Tengo 33 años y durante 18 he guardado un secreto que me quema por dentro.

En el cajón de mi mesita de noche hay un sobre amarillento que un
adolescente me entregó tres meses antes de morir.
Dentro de ese sobre hay una carta que predice mi
futuro con una exactitud que desafía toda lógica.
Y lo más perturbador es que ese chico no era un
vidente ni un adivino.
Era Carlo Acutis.
Y cuando me dio ese sobre en julio de 2006, yo tenía 9
años y no sabía que estaba conociendo a un futuro santo.
Tampoco sabía que ese encuentro de apenas
3 horas en Asís cambiaría mi vida para siempre.
Pero lo que realmente me quita el sueño, lo que me
hace temblar cada vez que recuerdo aquella tarde de verano, no es solo lo que Carlo me dijo, es
como lo supo.
¿Cómo pudo saber mi nombre completo sin que yo se lo dijera? ¿Cómo pudo describirme
eventos que aún no habían ocurrido? Y sobre todo, ¿cómo pudo escribir en esa carta el nombre de una
persona que yo no conocería hasta 14 años después? Mi nombre es Mateo Ferretti.
Nací en Florencia en
1997.
Crecí en una familia católica, pero de esas que van a misa solo en Navidad y Semana Santa.
Mis padres, Yuspe y Laura eran buenas personas, trabajadoras, honestas, pero la religión era para
ellos más una tradición que una relación viva con Dios.
Yo era un niño normal, me gustaba el fútbol,
los videojuegos.
coleccionar cromos.
Tenía amigos, sacaba notas decentes en la escuela, me
peleaba con mi hermana menor.
Nada especial, nada que indicara que el cielo tenía planes
específicos para mí.
Pero eso cambió el 23 de julio de 2006, cuando mis padres decidieron que
pasaríamos una semana de vacaciones en Humbría.
Querían visitar a Así, Perugia, Gubio, lugares
turísticos, bonitos, llenos de historia.
Para mí era solo otro viaje familiar.
No tenía ni
idea de que en Así me esperaba un encuentro que desafiaría todo lo que creía, saber
sobre el tiempo, el destino y la muerte.
Ahora sé por qué estoy contando esto.
Porque hace 3 años, en 2020, cuando Carlo fue beatificado y el mundo entero comenzó a
conocer su historia, yo comprendí finalmente el significado completo de aquella tarde y
porque en ese mismo año, cuando cumplí 23, ocurrió exactamente lo que Carlo me había predicho
con 14 años de anticipación.
Lo que nadie sabe, lo que no está en ninguna biografía oficial, es
que Carlo Acutis pasó sus últimos meses sabiendo cosas que no debería saber, viendo cosas que
nadie más podía ver y una de esas cosas tenía que ver conmigo.
Pero antes de contarte qué fue lo
que me dijo, antes de revelarte qué había dentro de ese sobre, necesito que entiendas cómo fue
conocerlo.
Necesito que sientas lo que yo sentí.
Porque solo así comprenderás por qué llevo 18 años
sin poder olvidar sus ojos.
Era un domingo, el 23 de julio de 2006.
Recuerdo la fecha con precisión
absoluta porque ese día era el cumpleaños de mi abuela paterna y mi madre había insistido en
llamarla por la mañana antes de salir del hotel.
El cielo estaba despejado de ese azul intenso que
solo se ve en el verano italiano.
Hacía calor, pero no era insoportable.
Había una brisa suave
que traía el olor a la banda de los campos cercanos.
Mis padres habían planeado visitar
la basílica de San Francisco.
Yo, honestamente, no tenía muchas ganas.
Para un niño de 9 años, las
iglesias son lugares aburridos donde hay que estar quieto y callado.
Prefería estar en la piscina del
hotel o explorando las calles estrechas de Asís, pero no tenía opción.
Así que allí estábamos
caminando por las calles empedradas hacia la basílica.
Recuerdo el sonido de nuestros pasos
sobre las piedras antiguas, el eco que hacían nuestras voces contra las paredes medievales,
las flores en los balcones, los turistas con sus cámaras, las tiendas de souvenirs vendiendo
rosarios y estampitas.
Todo parecía normal, ordinario, predecible.
No había nada en el
ambiente que me hiciera pensar que estaba a punto de conocer a alguien extraordinario.
Cuando entramos en la basílica superior, quedé impresionado a pesar de mí mismo.
Los frescos de
Yoto cubrían las paredes con colores que parecían brillar con luz propia.
Las bóvedas se elevaban
hacia el cielo como si quisieran tocar a Dios.
Había un silencio reverente, roto solo
por los susurros de los visitantes y el eco distante de los pasos sobre el mármol.
Mis padres se detuvieron a leer un cartel explicativo.
Mi hermana, que tenía 6 años, se
había quedado fascinada con una estatua.
Y yo, inquieto como siempre, comencé a alejarme.
No
fue desobediencia consciente.
Simplemente vi una puerta lateral que parecía dar a otra parte de la
basílica y sentí curiosidad.
Me acerqué despacio, mirando las pinturas en las paredes, tratando
de parecer más interesado de lo que realmente estaba.
Y entonces escuché una voz.
No era fuerte
ni imponente, al contrario, era suave, juvenil, pero tenía algo en el tono que me hizo detenerme.
Decía, San Francisco entendió que la verdadera alegría no viene de las cosas que tenemos, sino
de quién somos en Dios.
Me giré y lo vi.
Estaba arrodillado frente a un pequeño altar lateral.
Las manos juntas, la cabeza ligeramente inclinada.
vestía unos jeans normales, una camiseta
azul marino simple, zapatillas deportivas, nada que lo distinguiera de cualquier otro
adolescente de vacaciones.
Pero había algo en la manera en que rezaba, una concentración absoluta,
como si estuviera realmente hablando con alguien, como si ese alguien estuviera allí presente
escuchando.
Me quedé mirándolo, sin saber por qué no podía apartar la vista.
Y entonces, sin
abrir los ojos, sin girar la cabeza, dijo, “Puedes acercarte si quieres, Mateo.
No interrumpes
nada.
” Mi sangre celo.
Había dicho mi nombre, mi nombre completo, Mateo.
No podía haberlo
escuchado de mis padres porque ellos estaban lejos.
No llevaba ninguna identificación visible.
éramos completos desconocidos.
Sin embargo, él sabía cómo me llamaba.
El corazón me latía tan
fuerte que podía escucharlo en mis oídos.
Miré alrededor buscando alguna explicación lógica.
Tal vez alguien de mi familia había pasado por allí antes y había mencionado mi nombre.
Tal
vez este chico los había escuchado, pero no.
Mis padres estaban al otro lado de la basílica.
La acústica del lugar no permitía que las voces viajaran tan lejos.
Y además había algo en la
manera en que lo había dicho, no como alguien que repite un nombre que escuchó casualmente, sino
como alguien que te conoce, como cuando un viejo amigo te reconoce después de años sin verte.
Durante varios segundos me quedé paralizado sin saber si correr de vuelta con mis padres.
o acercarme.
La curiosidad ganó.
Di unos pasos vacilantes hacia el altar.
El chico abrió los ojos
y se giró hacia mí, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí algo que no puedo explicar
racionalmente.
Era como si sus ojos vieran a través de mí, no de manera invasiva o incómoda.
Era más bien como si me reconociera, como si me conociera desde siempre, como si estuviera viendo
no solo al niño de 9 años que tenía delante, sino también al hombre que yo llegaría a ser.
Sus ojos
eran marrones.
profundos, con una calidez que no había visto antes en ningún adolescente.
Sonrió y
dijo, “Hola, Mateo.
Me llamo Carlo.
Carlo Acutis.
Yo todavía estaba procesando cómo sabía mi nombre.
Me tragué la saliva y pregunté con voz temblorosa, ¿cómo sabes cómo me llamo? No te he t de dicho
nada.
” Carlos se puso de pie.
Era delgado, de altura media para su edad, con el cabello
oscuro un poco despeinado.
Su sonrisa se amplió y había en ella una mezcla de diversión
y ternura.
“Te lo voy a explicar en un momento”, dijo.
“Pero primero te puedo hacer una pregunta.
”
Asentí todavía confundido.
“¿Tú crees en Dios?” La pregunta me tomó por sorpresa.
Era
directa, sin rodeos, del tipo que los adultos normalmente evitan hacer a los niños.
Dudé.
Quiero decir, mis padres eran católicos.
Íbamos a misa ocasionalmente.
Yo había hecho la
primera comunión, pero creía realmente en Dios.
No estaba seguro.
Supongo que sí, respondí
finalmente.
Mis padres creen.
Carlo asintió como si mi respuesta le dijera mucho más de lo
que yo había expresado.
Pero yo te pregunto a ti, Mateo.
Tú no tus padres.
¿Tú crees? Nunca antes me
habían hecho esa pregunta de esa manera.
Siempre había asumido que la fe era algo heredado, algo
que venía con la familia, con la cultura.
Pero Carlo me estaba preguntando algo más personal.
Me
encogí de hombros.
No sé, nunca he pensado mucho en eso.
Carlos se sentó en uno de los bancos de
madera y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
Lo hice sintiéndome extrañamente cómodo
a pesar de lo inusual de la situación.
Es normal, dijo, a tu edad, a muchas edades, en realidad,
la gente no piensa en Dios de manera consciente, simplemente viven.
Pero, ¿sabes qué? Dios piensa
en ti todo el tiempo.
Conoce tu nombre, conoce tu corazón, conoce tu futuro.
Hubo algo en la manera
en que dijo, “Conoce tu futuro.
” Que merizó la piel.
Miré sus ojos y vi algo allí.
No era locura
ni fanatismo, era certeza absoluta, inquebrantable certeza.
¿Cómo sabes mi nombre? Pregunté de
nuevo, esta vez con más insistencia.
Carlo respiró profundo, como si estuviera decidiendo cuánto
revelarme.
A veces, dijo despacio, eligiendo cada palabra con cuidado.
Cuando rezas mucho, cuando
pasas tiempo real con Jesús, él te muestra cosas, no como en las películas con luces y voces
dramáticas.
Es más sutil.
Es como un conocimiento que simplemente aparece en tu corazón.
Esta
mañana cuando estaba rezando en mi hotel, sentí que tenía que venir aquí a esta hora exacta
y sentí que conocerían a un niño llamado Mateo, un niño que necesitaba escuchar algo importante.
Mi
corazón latía rápido.
Esto era demasiado extraño, demasiado intenso para un domingo de vacaciones.
¿Qué necesito escuchar?, pregunté.
Mi voz apenas un susurro.
Carlo me miró directamente a los ojos
que tu vida tiene un propósito, que vas a pasar por momentos muy difíciles, especialmente cuando
tengas 23 años, pero que no vas a estar solo, que hay alguien que te está cuidando desde ahora
mismo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
23 años.
Ese número se clavó en mi mente como un
clavo ardiente.
Había algo en la forma en que lo dijo.
No era una predicción vaga.
como las que
hacen los adivinos en las ferias.
Era específico, concreto, como si estuviera leyendo una agenda
donde mi vida ya estaba escrita.
Y lo más inquietante era la compasión en su mirada.
No,
lástima, compasión.
Como si supiera exactamente qué tipo de dolor me esperaba y quisiera abrazarme
por anticipado.
¿Qué va a pasar cuando tenga 23? Carlo negó con la cabeza suavemente.
No puedo
decirte exactamente qué, pero sí puedo darte algo que te ayudará cuando llegue el momento.
Metió la mano en el bolsillo de sus jeans y sacó un sobre blanco, pequeño, sellado con cera
roja.
Mi nombre estaba escrito en la parte frontal con una caligrafía cuidadosa, elegante.
Mateo Ferretti, no solo mi nombre, también mi apellido.
Un apellido que definitivamente no había
mencionado.
¿Cómo? Carl puso el sobre en mi mano.
Estaba ligeramente caliente, como si lo hubiera
estado sosteniendo por mucho tiempo.
“Guárdalo”, dijo.
“No lo abras ahora.
Ábrelo solo cuando
sepas que me fui.
¿Que te fuiste? ¿A dónde vas? Pregunté confundido.
Carlos sonrió de nuevo,
pero esta vez había una tristeza en esa sonrisa, una aceptación melancólica de algo que yo no
podía ver.
Al cielo, Mateo.
Voy a ir al cielo muy pronto, dentro de tres meses para ser exacto.
Mis ojos se abrieron como platos.
¿Estás enfermo? Él negó con la cabeza.
No ahora, pero lo estaré.
Y está bien.
Es parte del plan de Dios para mí.
Pero antes de irme tenía que conocerte.
Tenía
que darte esto.
Sostuvo el sobre frente a mí.
Porque cuando tengas 23 años y todo parezca
oscuro, vas a necesitar recordar este momento.
Vas a necesitar saber que alguien te vio, te
conoció y creyó en ti antes de que tú mismo creyeras en ti.
No sabía qué decir.
Mi mente de 9
años no podía procesar completamente lo que estaba escuchando.
Un adolescente acababa de decirme que
iba a morir en tres meses, pero lo decía con la misma calma con que alguien comentaría el clima.
“¿No tienes miedo?”, pregunté.
Carlo reflexionó un momento.
“De morir, no.
” “De dejar a mi mamá
triste, sí, pero el miedo a la muerte se va cuando sabes a dónde vas.
” Y yo sé exactamente a dónde
voy.
Voy a estar con Jesús y desde allí voy a ayudar a muchas personas, incluyéndote a ti.
Algo
dentro de mí, algo que no era puramente racional ni infantil.
Sabía que Carlo estaba diciendo la
verdad.
No sé cómo lo sabía.
Simplemente lo sabía.
Este chico no estaba loco ni delirando.
Estaba
completamente lúcido, increíblemente sereno y de alguna manera veía cosas que otros no podían
ver.
¿Qué hay en el sobre? Pregunté.
Algo que solo entenderás cuando llegue el momento, respondió.
Pero te voy a decir algo ahora que quiero que recuerdes.
Cuando tengas 23 años vas a conocer a
alguien, una persona que cambiará todo en tu vida.
Y cuando la conozcas, vas a acordarte de mí, vas
a acordarte de esta conversación y vas a abrir el sobre que te estoy dando hoy y todo va a tener
sentido.
Mi mente daba vueltas.
¿Quién es esa persona? Su nombre está en la carta, dijo Carl.
Pero no puedo decírtelo ahora.
sería hacer trampa.
Tienes que vivir tu vida, Mateo.
Tienes que hacer
tus propias elecciones.
Pero cuando llegue ese momento, cuando todo se ponga difícil, quiero
que sepas que no es casualidad, que hay un plan, que Dios te conoce desde siempre y te ama
infinitamente.
Nos quedamos en silencio por un momento.
Alrededor nuestro, los turistas seguían
paseando, admirando los frescos, tomando fotos.
Pero en nuestro pequeño rincón de la basílica,
el tiempo parecía haberse detenido.
Finalmente, Carlos se puso de pie.
“Ven”, dijo.
“Quiero
mostrarte algo antes de que vuelvas con tus padres.
” Lo seguí fuera de la basílica caminando
por las calles de Asís.
No hablamos mucho durante ese paseo.
Él señalaba edificios, contaba
historias sobre San Francisco, me explicaba cosas sobre la Eucaristía con una pasión que no
había visto en ningún adulto, mucho menos en un adolescente.
Me llevó a un pequeño jardín detrás
de una iglesia menor.
Había un banco de piedra bajo un olivo antiguo.
Nos sentamos.
Mateo,
dijo Carlo mirando hacia el cielo azul.
Quiero que me prometas algo.
¿Qué? ¿Que cuando todo se
ponga difícil, cuando tengas 23 años y sientas que no puedes más, vas a rezar? No importa si no
sabes cómo, no importa si no crees completamente, simplemente habla.
Habla con Dios como estás
hablando conmigo ahora y pídeme ayuda.
Di, Carlo, necesito una señal.
y yo te la daré, te lo
prometo.
No entendía completamente qué me estaba pidiendo, pero asentí.
Había algo en sus ojos,
en su voz que hacía imposible no creerle.
“Te lo prometo”, dije.
Carlos sonrió y esta vez fue
una sonrisa completa, radiante.
Bien, muy bien.
Ahora hay algo más que necesitas saber sobre lo
que está en el sobre.
se inclinó hacia mí bajando la voz como si estuviera compartiendo el secreto
más importante del universo.
En la carta, además del nombre de esa persona, hay algo más.
Hay una
fecha, la fecha exacta de algo que va a pasarte.
Y cuando esa fecha llegue y lo que escribí
se haga realidad, vas a entender que este encuentro no fue casualidad, que Dios realmente
existe, que el cielo realmente se comunica con la tierra y que yo, aunque no esté físicamente
aquí, estaré cuidándote desde arriba.
Tragué saliva.
¿Cómo puedes saber el futuro? Carlos se
encogió de hombros.
No lo sé todo.
Solo lo que Dios me permite ver y lo que me ha mostrado sobre
ti es específico y claro, pero también tengo libre albedrío.
Tú también.
Nada está escrito en piedra.
Pero hay ciertas cosas, ciertos encuentros, ciertos momentos que están destinados a suceder
porque forman parte de un plan más grande.
Miró su reloj.
Tus padres deben estar preocupados.
Deberías volver.
tenía razón.
De repente me di cuenta de que había pasado mucho tiempo lejos de
ellos.
Me puse de pie, sosteniendo el sobre con ambas manos como si fuera un tesoro frágil.
¿Te
volveré a ver? Pregunté.
Carlo negó con la cabeza lentamente.
No en esta vida, pero nos volveremos
a ver, Mateo.
Eso te lo puedo asegurar.
Y cuando nos volvamos a ver, tú me vas a contar cómo fue
tu vida y yo te voy a Damna mostrar cómo el cielo veía cada uno de tus pasos.
Se acercó y puso su
mano en mi hombro.
Su toque era cálido, firme, reconfortante.
Gracias por escucharme.
Gracias por
creer en lo que te dije, aunque parezca imposible.
Y recuerda, cuando todo se oscurezca, cuando
tengas 23 años y sientas que estás solo, abre el sobre, lee la carta y sabrás que nunca
jamás estuviste solo.
Nos quedamos mirando unos segundos más.
Luego Carlo dio media vuelta y
comenzó a alejarse.
Lo vi caminar despacio con las manos en los bolsillos, desapareciendo entre
las calles empedradas de Asís.
No miró atrás y yo me quedé allí bajo el olivo, sosteniendo un sobre
blanco con mi nombre escrito, sintiendo que algo fundamental en mi vida acababa de cambiar para
siempre, aunque no entendiera completamente qué.
Corrí de vuelta a la basílica.
Mis padres
estaban preocupados buscándome entre los grupos de turistas.
¿Dónde estabas?, preguntó mi
madre con ese tono que mezclaba alivio y reproche.
Me perdí.
Mentí a medias, pero ya estoy aquí.
Mi padre revisó que estuviera bien.
Mi hermana me sacó la lengua molesta porque la búsqueda
había interrumpido su exploración y la vida continuó como si nada hubiera pasado.
Pero yo
sabía que algo había pasado.
Guardé el sobre en el bolsillo de mi pantalón.
No dije nada a mis
padres.
Algo me decía que no lo entenderían, que pensarían que un extraño me había dado algo
y se alarmarían.
Así que guardé el secreto.
Esa noche en el hotel saqué el sobre y lo examiné a
la luz de la lámpara de noche.
La cera roja del sello tenía grabada una pequeña cruz.
El papel era
grueso, de buena calidad y mi nombre, escrito con esa caligrafía perfecta parecía brillar bajo la
luz.
Mateo Ferretti.
Estuve tentado de abrirlo, muy tentado, pero algo en las palabras de Carlo
me detuvo.
Ábrelo cuando sepas que me fui.
¿Cómo sabría eso? ¿Cómo me enteraría de la muerte de un
chico del que no sabía nada, excepto su nombre? Guardé el sobre en mi maleta, entre mi ropa, y
durante el resto del viaje, cada vez que lo veía, recordaba sus ojos, sus palabras, su extraña
certeza sobre el futuro.
Regresamos a Florencia.
Julio se convirtió en agosto, agosto
en septiembre.
Yo volví a la escuela.
El sobre quedó en mi cajón, olvidado, pero
no realmente olvidado.
Era como una presencia constante en el fondo de mi mente.
Y entonces
llegó octubre, el 12 de octubre de 2006.
Estaba en casa haciendo mis deberes.
Mi madre estaba
viendo las noticias en la televisión de la sala.
De repente escuché que decía.
Qué triste.
Un chico de 15 años murió en Milán.
Leucemia.
Dicen que era muy devoto, que había creado
una página web sobre milagros eucarísticos.
Mi corazón se detuvo.
15 años.
Milan, devoto,
eucaristía.
Me levanté de golpe y corrí a la sala.
En la pantalla había una foto y era él.
Era Carlo,
Carlo Acutis, el chico que había conocido en Asís, el chico que me había dicho que moriría en
3 meses y habían pasado exactamente 2 meses y 19 días.
Mi madre me miró extrañada.
¿Qué
pasa, Mateo? ¿Te pusiste pálido? Nada.
Mentí.
Eso lo que es triste, un chico tan joven, pero
por dentro estaba temblando.
Carlo había sabido, había sabido exactamente cuándo iba a morir y eso
significaba que todo lo demás que me había dicho también podía ser verdad.
Esa noche, cuando todos
en casa dormían, saqué el sobre de mi cajón.
Mis manos temblaban mientras rompía el sello de cera.
Dentro había una carta doblada cuidadosamente.
La abrí bajo la luz de mi lámpara y comencé a leer.
La caligrafía era la misma que había visto en el sobre.
Perfecta, clara, casi como de otro siglo.
Querido Mateo, si estás leyendo esto, significa que ya partí de este mundo.
No estés triste.
Estoy exactamente donde quiero estar con Jesús, en la luz eterna.
Pero antes de irme necesitaba
dejarte este mensaje.
Cuando tengas 23 años, exactamente el 15 de marzo de 2020, vas a conocer
a una mujer llamada Lucía Bianchi.
Va a ser un encuentro casual en un hospital, en circunstancias
difíciles.
Tú estarás allí por una razón dolorosa, ella también.
Y ese encuentro va a cambiar tu vida
para siempre.
Pero Mateo, quiero que sepas algo importante.
Lo que te va a llevar a ese hospital
no es un castigo de Dios, es parte de tu camino.
Y aunque va a doler, aunque vas a sentir que no
puedes soportarlo, vas a salir de eso más fuerte, más completo, más cerca del propósito para el
que fuiste creado.
Cuando conozcas a Lucía, vas a entender por qué tuve que darte esta carta.
vas
a entender que el cielo realmente existe, que los encuentros no son casualidad y que alguien está
cuidando cada detalle de tu vida.
Y cuando ese día llegue, cuando estés en ese hospital y veas su
nombre en la placa de su escritorio, acuérdate de mí.
Acuérdate de aquel adolescente que te conoció
en Asís y reza, simplemente reza y pide una señal.
Yo estaré allí, te lo prometo.
Con amor desde
el cielo, Carlo Acutis PD, guarda esta carta, la vas a necesitar.
Y cuando todo termine, cuando
entiendas completamente lo que pasó, cuenta esta historia.
cuenta que Dios habla, que el cielo se
comunica y que nadie, absolutamente nadie, está solo en este mundo.
Leí la carta tres veces esa
noche y luego la guardé de nuevo en el sobre, un hospital.
Una mujer llamada Lucía Bianchi el 15 de
marzo de 2020 tenía 9 años.
Faltaban 14 años para esa fecha y aunque no entendía qué significaba
todo eso, algo profundo en mí sabía que Carlo estaba diciendo la verdad.
Igual que había
predicho su muerte con exactitud, esto también sucedería.
Los años pasaron, crecí, me convertí
en adolescente, luego en adulto joven.
Estudié arquitectura en la Universidad de Florencia.
Tuve novias, amigos, decepciones, alegrías.
la vida normal de cualquier chico italiano.
Pero
siempre en el fondo de mi mente estaba esa carta, ese nombre.
Lucía Bianchi, esa fecha, 15 de
marzo de 2020.
A veces, en noches de insomnio, sacaba la carta y la releía.
Me preguntaba
si Carlo realmente había tenido una visión del futuro o si todo había sido una coincidencia
extraordinaria, pero luego recordaba sus ojos, su certeza y sabía que no había sido coincidencia.
En 2013, cuando tenía 16 años, escuché que se había abierto la causa de beatificación de Carlo
Acutis en 2018, que su cuerpo había sido exhumado y encontrado incorrupto.
Cada noticia sobre él me
confirmaba que aquel encuentro había sido real, que no lo había imaginado.
Y mientras el mundo
descubría quién había sido Carlos, yo guardaba mi secreto, la carta que me había escrito, la
profecía que me había dado.
Y entonces llegó 2020, enero, febrero y luego marzo.
Yo tenía 23 años.
Trabajaba en un estudio de arquitectura en Minas, Florencia.
Vivía solo en un pequeño apartamento
cerca del duomo.
Mi vida era buena, estable, sin grandes dramas ni tragedias.
Y entonces, el 14 de
marzo, recibí una llamada que lo cambió todo.
Era mi madre.
Su voz sonaba destrozada.
Mateo, es tu
padre.
tuvo un infarto.
Está en el hospital Santa María Nueva.
Tienes que venir.
El mundo se detuvo.
Mi padre, el hombre que siempre había sido fuerte, saludable, invencible.
Conducí al hospital con
el corazón en la garganta.
Llegué a urgencias.
Mi madre y mi hermana ya estaban allí.
Mi padre
estaba en cirugía.
Las horas siguientes fueron una nebulosa de miedo, oración desesperada y espera.
La cirugía fue exitosa.
Mi padre sobrevivió, pero iba a necesitar seguimiento, rehabilitación,
cuidado constante.
Esa noche dormí en la sala de espera del hospital.
Exhausto, emocionalmente
destrozado, agradecido de que mi padre estuviera vivo, pero consciente de que nuestra vida había
cambiado para siempre.
A la mañana siguiente, 15 de marzo, fui a la cafetería del hospital
a buscar un café.
Era temprano, apenas las 7.
Había poca gente.
Me senté en una mesa junto a la
ventana, mirando sin ver la ciudad despertarse.
El agotamiento me pesaba en los huesos.
Había dormido
mal.
Mis sueños llenos de imágenes de mi padre en la mesa de operaciones de Carlo en Asís, del sobre
sellado que había guardado durante tantos años.
Y entonces ella entró alta, cabello castaño
recogido en una cola, bata blanca de médico, una carpeta bajo el brazo.
Caminaba con paso decidido,
pero cansado.
Se notaba que llevaba horas, tal vez toda la noche trabajando.
Se acercó a la
barra, pidió un café doble y mientras esperaba, sus ojos recorrieron la cafetería casi vacía
y entonces nuestras miradas se cruzaron.
Fue un momento extraño, como cuando reconoces a
alguien, pero no puedes ubicar de dónde.
Había algo en sus ojos.
Cansancio, sí, tristeza
también, pero también una fuerza tranquila, una determinación que me recordó a alguien, aunque
no sabía a quién.
sonrió brevemente, ese tipo de sonrisa que los desconocidos comparten en momentos
difíciles.
Y luego tomó su café y se fue.
No pensé más en ello.
Volví con mi familia.
Pasé el día
acompañando a mi padre, hablando con médicos, organizando su cuidado.
Pero al atardecer, cuando
estaba llenando unos formularios en el mostrador de enfermería, vi una placa en uno de los
escritorios.
Doctora Lucía Vianchi, cardiología.
Mi corazón dejó de latir.
Miré la fecha en mi
teléfono.
15 de marzo de 2020.
Miré el nombre de nuevo.
Lucía Bianchi.
Car lo había acertado
hasta el último detalle.
Mis manos comenzaron a temblar.
La enfermera me preguntó si me sentía
bien.
Le dije que sí, que solo necesitaba aire.
Salí del hospital caminando como un zombi.
Me
senté en un banco en el parque cercano.
Saqué mi teléfono y busqué entre mis contactos el número
de mi madre, pero me detuve.
No podía contarle esto.
No, todavía tenía que procesarlo.
Volví a
mi apartamento esa noche busqué la carta de Carlo, la leí de nuevo.
Vas a conocer a una mujer llamada
Lucía Bianchi en un hospital.
En circunstancias difíciles.
Había sucedido exactamente como él lo
había escrito 14 años antes, pero la carta decía más.
Decía que ese encuentro cambiaría mi vida,
que cuando la conociera debía rezar y pedir una señal.
Me arrodillé junto a mi cama.
Había pasado
años sin rezar realmente, pero en ese momento las palabras salieron solas.
Carl, dije en voz alta
al cuarto vacío.
No sé si puedes escucharme.
No sé cómo funciona esto, pero cumpliste tu promesa.
Todo pasó como dijiste y ahora necesito saber qué sigue.
Necesito una señal.
Necesito entender
qué significa todo esto.
No pasó nada dramático, no hubo luces ni voces, solo silencio.
Me fui
a dormir sintiéndome tonto, como un niño que todavía cree en cuentos de hadas.
Pero a la
mañana siguiente, cuando volví al hospital, algo inexplicable sucedió.
Mi padre había mejorado
notablemente durante la noche.
Los doctores estaban sorprendidos.
Su recuperación era mucho
más rápida de lo esperado.
Y mientras celebrábamos las buenas noticias, la doctotra Lucía Bianchi
entró en la habitación.
“Buenos días”, dijo con una sonrisa.
“Soy la doctora Vianchi.
Voy a estar
a cargo del seguimiento cardíaco de su padre.
La miré realmente la miré y algo en su expresión
cambió.
me miró también con una intensidad que no había mostrado el día anterior.
“¿Nos conocemos?”,
preguntó.
“Siento que te he visto antes.
” “Ayer”, dije, “en la cafetería.
” “Ah, sí”, asintió,
pero siguió mirándome como si hubiera algo más.
Es extraño.
Tengo la sensación de que no sé,
de que debíamos conocernos.
Mi madre y mi hermana intercambiaron miradas.
Mi padre desde la cama
sonríó débilmente y yo supe supe que esto era la señal que había pedido, que Carlo estaba
cumpliendo su promesa.
Durante las siguientes semanas, mientras mi padre se recuperaba, vi a
Lucía regularmente en el hospital.
Comenzamos a hablar primero de cosas médicas, luego de la
vida.
Descubrí que ella también había pasado por una pérdida reciente.
Su madre había muerto 6
meses antes.
Estaba procesando ese dolor mientras cuidaba de otros.
Nos entendíamos.
Compartíamos
algo que no podía explicar con palabras.
Un día, mientras tomábamos café en la cafetería,
le pregunté, “¿Tú crees en el destino? ¿En que ciertas personas están destinadas a
conocerse?” Ella reflexionó.
“No estoy segura.
Creo en Dios.
Creo que hay un plan, pero también
creo en el libre albedrío.
¿Por qué lo preguntas? Respiré hondo.
Porque hace 14 años un chico
me dijo que te conocería exactamente en este momento.
Me dio tu nombre, me dio la fecha y
me dijo que cambiarías mi vida.
Lucía me miró como si acabara de decir que la tierra era plana.
¿Qué es verdad, dije? Y le conté toda la historia.
Asís, Carlo, la carta, todo.
Cuando terminé,
había lágrimas en sus ojos.
Carlo Acutis susurró, yo tengo una conexión con él también.
Mi corazón
se aceleró.
¿Qué tipo de conexión? Mi madre, dijo Lucía, su voz quebrándose.
Cuando estaba
muriendo de cáncer hace 6 meses, rezábamos juntas y ella tenía una devoción especial a Carlo Acutis.
Decía que él la había ayudado a aceptar la muerte, que había rezado a Carlo y había recibido la paz
que necesitaba.
Y antes de morir me dijo algo extraño.
Me dijo, “Lucía, Carlo te va a enviar a
alguien, alguien que va a entender tu dolor.
No lo dejes ir.
” Nos quedamos en silencio.
El peso de
lo que estaba sucediendo era casi insoportable.
Dos personas conectadas por un adolescente muerto
14 años antes.
Un adolescente que de alguna manera había visto este momento y había dejado mensajes
para cada uno de nosotros.
¿Puedo ver la carta? Preguntó Lucía.
Dudé, pero luego asentí.
Al día
siguiente le mostré la carta de Carlo.
Ella la leyó con manos temblorosas.
Cuando terminó,
me miró con una expresión que nunca olvidaré.
Mateo dijo, “Esto es real.
Esto es realmente
real.
” Carlos realmente veía el futuro.
Realmente nos conocía antes de que nos conociéramos.
“Lo
sé”, dije.
“¿Pero ahora qué? ¿Qué se supone que hagamos con esto?” Lucía tomó mi mano.
Creo que
se supone que vivamos, que dejemos que esto nos cambie, que no tengamos miedo de lo que significa.
Y eso hicimos.
Lucía y yo comenzamos a salir.
Nos enamoramos.
No fue instantáneo ni mágico en el
sentido de cuento de hadas.
Fue real, complicado, hermoso.
Y durante todo ese tiempo sentíamos
la presencia de algo más grande, de alguien cuidándonos.
En octubre de 2020, cuando Carlo fue
beatificado oficialmente, Lucía y yo estábamos juntos viendo la ceremonia por televisión.
Y mientras veíamos su cuerpo incorrupto, mientras escuchábamos su historia contada al
mundo, lloramos porque nosotros sabíamos algo que el mundo no sabía.
Sabíamos que Carlo no solo
era un santo para las masas, era alguien que había intervenido personalmente en nuestras vidas,
que nos había conocido, nos había amado y nos había guiado hacia el otro.
Hoy, 3 años después,
Lucía es mi esposa.
Nos casamos en Asís, en la misma basílica donde conocí a Carlo.
Y durante
la ceremonia, mientras intercambiábamos votos, sentí su presencia.
No de manera sobrenatural o
fantasmal, simplemente como una certeza profunda de que él estaba allí sonriendo, satisfecho de
haber cumplido su misión.
Pero hay algo más, algo que solo descubrí hace 6 meses y que es
la verdadera razón por la que finalmente decidí contar esta historia.
Lucía está embarazada.
Vamos
a tener un hijo.
Y hace tres noches tuve un sueño.
En el sueño estaba de nuevo en Asís, bajo el
olivo donde Carlo y yo nos sentamos.
Él estaba allí exactamente como lo recordaba, 15 años,
sonrisa cálida, ojos que veían demasiado.
“Hola, Mateo”, dijo.
“Te dije que nos volveríamos a ver,
Carlo”, dije las lágrimas corriendo por mi rostro.
Cumpliste tu promesa.
Todo lo que dijiste sucedió.
Lo sé, sonríó.
Y ahora tengo que decirte algo más.
Tu hijo va a llamarse Francesco y va a tener
un don especial.
Va a poder ver lo que otros no pueden ver como yo.
Y vas a tener que guiarlo,
protegerlo, enseñarle que ese don es para servir, no para asustar.
Me desperté con el corazón
latiendo.
Le conté el sueño a Lucía.
Ella me miró, puso mi mano en su vientre y dijo, “Entonces
ya sabemos su nombre.
Esta es mi historia.
La historia de cómo un chico de 15 años vio mi futuro
y cambió mi vida.
Y la historia de cómo nadie, absolutamente nadie, está solo en este universo.
Carlo Acutis sabía mi nombre antes de que yo supiera el suyo.
Conocía mi futuro antes de
que yo lo viviera y me amó antes de que yo entendiera qué era el amor.
No sé por qué me
eligió, no sé por qué Dios le mostró mi vida, pero sé que ese encuentro de 3 horas en julio de
2006 no fue coincidencia, fue destino, fue gracia, fue un milagro silencioso que tardó 14 años
en revelarse completamente.
Gracias, Carl.
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