en contextos modernos usando tecnología, ciencia, medios que Carl amaba y dominaba durante su breve vida terrenal.

Ahora tengo 52 años.

Sigo volando, pero cada vez que subo a una cabina miro el cielo de forma diferente.

Ya no veo solo rutas aéreas y patrones meteorológicos.

Veo la posibilidad de lo sagrado irrumpiendo en lo cotidiano, de lo eterno manifestándose en lo temporal.

He visitado a Sís tres veces desde aquel vuelo.

La primera vez fui solo.

Me arrodillé ante la tumba de Carlo Acutis en el santuario del despojamiento y lloré como no lloraba desde niño.

Le agradecí por salvar mi vida, por mostrarme que hay más realidad en el cielo que en mis instrumentos, por usar mi avión como vehículo no solo de su cuerpo, sino de un mensaje que todavía estoy aprendiendo a descifrar.

La segunda vez fui con Laura y mis hijos y les mostré el lugar exacto donde aterrizamos ese día, aunque ellos no pueden ver lo que yo veo cuando miro esa pista.

El recuerdo de la luz dorada guiándonos a casa.

La tercera vez fui con Stefano, que finalmente había vuelto a volar y que necesitaba cerrar ese capítulo o quizás abrirlo completamente.

Carlo Acutis murió el 12 de octubre de 2006, 4 días antes del aniversario de aquel vuelo que cambió mi vida.

tenía 15 años, una edad en la que la mayoría de los adolescentes están preocupados por videojuegos y redes sociales.

Y él estaba preocupado por la eternidad, por hacer de su vida una ofrenda, por usar cada talento que Dios le había dado para señalar hacia la Eucaristía, hacia el verdadero cuerpo de Cristo presente en cada misa.

fue beatificado el 10 de octubre de 2020 en Asis, convirtiéndose en el primer beato millennial, un santo para la era digital, alguien que entendió que la tecnología no es enemiga de la fe, sino una herramienta para expandirla.

Y yo, un piloto escéptico que confiaba más en sus instrumentos que en la providencia, fui elegido para llevar su cuerpo a su último destino terrenal, para experimentar en carne propia que cuando Dios quiere manifestarse, no hay sistema que pueda contenerlo, ni explicación científica que pueda limitarlo.

Hay días en que todavía dudo.

Hay noches en que me pregunto si realmente vi lo que creo haber visto, si la luz era real o si mi mente la construyó como mecanismo de defensa ante el pánico.

Pero entonces recuerdo los datos de las cajas negras, el testimonio de Stefano, la visión de Beatriz al otro lado del océano, la trayectoria perfecta que seguimos sin instrumentos.

Y sé que no fue una alucinación, fue un regalo.

Fue una invitación a creer, no con la cabeza, sino con todo el ser.

A confiar no en lo que puedo medir, sino en lo que puedo experimentar.

a entender que los santos no son figuras distantes en vitrales antiguos, sino amigos cercanos que siguen actuando, intercediendo, manifestándose de formas que hablan nuestro lenguaje contemporáneo.

Ahora, cuando vuelo y atravieso las nubes, a veces busco esa luz dorada en el horizonte.

Nunca la he vuelto a ver, al menos no con los ojos físicos, pero la siento.

Siento que Carlo Acutis, ese adolescente que amaba los aviones y la informática tanto como amaba la Eucaristía, sigue guiando no solo aviones, sino vidas, no solo trayectorias aéreas, sino trayectorias espirituales.

Y siento que mi misión ahora no es solo transportar pasajeros de un lugar a otro, sino testimoniar que el cielo no es solo un espacio físico que atravesamos, sino una realidad espiritual que nos atraviesa, que nos transforma, que nos llama a casa.

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Yeah.