Un hombre que pasó 40 años convencido de que Dios no existía.

Una noche que destruyó todo eso.

Lo que están a punto de escuchar no tiene explicación racional.

Hay cosas que uno hace convencido de que no tienen consecuencias.

El 7 de octubre de 2025 preparé un ritual de burla frente a la imagen de Carlo Acutis y profané una Biblia con la misma calma con que uno prepara el café.

60 años.

Cuatro décadas de ocultismo en la Toscana.

Una reputación construida sobre una sola certeza.

No hay nadie mirando.

No hay nadie que responda.

El universo es perfectamente indiferente a lo que hagamos con papel y pigmento y palabras antiguas.

Eso creía yo esa mañana.

Esa misma noche, 8 horas después de terminar el ritual, estaba en el suelo de mi propio estudio, pronunciando una palabra que no había dicho desde los 12 años.

No voy a decirles todavía lo que pasó en esas 8 horas.

Primero necesitan entender quién era yo ese día.

Primero necesitan ver el ritual desde adentro, desde los ojos del hombre que lo preparó con total convicción de que no pasaría absolutamente nada.

Porque lo que Carlo Acutis le hizo a este brujo de 60 años en una noche no se entiende sin conocer las horas que vinieron antes.

Hoy voy a contarles cómo Carlo Acutis salvó mi vida.

Antes de seguir, necesito pedir una cosa importante.

Lo que voy a contar no es fácil.

No porque me dé vergüenza, aunque en los primeros meses sentí una vergüenza profunda, sino porque esto exige desmontar en voz alta la identidad que construí durante cuatro décadas.

exige admitir que me equivoqué, no en un detalle, en lo más fundamental.

Pasé 40 años convencido de que la fe era debilidad.

Vi familias romperse por diferencias que yo mismo alimenté con palabras bien colocadas, con conferencias, con textos.

Vi gente alejarse de lo único que podría haber sostenido la casa, porque yo entregué argumentos elegantes para que se fueran.

Hice eso con convicción real.

Lo hice creyendo de verdad que estaba ayudando.

Lo que aprendí aquella noche de octubre fue simple y brutal.

Cuando la fe dentro de una casa se debilita, algo se rompe.

No siempre se ve desde afuera porque la rutina continúa, el portón se abre, la cena sucede, los mensajes llegan, solo que por dentro la casa cambia de temperatura.

La conversación se vuelve logística, el silencio empieza a mandar.

El todo bien se convierte en contraseña para cerrar el tema y la distancia crece demasiado despacio como para que alguien tenga el valor de ponerle nombre.

Exales Sharply.

Yo vi eso durante años.

Yo lo vi y lo interpreté todo al revés.

Por eso existe algo que ustedes van a encontrar en el primer comentario fijado.

Una guía práctica con San Carlos Acutis para restaurar la unión y la fe en la familia.

No fue hecha para llenarte de teoría ni para hacerte parecer religioso.

Fue hecha para tocar lo que está pasando en la vida real de una casa.

Te conduce por pasos cortos para reabrir conversación sin que se vuelva pelea.

Traer el respeto de vuelta donde hoy solo existe tolerancia.

Romper el ciclo de frialdad que todo el mundo finge que no existe.

Volver a poner pequeñas prácticas de fe en lo cotidiano sin teatro y devolver un centro para que la familia deje de vivir solo apagando incendios.

Descarguen la hora en el primer comentario fijado.

Está disponible por tiempo limitado y se bajará pronto.

Si ya sientes que algo se está resquebrajando ahí dentro, no esperes el ruido de la ruptura para buscar aquello que en el fondo ya sabes que está faltando.

Me desperté el 7 de octubre de 2025 a las 6 de la mañana con la claridad específica de alguien que sabe exactamente lo que va a hacer ese día.

La Toscana en octubre amanece con niebla.

No es una niebla amenazante, sino suave, blanca, que se instala en los valles antes del amanecer y borra los bordes de las cosas hasta que el sol la va deshaciendo poco a poco.

Desde la ventana del dormitorio, los cipreses apenas se distinguían, siluetas oscuras en el blanco, y el valle entero parecía un boceto sin terminar.

Me quedé un momento mirando eso antes de levantarme, no por contemplación, sino por esa pausa automática de los hombres que van a hacer algo importante y el cuerpo registra el momento, aunque la mente no lo ordene.

Esta casa de piedra cerca de Siena lleva 20 años siendo mi espacio.

Paredes de medio metro de espesor que en verano guardan el fresco y en invierno guardan un frío que ninguna calefacción termina de resolver del todo.

un estudio grande con chimenea, donde he pasado la mayor parte de mi vida adulta leyendo, escribiendo, recibiendo clientes, practicando rituales.

Conozco cada piedra de ese estudio.

Conozco el sonido que hace la madera del suelo cuando cambia la temperatura, el crujido específico de la ventana norte cuando el viento sopla desde la sierra, la manera en que la luz de la chimenea mueve la sombra sobre las estanterías de libros.

20 años en un espacio te dan un conocimiento físico que va más allá de la vista.

El cuerpo aprende el lugar.

Los pies saben la distancia exacta entre la puerta y el sillón, sin que los ojos tengan que mirar.

Digo esto porque lo que sucedió esa noche en ese estudio que yo conocía mejor que ningún otro lugar del mundo no puede explicarse por desorientación en espacio ajeno.

Estaba en mi casa, en mi territorio, rodeado de 40 años de objetos conocidos y lo que llegó esa noche llegó de todas formas.

Bajé a la cocina y preparé café negro sin azúcar, como lo tomo desde hace décadas.

El café tiene un olor particular en las mañanas de niebla, más intenso, más denso, como si la humedad del aire lo concentrara.

Me lo tomé de pie frente a la ventana de la cocina, mirando el jardín donde los rosales de octubre tienen las últimas flores del año.

Flores más pequeñas y más oscuras que las de verano, como si la planta supiera que se acerca al frío y quisiera guardar energía.

Tenía cuatro testigos confirmados para la tarde.

Personas de mi círculo más cercano, hombres y mujeres que llevan años compartiendo mi manera de ver el mundo o que al menos así lo creían hasta esa noche, porque lo que pasó después cambió algo también en algunos de ellos, aunque esa es otra historia que no me corresponde contar.

Curious.

El ritual estaba planeado para las 3 de la tarde, 2 horas aproximadamente, tiempo suficiente para que los testigos se fueran antes del anochecer y yo me quedara solo en la casa con lo que quedara después, con lo que pensé que quedaría, que era nada, exactamente nada.

Tengo que explicarles por qué ese día específicamente, por qué Carlo Acutis, específicamente, cuando la Iglesia lo canonizó el 7 de septiembre de 2025.

Yo llevaba semanas siguiendo el proceso con la atención de alguien que estudia a su adversario, no con odio, sino con esa mezcla de fascinación intelectual y desprecio contenido que uno siente hacia algo que considera inferior, pero reconoce como influyente.

Un muchacho de 15 años muerto de leucemia, dos curaciones atribuidas a su intercesión que, según yo, tenían explicaciones médicas que la Iglesia prefería no buscar.

El primer santo millennial, lo llamaban, el patrono de la internet, un adolescente italiano exhibido en una urna de cristal como si su cuerpo fuera prueba de algo divino.

Para mí era prueba de una sola cosa, que la iglesia sabía muy bien cómo usar el marketing.

Lo dije en público.

Lo escribí en tres piezas largas que distribuí ampliamente.

Lo discutí en conferencias.

Tenía argumentos sólidos, datos precisos, la ironía que siempre había sido mi herramienta más efectiva.

Desmontaba cada milagro atribuido al muchacho con la eficiencia de 40 años de práctica.

El niño brasileño con el páncreas, la joven costarricense con la fístula cerebral, todo tenía explicación alternativa si uno buscaba con la metodología correcta lo que no tenía, y esto lo entiendo ahora con una claridad que entonces era completamente inaccesible para mí.

era la capacidad de ver lo que mis argumentos no podían ver.

Pero hay algo que sucedió antes del ritual que tengo que contarles, algo que en ese momento clasifiqué como irrelevante y que ahora sé que fue el último intento de algo de avisarme antes de que fuera demasiado tarde.

Un hombre vino a verme a principios de octubre sin cita previa.

Se llamaba Lorenzo, 75 años, pelo blanco, manos de hombre que ha trabajado toda la vida con ellas.

había venido una sola vez antes para una consulta menor y yo apenas lo recordaba.

Se sentó en el estudio sin que yo lo invitara y me miró con una directo.

He leído lo que escribiste sobre Carlo Acutis, dijo.

Mucha gente lo ha leído.

Dije, yo estuve en Campog Grande en 2013, dijo.

Estuve en la iglesia cuando el niño se curó.

En 40 años había escuchado cientos de testimonios de milagros.

Sabía exactamente cómo manejarlos.

Con cortesía, con la pregunta correcta que revela la grieta en el relato, con la explicación alternativa presentada con suficiente suavidad para que el interlocutor no se sienta atacado.

“Señor Lorenzo,” dije con mi voz de conferencia, “los testimonios de curación tienen una larga historia de estuve ahí”, me interrumpió.

Sin alzar la voz, sin agresividad.

Vi al niño antes y lo vi después.

Conozco a la familia.

No te estoy contando algo que leí.

Te estoy contando algo que vi con estos ojos.

Silencio.

Lo que vio puede tener explicaciones.

Dije.

Lorenzo me miró varios segundos sin decir nada.

Luego se levantó, se abotonó el saco con esa lentitud de hombre mayor que no tiene prisa y en la puerta se giró.

Reza antes de que sea tarde”, dijo.

Y se fue.

Me quedé sentado mirando la puerta cerrada.

Luego tomé el vaso de vino que tenía sobre la mesa y lo terminé y seguí con lo que estaba haciendo.

Pero algo en la mirada de Lorenzo quedó instalado en algún lugar que mis argumentos no alcanzaban.

Una incomodidad pequeña, casi imperceptible, que yo traduje como el efecto normal de un debate sin resolver.

Ahora sé que no era eso.

Ahora quiero preguntarles algo antes de seguir.

¿Alguna vez alguien que amaban o que respetaban les dijo una verdad en el momento exacto y ustedes la rechazaron completamente? ¿Y cuánto tiempo tardaron en entender que tenían razón? Déjenme su respuesta en los comentarios y díganme también desde qué ciudad o país están escuchando esto hoy.

También tengo que hablarles de Julia.

Julia es mi hermana menor, 6 años de diferencia y 40 años de distancia ideológica.

Devota de una manera que nunca fue ostentosa ni agresiva, una fe quieta, practicada en privado, que no necesitaba mi aprobación y que por eso mismo me irritaba más que si hubiera intentado convencerme.

Las personas que no necesitan convencerte de nada son las más difíciles de refutar.

Nos queríamos a nuestra manera complicada de hermanos que eligieron mundos opuestos.

Había temas que no tocábamos.

La religión era el principal de esos temas.

Julia me llamó el 8 de septiembre, el día después de la canonización de Acutis y rompió esa regla.

Davide, necesito pedirte algo.

Que pares con lo de Carlo Acutis.

Julia, llevo 40 años sabiendo exactamente lo que hago.

Silencio breve.

Luego reza antes de que sea tarde.

Y colgó.

Las mismas palabras de Lorenzo, exactamente las mismas, aunque ninguno de los dos podía saber que el otro las había dicho.

En ese momento lo archivé como coincidencia.

Ahora sé que no hay coincidencias de ese tipo.

Respondí a Julia de la única manera que sabía responder entonces, ignorándola y haciendo exactamente lo contrario de lo que me pedía.

Escribí más, argumenté más y cuando el desmontaje intelectual no me pareció suficiente, planeé el ritual.

Eso es lo que el orgullo hace.

No te protege, te empuja hacia dentro del problema.

Mis cuatro testigos llegaron a la 1 de la tarde.

Los conocía a todos desde hacía años.

Eran personas que compartían mi marco de pensamiento, que habían estado en mis conferencias, que habían leído mis textos y los habían encontrado convincentes, personas inteligentes, no fanáticos de ningún tipo, con sus propias vidas y sus propias razones para estar donde estaban ideológicamente.

whispers.

Los recibí en el estudio donde el ritual estaba preparado.

El espacio dispuesto con el rigor técnico que 40 años de práctica hacen automático.

Cada elemento en su lugar, cada objeto con su función.

La imagen de Carlo Acutis en el centro de la mesa de trabajo.

La Biblia abierta a su lado.

Uno de los testigos, una mujer llamada Paola, que lleva 15 años en mi círculo, se quedó mirando la imagen de Acutis un momento antes de sentarse.

¿Estás seguro de esto?, dijo.

La miré.

Paola no era una persona que cuestionara fácilmente.

Su pregunta me tomó un momento por sorpresa.

Completamente, dije.

Paola asintió y se sentó.

No volvió a preguntar.

Ahora pienso en ese momento y me pregunto qué vio Paola en esa imagen que la hizo dudar un segundo.

Me pregunto si ella también sintió algo que yo no estaba en condiciones de sentir todavía.

El ritual empezó a las 3 de la tarde en punto.

Voy a ser específico sobre lo que hice porque la especificidad importa, no para recrear el ritual ni para darle ningún tipo de instrucción a nadie, sino porque la precisión de lo que hice es parte de lo que hace inexplicable lo que sucedió después.

Soy un profesional, no un adolescente rebelde haciendo gestos simbólicos sin comprensión de lo que significan.

Cada elemento del ritual que preparé ese día tenía una función técnica dentro de mi sistema de conocimiento.

Cada palabra que dije tenía un peso específico dentro de ese sistema.

Lo hice con plena conciencia de lo que estaba haciendo, con plena intención, con la convicción absoluta de que demostraría de la manera más directa posible que no había nadie al otro lado que respondiera.

Tomé la Biblia, la profané de una manera que no voy a describir en detalle porque algunos detalles no necesitan reproducirse.

Me burlé de la imagen de Carlo Acutis.

Reté en voz alta a lo que según yo no existía, a que se manifestara si era tan poderoso como sus seguidores afirmaban.

Los cuatro testigos estaban en silencio, no de incomodidad, sino del silencio concentrado de personas que están observando algo con atención.

Cuando terminé, hubo un momento de quietud completa en el estudio.

Luego Paola dijo en voz baja, “Eso es todo.

Eso es todo dije.

Y en mi voz estaba la satisfacción tranquila de alguien que acaba de probar lo que quería probar.

Servívino.

Conversamos.

El fuego en la chimenea ardía con regularidad.

Afuera, la niebla de la mañana había desaparecido y la tarde era clara y dorada.

Todo exactamente como esperaba que fuera.

Los testigos se fueron a las 6 de la tarde.

Los acompañé hasta sus autos.

El aire de octubre olía a tierra húmeda y a hojas secas ese olor específico de la Toscana en otoño que llevo 20 años reconociendo como el olor de casa.

Los cipreses a los lados del camino de entrada estaban inmóviles en la tarde sin viento.

Paola fue la última en irse.

Se detuvo junto a su auto y me miró un momento antes de abrir la puerta.

Llámame si necesitas algo”, dijo.

Era una frase normal, el tipo de frase que se dice al despedirse.

Pero había algo en su tono que no era completamente normal, algo que registré y archivé inmediatamente sin darle más importancia.

Entré a la casa, cerré la puerta y me quedé solo.

El tiempo entre las 6 de la tarde y las 10 de la noche transcurrió exactamente como transcurren las tardes normales en esta casa.

Ordené el estudio con los movimientos automáticos de 40 años de práctica.

Apileé los objetos del ritual.

La imagen de Carlo Acutis quedó en el centro de la mesa donde la había puesto, mirando hacia arriba con esa expresión suya que yo había estudiado tantas veces, buscando en ella la manipulación y que no terminaba de verse manipulada, solo tranquila, solo eso.

Me hice pasta, la comí solo en la cocina con el libro que estaba leyendo esa semana, un ensayo sobre filosofía estoica que me había parecido relevante para algo que estaba escribiendo.

Lavé el plato, me serví vino, me senté en el sillón del estudio frente a la chimenea.

El fuego ardía.

Afuera los IPRES se movían ahora con el viento de la noche que baja de la sierra con más fuerza que el viento de día.

Pensé en lo que escribiría al día siguiente sobre el ritual, en el tono exacto que usaría, no triunfal, sino tranquilo.

La tranquilidad de alguien que hizo algo que ya sabía que iba a resultar exactamente como resultó.

Nada pasó.

exactamente como yo había dicho que pasaría.

Esa era mi prueba o eso creía.

Quiero hacer una pausa aquí porque lo que les estoy contando hasta ahora suena, lo sé, como exactamente el tipo de historia que yo habría desmontado con elegancia hace un año.

El brujo arrepentido que tuvo una crisis de conciencia y la convirtió en conversión.

Conozco ese argumento porque yo mismo lo construí varias veces aplicado a otras personas.

Lo que les pido es esto.

No descarten lo que viene antes de escucharlo.

No porque yo lo diga, sino porque soy precisamente el tipo de persona que más razones tenía para no cambiar.

60 años, cuatro décadas de sistema construido para resistir exactamente esto.

No soy una persona sugestionable ni una persona en crisis buscando refugio emocional.

Soy un hombre que esa noche encontró algo que no cabía en ninguno de sus sistemas.

Y eso, para alguien que construyó su identidad entera sobre la capacidad de colocar todo en un sistema, fue lo más aterrador de todo.

Síganme un poco más.

A las 9 de la noche subí al dormitorio.

El dormitorio está en el segundo piso, al final del pasillo.

Una habitación sencilla con una cama grande, una mesita de noche, un ropero de madera vieja que vino con la casa.

La ventana da al jardín trasero, donde en primavera florecen las glicinas y en octubre solo quedan los tallos secos enrollados en la reja.

Me lavé los dientes, me cambié, apagué la luz de la mesita y me quedé en la oscuridad mirando el techo con la satisfacción tranquila de un día que resultó como debía resultar.

Me dormí rápido.

Siempre me duermo rápido.

Es una de esas características físicas que no tienen mérito personal.

Simplemente el cuerpo cae cuando la cabeza toca la almohada.

A las 10:30 me desperté.

No sé qué me despertó.

No fue un sonido específico, no fue una pesadilla, fue simplemente el despertar repentino de alguien que pasó de dormido a completamente despierto sin el proceso intermedio normal.

Me quedé móvil en la cama.

El cuarto estaba oscuro.

El viento de la noche movía algo afuera, una rama contra la ventana, quizás ese sonido intermitente de cosas que rozan.

Y entonces sentí algo que no tiene nombre en ningún sistema de conocimiento que yo manejaba.

No voy a contarles todavía lo que fue ese algo.

Eso viene en la segunda parte.

Lo que sí quiero que entiendan ahora, antes de que terminemos aquí es esto.

En 40 años de práctica ocultista encontré muchas cosas, cosas que otros habrían llamado sobrenaturales y que yo siempre encontré manera de clasificar, de archivar, de colocar dentro del sistema.

Siempre.

Esa noche fue diferente.

Lo que empezó a las 10:30 del 7 de octubre de 2025 no cabía en ningún archivo, no cabía en ninguna clasificación, no cabía en ninguno de los 40 años de herramientas que yo tenía.

Y en las 8 horas que siguieron, capas que tardé cuatro décadas en construir, se fueron deshaciendo una por una con una precisión que incluso en el momento en que lo vivía, reconocí como quirúrgica.

Lo que Carlo Acutis le hizo a este brujo de 60 años en una noche, no lo habría creído si alguien me lo hubiera contado antes de virlo.

Ahora sé que es exactamente lo que pasa cuando uno reta a algo que existe de verdad.

No se vayan.

A las 10:30 me desperté y el cuarto no era el cuarto.

No de la manera en que uno se desorienta al despertar en un lugar nuevo.

Era mi cuarto.

Reconocía el techo, la ventana, el ropero de madera vieja en la esquina.

Todo estaba en su lugar.

Todo era exactamente como debía ser.

Y sin embargo, algo había cambiado en el aire del cuarto de una manera que no tenía explicación física.

Me quedé inmóvil.

Eso es lo primero que hace el cuerpo cuando detecta algo que la mente todavía no ha procesado.

Se queda completamente inmóvil, como los animales en el campo cuando sienten algo antes de verlo.

40 años de práctica ocultista te entrenan para reconocer ese instinto y no descartarlo.

Te entrenan para escuchar lo que el cuerpo detecta antes de que la mente lo nombre.

Escuché, no había sonido.

Eso era parte de lo que estaba mal.

El viento que había estado moviendo la rama contra la ventana había parado.

Los cipreses afuera estaban en silencio.

El mundo entero parecía haber detenido la respiración.

Me senté en la cama y fue en ese momento, con los pies todavía bajo las cobijas y las manos apoyadas en el colchón a los lados, que lo sentí por primera vez con claridad.

Una presencia.

Sé como suena.

Es a palabra.

La he escuchado cientos de veces en boca de clientes que venían a contarme sus experiencias y a quienes yo escuchaba con la atención profesional de alguien que sabe que lo que están describiendo es el cerebro construyendo narrativas sobre sensaciones que tienen explicaciones mucho más mundanas.

Presencia, la palabra que usan las personas cuando sienten algo que no saben nombrar de otra manera.

Esa noche yo era esa persona y lo que sentía no era el cerebro construyendo narrativa, era algo que llenaba el cuarto de una manera que no era amenazante, sino que era, y esta es la única palabra que tengo, completamente real.

Me levanté, encendí la luz, el cuarto estaba vacío, por supuesto que estaba vacío.

Las luces resuelven los miedos nocturnos de los niños, porque en la oscuridad la imaginación llena los espacios.

Eso me dije.

Me até la bata, bajé a la cocina, me serví agua, bebí de pie frente a la ventana mirando el jardín oscuro.

Todo en silencio, todo en orden.

Volví al dormitorio, apagué la luz, me metí en la cama.

La presencia seguía ahí.

Lo que sucedió en la hora siguiente no lo voy a describir en su totalidad.

No porque quiera crear suspenso artificial, sino porque hay partes que se vuelven menores y distorsionadas cuando se las convierte en palabras.

Lo que puedo contarles son los contornos y los contornos son suficientes para entender lo que estaba pasando.

Empezó con el frío.

No el frío de la temperatura del cuarto, que era el frío normal de una casa de piedra de la Toscana en octubre.

Era un frío diferente, más interior, como si la temperatura bajara desde adentro hacia afuera en lugar de hacerlo al revés.

Un frío que no respondía a la cobija, un frío que se instalaba en los huesos con una precisión que reconocí incluso mientras lo vivía, como algo que iba con intención a algún lugar específico.

Me levanté otra vez, revisé la calefacción, funcionaba correctamente.

Revisé las ventanas cerradas.

Revisé el termómetro del pasillo.

18 ºC, que era la temperatura normal de la casa.

Saora 18 gr.

Y yo temblando.

Bajé al estudio.

No sé exactamente por qué bajé al estudio.

No fue una decisión que recuerde haber tomado conscientemente.

Fue más como el cuerpo moviéndose hacia algo antes de que la mente terminara de formular la pregunta.

El estudio estaba oscuro.

El fuego de la chimenea se había apagado y quedaban solo las brasas.

Un resplandor rojo y naranja que daba al cuarto una luz irregular y baja.

La imagen de Carlo Acutis seguía en el centro de la mesa donde la había dejado.

En esa luz de brasas, el rostro del muchacho en la imagen tenía una calidad diferente a como lo había visto durante el día.

No diferente de manera amenazante, diferente de manera que no sé describir mejor que como más presente.

Me quedé en la puerta del estudio sin entrar y entonces empezaron las memorias.

No fueron alucinaciones, no fueron imágenes proyectadas en la pared ni voces que me hablaran, fueron memorias, memorias específicas, detalladas, de momentos concretos de los últimos 40 años que yo no había elegido recordar y que llegaron con una intensidad que no tenía nada de la calidad difusa del recuerdo normal.

La primera fue una mujer, se llamaba Elena.

vino a consultarme hace 15 años cuando acababa de perder a su hijo de 23 años en un accidente.

Vino buscando algo, cualquier cosa, algún sistema que le diera sentido a lo que había pasado.

Tenía 48 años y los ojos de alguien que ha estado llorando durante semanas sin poder parar.

Yo le di lo que tenía para dar, un sistema filosófico que explicaba la muerte como transición natural dentro de un universo indiferente, sin culpa, sin juicio, sin la promesa de reencuentro que ella tal vez necesitaba, pero que yo consideraba una ilusión piadosa y por lo tanto una deshonestidad intelectual.

Le di herramientas para aceptar, para soltar, para seguir.

Elena se fue de mi estudio con ese sistema bien explicado y perfectamente construido.

Y lo que la memoria me mostró esa noche, con una claridad que no había tenido en 15 años, fue su espalda al salir por la puerta, sus hombros, la manera en que cargaba el cuerpo de alguien a quien acaban de confirmarle que no hay nadie al otro lado, que su hijo simplemente no está, que el amor que ella sentía era neurología y nada más.

La segunda memoria fue una familia, un matrimonio con tres hijos adolescentes que vino a verme hace unos años porque el padre quería entender el ocultismo desde adentro, decía él.

Quería tener argumentos para discutir con el mundo.

Pasó dos años asistiendo a mis conferencias y leyendo mis textos y aplicando mi manera de ver el mundo a su vida familiar con la entrega de alguien que encontró finalmente el sistema que buscaba.

Dos años después, su esposa me llamó para decirme que se estaban separando, que la distancia entre ellos había crecido de una manera que ninguno de los dos sabía cómo explicar, que los hijos estaban mal, que algo se había roto.

Yo le dije que esas cosas pasan, que no había relación causal entre lo que su marido había aprendido conmigo y lo que estaba pasando en su familia.

Lo dije con convicción.

Lo dije porque lo creía.

La memoria me mostró su voz, el tono de su voz, el tono de una mujer que está mirando los escombros de algo y no entiende cuándo exactamente empezó a derrumbarse.

Hubo más memorias, más rostros, más voces, cada una un momento específico donde yo había dado algo que parecía ayuda y que ahora, visto con estos ojos, se veía de otra manera completamente.

No era culpa lo que sentía, era algo más cercano a claridad.

Una claridad que dolía precisamente porque era clara y no dejaba espacio para la defensa ni para la reinterpretación.

Eran las 2 de la madrugada cuando entré al estudio.

Me senté en el suelo, no en el sillón, sino en el suelo, que no era algo que hiciera nunca, pero las piernas simplemente no me llevaron hasta el sillón y el suelo estaba ahí.

La imagen de Carlo Acutis en la mesa frente a mí, las brasas de la chimenea dando esa luz baja e irregular, el frío que seguía en los huesos, aunque la calefacción marcara 18 ºC, y la presencia que no había desaparecido en ningún momento desde que me desperté a las 10:30, que estaba ahí con esa constancia que no era amenaza, sino que era algo para lo que no tenía palabra todavía.

Miré la imagen en 40 años de práctica ocultista.

Había mirado miles de imágenes religiosas con los ojos del profesional que busca en ellas la construcción, la manipulación, el mecanismo psicológico que las hace efectivas sobre las personas susceptibles.

Siempre encontré lo que buscaba.

Siempre pude señalar exactamente cómo funcionaba el mecanismo.

Esa noche miré la imagen de Carlo Acutis y no encontré el mecanismo.

Solo encontré el rostro de un muchacho de 15 años que murió de leucemia.

con una expresión que no era la expresión de alguien que sabe que va a ser santo, era la expresión de alguien que está contento de estar donde está, contento de verdad, sin construcción, sin intención de impresionar a nadie.

Y en ese momento, sentado en el suelo frío de mi estudio a las 2 de la madrugada, algo que había estado apretado durante 40 años empezó a ceder.

No de golpe, en capas, una por una.

La capa del sistema filosófico que explicaba todo.

La capa de la ironía que mantenía a distancia lo que no podía controlar.

La capa de la identidad construida sobre la certeza de que no había nadie mirando.

La capa del orgullo de 40 años que me decía que yo veía más claro que los que creían.

Una por una, con una precisión que reconocí incluso mientras lo vivía, quirúrgica, sin apresuramiento, como si algo supiera exactamente el orden en que tenían que caer para que lo que estaba debajo pudiera respirar.

Y entonces llegó el ápice.

No fue dramático.

No fue la voz del cielo, ni la luz cegadora, ni nada de lo que las películas han enseñado a esperar de los momentos de conversión.

Fue algo más pequeño y más devastador que todo eso.

Fue simplemente esto.

En el silencio del estudio, con las brasas casi apagadas y el frío en los huesos y 40 años de certezas deshaciéndose en capas, entendí con una claridad que no venía de mi razonamiento, sino de algo más hondo que todo mi razonamiento, que me había equivocado.

No en detalles, no en argumentos específicos que pudieran corregirse y reconstruirse.

Me había equivocado en la premisa fundamental, en el principio de todo, en la convicción de que no había nadie mirando.

Había alguien mirando.

Lo supe en ese momento con la misma certeza con que sé que tengo 60 años, con que sé que esta es mi casa, con que sé mi propio nombre.

No como conclusión de un razonamiento, en como hecho.

Y desde ese lugar, desde ese suelo frío en la madrugada de octubre, con la imagen de un muchacho de 15 años frente a mí, salió una palabra que no había pronunciado desde los 12 años.

Jesús.

La dije en voz baja primero, luego más fuerte, luego de rodillas, con las manos sobre la imagen de Carlo Acutis, llorando de una manera que no recordaba desde la infancia, que no era tristeza, sino su opuesto exacto, algo para lo que no tenía nombre todavía, pero que llenaba el espacio donde antes estaba el vacío de 40 años.

Eran las 4:17 minutos de la madrugada del 8 de octubre de 2025.

Afuera, los tipreses habían vuelto a moverse con el viento.

Me quedé en el suelo del estudio hasta que empezó a clarear.

No rezando exactamente porque no sabía cómo rezar.

Hacía 48 años que no rezaba y las palabras no estaban donde las había dejado, pero sí en silencio.

En un silencio que era diferente de todos los silencios que había tenido en ese estudio, diferente porque no estaba solo en él.

Cuando la primera luz del amanecer empezó a entrar por la ventana del estudio, tomé el teléfono que había dejado sobre la mesa la noche anterior y llamé a Julia.

Eran las 6 de la mañana, contestó al primer tono, como si hubiera estado despierta, como si hubiera estado esperando.

No dije nada durante varios segundos.

Ella tampoco.

Luego dije, “Julia.

” Y ella dijo, “Lo sé, Davide.

Así de simple, sin triunfo, sin Te lo dije, sin ninguna de las cosas que yo en su lugar probablemente habría dicho.

Solo lo sé con esa voz suya de persona que llevaba semanas rezando por su hermano terco de 60 años.

Rezaste por mí, dije toda la noche, dijo.

No respondí, no porque no tuviera que decir, sino porque lo que tenía que decir no cabía en palabras todavía y Julia lo sabía y por eso no me las pidió.

“¿Puedes venir?”, dije finalmente, “Ya voy.

” Dijo Julia llegó a las 10 de la mañana con su auto pequeño y una bolsa con pan, fruta y café, como si supiera que yo no había comido nada desde la tarde anterior, que era la verdad.

La vi llegar desde la ventana del estudio donde me había quedado sentado con la taza de café que me había preparado solo, pero que no había tocado.

La vi bajar del auto con esa manera suya de moverse, tranquila y sin prisa, con la bolsa en una mano y las llaves en la otra.

Abrí la puerta antes de que tocara.

Nos miramos un momento en el umbral.

Julia tiene 54 años y tiene los ojos de nuestra madre y una manera de mirar que siempre me pareció demasiado directa y que esa mañana era exactamente lo que necesitaba.

No dijo nada.

Entró, puso la bolsa sobre la mesa de la cocina, sacó el pan, la fruta, el café.

Se movió por mi cocina con la naturalidad de alguien que conoce el espacio, aunque no haya estado en él en meses.

Me senté en la mesa.

Julia puso el café a calentar.

y se sentó frente a mí.

Y entonces sí me miró de frente con esa mirada directa que ya no me molestaba y dijo, “Cuéntame.

” Le conté todo desde las 10:30 en que me desperté hasta las 4:17 en el suelo del estudio, sin omitir nada, sin suavizar nada, con la misma precisión con que durante 40 años había contado otras cosas, pero desde un lugar completamente diferente.

Julia escuchó sin interrumpir.

con esa atención quieta suya que no juzga ni apresura.

Cuando terminé hubo silencio.

Luego ella dijo, “Carlo Acutis reza por los que nadie más está rezando.

Lo dijo simplemente como un hecho.

Como quien dice, el cielo está nublado o el café está listo.

¿Cómo lo sabes?”, dije.

Porque rezó por ti, dijo.

Y porque yo llevo tres meses pidiéndole que lo hiciera.

Me quedé mirándola.

Tres meses desde que empecé a escribir sobre la canonización.

Tres meses de Julia rezando en silencio por su hermano, que públicamente se burlaba de lo que ella más amaba, pidiéndole a un muchacho de 15 años que intercediera por alguien que no merecía esa intersión.

Ese es el tipo de amor que yo no merecía y que recibí de todas formas.

El café se enfrió en la taza mientras hablábamos.

hablamos durante horas, no solo de esa noche, sino de todo lo que había llevado a esa noche, del camino de 40 años, de las personas a las que había alejado de algo que podría haberla sostenido, de Elena y su espalda al salir por la puerta, de la familia que se fragmentó, de Lorenzo que vino sin cita previa y me dijo, “Reza antes de que sea tarde.

” Y yo lo ignoré.

Julia escuchó todo sin interrumpir, sin absolver ni condenar, solo escuchando con esa capacidad suya de recibir lo que uno necesita decir sin convertirlo en otra cosa.

En algún momento le pregunté qué hacía ahora alguien en mi situación, no en términos abstractos, sino en términos prácticos, concretos.

¿Qué hacía un hombre de 60 años que pasó 40 en el ocultismo y que esa mañana se encontraba en un territorio completamente desconocido, sin mapa ni brújula? Julia pensó un momento.

Lo primero dijo, es no apresurarse.

Lo que pasó anoche no necesita resolverse en una mañana.

Y lo segundo, hablar con alguien que sepa escuchar esto sin asustarse.

Un sacerdote.

Un sacerdote, dijo.

La palabra sonó rara en mi boca.

Rara no de manera negativa, sino de manera nueva.

Como una palabra que uno conoce desde siempre, pero que de pronto tiene un significado que no tenía antes.

¿Sabes de alguno? Dije.

Julia sonrió.

Era la primera sonrisa de esa mañana, pequeña y sin aspavientos, la sonrisa de alguien que estaba esperando esa pregunta desde hace tiempo.

C de uno dijo.

Afuera la Toscana de octubre estaba tranquila y dorada.

esa luz particular del otoño que lo hace todo parecer un poco más nítido, un poco más real, como si el aire se hubiera limpiado de algo.

Los cipreses inmóviles en la mañana sin viento, el jardín con los rosales de las últimas flores del año.

Me levanté y me acerqué a la ventana.

20 años mirando este jardín desde esta ventana.

20 años en esta casa de piedra construyendo lo que construí.

Y esta mañana el jardín se veía exactamente igual que siempre.

y completamente diferente al mismo tiempo, de esa manera en que las cosas se ven diferentes cuando uno cambia los ojos con que las mira.

Julia se acercó y se paró a mi lado.

Estuvimos así un momento en silencio mirando el jardín.

Hermano y hermana, 6 años de diferencia y 40 años de distancia, que esa mañana se sentían más pequeños de lo que se habían sentido en décadas.

¿Tienes miedo?, dijo Yulia.

Pensé en la pregunta de verdad antes de responder.

No dije.

Y eso es lo más extraño de todo.

Debería tener miedo.

No sé nada de lo que viene.

No sé cómo funciona nada de esto.

No tengo ningún mapa para donde estoy ahora.

Y y no tengo miedo.

Dije, por primera vez en mucho tiempo.

No tengo miedo de nada.

Julia asintió despacio, como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar.

Eso dijo, es lo que pasa cuando uno deja de cargar solo lo que no estaba hecho para cargarse solo.

Me quedé pensando en esa frase un momento, 40 años cargando solo un peso que no estaba hecho para cargarse solo.

40 años construyendo sistemas para no necesitar nada de lo que esa mañana, parado frente a esta ventana con mi hermana al lado, reconocía como lo único que importaba de verdad.

Hay una última cosa que quiero contarles antes de terminar.

Esa tarde, después de que Yulia se fue, entré al estudio y me quedé parado frente a la imagen de Carlo Acutis, que seguía en el centro de la mesa donde la había puesto el día anterior para el ritual.

La miré durante un tiempo largo.

Un muchacho de 15 años, primer santo millennial, lo llaman, patrono de la internet.

Murió de leucemia en 2006 con una serenidad que sus propios médicos describieron como inexplicable para alguien de su edad en esa situación.

construyó un sitio sobre milagros eucarísticos porque quería que la gente supiera que Dios existe y actúa en el mundo.

Lo hizo con la misma naturalidad con que otro chico de su edad habría construido cualquier otra cosa.

Yo pasé meses buscando en su historia la manipulación, la construcción deliberada, el mecanismo, buscando con la precisión de 40 años de práctica.

No la encontré porque no estaba ahí.

Lo que estaba ahí era simplemente esto, un muchacho que creyó de verdad, que vivió de acuerdo con lo que creía y que murió como vivió, sin complicación, sin artificio, con esa expresión en el rostro que yo no podía nombrar cuando empecé esta historia y que ahora sé nombrar perfectamente.

Paz.

Eso es lo que tiene en el rostro.

Paz de verdad.

No la paz de alguien que decidió no pensar en las cosas difíciles, sino la paz de alguien que pensó en todas las cosas difíciles y encontró algo que la sostiene.

Tomé la imagen entre las manos.

Gracias, dije.

Dos palabras, las más simples, las únicas que tenía.

Las puse sobre la repisa de la chimenea, donde antes había una figura de mi práctica ocultista que esa tarde retiré sin ceremonia y guardé en una caja en el armario del pasillo.

La imagen de Carlo Acutis en la repisa de la chimenea.

El fuego recién encendido, la tarde de octubre entrando por la ventana.

Esta casa de piedra que lleva 20 años siendo mi espacio, sigue siendo mi espacio.

Pero esta mañana de enero de 2026, cuando miro al estudio desde la cocina donde estoy preparando el café, se siente diferente.

Se siente como un lugar donde algo terminó y algo empezó en la misma noche.

No sé todavía todo lo que viene.

No tengo mapa completo.

Estoy aprendiendo a moverme en un territorio que lleva 60 años siendo ajeno para mí y que de alguna manera desde esa madrugada de octubre ya no lo es.

Lo que sí sé es esto.

Hay alguien mirando.

Siempre hubo alguien mirando.

Y yo tardé 60 años y una noche de 8 horas en saberlo.