Mi nombre es Alessandra Moretti, tengo 33 años y durante más de una década fui la mejor amiga de San Carlos Acutis.

Éramos apenas unos adolescentes cuando nuestras vidas se cruzaron, pero desde el primer día sentí que aquel muchacho no era como los demás.
Había en él una luz que no sabría explicar, una especie de calma, una alegría transparente, una pureza que te hacía sentir observado por algo más grande que él mismo.
Y lo que voy a contarte hoy, hermano, hermana, es algo que me pesa en el alma desde hace tantos años que ya perdí la cuenta.
Guardé silencio porque me daba vergüenza, porque tuve miedo, porque pensé que nadie me creería, pero llegó el momento.
Y esta confesión, esta confesión puede cambiar tu vida como cambió la mía.
Todavía recuerdo aquel día como si lo estuviera viviendo ahora mismo.
Era octubre de 2006, poco antes de que San Carlos Cuti se enfermara de manera fulminante.
Yo tenía apenas unos años menos que él y aunque éramos jóvenes, nuestras conversaciones siempre parecían las de dos personas que se habían conocido desde antes de nacer.
Carlo tenía esa forma de mirarte a los ojos que te hacía sentir que él entendía algo que el resto del mundo pasaba por alto.
Decía las cosas con una dulzura que desarmaba y sin darse importancia, nunca presumía de nada, nunca buscaba llamar la atención, pero todo lo que decía se te quedaba dando vueltas en el corazón, como si lo hubiera dicho un ángel disfrazado de niño.
Ese día, después de clase, nos quedamos un rato en el parque que quedaba frente a la parroquia.
Era uno de esos atardeceres suaves de Milán con el cielo pintado de tonos rosas y el aire tenía un olor a hojas húmedas que me hacía sentir que la vida podía ser infinita.
Carlo llevaba su mochila azul, la misma que usaba siempre, y una bufanda roja que su madre le había tejido.
Caminaba despacio, como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír.
Yo hablaba de cosas triviales, de tareas, de exámenes, de amistades, de esas inquietudes tontas que se tienen cuando se es joven.
Y de repente él se detuvo, giró hacia mí con esa mirada suya que atravesaba cualquier máscara y me dijo algo que me acompañó durante toda mi vida.
Aunque en ese momento no entendí nada.
No puedo repetir sus palabras exactas porque nunca las olvidaré.
Ale, un día vas a sentir que todo se te cae por dentro.
Vas a sentirte vacía, aunque por fuera sigas sonriendo.
Y vas a pensar que tu fe no sirve, que Dios se alejó.
Pero no será así.
Acuérdate de mí.
Yo voy a ayudarte cuando llegue ese momento.
Así lo dijo, hermano, hermana.
Así de simple, así de claro, así de imposible.
Era como si estuviera leyendo mi futuro, como si hubiera visto lo que mis ojos todavía no podían imaginar.
Yo me reí porque pensé que solo quería consolarme por alguna tontería que habría dicho antes, pero él no sonreía.
Su rostro estaba serio, sereno, y sus ojos parecían ver un punto que no estaba frente a nosotros, sino más allá, muy lejos.
Yo, en lugar de tomarlo en serio, cambié de tema.
No quise profundizar.
Me incomodó.
Me dio miedo que dijera algo más.
Carlo ya tenía esa fama misteriosa entre los que lo conocíamos bien.
Veíamos como hablaba de la Eucaristía con una pasión que ningún joven de su edad tenía.
Lo veíamos ofrecer sacrificios pequeños, ayunar en silencio, ayudar a desconocidos, consolar sin ser visto y había algo más.
A veces decía cosas como si supiera lo que nosotros estábamos pensando.
No era brujería, no era adivinación, era otra cosa, una intuición espiritual que yo no sabría describir.
Pero aquel comentario sobre mi futuro fue distinto.
Sentí que no venía de él, sino de algo más grande, más profundo, más santo.
Esa noche, cuando llegué a mi casa, no pude dormir.
vas a sentirte vacía por dentro, pero yo estaré contigo.
No se me ocurría que podía significar.
Yo era una muchacha alegre, comprometida con mi parroquia, participaba en grupos juveniles, asistía a misa, rezaba, ayudaba en campañas solidarias.
¿Cómo podía él decirme que viviría una caída espiritual tan grande? ¿De dónde sacaba esas ideas? Por un momento pensé en contárselo a mi madre, pero me dio vergüenza.
Temía que creyera que yo estaba exagerando, o peor, que pensara que Carlo tenía algún problema, así que guardé silencio.
Los días pasaron y Carl comenzó a enfermar.
Primero fue un cansancio extraño, luego un dolor en los huesos que no se le quitaba con nada.
Recuerdo que una tarde llegó pálido, casi transparente, y me dijo que tenía fiebre.
Yo pensé que era algo sencillo, una gripe fuerte, pero su madre, con ese instinto que solo tienen las madres, intuyó que había algo más.
Lo llevó al hospital y de ahí todo cambió.
El diagnóstico llegó como un trueno que partió el cielo, una leucemia agresiva fulminante.
En cuestión de horas, la vida se nos volvió un eco confuso de pasillos, máquinas, doctores y oraciones que parecían quedarse cortas ante lo que estaba por venir.
Lo más sorprendente, hermano, hermana, es que Carlo nunca tuvo miedo ni un segundo.
como si ya lo supiera, como si para él la muerte no fuera una amenaza, sino una puerta que había estado esperando.
Y yo, que siempre había sido fuerte, me derrumbé por dentro.
No entendía qué estaba pasando.
No entendía por qué Dios quería llevarse a un muchacho tan bueno, tan puro, tan lleno de luz.
Y en medio de ese caos, de esa angustia y de ese silencio que solo el dolor puede generar, volvió a mi mente aquella frase que él me había dicho días antes.
Esa frase que en aquel momento me pareció exagerada, pero que ahora comenzaba a cobrar un sentido que yo todavía no podía descifrar.
Y aquí estoy, tantos años después, temblando mientras te cuento esto.
Porque si tú estás escuchando esta historia ahora mismo, no es casualidad.
Nada en este relato es casualidad.
Hay hilos invisibles que Dios mueve y yo hoy siento que ese hilo te está tocando a ti también, hermano, hermana.
Lo que viví con San Carlos Acutis no fue un simple recuerdo de juventud, fue una advertencia, una profecía, una semilla.
Y hoy, hoy, después de tantos años de silencio, por fin voy a contarte cómo se cumplió, porque esa caída espiritual que él me anunció llegó, llegó de una manera brutal, inesperada y dolorosa.
Y también llegó su mano, su intervención, un hecho imposible que me devolvió a Dios cuando yo ya no creía en nada.
Pero antes de llegar a ese momento, necesito que conozcas quién era realmente Carlo, cómo vivía, cómo caminaba, cómo respiraba.
Porque solo así vas a entender por qué sus palabras tuvieron la fuerza de atravesar décadas, de romper mi doble vida y de salvarme cuando ya no tenía fuerzas para seguir.
Cuando pienso en cómo describir a San Carlos a Cutis, me doy cuenta de que ninguna palabra le hace justicia.
La gente suele imaginarlo como un joven serio, reservado, concentrado únicamente en la oración, pero no era así.
Carlo era alegría pura, espontánea, tan humano como cualquiera de nosotros, pero con una luz que no se apagaba jamás.
Tenía esa forma de caminar con pasos ligeros, como si siempre fuera apurado, pero sin perder la calma.
Sus tenis estaban casi siempre un poco sucios de tanto correr, y sus camisas, aunque sencillas, tenían ese olor cálido a jabón fresco que daban ganas de abrazarlo.
Parecía que en él todo era sencillo y luminoso.
Yo conocí cada uno de sus hábitos porque pasábamos mucho tiempo juntos.
Después de clase solíamos ir a la plaza, comprábamos panecillos y nos sentábamos en una banca vieja que crujía con cualquier movimiento.
Ahí él hablaba de Dios como si estuviera hablando de un amigo real, cercano, de esos que te conocen mejor que tú mismo.
Me sorprendía la naturalidad con la que mencionaba la Eucaristía.
Decía que era como estar frente a la fuente más grande de amor del mundo.
Y aunque yo iba a misa, confieso que no lo veía como él.
Para mí era una costumbre, una rutina.
Para él era un encuentro, un verdadero encuentro.
Eso lo entendí mucho después.
Carlo tenía la costumbre de ayudar sin que nadie lo notara.
Una vez supe que había donado parte de su mesada a un hombre sin hogar que vivía cerca de la estación de tren.
Nunca me lo dijo él.
Lo supe por otro chico que lo había visto.
Cuando le pregunté por qué ayudaba tanto, él solo respondió, “Si Dios me da tanto, ¿cómo no voy a compartir un poquito?” Y lo decía con tanta naturalidad que cualquiera pensaría que hablaba de compartir una galleta, no de entregar su propio tiempo y dinero.
Él no se jactaba, no presumía, no buscaba aplausos, simplemente amaba, hermano, hermana, amaba sin prisa, sin ruido, sin condiciones.
A veces sentía que Carlo veía cosas que los demás no podían.
Por ejemplo, hubo un día en que yo llegué triste, aunque traté de fingir que todo estaba bien.
No le dije nada, ni puse cara larga, solo me quedé callada mientras caminábamos.
Él me miró un instante y dijo, “No te preocupes, Ale, eso también pasará.
” No le había contado absolutamente nada.
¿Cómo podía saberlo? No quería pensar que tenía algún tipo de don extraño, pero sí sabía que su relación con Dios era distinta, más profunda, más íntima.
Era como si su corazón estuviera afinado a un sonido que nosotros no alcanzábamos a escuchar.
Muchos pensaban que él era un chico empollón demasiado aplicado o demasiado bueno, pero Carlo también tenía sus travesuras.
Le encantaba hacerme reír a carcajadas contando historias absurdas, imitando a profesores, inventando personajes.
Cada vez que yo me estresaba por un examen, aparecía él con su famosa frase: “Ale, lo peor que puede pasar es que te equivoques.
Y si te equivocas, aprendes, ¿qué problema hay? Esa actitud suya me salvó muchas veces de caer en mis propios miedos y tal vez por eso su profecía sobre mi futuro me causó tanto impacto, aunque en aquel momento no lo entendí.
Con su familia yo pasé muchas tardes también.
Su madre, la señora Antonia, siempre tenía una sonrisa amable y una mesa llena de cosas ricas para ofrecer.
Su padre era más serio, pero tenía una ternura silenciosa que se notaba en cómo miraba a Carlo.
Era una casa donde se respiraba paz.
Había estampas de santos en las paredes, fotografías familiares bien ordenadas, un ambiente cálido que te hacía sentir en un refugio.
Y en medio de esa armonía estaba Carlo moviéndose como si todo fuera natural, como si no tuviera idea de que años después medio mundo estaría hablando de él.
Pero hubo señales, hermano, hermana, señales claras de que Dios obraba en él de una manera especial.
Recuerdo un día en que se quedó mirando un crucifijo durante varios minutos, tan concentrado que parecía que escuchaba algo.
Cuando terminó me dijo, “Jesús sufre mucho cuando fingimos que creemos, pero nuestro corazón está lejos.
Yo pensé que hablaba de alguien más, de alguna situación general.
Jamás imaginé que estaba hablando de mí, ni que esas palabras iban a perseguirme tantos años después, cuando comencé a llevar una doble vida espiritual.
En aquellos años yo no lo sabía, pero Carlo estaba sembrando en mí algo que iba a necesitar desesperadamente tiempo después.
Era como si cada frase suya fuera una preparación, como si cada gesto suyo guardara un significado que solo se revelaría más adelante.
Y aunque yo lo amaba como un hermano, jamás se me ocurrió que aquel muchacho que caminaba despacio y que se reía fuerte estaba viendo mi futuro con una claridad que yo jamás pude tener.
A veces pienso en cómo nos veía Dios en esa época.
Dos jóvenes caminando por las calles de Milán, sin saber que uno de ellos sería reconocido como santo en todo el mundo y que el otro yo, terminaría contando esta historia con la voz rota y las manos temblando.
A Carlo no le interesaba la fama ni los reconocimientos.
Él solo quería amar a Dios y ayudar a otros a encontrarlo, lo hacía sin complicaciones.
Decía que cada Eucaristía era como una autopista hacia el cielo y cada vez que lo decía me lo repetía como si quisiera grabarlo en mi alma.
Ale, sin la Eucaristía nos perdemos.
Yo tenía mis dudas.
Había días en los que sentía que la fe era algo lejano, difícil, lleno de normas y obligaciones.
Carlo la hacía ver tan sencilla que me daba vergüenza no sentir lo mismo.
Pero él nunca me juzgó, nunca me dijo que estaba equivocada, solo caminaba conmigo, me escuchaba, me acompañaba.
Y creo que por eso me dolió tanto cuando enfermó, porque sentí que Dios me estaba quitando una brújula, una estrella, un hermano y en parte era así.
Dios lo llamó pronto, tan pronto que creo que ninguno de nosotros estuvo preparado.
Pero antes de perderlo, antes de que su enfermedad avanzara y antes de que yo cayera en aquella doble vida que me dejó vacía, Carlo alcanzó a decirme algo más, algo que en su momento no quise entender, algo que hoy, tantos años después, me pesa como una piedra en el pecho.
No era solo una advertencia, era una revelación, una profecía.
Y aunque yo traté de ignorarla, terminó cumpliéndose al pie de la letra.
Y por eso, por eso necesito seguir contándote esta historia, porque en ella no solo está mi caída, sino también mi salvación.
Y hermano, hermana, necesito que estés conmigo en cada paso, porque lo que viene es más fuerte de lo que imaginas.
Con el paso de los meses, mientras seguíamos creciendo juntos, comenzaron a ocurrir cosas que yo hoy entiendo como señales, pequeñas pistas que Dios iba dejando para que cuando llegara a mi caída recordara que San Carlo, Acutis ya lo había visto todo antes, pero en aquel tiempo yo no lo entendía.
Era joven, estaba llena de ilusiones, de planes, de sueños que parecían inagotables.
Carlo, en cambio, vivía con una serenidad que asustaba.
No era pasividad, no era indiferencia, era una especie de presencia constante, como si viviera con un pie en la tierra y el otro en el cielo.
Hubo un día, no lo olvido, en que yo tuve un sueño raro.
Soñé que caminaba sola por un pasillo oscuro y que una puerta se abría al fondo, dejando entrar una luz intensa.
Pero al acercarme, la luz se alejaba como si no quisiera que llegara.
Al contárselo a Carlo, él me miró con un gesto que nunca había tenido antes.
No se rió.
No lo tomó como un sueño tonto.
Solo dijo, “A veces Dios nos habla incluso cuando no lo buscamos.
” Me estremecí.
¿Cómo podía decir eso con tanta seguridad? Yo no buscaba señales, no buscaba revelaciones, pero él sí sabía reconocerlas.
Era como si en su interior hubiera un radar espiritual que vibraba con cada pequeño movimiento del cielo.
Otra vez recuerdo que estábamos entrando a la iglesia para una adoración.
Yo iba distraída, pensando en una discusión que había tenido con una amiga.
Carlos se detuvo de repente y me dijo, “Ale, no lleves rencores al altar, pesan demasiado.
” Yo no había dicho ni una palabra de lo que me pasaba.
¿Cómo podía saberlo? quise preguntarle, pero él siguió caminando como si nada.
A veces sentía que Dios le susurraba cosas que solo él alcanzaba a percibir.
No era una actitud rara ni prepotente.
Era una sensibilidad tan profunda que parecía más bien un don concedido desde la infancia.
Un día, siendo ya adolescentes mayores, estábamos en su habitación viendo fotografías de lugares santos que él admiraba.
Asís, Lourdes, Fátima, Jerusalén.
Carlo amaba documentar todo lo que consideraba un signo de Dios.
Tenía cuadernos llenos de anotaciones, fechas, pequeñas reflexiones.
Yo lo observaba en silencio y entonces hizo algo que todavía me mueve el alma.
Colocó una foto mía en medio de todas las imágenes, una foto donde yo estaba sonriendo durante una salida escolar.
Cuando le pregunté por qué la había puesto ahí entre tantas cosas sagradas, respondió con absoluta seriedad, “Porque tú también eres parte del plan, Ale.
” Esa frase me persiguió durante años.
¿Qué plan? ¿Por qué yo? ¿Qué veía él en mí que yo no veía? ¿Y por qué la decía con tanta seguridad? Yo negué con la cabeza, evitando que me viera temblar.
Carlo tenía esa capacidad de decirte algo pequeño que luego se volvía inmenso cuando pasaba el tiempo.
Y yo, que creía tener mi vida espiritual bajo control, no sabía que lo que él estaba viendo en ese entonces era mi futura caída, un abismo al que yo misma me empujaría cuando dejara de escuchar la voz de Dios para escuchar solo las expectativas de los demás.
Y sin embargo, hubo un episodio que marcó un antes y un después en mi percepción de Carlo.
Fue un día de invierno, cerca de Navidad.
Había una niebla espesa en la ciudad, una de esas que hacen parecer que el mundo está envuelto en algodón.
Carlo me pidió que lo acompañara a un oratorio cercano porque quería llevar unos dulces a unos niños.
Mientras caminábamos, yo le contaba que a veces dudaba de mi fe, que a veces sentía que rezar era hablarle a un vacío.
Él no me reprochó nada.
No me dijo que estaba equivocada, solo respondió, “Dios no se molesta cuando dudas, se molesta cuando finges que no dudas.
” Sentí un golpe en el pecho.
Fingir.
¿Cuántas veces había fingido? ¿Cuántas veces había sido una cristiana solo de boca? Esa palabra fingir quedó grabada en mi memoria como un eco profético y lo entendí mucho después, muchísimo después, porque yo terminé convirtiéndome exactamente en eso.
Alguien que fingía tener fe mientras por dentro se apagaba lentamente, una vida doble, una máscara espiritual que me asfixió durante años enteros sin que nadie lo notara.
Y Carlo, Carlo ya lo sabía.
Lo sabía desde antes de que pasara.
Pero en ese entonces yo no podía ni imaginarlo.
Recuerdo también que Carlo tenía una relación especial con el silencio.
No esos silencios incómodos entre conversaciones, sino silencios llenos de presencia.
A veces caminábamos sin decir nada y él parecía estar hablando con Dios en su interior.
Cuando finalmente rompía el silencio, siempre decía algo que tocaba el corazón.
Una vez dijo, “El alma se enferma cuando se acostumbra a vivir sin verdad.
” Yo asentí sin comprender realmente la profundidad de esa frase, pero él la decía como quien habla desde una herida que aún no existe, pero que sabe que está destinada a abrirse.
Con el paso del tiempo, comenzaron también los comentarios extraños de algunas personas que notaban como Carlo percibía estados del alma sin que nadie se lo dijera.
Una señora de la parroquia me dijo una vez, “Ese muchacho tiene algo.
” Mira a las personas como si viera su interior.
Y yo asentí porque lo había sentido muchas veces.
Cada vez que Carlo me miraba, sentía que no podía esconder nada.
Ni mis dudas, ni mis rencores, ni mis miedos.
Y años después, cuando comencé a vivir aquella doble vida espiritual, ese recuerdo se volvió insoportable, porque yo sabía que él desde el cielo seguía viendo exactamente lo que yo trataba de ocultar.
Pero hubo un episodio que nunca olvidé y que fue la primera señal clara de que Carlos sabía que algo en mí un día iba a romperse.
Fue una tarde cualquiera.
Sin nada especial, Carlo estaba sentado en un banco de la parroquia mirando el sagrario con una serenidad que solo él tenía.
Me acerqué sin hacer ruido y él, sin volver el rostro, dijo, “Ale, cuida tu corazón, no dejes que el mundo te lo vacíe.
” Me quedé paralizada.
No entendía por qué me decía eso, qué había visto, qué había sentido, por qué su voz sonaba casi dolida.
Le pregunté qué quería decir con eso, pero él solo me tomó la mano un momento y la soltó sin responder.
A veces pienso que esa tarde fue la primera vez que Carlo vio claramente mi futuro, mi caída, mi distancia de Dios, mi doble vida.
y también vio el momento en que él mismo me rescataría años después, cuando ya no quedara nada de aquella alegría que tenía de adolescente.
Esa mirada suya, ese gesto, esa frase se convirtieron en una semilla sembrada en el fondo de mi alma.
Y aunque la ignoré durante años, aunque me aparté lentamente del camino, aunque me llené de máscaras y vacíos, esa semilla no murió, se quedó esperando, esperando a que mi mundo se derrumbara para finalmente florecer.
Con el paso del tiempo, aquel puzle extraño de frases, silencios y advertencias comenzó a tomar forma, aunque yo no lo entendí hasta muchos años después.
En ese entonces, cuando todavía éramos jóvenes, cada palabra de San Carlo, Acutis parecía venir cargada de un sentido que yo no alcanzaba a descifrar.
A veces lo veía observarme como si buscara algo más allá de mi apariencia, como si notara una grieta secreta que yo aún no sabía que existía.
Y hubo un día, hermano, hermana, en el que esa intuición suya se volvió demasiado clara, demasiado directa, demasiado profética para que yo pudiera ignorarla.
Fue una mañana fría de octubre de 2006, unos días antes de que su salud se deteriorara completamente.
Estábamos sentados en una de las escaleras del colegio, él con su mirada tranquila y yo con mis cuadernos apretados contra el pecho.
Recuerdo que había un viento fuerte que levantaba las hojas secas y las hacía bailar por todo el patio.
Yo me quejaba de problemas insignificantes, de exámenes, de profesores, de planes.
Él me escuchaba con paciencia, como siempre, pero en un momento su mirada cambió.
Aquella sonrisa suave se desvaneció y un silencio profundo cayó entre los dos.
Fue ahí cuando me dijo la frase que se convertiría en la columna vertebral de mi vida entera.
Ale, un día vas a tener que elegir entre la apariencia y la verdad.
Ese fue el inicio.
Pero luego añadió algo aún más fuerte, algo que aunque en ese momento no comprendí, más tarde se me clavó como una lanza en el alma.
Te vas a ver bien por fuera, pero por dentro te vas a sentir rota.
Fingirás que crees, fingirás que amas a Dios, fingirás que todo está en orden, pero tu corazón va a quedarse vacío y cuando llegue ese día yo voy a buscarte.
Dios me va a dejar ayudarte, hermano.
Hermana, yo temblé al escucharlo, no por entenderlo, sino precisamente porque no lo entendí.
¿Cómo podía hablarme así? ¿Por qué usar esas palabras tan duras? ¿Por qué referirse a un futuro que yo no veía ni de lejos? Yo tenía una fe tibia, sí, pero la tenía.
No me imaginaba viviendo de apariencias, mucho menos alejándome de Dios, al punto de quedar vacía.
Me reí nerviosa tratando de quitarle importancia.
Le dije, “Carlo, por favor, no digas cosas raras.
” Pero él siguió mirándome con una tristeza profunda que no había visto nunca antes en él.
Yo traté de cambiar de tema y ahí él hizo algo que jamás olvidaré.
cogió una pulsera sencilla que llevaba en la muñeca hecha de hilos y me la puso en la mano.
Cuando te pase lo que te dije, vas a saber que no fue imaginación tuya.
La manera en que lo dijo, hermano, hermana, no era una broma, no era un pensamiento al aire.
Lo dijo con la misma seriedad con la que uno dice un adiós que sabe definitivo.
Ese mismo día lo entendí años después.
Él ya sabía que su tiempo en la tierra se estaba acabando y sabía también que yo iba a necesitar algo que no estaba lista para recibir.
Una advertencia divina, una llamada urgente a mantenerme cerca de Dios, incluso cuando pareciera que todo dentro de mí se quebraría.
Las horas siguientes fueron un torbellino.
Carlo empezó a sentirse peor.
Su fiebre subió.
Su madre decidió llevarlo al hospital.
Y ahí, en ese lugar frío, lleno de olor a alcohol y desinfectante, la enfermedad se reveló en toda su crudeza.
Yo visité a Carlo con el corazón encogido tratando de no llorar.
El verlo tan débil, cuando siempre había sido tan lleno de vida, fue un golpe que no supe manejar.
Pero aún ahí, acostado, con su piel pálida y sus mejillas hundidas, tenía una paz que no era de este mundo.
En una de mis visitas, cuando yo creía que estaba dormido, abrió los ojos y me tomó la mano.
Sentí la piel de sus dedos fría, pero firme.
Me dijo en voz baja, casi como un susurro.
Ale, lo que te dije, no lo olvides.
Te va a doler.
Te va a costar aceptar que puedas caer tan profundo, pero cuando lo vivas, no huyas.
Dios te va a levantar.
Y luego añadió algo que en ese momento me pareció completamente imposible.
y yo estaré ahí contigo.
Yo le respondí que estaba delirando, que la fiebre le hacía decir cosas raras, pero Carlo me miró con una serenidad que no era humana, una serenidad que parecía venir directamente del cielo.
No estoy delirando, te lo prometo.
Esa fue la última conversación profunda que tuvimos antes de que su cuerpo se debilitara por completo.
A los pocos días, Carlo murió con esa misma paz sobrenatural y su muerte dejó una herida en todos los que lo amábamos.
Yo lloré durante semanas.
Me aferré a su recuerdo, a sus palabras, a su mirada, pero como suele pasar, el tiempo siguió su curso y yo también seguí el mío.
Me fui apagando sin darme cuenta.
Me fui alejando de Dios lentamente, como quien retrocede sin saberlo.
Lo que nunca imaginé es que mi vida iba a tomar exactamente la forma de la profecía que él me había anunciado.
Pasaron los años.
Al principio yo conservaba mi fe con sinceridad, pero después, hermano, hermana, comenzó la máscara.
Fueron etapas, pasos pequeños, gestos mínimos que parecían inofensivos, una misa que me saltaba, una oración que posponía, una decisión que justificaba.
Empecé a vivir para agradar a los demás, para aparentar que era la misma joven cercana a la parroquia, pero por dentro mis raíces espirituales se estaban secando.
Tenía un pie en la fe y otro en el mundo.
Y aunque desde fuera parecía una cristiana comprometida, por dentro estaba vacía, hueca, agotada, exactamente como Carlo me había dicho.
Solo que yo, en mi soberbia, en mi autosuficiencia, no quería aceptarlo.
me aferraba a la apariencia, a la imagen, a esa máscara religiosa que tanto criticaba en otros, pero que sin darme cuenta se estaba convirtiendo en la mía.
La advertencia de Carlos se repetía en mi mente de vez en cuando, pero yo la empujaba lejos, como quien trata de ignorar un dolor que no quiere enfrentar.
Fue ahí, en esa doble vida espiritual que viví durante años, donde la profecía comenzó a cumplirse.
Y fue ahí donde, sin yo saberlo, Carlo desde el cielo empezó a preparar el camino para levantarme, tal como lo había prometido.
Mi caída no ocurrió de golpe.
No fue una explosión repentina ni una tragedia visible desde afuera.
Fue algo mucho más silencioso, más discreto, más peligroso.
Fue como una gota que cae sobre una piedra.
todos los días hasta que sin esperarlo, la rompe.
Así fue mi vida espiritual durante años.
Yo vivía como si nada pasara, como si todo estuviera en orden.
A los ojos de los demás seguía siendo la joven cercana a la iglesia, la que sabía rezar, la que daba consejos, la que parecía firme.
Pero por dentro, por dentro ya no quedaba nada.
Me levantaba por las mañanas sin ganas de hablar con Dios.
Rezaba solo cuando alguien me observaba.
Sonreía en la parroquia, aunque no sentía la más mínima alegría.
Escuchaba humilías que me entraban por un oído y salían por el otro.
Y lo peor de todo, hermano, hermana, es que yo era consciente de ello.
Lo sabía, lo sentía, pero me daba miedo reconocerlo.
¿Cómo iba a admitir que la mejor amiga de San Carlos Acutis, aquel joven que irradiaba amor por la Eucaristía, se había convertido en una cristiana vacía, fría, tibia, desgastada? El orgullo me impedía aceptar la verdad.
Así comenzó la doble vida, una vida donde aparentaba tener fe, pero solo tenía hábitos, donde repetía palabras, pero no sentía nada.
Donde podía hablar de Dios sin escucharle, donde podía compartir enseñanzas sin vivirlas.
Era como si me hubiera desconectado de la fuente y siguiera moviéndome por inercia, una marioneta espiritual, una sombra de lo que había sido.
Y ahí, en medio de ese vacío, fue cuando comenzaron las consecuencias.
Primero perdí la paz.
Esa paz que antes parecía acompañarme, incluso en los momentos difíciles, se evaporó.
Luego perdí la sensibilidad interior.
Ya no me conmovían las cosas de Dios.
Dejé de llorar en las oraciones.
Dejé de sentir la presencia del espíritu.
Dejé de emocionarme en la misa.
Era como si todo dentro de mí se hubiera vuelto piedra.
Y yo lo ignoraba, lo justificaba, lo escondía bajo mil excusas.
que era cansancio, que era estrés, que eran etapas normales, pero lo más duro fue cuando perdí el rumbo.
Una noche, mirando mi reflejo en el espejo, me descubrí a mí misma sin reconocerme, no físicamente, sino espiritualmente.
No había luz en mis ojos, había cansancio, un cansancio existencial, un cansancio del alma.
Algo dentro de mí gritaba que había tocado fondo, pero yo no quería escuchar.
No quería recordar lo que Carlos me había dicho.
No quería enfrentar la profecía, era como si retroceder a esas palabras fuera admitir que él había tenido razón y que yo yo había fallado.
Sin embargo, por más que trataba de huir, la vida se encargaba de estrellarme contra mi propia verdad.
Una tarde, durante una confesión que hice sin ganas, el sacerdote me miró fijamente y dijo, “Hija, tu corazón está muy lejos de tus palabras.
” En ese instante sentí un golpe en el pecho, como si la frase viniera directamente del cielo, pero aún así me resistí.
No quería ceder, no quería admitir lo que estaba viviendo.
Quería seguir escondida detrás de mi apariencia.
Pasaron meses, luego pasaron años y yo fui acumulando pequeñas mentiras piadosas, pequeñas omisiones, pequeñas hipocresías espirituales que me hundieron más y más.
Llegué a un punto tan profundo que incluso la oración comenzó a dolerme.
Era como hablarle a un muro, como si el cielo estuviera cerrado.
Yo veía que otras personas tenían experiencias profundas de fe, lágrimas al orar, milagros pequeños en su vida cotidiana.
Y yo nada, solo vacío, un desierto interior que parecía no tener fin.
Hubo un momento en particular que marcó mi ruptura definitiva.
Fue durante una misa de domingo.
El sacerdote elevó la y dijo, “Este es el cordero de Dios.
Y por primera vez en mi vida, yo no sentí absolutamente nada.
Ningún temblor espiritual, ninguna reverencia, ninguna emoción.
Fue como si estuviera viendo un gesto más, una rutina, una costumbre sin sentido.
No sabes cuánto me dolió reconocerlo, hermano, hermana, porque en ese momento supe que había perdido algo inmenso, algo que había sido parte de mí desde la adolescencia, algo que Carlo me había enseñado a valorar más que cualquier otra cosa, la Eucaristía.
Al llegar a mi casa me derrumbé.
Lloré como no lloraba desde la muerte de Carl.
Pero incluso en ese llanto había algo falso, algo torcido.
Lloraba no por amor a Dios, sino por miedo.
Miedo a estar perdida, miedo a haberme convertido en una hipócrita, miedo a que aquellas palabras que Carl me había dicho de adolescente estuvieran cumpliéndose exactamente, sin que yo hubiera hecho nada para evitarlas.
Y ahí, cuando mi alma estaba más seca que nunca, ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar sin temblar.
Una noche soñé con Carlo, no como un recuerdo, no como una imagen confusa.
Lo vi claramente, tan claramente que parecía real.
Tenía la misma sonrisa suave de cuando éramos jóvenes, la misma luz en los ojos, la misma paz.
Se me acercó y me dijo, “Ale, ya es hora.
” Desperté con el corazón latiendo fuerte.
Sabía que algo estaba a punto de pasar, algo que me sacudiría, algo que no tenía manera de controlar.
Y días después ocurrió el hecho que cambió todo, lo imposible, lo que me levantó del abismo cuando yo pensaba que ya no quedaba nada de mí.
Pero antes de contarte ese milagro, hermano, hermana, necesito que entiendas que sin esa caída profunda, sin ese desierto interior, sin esa doble vida espiritual que tanto me avergüenza, yo jamás habría visto la mano de Dios con tanta claridad.
A veces, para levantar a alguien, Dios permite que toque fondo.
Y eso fue exactamente lo que me pasó.
Y fue exactamente lo que San Carlos Acutis había visto desde el principio, desde aquella vez en las escaleras del colegio, desde su lecho de hospital, desde el cielo.
El desierto interior en el que vivía parecía no tener fin.
Había días en los que me despertaba sintiendo que cargaba una piedra en el pecho, un peso que no sabía dónde colocar.
La máscara espiritual seguía intacta para el mundo, pero por dentro ya estaba rota.
Y fue justo en ese estado cuando ocurrió el evento que marcó mi vida para siempre, ese momento en el que Dios usó a San Carlos Acutis para levantarme del abismo exacto que él había visto tantos años antes.
Todo comenzó una mañana cualquiera.
Estaba en mi departamento preparando un café cuando mi teléfono vibró.
Era una notificación de un grupo parroquial que yo ya casi no atendía, pero que aún conservaba más por compromiso que por convicción.
Habían compartido un video de una misa en Asís celebrada en memoria de Carlo.
Yo no quería verlo, me dolía demasiado.
Me recordaba a quién había sido yo antes de perderme.
Pero por alguna razón, algo dentro de mí, una pequeña chispa, que aún sobrevivía bajo toneladas de indiferencia, me hizo abrir el enlace.
El video mostraba el relicario de Carlo, su tumba iluminada por velas y una procesión de jóvenes que llevaban fotografías suyas.
Al escuchar las palabras del sacerdote, algo en mí comenzó a removere.
No una emoción fuerte, no un milagro inmediato, sino una incomodidad profunda, un deseo de llorar, pero sin lágrimas.
Apagué el video abruptamente.
No podía soportarlo.
Era como si Carlo estuviera tocando la puerta de una habitación que yo había cerrado con llave hace años.
Esa misma semana comencé a tener sueños repetidos.
En todos aparecía Carlo, pero no como un recuerdo.
Era él, real, sereno, luminoso.
No me hablaba con frases largas, solo decía lo mismo y otra vez.
Ale, regresa.
Me despertaba temblando, sin saber qué hacer con esa voz que no parecía venir de mi mente, sino de un lugar más profundo, más verdadero.
Intenté ignorarlo, pero el sueño volvía.
Una noche tras otra, Carlos no se iba, no dejaba de llamarme.
Yo estaba acostumbrada a a justificar todo racionalmente.
Busqué interpretaciones psicológicas, explicaciones lógicas.
Me dije que eran simples recuerdos de la adolescencia, que mi culpa estaba manifestándose en forma de sueños, pero en mi interior sabía que no era así.
Era demasiado real, demasiado nítido, demasiado persistente.
Era la voz de un santo, la voz de mi mejor amigo, la voz de alguien que había prometido ayudarme cuando tocara fondo.
Y ese fondo llegó por completo un martes de madrugada.
Estaba sola en mi departamento revisando correos sin importancia cuando de repente el ambiente cambió.
Era como si la habitación se hubiera llenado de una presencia suave, cálida, imposible de describir.
No era miedo, era algo que hacía mucho tiempo no sentía.
Paz, una paz tan profunda que me atravesó entera.
Me quedé inmóvil con el corazón acelerado y entonces ocurrió la pulsera.
Esa pulsera vieja de hilos que Carlos me había dado cuando todavía éramos adolescentes, esa que yo había guardado en una caja durante años, empezó a desprender un olor a incienso.
No un olor inventado, no una sugerencia, no un recuerdo, un aroma claro, fuerte, idéntico al de una iglesia durante la adoración.
Me levanté de golpe, asustada y al mismo tiempo sobrecogida.
Abrí la caja rápidamente.
La pulsera estaba tibia, como si alguien la hubiera tenido entre sus manos hacía apenas un instante.
Hermano, hermana, ese fue el instante exacto en que me arrodillé en el suelo.
No tuve fuerzas para hacer otra cosa.
Allí, con la pulsera en la mano, con el olor a incienso envolviendo la habitación entera, ocurrió lo que jamás pensé que volvería a sentir.
Lloré.
Lloré con un llanto profundo, desnudo, quebrado.
No lloré por culpa.
Lloré porque sentí por primera vez en muchos años que Dios estaba ahí, que había vuelto por mí, que no me había dejado caer sola.
Mientras lloraba, escuché no con los oídos, sino con el alma una frase que me atravesó por completo.
Ale, yo te lo dije.
Era la voz de Carlo, suave, tierna, llena de esa misma serenidad que tenía en vida.
Me quedé en silencio, abrazada al piso.
La presencia que sentía era tan fuerte que no podía moverme.
No era una visión, no era un sueño, no era una imaginación, era una intervención.
Una mano extendida desde el cielo hacia una persona que se estaba hundiendo.
Era la promesa cumplida.
Era Dios usando a su siervo, a su santo, a ese muchacho que había vivido la santidad como quien respira para levantarme cuando yo ya estaba casi perdida.
Pasaron minutos, tal vez horas, no sé.
El tiempo dejó de tener sentido.
Lo único que recuerdo con claridad es que cuando me levanté algo en mí había cambiado.
Una grieta se había cerrado.
Una luz pequeña había vuelto a encenderse en mi interior.
Y por primera vez en muchos años pronuncié una oración sincera, una oración corta, rota, pero verdadera.
Señor, ayúdame a volver.
Y Dios respondió, no con palabras humanas, sino con un sentimiento, un abrazo invisible, una certeza profunda de que él no me había dado la espalda, que había estado esperando pacientemente mi regreso, que Carlo había sido su mensajero, su instrumento, su puente hacia mí.
Al día siguiente fui a misa.
Entré temblando con miedo de no sentir nada, pero al ver la elevarse, sentí un estremecimiento que me recorrió el cuerpo entero.
No era emoción superficial, era algo sagrado, íntimo, que me quemó el alma como fuego vivo.
Y supe que ese momento, ese único instante, era el cumplimiento exacto de todo lo que Carlo me había anunciado antes de morir.
Mi corazón, que había estado vacío durante tantos años, comenzó a llenarse otra vez.
Pero lo más fuerte aún estaba por venir, porque después de ese milagro silencioso ocurrió algo más, algo que selló la certeza absoluta de que Carlo estaba obrando desde el cielo.
Después de aquella madrugada en la que la pulsera de Carlo llenó mi habitación con olor a incienso, pensé que ese sería el final del milagro.
Creí que Dios me había dado una oportunidad nueva y que mi historia con Carlo, al menos en su parte más extraordinaria, quedaría ahí.
Pero estaba equivocada.
Lo más fuerte todavía no había sucedido, lo que sellaría para siempre su profecía, lo que confirmaría sin ninguna duda que él había sido enviado para levantarme en mi peor momento.
Ocurrió semanas después, en un lugar donde jamás lo habría esperado.
Yo había comenzado a asistir a misa de nuevo.
Volvía con miedo, con timidez, como quien camina por primera vez después de una larga enfermedad.
A veces me costaba concentrarme, a veces sentía que todo mi interior volvía a cerrarse, pero algo había cambiado.
Ya no fingía.
Por primera vez en años, no fingía.
Si estaba seca, lo admitía.
Si estaba débil, lo reconocía.
Y esa verdad, esa pequeña verdad que Carlos siempre me pidió mantener, comenzó a abrir puertas que yo creía cerradas para siempre.
Una tarde, mientras ordenaba mi habitación, encontré una caja vieja llena de recuerdos del colegio, fotos, cartas, dibujos y al fondo cubierto de polvo, un cuaderno que yo pensé que había perdido.
Era el cuaderno donde Carlos escribía sus reflexiones cuando éramos adolescentes.
No era un diario como tal, era más bien un espacio donde él anotaba pensamientos sueltos, frases que le venían durante la oración, pequeñas intuiciones.
Muchas veces me había leído algunas de esas páginas, pero nunca me lo había dado para conservar.
Ese cuaderno no debía estar conmigo y, sin embargo, ahí estaba.
Sentí un escalofrío.
Se me laron las manos.
Lo abrí temblando, con miedo, con reverencia.
Las primeras hojas eran pensamientos que ya conocía, frases sobre la Eucaristía, sobre la humildad, sobre la necesidad de amar a Dios sobre todas las cosas.
Pero a medida que avanzaba encontré algo que me dejó sin aire.
Una página escrita pocos días antes de que él enfermara.
Estaba fechada en letras, como él acostumbraba.
Octubre de 2006.
En esa página, con su letra firme y redondeada, Carlo había escrito: “Señor, cuida el alma de Ale cuando sea el momento de su prueba.
No la dejes caer tan profundo que no pueda escuchar tu voz.
Déjame ayudarla desde donde yo esté, hermano.
Hermana, me llevé las manos a la boca para no gritar.
Leí esa frase una y otra vez, sin poder creer lo que veía.
No era una interpretación, no era un recuerdo deformado por los años, era una oración escrita antes de que él muriera.
Una oración pidiendo por mi caída a la misma caída que yo viví casi 20 años después.
una oración suplicando poder ayudarme desde donde él esté.
Y yo había vivido exactamente eso.
Él me había ayudado desde el cielo.
Lo que Carlos profetizó se cumplió palabra por palabra.
Me quedé sentada en el suelo con el cuaderno abierto sobre las rodillas, sintiendo que el mundo entero se hacía pequeño alrededor de mí.
Yo no era digna de nada de eso.
No era digna de un amigo así.
No era digna de un santo que había visto mi caída antes que yo.
No era digna de que Dios me buscara con tanta ternura después de tantos años de tibieza.
Y sin embargo, ahí estaba la prueba clara, escrita, irraffidalle, pero incluso ese descubrimiento no fue el final.
Semanas después ocurrió algo más, algo que terminó de romper la coraza que aún quedaba en mí.
Fue durante un viaje a Asís, una peregrinación que hice casi por impulso, sin planearla demasiado.
Tenía miedo de enfrentar el lugar donde la devoción por Carlo crecía cada día más, donde tantos jóvenes encontraban esperanza en su ejemplo.
Yo no quería sentirme impostora entre ellos, pero una fuerza invisible me empujó.
Sentí que debía ir.
Sentí que él me estaba llamando.
Llegué un viernes por la tarde.
La iglesia estaba llena de jóvenes, familias, religiosos.
Me senté en una banca al fondo, casi escondida, tratando de pasar desapercibida.
En el altar, junto a una imagen de Carlo, había flores blancas y un relicario pequeño.
Y mientras comenzaba la adoración, escuché al sacerdote decir una frase que me sacudió entera.
Hoy pediremos especialmente por quienes llevan una doble vida.
espiritual por quienes se sienten vacíos aunque aparenten estar cerca de Dios.
Hermano, hermana, ¿sabes lo que sentí? Como si alguien hubiera pronunciado mi nombre en voz alta, como si me hubieran leído el alma en público.
Como si Carlo hubiese susurrado esa intención desde el cielo directamente al oído del sacerdote.
Comencé a llorar, pero esta vez no eran lágrimas de vergüenza.
Era un llanto dulce, liberador, un llanto que decía sin palabras, “Estoy regresando, Carlo.
Estoy regresando, señor.
” Pero lo más fuerte ocurrió al final.
Terminando la adoración, me acerqué al relicario sin saber qué hacer.
Solo quería agradecer.
Solo quería sentirme cerca de él.
Y en ese momento, mientras apoyaba suavemente mis dedos en el cristal, una muchacha que estaba a mi lado se volvió hacia mí y dijo algo que jamás olvidaré.
Él te estaba esperando.
Yo no la conocía.
Ella no sabía quién era yo.
No sabía mi historia, ni mi caída, ni mi profecía, ni mis sueños, ni la pulsera.
Pero lo hizo, lo dijo con una certeza que no pertenecía a este mundo.
Y en ese instante, hermano, hermana, comprendí que Carlo había sido enviado no solo para advertirme, sino para acompañarme en mi regreso.
Que Dios había respetado mi libertad, pero había tocado mi corazón en el momento exacto, que el cielo entero se había movido para rescatarme.
Me arrodillé frente al relicario y dije con la voz quebrada, San Carlo, Acutis, gracias.
Y por primera vez en muchos años sentí que él, mi amigo, mi hermano, el muchacho de la bufanda roja, estaba ahí conmigo, no como un recuerdo, no como una imaginación, sino como un santo vivo, presente, cercano.
Como había prometido, desde ese día mi vida cambió.
Mi fe dejó de ser apariencia.
Dejé de fingir, dejé de esconderme, dejé de ser una máscara y aunque todavía hoy tengo debilidades, ya no vivo sola.
Sé que Carlo camina conmigo, sé que me levanta cuando caigo.
Sé que su intercesión es real, pero aún falta lo más importante, hermano, hermana.
El motivo por el cual hoy me atrevo a romper este silencio que guardé durante tantos años.
Hoy, tantos años después de haber visto cumplirse palabra por palabra lo que San Carlos Acutis me anunció cuando éramos apenas dos adolescentes sentados en una escalera del colegio.
Siento que ya no tengo derecho a callar.
El silencio que guardé durante tanto tiempo fue un silencio cobarde, un silencio que nacía de la vergüenza, del miedo a que pensaran que estaba exagerando, del terror de que mi caída espiritual quedara expuesta como una herida abierta.
Pero he comprendido que hay silencios que no vienen de Dios y este este era uno de ellos.
He visto como la devoción a Carlo ha crecido, como miles de jóvenes encuentran esperanza en su vida sencilla y luminosa.
Cómo familias enteras han recuperado la fe gracias a su testimonio.
Cómo tantos corazones han sido tocados por sus palabras, por su ejemplo, por su humildad.
Y cada vez que veía una noticia sobre él, cada vez que escuchaba a alguien repetir una de sus frases, algo dentro de mí me decía, “Ale, cuenta la verdad, cuenta lo que viviste, cuenta lo que Dios hizo contigo a través de él.
Por mucho tiempo me resistí.
Me decía a mí misma que la gente no me creería, que pensarían que era una exageración más, una historia creada por emoción.
Me decía que ya había pasado demasiado tiempo, que mi caída espiritual era algo personal.
y nadie tenía por qué conocerla.
Pero con cada misa que asistía, con cada oración que hacía, con cada recuerdo que volvía a mi memoria, comprendía que esconder esta historia era negarle a Dios la gloria de lo que había hecho.
La verdad es esta, hermano, hermana.
San Carlos Acutis no solo fue mi amigo durante su vida, fue mi compañero en la oscuridad durante mi caída y fue mi intercesor cuando ya no quedaba nada dentro de mí.
Y eso, eso no se puede callar.
Dios usó a un joven italiano de corazón limpio para anunciarme un futuro que yo no veía venir.
Y cuando ese futuro llegó con toda su crudeza, cuando mi fe se convirtió en una máscara, cuando mi alma se quedó vacía, aunque mis labios siguieran repitiendo rezos de memoria, fue Carlo quien vino desde el cielo a buscarme.
No un recuerdo, no una nostalgia, no una autosugestión.
Él, el mismo Carlo que me había mirado con ternura en vida, el mismo que me había dicho que Dios me levantaría, el mismo que prometió ayudarme.
Hoy puedo decirlo sin temblar.
Dios cumplió su promesa a través de él.
Y yo, que viví durante años una doble vida espiritual, yo que me presentaba ante los demás como una mujer de fe mientras por dentro estaba hecha pedazos, encontré la misericordia de Dios en el momento en que me atreví a decir la verdad.
a dejar de fingir, a admitir mi vacío, a reconocer que no era fuerte, que no era perfecta, que necesitaba ayuda.
Carlo lo sabía y por eso insistió en advertirme, aunque yo no lo entendiera.
Hermano, hermana, quiero hablarte a ti directamente ahora, porque si esta historia llegó a tus oídos, no fue casualidad.
Nada de lo que sucede cuando se habla de los santos es casual.
Tal vez tú también has tenido momentos en los que has sentido que tu fe se apagaba, momentos en los que rezabas sin sentir nada, momentos en los que te habías acostumbrado a la apariencia, al cumplir sin amar, a la misa sin encuentro, a la oración sin verdad.
Tal vez tú también llevas en algún rincón del alma una doble vida espiritual que te pesa, que te cansa, que te drena.
Y si es así, permíteme decirte lo que Carlos me enseñó con su vida, con su muerte y con su presencia desde el cielo.
Dios no te abandona aunque tú sientas que ya no lo mereces.
Dios no te cierra la puerta aunque tú hayas dejado de tocarla.
Dios no se asusta de tu tibieza ni de tu vacío.
Dios simplemente Dios te espera así como me esperó a mí.
Así como esperó que mi corazón se quebrara para poder reconstruirlo desde la verdad.
Así como usó a Carlo para levantarme en el momento exacto, él también puede levantarte a ti.
No importa cuánto tiempo haya pasado, no importa cuántos errores hayas cometido, no importa si llevas años sin sentir nada en la oración, Dios puede obrar incluso en los corazones más secos.
Y cuando lo hace, lo hace con una delicadeza capaz de transformar la vida entera.
A veces creemos que la fe se basa en sentir, pero Carlo me enseñó que la fe se basa en volver.
en regresar una y otra vez, incluso cuando no hay luz, incluso cuando no hay consuelo, incluso cuando uno cree que ya no es digno.
Porque Dios no busca perfectos, busca sinceros, busca corazones que acepten su fragilidad para que él pueda entrar.
Y yo yo fui frágil, yo fui tibia, yo fui hipócrita, yo fui una máscara y aún así Dios me buscó.
Y aún así, San Carlos Acutis fue mi hermano desde el cielo.
Y aún así, hoy estoy aquí viviendo una fe que no es perfecta, pero es verdadera.
Por eso te lo pido, hermano, hermana, no tengas miedo de volver.
No tengas miedo de admitir tu cansancio espiritual.
No tengas miedo de pedir ayuda al cielo.
No tengas miedo de dejar que Dios te levante como a mí.
San Carlos Acutis decía que la Eucaristía era su autopista hacia el cielo.
Hoy entiendo lo que quería decir porque fue frente al sagrario donde recuperé mi alma.
Fue frente a Jesús donde dejé caer la última máscara.
fue junto a Carlo, quien me acompañó en silencio, donde entendí que Dios nunca se había ido.
Y por eso hoy con el corazón abierto te digo estas palabras que nacen de mi experiencia más profunda.
Si estás lejos, vuelve.
Si estás vacío, arrodíllate.
Si estás cansado, descansa en Dios.
Y si te cuesta creer, pídele a Carlo que te ayude.
Él escucha, él actúa, él intercede.
Hoy vivo con la certeza de que Carlo está más vivo que nunca, que no es solo un recuerdo, sino un amigo del cielo.
Un santo joven que sigue llevando almas hacia Dios con la misma sonrisa suave que tenía cuando corría por los pasillos del colegio con su mochila azul.
Y antes de terminar este testimonio que por tantos años guardé como un secreto que me quemaba por dentro, quiero decirlo con toda la fuerza de mi gratitud.
San Carlos Acutis, gracias por cumplir tu promesa.
Gracias por buscarme cuando yo no sabía cómo volver.
Gracias por levantarme cuando ya no quedaba nada.
Gracias por enseñarme que Dios nunca abandona.
San Carlos Acutis, ruega por nosotros.
Yes.
News
¡Tensión total en lo de Pergolini! El verdadero motivo de la polémica salida de Laila Roth 🔥 “Las tensiones en el mundo del entretenimiento pueden desencadenar situaciones inesperadas.” Laila Roth ha dejado el programa de Pergolini, y las razones detrás de su salida están causando revuelo.
¿Qué sucedió realmente y cómo ha reaccionado el público? Aquí te contamos todos los detalles.
👇
La Caída de Laila Roth: Tensión y Revelaciones en el Programa de Pergolini Era una noche oscura en Buenos Aires,…
¡Escándalo! Eugenia Tobal AFUERA de Canal 9: ¿Qué está pasando? 🔥 “Las decisiones en la televisión pueden ser sorprendentes y generar controversia.” Eugenia Tobal ha sido noticia tras su salida de Canal 9, y los rumores sobre el motivo de su despido están comenzando a circular. Este escándalo promete tener repercusiones importantes en el medio. ¿Qué detalles han salido a la luz y cómo ha reaccionado la comunidad? 👇
El Escándalo de Eugenia Tobal: La Caída de una Estrella Era una mañana nublada en Buenos Aires, y el aire…
Así encontraron a Alejandra Pradón: La ruina de una diosa mediática que dejó huella en la televisión 🌪️ “Las historias de éxito pueden tener giros inesperados.” La vida de Alejandra Pradón ha tomado un rumbo desafiante, llevándola desde la fama a una situación complicada.
¿Qué ha sucedido en su vida que ha llevado a esta transformación? Descubre los detalles de su caída y su lucha actual.
👇
La Caída de una Diosa: La Desgarradora Historia de Alejandra Pradón Era una noche oscura en Buenos Aires, y la…
Gianella Neyra: Del estrellato al olvido, ¿qué fue de la actriz que brilló con Facundo Arana en Telefe? 🌟 “Las trayectorias en la televisión pueden ser impredecibles.” Gianella Neyra, conocida por su exitosa carrera junto a Facundo Arana, ha visto cómo su presencia en los medios ha disminuido con el tiempo.
¿Qué ha pasado con ella desde sus días de gloria en Telefe? Aquí te contamos su historia y su actualidad.
👇
El Ascenso y Caída de Gianella Neyra: Un Viaje al Olvido Era una noche estrellada en Buenos Aires, y la…
¡Impactante! Lizy Tagliani es captada en un día de furia maltratando a compañeros en video 🎥 “Cuando la presión se vuelve insostenible, las reacciones pueden ser inesperadas.” Lizy Tagliani ha sido grabada en un momento de furia, donde se la ve maltratando a sus compañeros.
Este video ha causado revuelo en las redes sociales y ha dejado a muchos sorprendidos.
¿Qué sucedió exactamente y cómo han reaccionado los involucrados? 👇
El Colapso de una Estrella: La Ira de Lizy Tagliani Era una tarde calurosa en Buenos Aires, y el estudio…
Manu desata la polémica en Pasapalabra con su comunicado sobre el bote final de Rosa: “Me siento avergonzado” 🔴 “Las declaraciones públicas pueden tener repercusiones serias.” Manu ha lanzado un comunicado que ha avergonzado a Pasapalabra, centrándose en el bote final de Rosa y afectando a su relación con su novia. Este incidente ha dejado a muchos sorprendidos. ¿Qué más se puede esperar de esta situación? 👇
La Verdad Oculta: El Comunicado que Cambió Todo Era una noche oscura en Buenos Aires, y el aire estaba cargado…
End of content
No more pages to load






