Mi nombre es Alessandro Marchetti y lo que voy a contarles desafiará todo lo que creen saber sobre la vida, la muerte y lo que existe entre ambas.

Durante 3 años, del 2003 al 2006, fui amigo cercano de un chico que todos consideraban simplemente peculiar.

Un adolescente italiano de Milán que prefería ir a misa antes que dormir hasta tarde los domingos, que hablaba de Jesús con la misma naturalidad con la que otros hablaban de fútbol.

y que tenía una sonrisa tan genuina que era imposible no sentirse mejor cuando estabas cerca de él.

Su nombre era Carlo Acutis.

Murió cuando tenía 15 años.

Yo tenía 18.

Pensé que había perdido a mi mejor amigo para siempre.

Me equivocaba completamente porque Carlo nunca se fue realmente.

Y lo que descubrí después de su muerte, lo que él me reveló antes de morir, cambió no solo mi vida, sino mi comprensión completa de la realidad.

Pero antes de continuar, déjame preguntarte algo.

¿Desde dónde estás viendo esto? ¿Estás en tu casa, en el trabajo? Tal vez viajando en transporte público, donde quiera que estés.

No es casualidad que este video haya llegado a ti hoy.

Y si aún no te has suscrito a este canal, hazlo ahora.

Te prometo que las historias que compartimos aquí no son el contenido superficial que inunda internet.

Estas son experiencias reales que tocan lo más profundo del alma humana.

Conocí a Carlo Acutis en septiembre de 2003.

Yo tenía 15 años y acababa de mudarme con mi familia de Roma a Milán por el trabajo de mi padre.

Era un adolescente típico, obsesionado con los videojuegos, el fútbol y absolutamente desinteresado en cualquier cosa relacionada con la religión o la espiritualidad.

Mis padres eran católicos nominales del tipo que va a misa en Navidad y Pascua porque es tradición, pero la fe no era algo que se viviera en casa.

Para mí, Dios era un concepto abstracto, algo que la gente mayor mencionaba, pero que no tenía relevancia real en mi vida.

El primer día de clases en mi nuevo colegio en Milán, el Instituto Tomás Sogrossi, me senté en la parte trasera del aula tratando de pasar desapercibido.

Era el nuevo, no conocía a nadie y la idea de hacer amigos en un lugar completamente extraño me aterrorizaba.

Durante el recreo me quedé solo en un rincón del patio, fingiendo estar ocupado con mi teléfono.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

Hola, soy Carlo.

Te vi solo y pensé que tal vez necesitabas compañía.

Me giré y vi a un chico de mi edad, delgado, con cabello oscuro, ligeramente ondulado, que le caía sobre la frente y los ojos más brillantes que había visto jamás.

Usaba jeans, una sudadera roja y zapatillas deportivas.

Nada especial, nada que lo hiciera destacar, excepto esa sonrisa.

Era una sonrisa que parecía venir de algún lugar más profundo que la simple cortesía.

Era genuina, cálida y completamente desarmante.

Eh, sí, soy nuevo, respondí torpemente.

Alesandro de Roma.

Roma, qué genial.

Yo nací en Londres, pero crecí aquí en Milán, aunque técnicamente soy italiano.

Dijo con una risa ligera.

¿Te gustan los videojuegos? Esa pregunta me sorprendió.

No esperaba que la conversación tomara ese rumbo.

Sí, bastante.

¿Tú juegas? Por supuesto.

Me encanta PlayStation.

Tengo algunos juegos geniales en casa.

Deberías venir algún día.

Y así comenzó nuestra amistad.

Carlo tenía esta habilidad extraordinaria de hacer que la gente se sintiera cómoda instantáneamente.

No había pretensión en él, no había agenda oculta, solo una bondad natural que emanaba de su ser.

Durante las siguientes semanas pasamos cada vez más tiempo juntos.

Íbamos a su casa después de clases, jugábamos videojuegos, hablábamos sobre tecnología, sobre programación, sobre nuestros proyectos.

Carlo estaba obsesionado con las computadoras y el diseño web.

Me mostró un sitio web que estaba creando algo sobre milagros relacionados con la Eucaristía.

Honestamente, en ese momento no presté mucha atención al contenido.

Pensé que era solo un hobby raro, algo que hacía para complacer a sus padres o a su escuela.

No entendía todavía que para Carlo esto era su pasión más profunda.

Lo que sí noté era lo diferente que era de todos los demás chicos de nuestra edad.

Mientras nuestros compañeros hablaban constantemente sobre chicas, fiestas y cómo conseguir alcohol, Carlo hablaba sobre cómo usar la tecnología para difundir el bien, sobre la importancia de la bondad, sobrevivir con propósito.

Al principio pensé que era un poco extraño, tal vez demasiado maduro para su edad, pero había algo en la forma en que hablaba, que no sonaba predicador ni santurón, simplemente era él siendo auténtico.

Un sábado de octubre de 2003, Carlo me invitó a su casa.

Vamos a jugar un rato y luego tengo que salir por una hora.

¿Quieres venir conmigo?, me preguntó.

¿A dónde? A misa.

Mi primera reacción fue inventar una excusa.

Misa, un sábado por la tarde.

Eso era lo último que quería hacer.

Pero algo en la forma en que Carlo lo pidió, sin presión, sin juicio, solo como una invitación amistosa, me hizo aceptar.

Está bien, supongo que puedo ir.

Fuimos a la iglesia de Santa María Segreta, una pequeña iglesia en el centro de Milán.

Carlo caminaba con un entusiasmo evidente, como si fuéramos a un concierto o a un evento emocionante.

Yo arrastraba los pies sintiéndome incómodo con la idea de pasar una hora en un edificio antiguo haciendo algo que consideraba completamente irrelevante.

Pero cuando entramos, algo cambió.

Carlos se arrodilló inmediatamente, cerró los ojos y comenzó a rezar con una concentración tan intensa que me dejó completamente desconcertado.

No era una actuación.

No estaba tratando de impresionar a nadie.

Estaba completamente absorto, completamente presente.

Durante la misa lo observé.

Mientras el sacerdote hablaba, Carlo escuchaba con una atención total.

Cuando llegó el momento de la comunión, vi lágrimas corriendo silenciosamente por sus mejillas.

Lágrimas de qué, no lo sabía.

Tristeza, alegría.

Era algo que no podía comprender.

Después de la misa, mientras caminábamos de regreso a su casa, finalmente pregunté, “Carlo, ¿por qué llorabas?” Él sonrió.

esa sonrisa característica que tenía porque recibía Jesús Alesandro literalmente en la Eucaristía.

Jesús está realmente presente.

No es un símbolo, no es solo pan, es él.

Y cada vez que lo recibo es como si el cielo tocara la tierra dentro de mí.

No supe qué responder.

Para mí eso sonaba casi delirante.

Pan convirtiéndose en Dios, cielo tocando tierra, pero la sinceridad absoluta en su voz, la paz en su rostro me impidieron burlare o descartarlo.

En cambio, solo dije, “No entiendo eso, pero me alegra que sea importante para ti.

Los meses pasaron y nuestra amistad se profundizó.

Carlo nunca trató de convertirme, nunca me predicó, nunca me hizo sentir juzgado por mi indiferencia religiosa, simplemente vivía su fe con tal autenticidad que era imposible ignorarla.

me invitaba a misa regularmente y aunque al principio iba solo por compromiso, eventualmente comencé a ir porque disfrutaba de su compañía y admito porque había algo en esa rutina que comenzaba a calmarme de una manera que no podía explicar.

En marzo de 2004 estaba pasando por un momento especialmente difícil.

Mis padres estaban teniendo problemas matrimoniales serios, discutían constantemente y yo podía sentir que algo se estaba rompiendo en mi familia.

Me sentía ansioso, enojado, perdido.

No sabía con quién hablar porque no quería que mis nuevos amigos en Milán me vieran débil.

Pero Carlo notó que algo andaba mal.

Una tarde después de clases, me llevó a un parque cerca de su casa.

Nos sentamos en un banco bajo un árbol de castaño y simplemente dijo, “Alesandro, sé que algo te está molestando.

No tienes que contármelo si no quieres, pero estoy aquí si necesitas hablar.

” Y todo salió.

Le conté sobre mis padres, sobre mi miedo de que se divorciaran, sobre cómo me sentía impotente para hacer algo al respecto.

Lloré, algo que no había hecho frente a nadie en años.

Car lo escuchó sin interrumpir y cuando terminé puso su mano en mi hombro.

Alesandro, no puedes controlar las decisiones de tus padres, pero puedes rezar por ellos.

Puedes ofrecerle a Dios tu sufrimiento, tu preocupación y confiar en que él tiene un plan, incluso cuando no podemos verlo.

No sé cómo rezar, admití, es fácil.

Solo habla con Dios como estás hablando conmigo ahora.

Dile lo que sientes, lo que temes, lo que esperas.

Él escucha.

Esa noche solo en mi habitación lo intenté.

Me sentí ridículo al principio hablando al aire, pero seguí el consejo de Carlo.

Dios, si estás ahí, ayuda a mis padres.

No sé qué más decir.

Solo ayúdalos, por favor.

Fue torpe, fue simple, pero fue real.

Y extrañamente sentí una pequeña medida de paz después.

No sé si fue psicológico o espiritual, pero algo cambió en mí esa noche.

Durante el verano de 2004 pasé casi todos los días con Carlo.

Jugábamos videojuegos, sí, pero también hacíamos otras cosas.

Él me enseñó sobre diseño web y programación.

Era brillante con las computadoras, años adelantado a su edad en términos de habilidades técnicas.

me mostró el proyecto en el que trabajaba.

Un catálogo digital completo de milagros eucarísticos de todo el mundo.

Había investigado cientos de casos, recopilado fotografías, documentación científica, testimonios.

El nivel de detalle era asombroso.

¿Por qué dedicas tanto tiempo a esto?, le pregunté un día mientras lo veía trabajar intensamente en su computadora.

Porque quiero que el mundo entero sepa que Jesús está vivo y presente en la Eucaristía.

Respondió sin levantar la vista de la pantalla.

La gente necesita ver la evidencia.

Hay tantos milagros documentados, casos donde la consagrada se ha convertido en tejido cardíaco humano, donde ha sangrado, donde se ha preservado durante siglos sin descomponerse.

Esto no son cuentos de hadas, Alesandro, son hechos verificables.

La pasión en su voz era contagiosa, aunque yo todavía no compartía su fe, no podía evitar admirar su dedicación.

Aquí había un chico de 13 años que podría haber estado haciendo mil cosas diferentes con su tiempo y, en cambio, elegía investigar y documentar milagros religiosos.

Era incomprensible para mí, pero también profundamente admirable.

En septiembre de 2004 comenzamos nuestro penúltimo año de escuela secundaria.

Carlo parecía más enfocado que nunca.

me habló sobre su deseo de usar su vida para algo significativo, para no desperdiciar un solo día.

Todos nacemos como originales, Alesandro, pero muchos mueren como fotocopias, me dijo un día mientras caminábamos a casa desde la escuela.

No quiero ser una fotocopia.

Quiero ser yo mismo completamente y usar todo lo que Dios me ha dado para glorificarlo.

Eso suena hermoso, Carlo, pero no te sientes presionado.

Eres tan joven, deberías estar disfrutando de la vida, no preocupándote tanto por cosas tan serias.

Él se detuvo y me miró directamente a los ojos.

Alesandro, disfruto de la vida más que nadie que conozco.

Amo los videojuegos, amo la tecnología, amo pasar tiempo con amigos como tú, pero también sé que hay algo más grande que todo eso.

Y cuando vives para ese algo más grande, todo lo demás se vuelve más significativo, no menos.

No entendí completamente lo que quería decir en ese momento, pero sus palabras se quedaron conmigo.

Había una profundidad en Carlo que iba más allá de su edad, una sabiduría que no podía ser simplemente inteligencia académica o madurez precoz.

Era algo más, algo espiritual.

En febrero de 2005, algo cambió en nuestra dinámica.

Estábamos en su habitación jugando videojuegos como siempre, cuando de repente Carlo pausó el juego y se giró hacia mí con una expresión seria que nunca había visto antes.

Alesandro, necesito decirte algo importante.

Su tono me alarmó inmediatamente.

¿Qué pasa? ¿Está todo bien? Sí, todo está bien, pero he estado rezando mucho por ti últimamente y Dios puso algo en mi corazón que necesito compartir contigo.

Sentí una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

Está bien, te escucho.

Carl respiró profundamente.

No vas a entender esto completamente ahora, pero necesito que lo recuerdes.

Viene un tiempo en tu vida no muy lejano, donde vas a enfrentar una oscuridad terrible, algo que te hará sentir que todo está perdido, que no hay esperanza.

Vas a estar en un lugar donde sentirás que Dios te ha abandonado completamente.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Carlo, me estás asustando.

¿De qué estás hablando? Escúchame, Alesandro.

Cuando ese momento llegue y lo reconocerás cuando suceda, quiero que recuerdes esto.

No estás solo.

Nunca has estado solo.

Y aunque sientas que estoy muerto y que no puedo ayudarte, voy a estar más presente que nunca.

Voy a estar contigo, especialmente en ese momento oscuro.

Solo llámame, di mi nombre y estaré allí.

¿Qué, Carlo? Eso no tiene sentido.

¿Cómo vas a estar ahí si estás me detuve? No queriendo pronunciar la palabra muerto.

Él sonríó con esa paz característica.

La muerte no es el final, Alesandro.

Es solo una transición.

Y aquellos que mueren en Cristo continúan vivos de una manera más real que cuando estaban en la tierra.

pueden interceder, pueden ayudar, pueden estar presentes de maneras que no comprendemos completamente.

Solo confía en mí.

Cuando llegue ese momento oscuro, invócame.

No lo olvides.

La conversación me dejó profundamente perturbado.

¿Por qué Carlo estaba hablando de su muerte? Tenía solo 14 años.

Era perfectamente saludable, lleno de vida y energía.

¿De dónde venían estas ideas? Traté de cambiar de tema, de volver al juego, pero algo en ese momento se había quedado grabado en mi memoria con una claridad cristalina.

Los meses siguientes transcurrieron con normalidad.

Carlo continuó con su rutina, misa diaria, trabajo en su proyecto web, tiempo con amigos, videojuegos, estudios.

Yo intenté olvidar esa extraña conversación de febrero, atribuyéndola a una fase espiritual intensa que Carlo estaba atravesando.

Pero él nunca volvió a mencionarlo y yo tampoco pregunté.

En junio de 2005, mis padres anunciaron su separación.

No fue un divorcio inmediato, pero decidieron vivir separados por un tiempo para reevaluar su matrimonio.

Mi mundo se derrumbó.

Todo lo que había temido durante más de un año finalmente estaba sucediendo.

Me sentí traicionado, furioso y completamente impotente.

Dejé de ir a misa con Carl.

Dejé de hablar mucho en general.

Me sumergí en los videojuegos y en internet como una forma de escape, evitando procesar lo que estaba sintiendo.

Carlo respetó mi espacio, pero nunca me abandonó.

seguía invitándome a hacer cosas, seguía enviándome mensajes, seguía mostrándome que le importaba, no predicaba, no me decía que todo estaría bien, no ofrecía clichés religiosos, simplemente estaba presente.

Un día de julio, cuando estaba particularmente deprimido, Carlo apareció en mi casa sin avisar.

Vamos a caminar, dijo.

Simplemente caminamos durante horas por las calles de Milán sin destino particular.

Eventualmente nos sentamos en las escaleras del duomo mirando a los turistas y palomas.

Alesandro, sé que estás enojado con Dios ahora mismo, dijo Carlo después de un largo silencio.

Y está bien estar enojado.

Dios puede manejar tu ira.

Él prefiere tu ira honesta a tu indiferencia educada.

No estoy enojado con Dios, respondí bruscamente.

Estoy enojado con mis padres por ser egoístas, por pensar solo en ellos mismos.

y no en cómo esto me afecta a mí.

Está bien estar enojado con ellos también.

Pero Alesandro, escúchame.

Tus padres son humanos, son imperfectos, están luchando con sus propios demonios, sus propias heridas.

Eso no hace que lo que están haciendo esté bien, pero los hace comprensibles y eventualmente para tu propia paz vas a necesitar perdonarlos.

No quiero perdonarlos, dije con los dientes apretados.

Lo sé, ahora no, pero algún día lo harás y cuando estés listo, Dios te dará la gracia para hacerlo.

Nos quedamos sentados en silencio un rato más.

Entonces Carlo dijo algo que nunca olvidaré.

El sufrimiento puede destruirte o transformarte, Alesandro.

La elección es tuya.

Puedes dejar que te vuelva amargo y cerrado o puedes permitir que te ablande y te abra.

Puedes ofrecerlo como sacrificio, darle significado uniéndolo al sufrimiento de Cristo.

Eso no hace que duela menos, pero le da propósito.

Durante el resto del verano de 2005, lentamente comencé a procesar mi dolor.

Carlo fue paciente conmigo, nunca forzando conversaciones espirituales, pero siempre disponible cuando yo necesitaba hablar.

En septiembre, cuando comenzó el nuevo año escolar, me sentía un poco más estable.

Mis padres todavía estaban separados, pero había comenzado a aceptar que no podía controlar su relación.

Lo único que podía controlar era cómo respondía a la situación.

Volví a ir a misa con Carlo ocasionalmente, no porque hubiera tenido alguna conversión dramática, sino porque la rutina me daba estructura y estar cerca de Carlo me daba paz.

Había algo en su presencia que calmaba la tormenta interior que constantemente amenazaba con abrumarme.

En octubre de 2005, Carlo me mostró la versión casi completa de su sitio web sobre milagros eucarísticos.

era impresionante.

Había documentado más de 150 casos de todo el mundo con fotografías, análisis científicos, testimonios de testigos.

Todo estaba meticulosamente organizado y presentado de una manera que era accesible incluso para personas como yo, que no eran particularmente religiosas.

Esto va a cambiar vidas, Carl, le dije honestamente.

La gente necesita ver esto.

Espero que sí.

respondió con su humildad característica, pero no es sobre mí, es sobre Jesús.

Si esto ayuda aunque sea una persona a encontrar fe, todo el trabajo habrá valido la pena.

En diciembre de 2005 celebramos nuestro último Navidad juntos, aunque ninguno de nosotros lo sabía en ese momento.

Fuimos a la misa de medianoche en el Duomo de Milán, una experiencia impresionante con cientos de personas, música hermosa y una atmósfera de solemnidad y alegría mezcladas.

Carlo estaba radiante esa noche.

Después de la misa, mientras caminábamos de regreso a su casa, me dijo, “Alesandro, esta ha sido una de las mejores Navidades de mi vida, no por los regalos ni por la comida, sino porque sé que Jesús está trabajando en tu corazón.

Lo veo, puedo sentirlo y me llena de alegría.

” “Carlo, eres un optimista incorregible”, le dije con una sonrisa.

No soy tan especial como crees.

Te equivocas, respondió seriamente.

Eres exactamente tan especial como Dios te creó para ser y él tiene planes increíbles para tu vida.

Alesandro, solo espera y verás.

Los primeros meses de 2006 transcurrieron rápidamente.

Carlo y yo estudiábamos juntos para los exámenes, jugábamos videojuegos, salíamos con otros amigos de la escuela.

Todo parecía normal.

estable, predecible.

Pero en marzo de 2006, Carl comenzó a verse cansado.

Al principio no le presté mucha atención.

Pensé que simplemente estaba trabajando demasiado en sus proyectos, no durmiendo lo suficiente.

Pero cuando llegó a abril era evidente que algo andaba mal.

Carlo, te ves terrible.

¿Estás durmiendo bien?, Le pregunté un día cuando se veía particularmente pálido.

Estoy bien, solo un poco cansado, respondió, pero su sonrisa no alcanzó sus ojos de la manera habitual.

En mayo su condición empeoró.

Comenzó a faltar a clases, algo que Carlo nunca hacía.

Cuando le pregunté qué pasaba, me dijo que los médicos estaban haciendo algunas pruebas, que probablemente era solo anemia o algo similar.

No te preocupes, Alesandro.

estaré bien.

Pero yo sí me preocupaba.

Lo veía cada vez más débil, más pálido, claramente sufriendo, aunque trataba de esconderlo.

En junio de 2006, recibí una llamada de la madre de Carlo.

Su voz estaba rota por las lágrimas.

Alesandro, Carlo está en el hospital.

Tiene leucemia.

Es es muy grave.

Quiere verte.

Mi mundo se detuvo.

Leucemia.

Cáncer, Carlo.

Las palabras no computaban juntas en mi mente.

Carlo era vida, era energía, era luz.

¿Cómo podía estar luchando contra una enfermedad mortal? Fui al Hospital San Gerardo en Monza inmediatamente.

Cuando entré a su habitación, casi no pude contener las lágrimas.

Carlo estaba en la cama, conectado a varios tubos y monitores con la cabeza calva por la quimioterapia.

Pero cuando me vio, su rostro se iluminó con esa sonrisa característica.

Alesandro, sabía que vendrías.

Me senté junto a su cama, incapaz de hablar.

Finalmente logré decir, “Carlo, ¿por qué no me dijiste que estabas tan enfermo? No quería que te preocuparas.

Y honestamente, hasta hace poco los doctores pensaban que podría ser algo manejable, pero ahora, ahora es diferente.

¿Qué dicen los médicos? Dicen que la leucemia es agresiva, están haciendo todo lo posible, pero se detuvo y por primera vez vi miedo en sus ojos.

No miedo por él mismo, sino miedo por los demás, por cómo su enfermedad afectaría a las personas que amaba.

Vas a estar bien”, dije con una convicción que no sentía.

“Eres fuerte, vas a superar esto.

” Carlo tomó mi mano.

Alesandro, recuerda lo que te dije el año pasado sobre el momento oscuro, sobre invocarme cuando llegue.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

No, Carlo, no hables así.

No vas a morir.

No puedes morir.

Eres demasiado joven.

Tienes demasiado por hacer todavía.

Todos vamos a morir algún día, Alesandro.

La pregunta no es cuándo, sino cómo vivimos antes de ese momento.

Y yo he vivido.

He vivido más completa y plenamente en mis 15 años de lo que muchas personas viven en 80.

No tengo miedo de morir.

Solo tengo miedo de no haber hecho suficiente mientras estuve aquí.

Durante los siguientes meses visité a Carlo en el hospital tanto como pude.

Algunos días estaba relativamente bien, capaz de hablar y bromear.

Otros días estaba tan débil que apenas podía mantener los ojos abiertos.

Pero nunca lo escuché quejarse.

Nunca lo escuché preguntar por qué yo en cambio ofrecía su sufrimiento.

Esto es por el Papa, me dijo un día cuando el dolor era particularmente intenso.

Y por la Iglesia y por todos los jóvenes que necesitan encontrar a Jesús.

Me desconcertaba completamente.

¿Cómo podía alguien tan joven enfrentar una muerte inminente con tal paz, con tal propósito? La mayoría de los adolescentes estarían furiosos, aterrorizados, en negación.

Pero Carlo había aceptado su realidad y había elegido darle significado.

En agosto de 2006 tuvimos una de nuestras conversaciones más profundas.

Los médicos habían dicho que las opciones de tratamiento se estaban agotando.

La familia de Carlo estaba devastada, pero él permanecía sereno.

“Alesandro, quiero que me prometas algo.

” Dijo débilmente desde su cama de hospital.

“Lo que sea, Carlo.

Cuando yo me vaya, quiero que continúes buscando a Dios.

No dejes que mi muerte te aleje de él.

Deja que te acerque.

Úsame como ejemplo de que la vida es corta y preciosa y que necesitamos vivirla con propósito.

No puedo prometerte eso.

Dije honestamente.

Si mueres, voy a estar furioso con Dios.

¿Cómo puedo estarlo? Eres la mejor persona que conozco.

Si Dios te lleva a ti y deja que gente horrible viva, ¿qué tipo de Dios es ese? Carlos sonrió débilmente.

Un Dios que ve más allá de esta vida.

Un Dios que sabe que esta tierra no es nuestro hogar final.

Alesandro, prométeme que al menos intentarás entender que cuando estés en tu momento más oscuro me invocarás.

Eso es todo lo que pido.

Te lo prometo susurré, aunque en ese momento no creía que realmente lo haría.

Y ahora, antes de continuar con esta historia que sé que está tocando tu corazón profundamente, quiero hacer una pausa para compartir algo importante.

Si este canal ha sido una respuesta para ti, si los testimonios y las historias que compartimos te han acercado a Dios, te han dado esperanza en momentos difíciles o han fortalecido tu fe, considera dejar un super thanks.

Sé que es un pequeño botón debajo del vídeo, fácil de pasar por alto, pero esa contribución, por menor que parezca, es lo que sostiene esta misión.

Es lo que nos permite continuar produciendo contenido de calidad, investigando historias profundas y transformadoras y llegando a más vidas que necesitan escuchar sobre el amor y la misericordia de Dios.

No es obligatorio, por supuesto, pero si sientes en tu corazón que este trabajo tiene valor, que está marcando una diferencia, tu apoyo significa todo para nosotros.

Ahora te voy a pedir algo más interactivo.

En los comentarios quiero que escribas una frase que represente lo que más te ha impactado de la historia hasta ahora.

No un ensayo largo, solo una frase.

Puede ser la paz de Carlo me inspira o necesito esa fe inquebrantable o cualquier cosa que resuene en ti.

Haz esto ahora antes de continuar leyendo.

Y si aún no te has suscrito al canal, este es el momento perfecto.

Dale al botón de suscripción porque las historias que vienen son aún más poderosas.

El 10 de octubre de 2006 recibí una llamada urgente de la madre de Carlo.

Alesandro, ven rápido.

Los médicos dicen que que no queda mucho tiempo.

Corrí al hospital con mi corazón destrozado.

Cuando llegué a su habitación, la familia de Carlo estaba allí llorando en silencio.

El sacerdote, que había sido el confesor de Carlo, estaba administrándole la unción de los enfermos.

Carlo estaba consciente, pero extremadamente débil.

Me acerqué a su cama y tomé su mano.

Estoy aquí, Carlo.

Sus ojos se abrieron levemente y me miró.

Alesandro, recuerda, prométeme.

Lo recuerdo, Carl.

Lo prometo.

Te invocaré cuando llegue el momento.

Sonrió débilmente.

Jesús, te amo.

Esas fueron sus últimas palabras.

A las 6:45 de la mañana del 12 de octubre de 2006, Carlo Acutis exhaló su último aliento y murió.

Tenía 15 años.

El funeral fue tres días después en la iglesia de Santa María Segreta, la misma iglesia donde había ido a misa diariamente durante años.

Cientos de personas asistieron, muchas de ellas jóvenes a quienes Carlo había impactado con su testimonio de fe.

Yo estaba allí completamente entumecido.

No podía procesar que mi mejor amigo, la persona que me había mostrado lo que significaba vivir con propósito, ya no estaba.

Los meses después de la muerte de Carlo fueron los más oscuros de mi vida.

Entré en una depresión profunda.

Dejé de ir a la escuela regularmente.

Dejé de socializar.

Pasaba horas en mi habitación jugando videojuegos sin propósito, simplemente tratando de pasar el tiempo.

Mis padres, aunque todavía separados, estaban preocupados por mí.

Sugirieron terapia, pero me negué.

¿Cómo podría un terapeuta ayudarme cuando ni siquiera podía explicar lo que estaba sintiendo? No era solo dolor por la pérdida de Carlo, era una crisis existencial completa.

Si alguien como Carlo, tan bueno, tan puro, tan dedicado a Dios, podía morir tan joven y de una manera tan dolorosa, ¿qué sentido tenía cualquier cosa? ¿Qué sentido tenía ser bueno? ¿Qué sentido tenía la fe? Me enfurecí con Dios.

En la privacidad de mi habitación le grité, “¿Por qué te llevaste a Carlo? ¿Por qué no te llevaste a alguien que realmente mereciera morir? Él te amaba, te servía y así es como lo recompensas.

Por supuesto, no recibí respuesta, solo silencio.

Y ese silencio confirmó lo que había comenzado a sospechar, que tal vez Dios no existía después de todo, o si existía no le importábamos.

En febrero de 2007, 4 meses después de la muerte de Carlo, comencé a meterme en problemas serios.

Empecé a salir con un grupo de chicos que estaban involucrados en actividades delictivas menores, vandalismo, robos pequeños, uso de drogas.

No lo hacía porque necesitara dinero o porque realmente quisiera hacer estas cosas.

Lo hacía porque me sentía vacío y buscaba cualquier cosa que pudiera llenar ese vacío, cualquier cosa que pudiera hacerme sentir algo, además del dolor constante.

Mis padres estaban horrorizados.

Mi madre lloró y me suplicó que dejara a esos amigos.

Mi padre, que nunca había sido particularmente expresivo, me gritó y me dijo que estaba desperdiciando mi vida.

Pero sus palabras no me alcanzaban.

Estaba demasiado perdido en mi propia oscuridad.

En mayo de 2007, las cosas llegaron a un punto crítico.

Estaba involucrado en un robo a una tienda con mis nuevos amigos.

Fue estúpido, impulsivo y completamente innecesario.

No necesitábamos el dinero.

Lo hicimos por la emoción, por la adrenalina, por sentir algo.

Pero salió mal.

El dueño de la tienda nos vio.

Llamó a la policía.

Corrimos, pero yo no fui lo suficientemente rápido.

Me atraparon, me arrestaron y me llevaron a la estación de policía.

Me sentaron en una sala de interrogación fría y estéril, con luces fluorescentes brillantes que parecían penetrar directamente en mi cerebro ya dolorido.

Un detective entró, un hombre de mediana edad con expresión cansada que probablemente había visto a cientos de adolescentes como yo pasar por esa misma habitación.

Alesandro Marchetti, 18 años, leyó de un archivo.

Primera ofensa, robo en establecimiento comercial.

¿Sabes lo serio que es esto? ¿Podrías enfrentar cargos como adulto.

No respondí, solo miraba fijamente la mesa de metal frente a mí.

Tus padres vienen en camino, continuó.

Pero mientras tanto, necesito que me cuentes exactamente qué pasó.

Seguí en silencio.

¿Qué podría decir que había arruinado mi vida? ¿Que había decepcionado a todos los que alguna vez creyeron en mí? Que había traicionado la memoria de mi mejor amigo, que había vivido con tanta integridad y había muerto con tanta dignidad.

El detective suspiró y salió de la habitación dejándome solo.

Y fue en ese momento sentado en esa sala de interrogación fría y estéril, enfrentando posibles cargos criminales, habiendo tocado fondo completamente cuando recordé la promesa que le había hecho a Carlo.

Cuando llegue tu momento más oscuro, invócame.

Este era mi momento más oscuro.

No había duda.

Había alcanzado el punto más bajo de mi vida.

Había perdido toda dirección, todo propósito, toda esperanza.

Cerré mis ojos y, sintiéndome completamente ridículo, pero también desesperado, susurré, “Carlo, si realmente puedes oírme, necesito ayuda.

Estoy perdido.

Estoy completamente perdido y no sé cómo encontrar el camino de regreso.

No esperaba nada.

Pensé que tal vez me sentiría un poco mejor solo por haberlo intentado, por haber cumplido mi promesa, aunque fuera simbólicamente, pero lo que sucedió a continuación desafió toda lógica, toda comprensión racional.

La temperatura en la habitación cambió.

No hacía frío ni calor, sino que el aire mismo se sintió diferente, cargado con algún tipo de energía que no podía nombrar.

Abrí mis ojos y allí, parado junto a la mesa, estaba Carlo.

No era una aparición vaga o translúcida.

Era sólido, real, tan tangible como lo había sido en vida.

Llevaba exactamente la misma ropa que usaba el último día que lo vi consciente en el hospital.

Jeans, una sudadera roja y zapatillas.

Su cabello había vuelto a crecer, oscuro y ligeramente ondulado, cayendo sobre su frente, y sus ojos, esos ojos que siempre habían brillado con una alegría inexplicable, ahora brillaban con una luz que no era de este mundo.

“Hola, Alesandro”, dijo con esa voz familiar que no había escuchado en 7 meses.

Mi boca se abrió, pero no salió ningún sonido.

Mi cerebro no podía procesar lo que estaban viendo mis ojos.

Esto era imposible.

Carlo estaba muerto.

Yo había estado en su funeral.

Había visto su cuerpo en el ataúd.

Esto no podía estar sucediendo.

Sé que esto es difícil de entender, continuó Carlo con una sonrisa gentil.

Pero estoy aquí porque me llamaste, porque lo prometiste y porque nunca te he dejado, Alesandro.

Nunca.

Eres eres real, logré susurrar finalmente.

Soy tan real como lo era cuando vivía en la tierra.

Más real, de hecho, porque ahora vivo en la plenitud de la verdad.

Se sentó en la silla frente a mí, un gesto tan natural y familiar que casi me hizo olvidar que esto era completamente sobrenatural.

Alesandro, te he estado observando estos últimos meses.

He visto tu dolor, tu ira, tu desesperación.

He visto las decisiones que has tomado, las personas con las que te has involucrado y he rezado por ti cada día pidiendo a Jesús que te protegiera, que te guiara de regreso al camino, que no te dejara destruirte completamente.

¿Por qué? Pregunté las lágrimas comenzando a correr por mi rostro.

¿Por qué te importo todavía? Te fallé, Carlo.

Prometí que continuaría buscando a Dios después de que murieras y en cambio hice todo lo contrario.

Me convertí en exactamente el tipo de persona que tú nunca fuiste.

Alesandro, el amor no funciona así.

El amor no se retira cuando las personas fallan.

El amor permanece, especialmente cuando las personas fallan.

Jesús no vino por los justos, vino por los pecadores, por los perdidos, por los quebrantados.

Y tú estás quebrantado ahora mismo, pero no estás más allá de la redención.

Nunca lo estás mientras todavía respires.

Me cubrí el rostro con las manos, soyosando.

No sé cómo salir de esto, Carlo.

He caído tan bajo.

He hecho cosas de las que me avergüenzo.

¿Cómo puedo volver? Un paso a la vez, respondió con paciencia.

Primero, cuando tus padres lleguen, vas a disculparte sinceramente, no con excusas, no con justificaciones, sino con arrepentimiento real.

Segundo, vas a aceptar las consecuencias de tus acciones, sean cuales sean.

Tercero, vas a alejarte completamente de las personas que te han estado arrastrando hacia abajo.

Y cuarto, vas a comenzar a reconstruir tu relación con Dios.

No sé si Dios quiere tener una relación conmigo después de todo lo que he hecho.

Carlos se inclinó hacia delante, su expresión intensamente seria.

Alesandro, escúchame con mucha atención.

Dios nunca dejó de quererte ni por un segundo.

Incluso cuando tú te alejaste de él, él nunca se alejó de ti.

Estaba allí en cada momento de tu dolor, en cada momento de tu rebelión, esperando pacientemente que volvieras a él.

Pero si Dios me ama tanto, ¿por qué te llevó a ti? ¿Por qué permitió que murieras tan joven? Era la pregunta que había estado carcomiendo mi alma durante meses.

Carlos sonrió con una paz que era casi tangible.

Mi muerte no fue un castigo ni un accidente, Alesandro.

Fue parte del plan de Dios para mí.

Viví exactamente el tiempo que necesitaba vivir para cumplir el propósito que Dios tenía para mi vida.

Y desde donde estoy ahora puedo decirte con absoluta certeza que fue el plan perfecto.

Mi muerte ha tocado más vidas de las que mi vida podría haber tocado si hubiera vivido hasta los 80.

¿Cómo es posible eso? Porque mi muerte a una edad tan joven, mientras mantenía mi fe hasta el final, es un testimonio poderoso.

Las personas ven que es posible enfrentar el sufrimiento y la muerte con paz, con propósito, con esperanza, y eso las cambia.

Mi vida fue un testimonio, sí, pero mi muerte es un testimonio aún más poderoso.

Limpié mis lágrimas tratando de procesar lo que estaba escuchando.

Carlo, ¿qué pasa después de la muerte? ¿Dónde estás ahora? Su rostro se iluminó con una alegría indescriptible.

Estoy con Jesús, Alesandro en un lugar de luz y amor tan intenso que no hay palabras humanas que puedan describirlo adecuadamente.

Todo el sufrimiento que experimenté en la tierra, todos los días en el hospital, todo el dolor, todo fue transformado en gloria.

Y ahora puedo ayudar a otros desde aquí, interceder por ellos, guiarlos, especialmente a aquellos que amo como te amo a ti.

Puedes ver todo lo que hago.

Veo lo que Dios me permite ver.

Veo lo que necesito ver para rezar por ti, efectivamente, para ayudarte.

Pero no es como espiar, es como estar atento, estar presente de una manera diferente.

Hubo un silencio mientras yo absorbía todo esto.

Entonces Carlo dijo algo que cambiaría el curso de mi vida.

Alesandro, hay algo más que necesito decirte.

Algo que Dios me ha mostrado sobre tu futuro.

Me enderecé en la silla, mi corazón latiendo más rápido.

¿Qué es? Carlo me miró con esa mezcla de seriedad y compasión que siempre había tenido cuando hablaba de cosas importantes.

Vas a salir de esta situación.

Los cargos contra ti van a ser reducidos porque es tu primera ofensa y porque vas a mostrar arrepentimiento genuino.

Pero esto es una bifurcación en el camino.

Alesandro, puedes tomar esto como una advertencia y cambiar tu vida completamente.

O puedes verlo como solo un susto y eventualmente volver a los mismos patrones.

La elección es tuya, siempre ha sido tuya.

Quiero cambiar, dije con convicción.

Quiero volver a ser la persona que era cuando tú estabas vivo, mejor que esa persona.

Bien, entonces esto es lo que va a pasar.

Vas a enfrentar un servicio comunitario obligatorio como parte de tu sentencia y durante ese servicio comunitario vas a conocer a un sacerdote llamado padre Yusepe.

Él va a ver algo en ti, algo que tú mismo no ves todavía.

va a mentorearte, va a guiarte de regreso a la fe.

Escúchalo, Alesandro, confía en él.

Es parte del plan de Dios para ti.

Y después, después vas a descubrir tu vocación.

No puedo decirte exactamente qué es porque parte del viaje es descubrirlo por ti mismo.

Pero puedo decirte esto, vas a usar tus experiencias, incluyendo este momento oscuro, para ayudar a otros jóvenes que están perdidos como tú estuviste.

Vas a ser una luz en la oscuridad para ellos, así como yo traté de ser una luz para ti.

Las lágrimas corrían libremente por mi rostro.

Ahora, Carlo, no soy lo suficientemente fuerte para eso.

No soy lo suficientemente bueno.

No tienes que ser fuerte por ti mismo.

La gracia de Dios te hará fuerte y no tienes que ser bueno por mérito propio.

La bondad de Dios te transformará.

Solo di sí, di sí a Dios, di sí a su plan.

Di sí a dejar que él use incluso tus fracasos para su gloria.

Digo sí, susurré.

Digo sí a todo.

Carlos sonríó ampliamente.

Esa es la respuesta correcta.

Y Alesandro, hay una cosa más que necesito que sepas.

Esto es muy importante.

Se inclinó aún más cerca y podía ver lágrimas formándose en sus propios ojos.

Voy a ser beatificado.

No inmediatamente, pero sucederá.

La Iglesia va a reconocer mi santidad, va a investigar mi vida, va a documentar los milagros que Dios obra a través de mi intersión.

Y cuando eso suceda, quiero que estés allí.

Quiero que seas testigo de ello.

Quiero que veas que todo lo que te he dicho hoy es verdad.

¿Cuándo? El 10 de octubre de 2020.

Marca esa fecha en tu corazón.

Estaré en Asís y tú debes estar allí también.

14 años en el futuro.

Parecía una eternidad.

Te prometo que estaré allí, dije.

Pase lo que pase, estaré allí.

Carlos se puso de pie y yo también lo hice.

Me abrazó y era un abrazo real, físico, cálido.

Podía sentir su presencia, su amor, su paz envolviéndome completamente.

Te amo, Alesandro.

Siempre te he amado como un hermano y continuaré amándote y rezando por ti hasta que nos volvamos a encontrar en el cielo.

Te amo también, Carlo, y lo siento.

Siento mucho haber desperdiciado estos meses, haber ignorado todo lo que me enseñaste.

No has desperdiciado nada.

Incluso esto, incluso este momento de tocar fondo es parte de tu historia.

Dios lo usará.

Verás.

La luz en la habitación comenzó a cambiar, volviéndose más brillante, más dorada.

“Podía sentir que Carlo estaba a punto de irse.

¿Volveré a verte?”, pregunté desesperadamente.

“No de esta manera, no visiblemente, pero siempre estaré contigo, Alesandro, en cada misa que asistas, en cada momento de oración, en cada decisión que tomes y cuando finalmente llegue tu tiempo de dejar esta tierra, estaré allí para guiarte a casa.

Así como estoy aquí ahora para guiarte de regreso al camino.

Gracias, Carlo.

Gracias por no abandonarme.

Nunca, nunca te abandonaría.

Recuerda, todos estamos llamados a ser santos.

Tú también, Alesandro, no lo olvides.

Y entonces desapareció.

Un momento, estaba allí, sólido y real, y al siguiente simplemente se había ido.

La habitación volvió a su temperatura normal.

La luz fluorescente dura regresó y yo estaba solo nuevamente, pero no me sentía solo.

Por primera vez en meses sentía esperanza.

La puerta se abrió y el detective regresó, seguido por mis padres.

Mi madre estaba llorando.

Mi padre se veía furioso y decepcionado.

Pero antes de que pudieran decir nada, me puse de pie y dije, “Lo siento, lo siento muchísimo.

No tengo excusas.

Lo que hice estuvo mal.

y acepto completa responsabilidad.

Haré lo que sea necesario para compensarlo.

Mi padre parpadeó sorprendido.

Mi madre me miró con una mezcla de alivio y esperanza cautelosa.

El detective asintió con aprobación.

Ese es un buen comienzo, hijo.

Los siguientes días fueron difíciles.

Tuve que enfrentar al dueño de la tienda y disculparme personalmente.

Tuve que comparecer ante un juez juvenil.

Tuve que escuchar mientras mis padres expresaban su decepción y dolor, pero a través de todo ello mantuve la resolución que había hecho en esa sala de interrogación.

Exactamente como Carlo había predicho, los cargos fueron reducidos debido a mi edad y el hecho de que era mi primera ofensa.

Recibí 200 horas de servicio comunitario, un año de libertad condicional y terapia obligatoria.

Y exactamente como Carlo había predicho, durante mi servicio comunitario conocí al padre Giuseppe Martinelli, un sacerdote que trabajaba con jóvenes en riesgo.

Era un hombre en sus 50 con cabello gris y una calidez genuina que me recordaba a Carlo.

Después de trabajar conmigo durante algunas semanas, me llamó aparte un día.

Alesandro, veo algo en ti.

Veo potencial.

Veo un corazón que quiere cambiar.

Puedo ayudarte.

Y comenzó mi verdadero camino de regreso.

El padre Yuspe se convirtió en mi mentor espiritual.

Me enseñó sobre la fe, sobre el perdón, sobre la redención.

Lentamente, durante meses y luego años, reconstruí mi vida.

Volví a la escuela y me gradué.

Fui a la universidad para estudiar trabajo social, sintiendo un llamado a ayudar a jóvenes que estaban pasando por lo que yo había pasado.

Me involucré en el ministerio juvenil de mi parroquia y nunca olvidé la visita de Carlo ni la promesa que había hecho.

Los años pasaron 2008, 2009, 2010.

Cada año el 12 de octubre, el aniversario de la muerte de Carl iba a misa y rezaba por él, agradeciéndole por su intersión, por haberme salvado cuando estaba en mi momento más oscuro.

En 2012 me gradué de la universidad con honores.

Comencé a trabajar para una organización sin fines de lucro que ayudaba a adolescentes en riesgo, exactamente como Carlo había predicho.

usaba mi propia historia, mi propia experiencia de haber tocado fondo y encontrado redención para conectar con estos jóvenes de maneras que otros no podían.

En 2015 conocí a una mujer maravillosa llamada Chiara en un retiro católico.

Nos casamos un año después.

Le conté todo sobre Carlos, sobre su impacto en mi vida, sobre la visita sobrenatural en la sala de interrogación.

Ella me creyó completamente y compartía mi devoción a mi amigo santo.

En 2018 comenzamos a oír rumores de que la causa de beatificación de Carlo estaba avanzando rápidamente.

El Vaticano había investigado su vida, había recopilado testimonios de cientos de personas cuyas vidas había tocado.

Había documentado milagros atribuidos a su intercepición.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

La fecha que Carlo me había dado el 10 de octubre de 2020 se acercaba.

En 2019 la confirmación llegó.

Carlo Acutis sería beatificado en Asís, Italia, el 10 de octubre de 2020, exactamente como me había dicho 14 años antes.

Lloré cuando recibí la noticia.

No lágrimas de tristeza, sino de asombro absoluto.

Todo lo que Carlo me había dicho en esa sala de interrogación se estaba cumpliendo exactamente como él lo había predicho.

Reservé vuelos a Italia inmediatamente.

Chiara y yo, junto con nuestro hijo de 2 años al que habíamos nombrado Carlo en honor a mi amigo, viajamos a Asíss en octubre de 2020.

La beatificación fue hermosa más allá de las palabras.

Miles de personas de todo el mundo habían venido a presenciar este momento histórico.

La historia de Carlo había tocado a tantos, especialmente a los jóvenes que veían en él un modelo a seguir moderno, alguien que había integrado la fe con la tecnología, que había sido santo sin dejar de ser auténticamente joven y alegre.

Durante la ceremonia, cuando el cardenal Agostino Ballini leyó el decreto de beatificación, sentí una presencia familiar a mi lado.

No podía verlo con mis ojos físicos, pero sabía con absoluta certeza que Carlo estaba allí.

Estaba sonriendo, estaba celebrando, estaba cumpliendo el destino que Dios había planeado para él desde antes de que naciera.

Después de la ceremonia visité la tumba de Carlo en el santuario de la despojamiento.

Allí, arrodillado ante su cuerpo incorrupto, hice una oración de gratitud.

Carlo, gracias por salvarme.

Gracias por no abandonarme cuando me perdí.

Gracias por mostrarme el camino de regreso y gracias por ser un ejemplo viviente de que la santidad es posible, que la alegría es posible, que una vida corta vivida con propósito es mejor que una vida larga vivida sin sentido.

Continúa intercediendo por mí, por mi familia, por todos los jóvenes que luchan como yo luché.

Te amo, amigo mío, hasta que nos volvamos a ver en el cielo.

Hoy en 2024 continúo el trabajo que Carlo inspiró en mí.

He ayudado a cientos de jóvenes a encontrar su camino de regreso cuando estaban perdidos.

He compartido mi testimonio en conferencias, en retiros, en entrevistas, siempre señalando a Carlo como la razón por la que estoy donde estoy.

Mi vida no es perfecta.

Todavía lucho, todavía fallo, todavía cometo errores, pero la diferencia es que ahora tengo esperanza.

Ahora sé que no importa qué tan bajo caiga, Dios siempre está esperando para levantarme.

Y ahora sé que tengo un amigo en el cielo que nunca deja de rezar por mí.

La historia de Carlo Acutis no es solo su historia, es también la mía y la de miles de otras personas cuyas vidas él ha tocado desde el cielo.

Es un recordatorio de que los santos no son figuras distantes del pasado antiguo.

Son personas reales que vivieron vidas reales y que ahora están más vivos que nunca, intercediendo por nosotros, guiándonos, mostrándonos el camino a casa.

Si estás leyendo esto y te encuentras en un momento oscuro, si sientes que has caído demasiado bajo para ser redimido, si piensas que Dios te ha abandonado, permíteme decirte con absoluta certeza, estás equivocado.

Dios nunca abandona.

Su misericordia es infinita.

Su amor es inquebrantable.

Y hay santos en el cielo como Carlo Acutis, que están esperando que los invoques, que los llames en tu desesperación.

No tienes que tener una fe perfecta.

No tienes que tener todas las respuestas.

Solo tienes que decir sí.

Sí a la posibilidad de que haya algo más.

Sí a la esperanza, sí a permitir que Dios entre en tu oscuridad y te muestre la luz.

Carlo Acutis vivió solo 15 años, pero en esos 15 años hizo más que la mayoría de las personas hacen en 80.

No por sus logros externos, sino por la forma en que vivió cada día con propósito, con amor, con una devoción total a Jesús presente en la Eucaristía.

Él decía, “La tristeza es mirar hacia nosotros mismos.

La felicidad es mirar hacia Dios.

Durante años después de su muerte, yo solo miré hacia mí mismo, hacia mi dolor, mi ira, mi desesperación y encontré solo más tristeza.

Pero cuando finalmente, en ese momento más oscuro, miré hacia Dios, miré hacia Carlo, encontré esperanza, encontré redención, encontré vida y ahora quiero transmitir este mensaje a cualquiera que lo necesite escuchar.

Tú también puedes encontrar esperanza.

Tú también puedes encontrar redención.

No importa qué hayas hecho, no importa qué tan perdido te sientas, nunca es demasiado tarde para volver a casa.

Ve a tocarlo a Cutis, intercede por nosotros.

Ayúdanos a vivir con el mismo propósito y alegría que tú viviste.

Ayúdanos a ver la Eucaristía como tú la viste, como la autopista al cielo.

Ayúdanos a usar nuestros talentos para la gloria de Dios.

Y cuando llegue nuestro momento de dejar esta tierra, guíanos a casa como prometiste guiarme a mí.

Que ahora, antes de despedirme, quiero hacer una última petición.

Si este testimonio ha tocado tu corazón, si la historia de Carlo y mi propia historia de redención te han dado esperanza, considera apoyar este canal con un super thanks.

Este no es solo contenido de entretenimiento.

Esta es una misión de llevar luz a la oscuridad, de compartir historias de fe verdadera, demostrar que Dios es real y activo en nuestras vidas hoy.

Tu contribución, por pequeña que sea, permite que continuemos este trabajo, que alcancemos más vidas, que produzcamos más contenido de calidad, que realmente hace una diferencia.

No es obligatorio, pero si sientes que este canal ha sido una bendición para ti, tu apoyo lo significa todo.

Comparte este video con alguien que necesite escucharlo.

Comparte en los comentarios cómo la historia de Carlo Acutis te ha impactado y si hay alguna oración específica que necesitas, escríbela en los comentarios.

Yo personalmente voy a rezar por cada petición que compartas.

Recuerda siempre, todos estamos llamados a ser santos.

No hay excepciones.

Tú también, donde quiera que estés, cualquiera que haya sido, estás llamado a la santidad.

Y con la gracia de Dios, con la intersión de santos como Carlo Acutis, puedes lograrlo.

Que Dios te bendiga abundantemente, que la Virgen María te proteja y que el beato Carlo Acutis interceda por ti y por todos tus seres queridos.

Hasta el próximo video.