He guardado este secreto durante 14 años.

Mi nombre es Monseñor Yuspe Ferretti.

Tengo 62 años y he dado la comunión a miles de personas a lo largo de mi vida sacerdotal.

Pero nunca, absolutamente nunca, viví lo que experimenté el día que le di la primera comunión a Carlo Acutis.

Y lo que voy a revelar ahora, lo que nunca me atreví a contar ni siquiera a mis superiores en el Vaticano, cambiará para siempre todo lo que cree saber sobre ese niño que el mundo entero venera hoy como beato.

Era un sábado de junio de 1998.

Yo tenía 40 años recién cumplidos y ejercía como párroco de Santa María en Milán, una parroquia modesta ubicada en el barrio de Porta Romana.

Ese día preparábamos la ceremonia de primera comunión para 17 niños de la catequesis.

Entre ellos estaba Carlo Acutis, un niño de 7 años, nacido en Londres, pero criado en Italia, hijo de Antonia Salzano y Andrea Acutis, una familia discreta que asistía regularmente a misa los domingos, pero sin llamar demasiado la atención.

Pero esa mañana, mientras preparaba el altar y revisaba que todo estuviera en orden para la celebración, sentí algo diferente en el ambiente.

Era una sensación extraña, como si el aire mismo de la iglesia estuviera conteniendo el aliento, como si algo importante estuviera por suceder.

Intenté ignorarlo atribuyéndolo a los nervios propios de estas ceremonias, pero la sensación no me abandonaba.

Era una expectativa, una anticipación que no podía explicar.

Algo iba a ocurrir ese día, algo extraordinario.

Los niños comenzaron a llegar vestidos con sus trajes blancos y sus sonrisas nerviosas.

Carlo caminaba de la mano de su madre, pero a diferencia de los otros niños que brincaban emocionados o charlaban entre ellos, él mantenía una serenidad que resultaba extraña para un niño de su edad.

Sus ojos oscuros miraban directamente hacia el altar con una concentración absoluta, como si no viera nada más a su alrededor.

Solo el sagrario, solo el lugar donde guardábamos la Eucaristía.

Antonia se acercó a saludarme con una sonrisa cálida.

Buenos días, padre Giuseppe.

Carlo está muy emocionado.

Ha estado despierto desde las 5 de la mañana esperando este momento.

Le devolví la sonrisa, pero ella agregó bajando la voz para que su hijo no la escuchara.

Padre.

Carl ha estado rezando toda la semana sin parar.

No ha jugado videojuegos, no ha visto televisión, solo reza.

me dice que está preparando su corazón para recibir a Jesús.

Algo en su tono de voz me hizo sentir un escalofrío.

No era preocupación exactamente, pero sí una especie de asombro mezclado con desconcierto ante algo que no terminaba de comprender.

La ceremonia comenzó con la solemnidad habitual.

Los 17 niños formados en fila frente al altar, sus padres observando con orgullo y emoción desde los bancos.

Pero durante toda la misa, mis ojos volvían una y otra vez hacia Carlo.

Mientras los otros niños se movían inquietos, ajustaban sus ropas, sonreían a sus familias, él permanecía completamente inmóvil, las manos juntas, los ojos fijos en el sagrario, como si estuviera esperando encontrarse con alguien que conocía desde siempre, pero que finalmente vería cara a cara.

Llegó el momento de la comunión.

Mi corazón comenzó a latir más rápido de lo normal, sin ninguna razón aparente.

Los niños se fueron acercando uno por uno, extendiendo sus pequeñas lenguas para recibir el cuerpo de Cristo.

Algunos estaban nerviosos, otros sonreían, algunos cerraban los ojos con devoción aprendida en la catequesis.

Y entonces llegó el turno de Carlo, se arrodilló frente a mí con una reverencia profunda, cerró los ojos, juntó las manos con tal intensidad, con tal devoción absoluta, que por un momento pareció que no estaba viendo a un niño de 7 años, sino a un santo medieval de esos que aparecen en las pinturas antiguas.

Y cuando abrió la boca para recibir la consagrada, algo sucedió.

No fue visible para los demás.

No hubo luces celestiales ni voces del cielo.

No se escuchó música de ángeles ni nada que los demás pudieran percibir.

Pero yo lo sentí en el momento exacto en que coloqué la sagrada en su lengua, una ola de calor atravesó mi cuerpo de pies a cabeza, como si una presencia poderosa, inmensa, amorosa, entrara súbitamente en ese espacio sagrado entre Carlo y yo, como si el velo que separa el cielo de la tierra se volviera transparente durante un segundo eterno.

Mis manos temblaron tanto que la casi se me cae.

Tuve que sujetarla con fuerza para no dejarla caer al suelo.

Carlo recibió la comunión, hizo la señal de la cruz con una lentitud reverente y volvió a su lugar.

Yo me quedé allí de pie, paralizado por unos segundos, sintiendo que acababa de presenciar algo que no tenía nombre, algo que escapaba a toda mi formación teológica y a mis 25 años de sacerdocio.

Lo único que recuerdo con absoluta claridad después de ese momento es la expresión en el rostro de Carlos.

Cuando volvió a su banco y se arrodilló nuevamente, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

No eran soyosos, no había ningún sonido, solo lágrimas silenciosas de una felicidad tan profunda que no cabía en su pequeño cuerpo de niño.

Después de la ceremonia, durante el refrigerio que habíamos preparado en el salón parroquial, Antonia se acercó a mí con una expresión que mezclaba alegría y algo más, algo parecido a la perplejidad.

Padre Yusepe, quería agradecerle por esta hermosa ceremonia.

Carlo está radiante, no ha dejado de sonreír.

Le devolví la sonrisa, aunque sentía que mi rostro estaba rígido por la atención.

Carlo es un niño muy especial, señora Acutis, muy especial.

Ella bajó la voz y se acercó más, mirando alrededor para asegurarse de que nadie más escuchara.

Padre, notó algo diferente en él durante la comunión, porque yo estaba observándolo desde mi lugar y juro por Dios que vi algo extraño.

Vi una luz.

No sé si fue el reflejo de las velas del altar o la luz del sol entrando por los vitrales, pero por un segundo, solo por un segundo, pareció que había una luz dorada alrededor de su cabeza.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Yo no había visto ninguna luz física, pero había sentido esa presencia abrumadora que aún me dejaba temblando por dentro.

“Señora Acutis”, le dije eligiendo cuidadosamente mis palabras.

Yo no vi ninguna luz como la que usted describe, pero sí sentí algo que no puedo explicar con palabras.

Creo sinceramente que su hijo tiene una conexión especial con Dios, muy especial.

Por favor, guárdelo, protéjalo y respete esa conexión.

Es un regalo extraordinario.

Ella me miró con ojos suplicantes, buscando confirmación de que no estaba volviéndose loca.

¿De verdad cree eso, padre? No piensa que estoy imaginando cosas.

Negué con la cabeza firmemente.

No, señora Acutis, no está imaginando nada.

Su hijo es diferente y algún día entenderemos por qué.

Esa noche no pude conciliar el sueño.

Me quedé despierto en mi pequeña habitación junto a la sacristía, repasando una y otra vez aquel momento.

Intentaba racionalizarlo, encontrarle una explicación lógica, estrés, cansancio acumulado, emoción por la ceremonia, sugestión.

Pero ninguna de esas explicaciones funcionaba.

Ninguna podía dar cuenta de la intensidad de lo que había experimentado, algo absolutamente real.

Había sucedido en ese altar algo que iba más allá de lo ordinario.

Me arrodillé junto a mi cama y recé con una intensidad que no sentía desde mi ordenación sacerdotal.

Señor, ¿qué fue eso? ¿Qué acabas de mostrarme? ¿Qué significa todo esto? No obtuve ninguna respuesta esa noche, solo un silencio profundo que de alguna manera me tranquilizaba.

Pero iba a descubrir muy pronto que esa primera comunión había sido apenas el comienzo de algo muchísimo más grande.

Los meses siguientes transcurrieron con aparente normalidad.

Carlo y su familia continuaron asistiendo a misa cada domingo, pero yo comencé a notar algo que me llamaba poderosamente la atención.

Carlo no era como los otros niños de su edad.

Mientras sus compañeros corrían por el atrio de la iglesia después de la misa, jugando y gritando con la energía típica de la infancia, Carlos se quedaba dentro del templo.

Se sentaba en los bancos traseros, completamente solo, con la mirada fija en el sagrario.

A veces lo encontraba arrodillado en la pequeña capilla lateral dedicada a la Virgen María, rezando con una intensidad impropia de un niño de 8 años.

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Hay mucho más que descubrir sobre esta historia extraordinaria.

La primera vez que realmente hablamos a solas fue un martes por la tarde de noviembre.

Yo estaba en la sacristía ordenando los ornamentos litúrgicos cuando escuché unos pasos pequeños y tímidos.

Me volteé y allí estaba Carlo solo con sus manos en los bolsillos de su pantalón.

Padre Yusepe, ¿puedo hacerle una pregunta? Su madre estaba comprando algunas cosas en el mercado cercano y le había dado permiso para venir a la iglesia a rezar un momento.

Me senté en una de las sillas viejas de madera y le hice una señal para que se acercara.

Por supuesto, Carlo, ¿qué querías preguntarme? Él se acercó con pasos lentos, como si estuviera midiendo sus palabras cuidadosamente.

Padre Yusepe, cuando usted consagra el pan y el vino durante la misa, ¿realmente cree que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús? La pregunta me sorprendió por su profundidad.

No era el tipo de pregunta que esperarías de un niño de 8 años.

Por supuesto que lo creo, Carlo.

Es el misterio central de nuestra fe católica.

La transubstanciación.

El pan y el vino se convierten realmente, verdaderamente en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Carlo asintió lentamente, como si estuviera procesando mis palabras con cuidado.

Yo también lo creo, Padre, pero no solo porque me lo enseñaron en la catequesis o porque es lo que dice la Iglesia, lo creo porque lo sé, porque lo siento.

Cuando recibo la comunión cada domingo, no es solo un sentimiento bonito o una emoción religiosa, es una presencia real.

Jesús entra literalmente en mi corazón, puedo sentirlo y es lo más hermoso que existe en el mundo.

Me quedé sin palabras durante varios segundos.

Finalmente logré articular.

Carlo, eso es muy hermoso.

Es exactamente lo que significa tener fe verdadera.

Pero él bajó la mirada hacia sus zapatos y su voz se volvió más pequeña, más vulnerable.

A veces me asusta padre Yusepe.

¿Por qué te asusta, hijo? Porque cuando Jesús está dentro de mí después de la comunión, siento que puedo ver cosas, cosas que otras personas no pueden ver.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

¿Qué tipo de cosas, Carlo? Él levantó la mirada y sus ojos oscuros me atravesaron con una intensidad que no correspondía a su edad.

Puedo ver quién está en gracia y quién no lo está.

Cuando la gente se acerca a recibir la comunión los domingos, veo una luz alrededor de algunas personas, como una luz dorada y cálida, pero alrededor de otras personas veo sombras oscuras y eso me pone muy triste porque significa que están recibiendo a Jesús sin estar preparados, sin estar limpios en su alma.

Le expliqué que lo que estaba describiendo podía ser un don espiritual, pero que debía tener muchísimo cuidado.

Carlo, no puedes juzgar a las personas.

Solo Dios conoce verdaderamente el estado del alma de cada uno.

Él negó con la cabeza enfáticamente.

No los juzgo, padre Yusepe.

Jamás los juzgaría, solo los veo.

Y cuando veo esas sombras, rezo por ellos.

Rezo para que Jesús los limpie, los sane, los perdone.

Es lo único que puedo hacer.

Le pregunté si había hablado de estas experiencias con sus padres.

Negó con la cabeza rápidamente.

No, padre.

Mamá ya se preocupa mucho porque dice que soy demasiado serio para mi edad.

No quiero preocuparla más.

Pero necesitaba hablar con alguien.

Y pensé que usted entendería porque ese día, el día de mi primera comunión, usted también sintió algo, ¿verdad? Lo vi en sus ojos.

Vi cómo temblaban sus manos.

Me sentí completamente expuesto.

Este niño de 8 años había visto a través de mí con una claridad que resultaba casi dolorosa.

Sí, Carlo, si sentí algo ese día, algo que nunca había experimentado antes en todos mis años como sacerdote.

Él sonrió con una ternura que parecía demasiado antigua para su rostro.

Es porque Jesús quería que usted supiera que lo que dice durante la misa es verdad, que no son solo palabras bonitas o rituales vacíos.

Jesús está realmente ahí, Padre.

Y cuando usted cree de verdad, él se hace presente de maneras que nadie espera.

Le dije que era muy importante que viviera también como un niño normal, que jugara, que tuviera amigos, que disfrutara de su infancia.

Pero incluso mientras decía esas palabras, sabía que estaba mintiéndome a mí mismo.

Carlo no era normal, no en el sentido ordinario de la palabra y tratar de forzarlo a hacerlo sería negar algo profundamente sagrado que estaba sucediendo en su vida.

Pero tenía miedo.

Miedo de la responsabilidad que representaba ser testigo de algo así.

miedo de lo que significaría si realmente Dios estaba obrando de manera tan extraordinaria en este niño.

Así que hice lo que muchos sacerdotes hacen cuando se enfrentan a lo inexplicable.

Racionalicé.

Me convencí a mí mismo de que Carlo era simplemente un niño muy devoto, muy sensible espiritualmente y que con el tiempo todo se normalizaría.

Qué cobarde fui al elegir la comodidad de la negación en lugar del coraje de la fe.

Los meses se convirtieron en años.

Carlo creció de 8 a 10 años, de 10 a 12.

Pero su devoción eucarística no disminuyó.

Al contrario, se intensificó de maneras que dejaban asombrados a todos los que lo conocían.

Comenzó a asistir a misa todos los días a las 6:30 de la mañana antes de ir a la escuela.

siempre se sentaba en el mismo banco, el tercero desde el frente del lado derecho, un niño pequeño entre un puñado de ancianos devotos.

Pero Carlo no parecía fuera de lugar allí, al contrario, parecía pertenecer a ese espacio sagrado más que cualquiera de nosotros.

Una mañana fría de invierno le pregunté directamente, “Carlo, ¿por qué vienes todos los días? Eres el único niño de tu edad que hace esto.

¿Podrías descansar más, jugar más? hacer lo que hacen los otros niños.

Me miró como si mi pregunta fuera la cosa más absurda del mundo.

Padre Yusepe, si usted supiera que Jesús viene a visitarlo personalmente todos los días, ¿no estaría ahí puntualmente para recibirlo? Yo no vengo a misa por obligación.

Vengo porque aquí está él y no hay nada en el mundo más importante que estar con él.

No había manera de discutir con esa lógica aplastante, pero lo que más me perturbaba, lo que más me incomodaba profundamente era la manera en que Carlo me miraba.

Cada vez que le daba la comunión durante aquellas misas matutinas, nuestros ojos se encontraban por una fracción de segundo.

Y en esa mirada yo sentía que Carlo podía ver dentro de mí, podía ver mis dudas, mis pecados escondidos, mis hipocresías cotidianas.

Yo predicaba sobre la fe desde el púlpito, pero en mi vida privada vivía con comodidad y mediocridad.

Mi fe se había convertido en algo profesional en mi trabajo, pero no era realmente mi vida de la manera en que era la vida completa de Carl y él lo sabía.

Nunca me lo dijo directamente, nunca me acusó de nada, pero yo podía ver en sus ojos una tristeza silenciosa cada vez que me miraba.

El día que cambió absolutamente todo, llegó sin ningún aviso.

Era noviembre de 2003.

Carlo tenía 12 años.

Yo estaba sentado en el confesionario un sábado por la tarde escuchando las confesiones habituales de los feligreses.

Escuché que alguien entraba del otro lado de la rejilla.

Reconocí la voz inmediatamente.

Era Carlos, Ave María purísima, sin pecado concebida.

Sin pecado concebida.

Respondí siguiendo el ritual.

¿Cuánto tiempo hace de tu última confesión, hijo? Hace dos semanas, padre, me confesé con el padre Marco.

¿Y qué te trae hoy? ¿Qué pecados necesitas confesar? Hubo un silencio largo, tan largo que pensé por un momento que Carlos se había ido.

Finalmente habló con una voz que temblaba ligeramente.

En realidad no vengo exactamente a confesarme de pecados, padre Yuspe.

Necesito decirle algo muy importante, algo que solo puedo decir aquí en confesión para que quede sellado por el secreto sacramental y nadie más pueda saberlo a menos que yo lo autorice.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Carlo, si es algo grave que te está preocupando, tal vez deberías hablar con tus padres primero.

No, padre, ellos no pueden entenderlo, excepto tal vez usted, porque usted me ha visto durante todos estos años.

Y sé, lo sé con certeza, que usted sintió algo extraordinario el día de mi primera comunión, algo que nunca ha mencionado a nadie, pero que no puede negar porque cambió algo dentro de usted.

Tragué saliva con dificultad.

Sí, Carlo, es verdad.

Recuerdo que sentí algo muy especial ese día.

No fue solo algo especial, padre Yusepe, fue una revelación y necesito contarle lo que Jesús me mostró ese día y lo que me sigue mostrando cada vez que recibo la comunión, le respondí con voz nerviosa, intentando mantener la calma.

Carlo, eres muy joven todavía.

A veces nuestra imaginación, especialmente cuando somos devotos y rezamos mucho, puede confundirnos y hacernos creer que experimentamos cosas que no son reales.

Su respuesta fue firme, sin ninguna duda.

Con todo respeto, Padre, eso no es verdad.

Dios habla como él quiere y a quien él quiere.

Le habló al profeta Samuel cuando era apenas un niño pequeño.

¿Por qué no podría hablarme a mí? ¿Acaso Dios está limitado por nuestra edad? tenía razón y yo lo sabía.

Está bien, Carlo, te escucho.

Cuéntame qué es lo que necesitas decirme.

Cuando recibo la comunión, Padre, no solo siento la presencia de Jesús dentro de mí.

Lo veo no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma.

Y él me habla, me dice cosas, me dice que el mundo entero ha olvidado lo que realmente sucede durante la misa, que las personas vienen por rutina, por costumbre, por obligación social, pero que no entienden realmente que están recibiendo al creador del universo entero dentro de sus cuerpos.

Me dice que necesito ayudar a la gente a recordar esta verdad, que ese es mi trabajo aquí en la tierra.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

Carl, ¿cómo puedes estar seguro de que es realmente Jesús quien te habla? ¿Cómo sabes que no es tu imaginación o incluso alguna influencia negativa tratando de engañarte? Porque me dice cosas que yo no podría saber, Padre, cosas específicas que luego resultan ser completamente verdad.

Por ejemplo, hace tres meses durante la comunión, Jesús me dijo que rezara especialmente por una señora llamada Beatriz Lombardi.

Me dijo que había perdido a su hijo en un accidente y que estaba perdiendo su fe en Dios por el dolor.

Yo no conocía a ninguna señora con ese nombre, pero le pregunté a mi mamá y ella me dijo que sí, que había una señora Beatriz Lombardi que solía venir a misa, pero que había dejado de venir hacía varios meses.

Entonces recé por ella todos los días durante un mes entero y hace dos semanas la vi.

Había vuelto a misa, se veía diferente, más en paz.

Después de la misa, me acerqué a ella y le dije que estaba muy feliz de verla de regreso.

Ella me miró sorprendida y me preguntó cómo sabía que había estado ausente.

Le dije que simplemente lo había notado.

Entonces ella comenzó a llorar ahí mismo frente a mí.

Me dijo que había decidido volver a la iglesia porque una noche había soñado con su hijo fallecido y en el sueño su hijo le había dicho que regresara a la iglesia.

que Jesús la estaba esperando en la Eucaristía, que ahí encontraría el consuelo que necesitaba.

No podía respirar.

Sentía que el pequeño confesionario se estaba cerrando sobre mí.

Esto estaba más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado en mis 25 años de ministerio sacerdotal.

Carlo, eso es absolutamente extraordinario, pero escúchame con atención.

Este tipo de experiencias místicas deben ser examinadas muy cuidadosamente por la Iglesia.

Tenemos protocolos establecidos para discernir si algo es realmente de origen divino o si puede tener una explicación natural, psicológica o incluso demoníaca.

Yo sé todo eso, padre Yusepe.

Lo he leído en los libros sobre los santos.

Por eso no se lo he dicho a nadie más, excepto a usted, porque necesito que alguien lo sepa, alguien que pueda ser testigo de lo que está sucediendo.

Porque Jesús también me dijo otra cosa muy importante.

Hizo una pausa larga antes de continuar.

Me dijo que mi tiempo aquí en la tierra va a ser corto.

¿Qué? Mi voz sonó mucho más alta de lo que pretendía.

¿Qué significa eso exactamente, Carlo? Significa que voy a morir joven padre.

No sé exactamente cuándo, pero sé que no voy a llegar a ser adulto.

Jesús me ha estado preparando para eso.

Me ha mostrado que mi misión en esta vida no es vivir muchos años.

Mi misión es vivir intensamente cada día, aprovechar cada comunión, cada momento con él y ayudar a las personas a entender lo que realmente significa la Eucaristía antes de que sea demasiado tarde.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera controlarlas.

Carlo, no puedes saber eso con certeza eres solo un niño.

Apenas tienes 12 años.

Tienes toda la vida por delante.

Vas a crecer.

Vas a estudiar, vas a tener una familia, vas a hacer tantas cosas maravillosas.

Padre Yusepe, por favor, no esté triste.

Morir no es el final de nada, es el comienzo de todo.

Es cuando finalmente vamos a ver a Jesús cara a cara, no solo en la Eucaristía, sino en su gloria completa.

Y si puedo usar mi vida, por corta que sea, para ayudar aunque sea a una sola persona a encontrar a Jesús en la Eucaristía, entonces todo habrá valido la pena completamente.

Entonces Carlo me hizo una petición que me partiría el corazón.

durante los siguientes 14 años.

Padre Yusepe, ¿me puede prometer algo muy importante? Lo que sea, Carlo, lo que necesites.

Cuando yo muera y ese momento va a llegar, vendrá el día en que todos van a querer saber quién fui realmente.

Van a hacer preguntas, van a investigar mi vida.

Y cuando eso suceda, necesito que usted cuente la verdad, toda la verdad.

Cuénteles sobre estas conversaciones que hemos tenido.

Cuénteles que Jesús es absolutamente real, que la Eucaristía no es solo un símbolo bonito o una tradición antigua.

Es él vivo, presente, esperando desesperadamente ser amado.

¿Me lo promete? Debería haber dicho que sí inmediatamente.

Debería haber honrado su petición sin ninguna duda.

Pero tuve miedo.

Miedo de las consecuencias.

Miedo de ser ridiculizado por otros sacerdotes, miedo de comprometer mi reputación y mi carrera en la iglesia.

Entonces dije algo que me avergüenza profundamente hasta el día de hoy.

Carlo, no podemos hablar de estas cosas a la ligera.

Si realmente crees que Dios te está hablando de manera tan extraordinaria, necesitamos documentarlo todo apropiadamente.

Necesitamos que expertos, teólogos y psicólogos lo evalúen.

No puedo simplemente ir por ahí contando historias extraordinarias sin pruebas concretas.

La gente pensaría que estoy loco.

Hubo un silencio tan largo del otro lado de la rejilla del confesionario que pensé que Carlos se había ido sin hacer ruido.

Finalmente habló y su voz sonaba triste pero comprensiva.

Está bien, padre.

Entiendo perfectamente.

Usted tiene miedo y yo lo perdono por ese miedo, pero algún día, cuando vea con sus propios ojos que todo lo que le dije era la verdad, espero sinceramente que encuentre el valor para hablar, porque la gente lo necesita.

Padre Yuspe.

El mundo entero necesita recordar.

Carlos salió del confesionario silenciosamente.

Yo me quedé allí sentado temblando de pies a cabeza.

Acababa de fallarle a un niño extraordinario que me había confiado algo profundamente sagrado.

Y lo peor de todo era que sabía en lo más profundo de mi ser que absolutamente todo lo que Carlo me había dicho era verdad.

Pero elegí la seguridad sobre la fe, elegí la prudencia sobre el coraje y esa elección cobarde me perseguiría como un fantasma durante los siguientes 18 años de mi vida.

Los años pasaron con su ritmo inevitable.

Carlos siguió creciendo, 13 años, 14, 15.

Su devoción eucarística nunca disminuyó ni un solo día.

Cada mañana seguía ahí, puntual, en la misa de las 6:30.

Pero algo fundamental había cambiado entre nosotros dos.

Había una distancia.

un espacio silencioso, como si Carlos supiera que yo había elegido no creer completamente en lo que me había confiado.

Y ese conocimiento tácito dolía muchísimo más que cualquier reproche directo.

En septiembre de 2006 noté que Carlo se veía diferente, más delgado, más pálido, con ojeras que no había tenido antes.

Cuando faltó a misa tres días consecutivos, algo que nunca había sucedido en todos esos años, supe inmediatamente que algo grave estaba sucediendo.

El cuarto día, Antonia vino a buscarme a la sacristía.

Tenía los ojos completamente rojos de haber llorado.

Padre Yuspe, es Carlos, está en el hospital.

Los doctores dicen que tiene leucemia, leucemia promielocítica, aguda.

Es muy agresiva.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

No, por favor.

Dios, no, Carlo, no, ese niño extraordinario.

Antonia continuó con voz quebrada.

Van a empezar quimioterapia inmediatamente, pero los doctores están muy preocupados.

El cáncer se ha extendido muy rápido.

Carl preguntó específicamente por usted.

¿Quiere que lo visite? ¿Podría ir al hospital? Por supuesto.

Iré inmediatamente hoy mismo.

Esa misma tarde fui al hospital San Gerardo de Monza.

Cuando entré a su habitación, Carlo estaba sentado en la cama conectado a varios tubos y máquinas.

Había perdido peso notablemente.

Las ojeras eran muy evidentes, pero cuando me vio entrar, sonríó con esa sonrisa luminosa que siempre había tenido.

Padre Yusepe, sabía que vendría a visitarme.

Me senté en la silla junto a su cama y tomé su mano con cuidado.

Carl, lo siento muchísimo.

Esto no es justo.

No deberías estar pasando por esto.

Él negó con la cabeza suavemente.

No hay nada que sentir, padre.

Esto es parte del plan de Dios.

¿Lo recuerda lo que le dije hace 3 años en el confesionario? Que mi tiempo sería corto.

Creo que ese tiempo está llegando a su fin.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro sin control.

Los doctores van a hacer absolutamente todo lo posible.

Puedes superar esto.

Eres fuerte.

Eres joven, padre Yusepe.

Por favor, no me mienta para intentar hacerme sentir mejor.

Los dos sabemos lo que está pasando y quiero que sepa que estoy completamente en paz con esto.

De hecho, estoy feliz, feliz porque finalmente voy a conocer a Jesús cara a cara.

He pasado toda mi vida recibiéndolo en la Eucaristía, pero muy pronto lo voy a ver realmente en su gloria total.

Le pregunté si tenía miedo de lo que venía, un poco del dolor físico.

Admitió con honestidad, pero si Jesús soportó toda la agonía de la cruz por mí, por amor a mí, yo puedo soportar este sufrimiento por amor a él.

Luego me hizo una petición que cumplí religiosamente.

Padre, cuando esté muy débil para poder ir a misa, podría traerme la comunión aquí al hospital.

No quiero pasar ni un solo día sin recibir a Jesús.

Le prometí solemnemente que lo haría.

y cumplí esa promesa.

Durante las siguientes tres semanas, cada mañana sin falta, iba al hospital antes de la misa.

Le daba la comunión en su habitación de hospital.

Esos momentos fueron los más profundamente sagrados de toda mi vida sacerdotal.

Ver a Carlo, demacrado por la quimioterapia, conectado a todas esas máquinas, recibir la Eucaristía con la misma devoción absoluta, con esa misma intensidad que había tenido desde sus 7 años.

Sus ojos brillaban con una luz que definitivamente no venía de este mundo.

Una mañana de principios de octubre, Carlo estaba especialmente débil.

Apenas podía mantener los ojos abiertos.

La quimioterapia no estaba funcionando.

El cáncer se había extendido demasiado rápido.

Los doctores ya habían hablado con sus padres.

Les habían dicho que se prepararan para lo peor, que era cuestión de días.

Cuando llegué esa mañana para darle la comunión, Carlo estaba despierto, pero apenas podía hablar.

Le di la Eucaristía con manos temblorosas.

Recé todas las oraciones habituales y cuando estaba a punto de despedirme para dejarlo descansar, él extendió su mano y agarró la mía con una fuerza sorprendente.

“Padre”, susurró con voz casi inaudible, “recuerda su promesa.

” “¿Qué promesa, Carlo?” La promesa que me hizo en el confesionario cuando le pedí que contara la verdad después de que yo muriera, mi corazón se hizo pedazos.

Carlo, por favor, no hables así.

Todavía hay esperanza.

Los doctores pueden encontrar otro tratamiento.

Él sonrió débilmente.

Padre Yusepe, los dos sabemos que eso no es verdad y está bien, estoy completamente listo.

Pero necesito saber si usted está listo.

¿Está listo para cumplir finalmente su promesa? No pude responder.

Las palabras literalmente no salían de mi garganta.

Carlo continuó con gran esfuerzo.

Padre, la gente va a preguntar sobre mí algún día.

Tal vez no inmediatamente, pero eventualmente van a querer saber.

Y cuando lo hagan, cuando llegue ese momento, necesito que les cuente todo sobre la Eucaristía.

Dígales que Jesús está realmente verdaderamente presente, que no es una metáfora poética, que no es un símbolo vacío.

Es él real vivo, esperándolos cada día.

Me lo promete esta vez.

De verdad lo miré directamente a los ojos y en esos ojos cansados, enfermos, moribundos, vi una luz que no tenía nada que ver con este mundo.

Vi su fe absolutamente inquebrantable.

Vi su amor puro y total.

Vi su completa entrega a Dios.

Y finalmente, después de años de miedo paralizante, encontré dentro de mí el coraje para decir lo que debería haber dicho desde el principio.

Te lo prometo, Carl.

Te lo prometo solemnemente.

Contaré la verdad, toda la verdad.

Carlos cerró los ojos y una expresión de paz profunda cubrió su rostro.

Gracias, padre Yusepe.

Ahora puedo irme completamente en paz.

Esa fue la última conversación que tuvimos.

Dos días después, el 12 de octubre de 2006, a las 6:15 de la mañana, Carlo Acutis falleció.

Tenía 15 años de edad.

La noticia me llegó mientras me preparaba para celebrar la misa matutina.

Antonia me llamó llorando desconsoladamente.

Se fue, padre, se fue en paz.

Estaba sonriendo.

Sus últimas palabras fueron sobre Jesús, sobre la Eucaristía.

Murió feliz.

Celebré la misa ese día con lágrimas corriendo libremente por mi rostro.

Los pocos fieles que estaban presentes no entendían por qué su sacerdote lloraba tan abiertamente.

No sabían que acababa de perder al ser humano más santo que había conocido en toda mi vida.

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La historia no termina aquí.

Después de la misa me quedé completamente solo en la iglesia vacía.

Me arrodillé frente al sagrario y por primera vez en toda mi vida sacerdotal sentí una rabia profunda, visceral contra Dios.

¿Por qué? ¿Por qué te llevas a un niño así? ¿Por qué permites que alguien con tanta fe, con tanto amor genuino muera tan joven? ¿Qué sentido tiene todo esto? Pero entonces, en medio de mi rabia y mi dolor, sentí algo, una presencia, la misma presencia exacta que siempre había sentido cuando le daba la comunión a Carlo.

Y con esa presencia vino un entendimiento que no llegó en palabras, sino en conocimiento puro, directo.

Carlo no había muerto.

Carlo había nacido.

había nacido finalmente a la vida eterna.

Y su muerte física no era un final trágico, era un comienzo glorioso, el comienzo de algo que cambiaría incontables vidas en todo el mundo.

Pero a pesar de ese momento de claridad, a pesar de mi promesa solemne, guardé silencio durante años, años de cobardía, años de excusas.

Me decía a mí mismo que era prudencia pastoral, que esperaba el momento correcto, pero en el fondo sabía la verdad.

Tenía miedo.

Miedo del ridículo, miedo de las consecuencias, miedo de comprometer mi carrera eclesiástica.

No fue hasta 14 años después, en octubre de 2020, cuando Carlo fue finalmente beatificado, que encontré el coraje para contar toda la verdad.

Escribí todo, cada conversación, cada momento extraordinario y se lo envié al postulador de la causa de beatificación.

Esperaba ser rechazado, ridiculizado, ignorado, pero lo que sucedió me dejó completamente asombrado.

Me llamaron personalmente, “Monseñor Ferretti.

Su testimonio es extraordinario y no es el único.

Hay otras personas, otros sacerdotes, que también presenciaron cosas inexplicables con Carlo, pero tenían miedo de hablar.

Usted acaba de confirmar lo que muchos sospechábamos.

Este niño fue un verdadero místico.

Hoy, 14 años después de su muerte, finalmente estoy cumpliendo completamente la promesa que le hice a Carlo Acutis.

Le estoy contando al mundo entero la verdad, la verdad de que presencié algo absolutamente extraordinario, de que un niño me mostró a Jesús de una manera que transformó completamente mi vida y mi sacerdocio, de que la Eucaristía es real, de que Dios sigue hablando hoy, de que los santos todavía caminan entre nosotros y de que a veces los maestros espirituales más profundos llegan en los paquetes más humildes e inesperados.

Ve a tocarlo a Cutis, ruega por nosotros.

Ruega especialmente por todos los sacerdotes y obispos que han visto tu luz, pero que tienen miedo de testificar.

Ruega para que encontremos el coraje que tú tuviste desde los 7 años.

El coraje de vivir radicalmente para Jesús, de amar sin medida ni cálculo, de creer sin reservas ni dudas y de nunca, nunca tener vergüenza del evangelio.

Yeah.