Mi nombre es Gabriel Martonelli, tengo 68 años y durante 42 años he trabajado en el mismo kosco en la vía Purpora en Milán.

Pero jamás he vivido nada igual como aquel lunes en que ese joven de 15 años me compró una Biblia.
72 horas de morir.
Lo que ocurrió después no tiene explicación lógica.
He vendido miles de revistas, cigarrillos, billetes de lotería y tarjetas telefónicas.
He visto pasar a cientos de personas cada día, estudiantes apurados, ancianos que compran el periódico todas las mañanas y hombres de negocios que pasan corriendo por un café y el corriere de la cera.
Después de tantos años en este pequeño rectángulo de metal y vidrio, he aprendido a no involucrarme demasiado, a mantener las transacciones breves, a sonreír educadamente, pero sin compromiso, a no recordar nombres ni historias.
Es más fácil así, menos doloroso, pero hay un rostro que nunca podré olvidar.
Un chico de 15 años que entró a mi kiosco el Asmient.
9 de octubre de 2006.
y me pidió algo que nadie había pedido en décadas, una Biblia.
No lo sabía entonces, pero ese encuentro de apenas 20 minutos cambiaría mi vida para siempre, porque 72 horas después ese muchacho estaría muerto y yo descubriría que había estado frente a alguien que conocía exactamente lo que estaba por suceder.
No solo su propia muerte, también algo sobre mí que era imposible que supiera.
Déjenme llevarlos a ese día.
Era un lunes por la tarde.
Octubre en Milán tiene esa luz particular que me gusta, dorada pero fría, como si el sol luchara por calentar un mundo que ya se prepara para el invierno.
Mi kiosco está en una esquina transitada cerca de la estación de metro de Loreto.
Es un lugar donde la gente pasa rápido, siempre con prisa.
Nadie se detiene realmente.
Compran lo que necesitan y siguen.
El tráfico en vía porpora es constante.
Coches, motos, tranvías que pasan cada pocos minutos con ese sonido metálico característico.
El olor a café viene de la cafetería de la esquina mezclado con el escape de los autobuses.
Es Milán en su forma más cruda, urbana, impersonal, ruidosa.
Mi kiosco es una burbuja pequeña en medio de ese caos.
3 m²ad de metal y vidrio donde paso la mayor parte de mi vida.
Conozco cada centímetro de ese espacio.
El mostrador rallado por años de monedas deslizándose, la máquina registradora que a veces se atasca.
Los estantes donde apilo las revistas siempre en el mismo orden.
Es mi refugio y mi prisión al mismo tiempo.
Ese día había sido como cualquier otro.
aburrido, rutinario, predecible.
Había vendido los periódicos de la mañana a los mismos clientes de siempre.
El señor Rosini, que compra la gaceta todos los días y nunca dice más de dos palabras.
La señora Bianchi, que siempre pide Il Corriere y una revista de crucigramas.
Un estudiante joven que compró cigarrillos con monedas contadas una por una.
Tres paquetes de chicles, dos tarjetas de recarga, una revista de coches, rutina, mecánica, automática.
Eran cerca de las 5 de la tarde cuando lo vi llegar.
La luz ya comenzaba a declinar.
Las sombras se alargaban en la calle.
El aire se había enfriado.
Al principio no le presté mucha atención.
Era solo otro chico, delgado, con jeans y una sudadera.
azul oscuro.
Llevaba una mochila al hombro.
Caminaba despacio, mirando hacia mi kiosco con una expresión que me pareció curiosa.
No era la mirada de alguien que busca algo específico.
Era más bien como si estuviera decidiendo si entrar o no.
Finalmente se acercó.
“Buenas tardes”, me dijo con voz suave.
Lo miré mejor.
Tenía el cabello castaño oscuro, un poco despeinado.
Sus ojos eran lo más notable.
oscuros, profundos, pero con una claridad extraña, como si vieran más allá de lo que estaba frente a ellos.
Y había algo más, una serenidad que no es normal en un adolescente.
Los chicos de esa edad suelen ser inquietos, nerviosos, llenos de energía contenida, pero él no.
Él parecía estar en paz absoluta.
Buenas tardes, le respondí.
¿Qué necesitas? Y entonces dijo algo que me tomó completamente por sorpresa.
¿Tiene alguna Biblia para vender? Me quedé mirándolo.
Una Biblia en un kosco de periódicos.
No era la primera vez que alguien pedía algo inusual.
Una vez un turista japonés me preguntó si vendía bonsai.
Otra vez una señora mayor quiso comprarme las flores decorativas que tengo en la ventana.
Pero una Biblia, eso sí que era nuevo.
“Mira, chico,” le dije mientras me rascaba la cabeza.
No suelo tener esas cosas.
Tengo revistas, periódicos, crucigramas, pero libros religiosos no.
Él asintió como si esperara esa respuesta.
¿Estás seguro? A veces los kioscos tienen libros en la parte de atrás, cosas que quedaron de hace tiempo.
Tenía razón.
En la parte trasera de mi kiosco había cajas con mercancía vieja, cosas que nunca vendí.
Recuerdos de décadas atrás cuando los kioscos vendían más variedad.
“Dame un momento”, le dije.
Empecé a revisar las cajas polvorientas apiladas detrás del mostrador, revistas amarillentas de los años 80, calendarios viejos, mapas desactualizados.
Y entonces, en una caja que no había abierto en años, las encontré.
Tres biblias.
Estaban en buen estado, considerando el tiempo que llevaban allí.
Una era grande, de tapadura color vino, otra más pequeña de bolsillo con cubierta negra y la tercera era de tamaño mediano con una portada simple de color azul claro.
La saqué y las puse sobre el mostrador.
El polvo se elevó cuando las coloqué.
“¡Increíble!”, dije medio riendo.
“Tenías razón.
” Aquí hay tres.
El chico se acercó y las miró con atención.
No las tocó de inmediato, solo las observó durante unos segundos, como si estuviera evaluando algo que yo no podía comprender.
Luego extendió la mano y tomó la azul claro.
La abrió con cuidado.
Pasó algunas páginas lentamente.
Sus dedos se movían con delicadeza, como si estuviera tocando algo sagrado.
¿Cuánto cuesta? Me preguntó sin levantar la vista del libro.
Honestamente, no tenía idea.
Nunca había vendido una Biblia en mi vida.
No sabía cuánto valían, cuánto tiempo llevaban allí y cuánto habían costado originalmente.
10 € le dije al azar.
Era un precio justo para un libro usado.
Él levantó la mirada y me sonríó.
Era una sonrisa extraña, no alegre exactamente, sino más bien llena de una paz profunda, como si supiera algo que yo no sabía.
Perfecto, dijo, “me la llevo.
” Pero mientras rebuscaba en su mochila para sacar el dinero, dijo algo que me hizo detenerme.
¿Sabe? Esta Biblia es para alguien especial, alguien que realmente la necesita.
Asentí sin darle mucha importancia.
Claro, claro, seguro.
Los chicos a veces dicen cosas así.
Pensé que tal vez era un regalo para alguien, un familiar, un amigo.
No le di más vueltas, pero entonces pasó algo que no puedo explicar, algo que en ese momento pareció insignificante, pero que después cobraría un significado aterrador.
El chico me miró directamente a los ojos y dijo, “Usted tiene una hija, ¿verdad?” Me quedé helado.
El corazón me dio un vuelco.
¿Cómo sabía eso? No llevaba fotos en el kosco.
Hacía años que me había quitado el anillo de bodas después de enviudar.
No había nada visible en mí que indicara que era padre.
Ningún detalle personal decoraba mi pequeño espacio de trabajo.
Era solo un vendedor anónimo más en una ciudad de millones.
Sí, respondí lentamente, sintiendo como la desconfianza se mezclaba con la curiosidad.
¿Cómo lo sabes? no respondió a mi pregunta.
Sus ojos seguían fijos en los míos con una intensidad gentil pero penetrante.
Solo siguió hablando con esa voz suave que parecía venir de un lugar muy profundo.
Ella está pasando por algo muy difícil, algo relacionado con su salud.
El aire se escapó de mis pulmones.
Sentí que el kiosco se achicaba a mi alrededor.
Mi hija Martina tenía 32 años y estaba muriendo.
Cáncer de páncreas en etapa cuatro.
Los médicos le habían dado semanas, tal vez un mes, si tenía suerte.
Llevaba meses luchando.
Tratamientos agresivos que le robaban el cabello y el color de la piel.
quimioterapia que la dejaba tan débil que apenas podía levantarse.
Cirugías exploratorias que no revelaban nada esperanzador, todo lo que la medicina moderna podía ofrecer.
Nada funcionaba.
El tumor seguía creciendo como una sombra oscura, devorando su cuerpo desde adentro.
Y yo, su padre, el hombre que se suponía debía protegerla de todo mal, no podía hacer nada más que verla consumirse lentamente día tras día.
¿Cómo sabes sobre mi hija? Repetí esta vez con voz más firme.
El miedo se mezclaba con la confusión.
¿Quién era este chico? ¿Me estaba siguiendo? ¿Conocía a mi familia? Él no parecía perturbado por mi tono.
Solo me miró con esos ojos profundos y dijo algo que me dejó sin palabras.
Ella va a ver la primavera.
Las palabras flotaron en asinoas el aire entre nosotros.
Ella va a ver la primavera.
Estábamos en octubre.
La primavera estaba a 6 meses de distancia.
Los médicos le habían dado semanas a Martina.
No meses, ¿sem? ¿Qué estás diciendo? Pregunté con voz temblorosa.
El chico sonrió de nuevo.
Esa sonrisa llena de paz.
No tenga miedo me dijo.
Solo tenga fe, ella va a ver la primavera.
Y entonces añadió algo más, algo que me golpeó como un puñetazo.
Y usted volverá a creer.
Volverá a creer.
¿Cómo podía saber que yo había dejado de creer? Había crecido en una familia católica.
Fui monaguillo de niño.
Iba a misa todos los domingos con mis padres.
Pero cuando mi esposa murió hace 15 años, algo se rompió en mí.
Dejé de ir a la iglesia, dejé de rezar, dejé de creer que había un Dios que se preocupaba por nosotros.
Y cuando Martina se enfermó, esa ruptura se hizo definitiva.
Si Dios existía y permitía que mi única hija muriera lentamente de cáncer, entonces no era un Dios que mereciera mi fe.
Pero este chico, este extraño adolescente que había aparecido en mi kiosco pidiendo una Biblia, de alguna manera lo sabía.
Sabía sobre Martina.
Sabía sobre mi fe perdida.
¿Quién eres?, le pregunté directamente.
No respondió.
solo sacó un billete de 20 € de su bolsillo y lo puso sobre el mostrador.
“Quédese con el cambio”, dijo.
“Para otra persona que lo necesite.
¿Qué quieres decir con eso?”, pregunté.
Pero él ya estaba guardando la Biblia en su mochila.
“Alguien vendrá después”, dijo sin mirarme.
“Alguien que necesitará algo pequeño, una ayuda.
Use el cambio para eso.
” Luego me miró una última vez.
Gracias por la Biblia.
y gracias por escuchar.
Giró para irse, pero entonces se detuvo en la puerta del kiosco.
Miró su reloj.
Eran las 5:23 de la tarde.
Lo recuerdo perfectamente porque yo también miré el mío automáticamente cuando él lo hizo.
Y entonces sucedió algo extraño.
Sonríó al ver la hora.
No fue una sonrisa alegre, fue una sonrisa de reconocimiento, como si hubiera confirmado algo, como si estuviera exactamente donde debía estar en el momento exacto en que debía estar.
“Cuídese, Gabriel”, me dijo, “y cuide a Martina, todo va a estar bien.
” Se fue antes de que pudiera preguntarle cómo sabía mi nombre.
Nunca se lo había dicho.
Me quedé allí parado, mirando hacia la calle donde el chico había desaparecido entre la multitud.
El billete de 20 € seguía sobre el mostrador.
Lo tomé con manos temblorosas.
Ella va a ver la primavera.
Volverá a creer.
¿Qué había sido eso? ¿Una broma? ¿Una coincidencia? Tal vez alguien del hospital había hablado.
Tal vez el chico conocía a alguien que conocía a Martina.
Intenté encontrar explicaciones racionales, pero ninguna tenía sentido.
El resto de la tarde pasó en una neblina.
Vendí algunos periódicos más.
Cerré el kiosco a las 8 como siempre.
Pero mi mente no dejaba de volver a ese encuentro, a esa sonrisa, a esas palabras imposibles.
Esa noche fui a visitar a Martina al hospital.
Estaba dormida cuando llegué.
Me senté junto a su cama y la observé.
Estaba tan delgada, tan frágil.
Los tubos conectados a su brazo, el monitor pitando suavemente.
Ella va a ver la primavera.
Quise creerlo.
Dios, cuánto quise creerlo.
Dos días pasaron.
El martes y el miércoles fueron normales.
Bueno, tan normales como pueden ser cuando tu hija se está muriendo en un hospital a pocos kilómetros de distancia.
Trabajé en el kiosco vendiendo periódicos a gente que nunca levantaba la vista.
Conté monedas, organicé revistas, limpié el mostrador una y otra vez, solo para mantener las manos ocupadas.
Visité a Martina por las tardes, sentándome junto a su cama, escuchando el pitido constante de las máquinas que la mantenían monitoreada.
Intenté no pensar en el chico extraño de la Biblia.
Intenté no aferrarme a sus palabras imposibles, pero algo en mí había cambiado.
Había una pequeña llama de esperanza que no debería estar allí.
una vocecita que susurraba contra toda lógica, contra toda evidencia médica.
Y si es verdad, ¿y si ella realmente sobrevive? ¿Y si ese chico sabía algo que yo no sé? El jueves por la mañana, 13 de octubre, abrí el kiosco como siempre.
El cielo estaba gris, hacía frío.
El otoño se asentaba sobre Milán con esa melancolía particular que trae octubre.
Puse los periódicos en el exhibidor.
La República Il Corriere de la Cera, la Gazzetta de los Sport.
Rutina mecánica, movimientos automáticos perfeccionados durante cuatro décadas.
Y entonces vi el titular, lo vi y el mundo se detuvo.
En la sección local del Corriere había una noticia, no era la portada, era un artículo pequeño en la página 6, pero el nombre me saltó a la vista como si estuviera escrito en fuego.
Carlo Acutis.
Un adolescente había muerto 15 años.
Leucemia fulminante.
Murió el 12 de octubre en el Hospital San Gerardo de Monza.
Había una foto y cuando la vi sentí que las piernas se me doblaban.
Era él, el chico que había entrado a mi kiosco el lunes, el chico que me dijo que Martina vería la primavera, el chico que sabía cosas que era imposible que supiera, estaba muerto.
Había muerto apenas tres días después de comprarme esa Biblia, 72 horas.
Tomé el periódico con manos temblorosas y leí el artículo completo.
Cada palabra, cada línea.
Carlo Acutis.
Nacido en Londres el 3 de mayo de 1991.
Criado en Milán, un chico extraordinario según todos los que lo conocían.
No era solo la historia de una muerte prematura.
Era el retrato de alguien que había vivido de manera excepcional, devoto católico desde niño.
Había creado una página web sobre milagros eucarísticos que documentaba cientos de casos alrededor del mundo.
Iba a misa todos los días desde los 7 años.
Todos los días antes de ir a la escuela.
Cuando otros chicos de su edad apenas podían levantarse de la cama, él se levantaba para encontrarse con Dios.
Los testimonios de sus amigos y profesores llenaban el artículo.
Hablaban de su alegría contagiosa, su fe inquebrantable, su amor profundo por la Eucaristía.
¿Cómo usaba la tecnología no para juegos vacíos, sino para evangelizar? ¿Cómo había ofrecido su sufrimiento por el Papa y por la Iglesia? Sus últimas palabras habían sido sobre el cielo, sobre ver a Jesús, sobre la paz que sentía al partir.
Me senté en mi pequeña silla dentro del kiosco y lloré.
Las lágrimas caían sobre el periódico manchando la tinta.
No sé por qué lloraba exactamente.
Por él, supongo, por ese chico que había vivido solo 15 años, pero que había dejado una marca tan profunda en apenas existir.
Por la injusticia brutal de que alguien tan joven, tan lleno de luz, tan necesario en este mundo, muriera de esa manera horrible.
Pero había algo más, algo que no podía dejar de pensar.
Él lo sabía.
Carlos sabía que iba a morir, por eso compró la Biblia.
Por eso me dijo esas cosas sobre Martina.
Por eso sonrió cuando miró su reloj.
Sabía exactamente cuánto tiempo le quedaba.
72 horas.
Y aún así estaba en paz.
Aún así había salido a comprar una Biblia para alguien especial.
Aún así se había tomado el tiempo de hablar conmigo, de darme esperanza, de decirme que Martina vería la primavera.
Cerré el kiosco temprano ese día.
No podía concentrarme.
Fui al hospital a ver a Martina.
Necesitaba estar con ella.
Necesitaba asegurarme de que seguía allí.
Cuando llegué estaba despierta.
Papá”, me dijo sonriendo débilmente.
No esperaba verte tan temprano.
Me senté junto a ella y le tomé la mano.
¿Cómo te sientes hoy? Igual, respondió cansada.
Pero bien.
No le conté sobre Carlo.
No le dije nada sobre el encuentro en el kosco.
¿Qué iba a decirle? ¿Que un chico muerto me había prometido que ella sobreviviría? Los días siguientes fueron extraños.
Seguí trabajando, pero mi mente estaba en otra parte.
Compré más periódicos que hablaban sobre Carlo Acutis.
La noticia comenzó a crecer.
No era solo un chico que había muerto, era alguien especial.
Los medios empezaron a reportar sobre su vida, sobre su devoción, sobre las cosas extraordinarias que había hecho con solo 15 años.
Y yo tenía un secreto.
Yo había sido una de las últimas personas en verlo vivo.
Había hablado con él 72 horas antes de su muerte y él me había dado un mensaje.
Empecé a recordar el encuentro una y otra vez, cada detalle, cada palabra.
Y fue entonces cuando me di cuenta de algo que había pasado por alto, algo que me heló la sangre.
Carlo no había comprado la Biblia para él.
dijo que era para alguien especial, alguien que realmente la necesitaba.
¿Para quién? ¿Quién necesitaba esa Biblia tan urgentemente que un chico moribundo salió a comprarla 72 horas antes de partir.
También recordé el billete de 20 € Quédese con el cambio.
Para otra persona que lo necesite, alguien vendrá después, alguien que necesitará algo pequeño.
Una ayuda.
Miré en la caja registradora.
Los 10 € de cambio seguían allí.
los había apartado sin saber por qué, como si esperara a esa persona misteriosa que Carlo había mencionado.
Y entonces sucedió el lunes siguiente, exactamente una semana después del encuentro con Carlo, una mujer mayor se acercó a mi kiosco.
Nunca la había visto antes.
Tenía el cabello blanco recogido en un moño.
Llevaba un abrigo negro raído.
Su rostro mostraba cansancio y preocupación.
Disculpe, me dijo con voz tímida.
¿Podría darme algo de cambio? Necesito llamar por teléfono y solo tengo billetes grandes, pero no tengo dinero suficiente para comprar una tarjeta.
Miré los 10 € apartados.
El cambio de Carlo para otra persona que lo necesite.
Tome, le dije extendiéndole las monedas.
No se preocupe, es un regalo.
Ella me miró sorprendida.
¿Estás seguro? Completamente, respondí.
La mujer tomó las monedas con manos temblorosas.
No sabe cuánto significa esto.
Dijo con lágrimas en los ojos.
Mi nieto está en el hospital.
Es muy grave.
Necesito llamar a mi hija para saber cómo sigue, pero gasté todo mi dinero en el transporte.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Un nieto en el hospital.
Grave.
Carlo lo había sabido.
De alguna manera había sabido que esta mujer vendría, que necesitaría ayuda, que esos 10 € marcarían una diferencia.
La mujer se fue agradeciendo una y otra vez.
Yo me quedé allí mirando el espacio vacío en la caja registradora donde habían estado las monedas.
¿Qué estaba pasando? ¿Quién había sido realmente Carlo Acutis? Las semanas pasaron.
Octubre se convirtió en noviembre.
Noviembre en diciembre.
El invierno llegó a Milán con su niebla característica y algo increíble estaba sucediendo.
Martina no empeoraba, de hecho estaba estable.
Los médicos no lo entendían.
Revisaban y revisaban sus datos buscando errores.
El tumor debería estar creciendo exponencialmente.
Ella debería estar empeorando rápidamente entrando en fase terminal.
Pero no se mantenía.
Era como si algo hubiera presionado pausa.
Los oncólogos pedían segundas opiniones, ordenaban nuevas pruebas.
Los resultados eran siempre iguales.
Estable, inexplicablemente estable.
En enero ocurrió lo imposible.
Una nueva tomografía mostró algo que los médicos llamaron anómalo.
El tumor se había reducido, no mucho, tal vez un 10%.
Pero se había reducido.
Eso no pasa con cáncer de páncreas en etapa cuatro.
No pasa nunca.
Los tumores pancreáticos son implacables, crecen, comen, destruyen, no retroceden.
Pero este lo hizo.
El Dr.
Lombardi nos llamó a una reunión.
Su rostro mostraba confusión.
No quiero dar falsas esperanzas, dijo, “Pero esto es muy inusual.
” En febrero, otra tomografía, más reducción, ahora 20%.
Los médicos comenzaron a usar palabras como remisión espontánea y caso atípico, pero yo sabía la verdad.
Ella va a ver la primavera.
Y entonces llegó marzo, el primer día de la primavera oficial.
20 de marzo de 2007.
Exactamente 5 meses después del encuentro, el cielo sobre Milán amaneció despejado.
El sol brillaba con esa luz nueva que solo tiene la primavera.
Martina fue dada de alta del hospital.
El cáncer seguía allí, pero estaba inactivo.
Los médicos dijeron que era un milagro médico, que no tenían explicación.
Yo llevé a Martina a casa, la instalé en su antigua habitación.
Y esa tarde, cuando el sol primaveral entraba por la ventana iluminando su rostro, ella me dijo, “Papá, ¿sabes qué día es hoy?” “El primer día de primavera, respondí.
” Sonríó.
Sobreviví, papá.
No sé cómo, pero lo hice.
Lloré.
Lloré como no había llorado en años, porque Carlo había tenido razón.
72 horas antes de morir, me había dado un mensaje imposible y se había cumplido.
Pero la historia no termina ahí porque lo que descubrí después me cambió para siempre.
En abril, dos meses después de que Martina saliera del hospital, recibí una llamada de una mujer llamada Antonia.
Se presentó como la madre de Carlo Acutis.
Mi corazón se detuvo cuando escuché ese nombre.
Señor Martonelli”, me dijo, “he estado buscando a las personas que vieron a mi hijo en sus últimos días.
He hablado con amigos, vecinos, personas del hospital y alguien me dijo que usted le vendió algo el 9 de octubre.
Una Biblia.
” “Sí”, respondí con voz temblorosa.
“Sí, le vendí una Biblia.
¿Puedo preguntarle algo?”, continuó ella.
“Recuerda que hizo Carlo con esa Biblia.
” dijo, “¿Para quién era?” Dijo que era para alguien especial.
Respondí, alguien que realmente la necesitaba.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
Entonces, Antonia habló de nuevo.
“Señor Martonelli,” después de que Carlo murió, encontramos esa Biblia entre sus cosas.
Tenía una nota dentro, una nota escrita por él.
Mi respiración se detuvo.
Una nota.
Sí, dijo Antonia.
La nota tenía un nombre, Martina Martonelli.
Y una fecha, marzo de 2007.
El mundo se detuvo.
Martina, mi hija.
Carlo había escrito el nombre de mi hija en una nota dentro de la Biblia y había escrito marzo de 2007.
El mes en que ella vio la primavera, el mes en que fue dada de alta.
Señor Martonelli, continuó Antonia.
No sé cómo Carlo conocía a su hija, no sé cómo sabía lo que iba a pasar, pero mi hijo tenía una conexión especial con Dios.
Veía cosas, sabía cosas y claramente su hija era importante para él.
Importante suficiente como para salir a comprar una Biblia tres días antes de morir.
No pude hablar.
Las lágrimas corrían por mi rostro.
“¿Puedo preguntarle algo más?”, dijo Antonia.
“Martina, ¿está bien ahora?” “Sí”, logré decir.
Está en remisión.
Los médicos lo llaman un milagro.
Antonia suspiró suavemente.
Carlo oró por muchas personas antes de morir.
Ofreció su sufrimiento por ellas.
Creo que su hija fue una de esas personas.
Después de esa llamada, Antonia me invitó a visitarla.
Tardé dos días en reunir el coraje para ir.
No sé por qué tenía miedo.
Tal vez porque sabía que cruzar esa puerta significaba enfrentar algo que cambiaría mi comprensión de la realidad.
Fui a su casa en Milán, un apartamento hermoso en una zona residencial tranquila.
Antonia me recibió con los ojos hinchados, pero con una sonrisa cálida.
me mostró la habitación de Carlo, una habitación de adolescente típica, pero también extraordinaria.
Había pósteres de santos junto a pósteres de superhéroes.
La computadora donde había trabajado en su página web de milagros eucarísticos aún estaba sobre el escritorio.
Las fotos de su primera comunión colgaban en la pared, todo preservado exactamente como él lo había dejado.
Y me mostró la Biblia, la Biblia azul claro que yo le había vendido.
estaba sobre su escritorio junto a un rosario como una reliquia, como si supiera que sería importante para alguien más algún día.
La tomé con manos que no podía controlar.
Temblaban.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que Antonia podría escucharlo.
La abrí con movimientos lentos, casi irreverentes.
Y allí, marcando una página en el evangelio de Juan, estaba la nota, un papel pequeño doblado por la mitad.
escrita con la letra juvenil de un adolescente de 15 años.
Una letra clara, cuidadosa, deliberada.
Martina Martonelli.
Marzo 2007.
Ella verá la primavera.
Debajo había una línea más.
Gabriel volverá a creer.
Caí de rodillas.
Allí mismo, en la habitación de un chico muerto.
Caí de rodillas y lloré.
No fue un llanto silencioso, fue un soy profundo que venía desde un lugar que había mantenido cerrado durante 15 años.
Lloré por mi hija salvada.
Lloré por mi fe perdida y encontrada.
Lloré por Carlo, que en sus últimas horas había pensado en un extraño.
Lloré por la misericordia de un Dios que había usado a un muchacho moribundo para rescatar a un viejo amargado, porque él lo había sabido todo.
Desde 1909, el momento en que entró a mi kiosco, sabía exactamente lo que iba a pasar.
Sabía que Martina sobreviviría.
sabía que yo volvería a creer y había dejado esa nota como prueba, como testimonio, como un mensaje desde el otro lado de la muerte.
Antonia me puso una mano en el hombro.
Mi hijo tenía un don, me dijo suavemente, no sé cómo llamarlo, discernimiento espiritual, tal vez.
Veía el plan de Dios de maneras que nosotros no podemos y usó ese don hasta sus últimos momentos.
¿Puedo quedarme con esta Biblia? Pregunté.
Antonia negó con la cabeza.
Esta Biblia pertenece a Carlo, pero hice algo mejor.
Fui a una librería católica y compré una Biblia idéntica, azul claro, del mismo tamaño.
La llevé a la parroquia de Carlo.
El padre, que había sido su confesor bendijo.
Y luego escribí algo en la primera página para Martina de parte de Carlo Acutis.
con amor desde el cielo.
Le di esa Biblia a mi hija en su cumpleaños en mayo.
Cuando la abrió y leyó la dedicatoria, me preguntó quién era Carlo Acutis.
Le conté toda la historia.
El encuentro en el kiosco, las palabras proféticas, su muerte tres días después, la nota encontrada, todo.
Martina lloró.
lloró sosteniendo esa Biblia contra su pecho.
Un chico que nunca conocí oró por mí, dijo entre lágrimas.
Ofreció su sufrimiento por mí.
¿Por qué? ¿Por qué yo? No lo sé, respondí, pero él te salvó la vida y salvó mi alma porque yo volví a creer.
No fue un proceso gradual, no fue una decisión lógica, fue instantáneo.
En el momento en que vi esa nota, en el momento en que comprendí que Carlo había sabido todo, algo se rompió en mí.
Todas las barreras que había construido contra la fe se derrumbaron.
Si Dios podía darle a un chico de 15 años el conocimiento del futuro, si ese chico podía usar ese don para salvar a mi hija.
Si todo esto era real, entonces todo era real.
Dios era real, el cielo era real, la fe era real.
Volví a la iglesia la primera vez en 15 años.
Me senté en la última banca de la misma iglesia donde había sido monaguillo de niño.
Y recé, recé con lágrimas corriendo por mi rostro.
Recé dando gracias.
Recé pidiendo perdón por mis años de incredulidad.
Recé por Carlo, ese santo adolescente que había tocado mi vida de manera tan profunda.
Hoy, 18 años después, todavía tengo el kiosco en Vía Purpora.
Han pasado muchas cosas desde aquel encuentro.
En octubre de 2020, Carlo fue beatificado en Así.
Yo estuve allí.
Vi como miles de personas, especialmente jóvenes, celebraban la santidad de ese chico que había vivido solo 15 años.
Y lloré de alegría porque el mundo finalmente reconocía lo que yo había sabido desde 2006, que Carlo Acutis era un santo.
Todavía vendo periódicos y revistas, pero hay algo diferente ahora.
En el mostrador junto a la caja registradora, tengo una pequeña imagen de Carlo Acutis.
Es la foto oficial que se usa para su veneración.
Él sonríe en minutos.
esa foto, esa misma sonrisa llena de paz que vi en mi kiosco el 9 de octubre de 2006.
Cada vez que vendo algo, lo miro y le doy gracias.
Martina está viva, completamente curada.
El cáncer nunca volvió.
Se casó hace 3 años, ahora tengo dos nietos.
Ella nombró a su primer hijo Carlo, Carlo Gabriel, por el santo que la salvó y por su abuelo que volvió a encontrar la fe.
Y cada 9 de octubre en el aniversario de ese encuentro cierro el kiosco temprano.
Voy a la tumba de Carlo en Asís.
Llevo flores.
Me arrodillo y le hablo.
Le cuento sobre Martina, sobre sus nietos, sobre mi vida.
Le agradezco y siempre termino diciendo lo mismo.
Gracias por la Biblia, Carlo.
Gracias por el mensaje.
Gracias por mostrarme que Dios es real.
Porque eso es lo que hizo ese chico extraordinario en sus últimas 72 horas de vida.
Salió a comprar una Biblia para alguien que nunca conoció.
dejó un mensaje profético que se cumplió al pie de la letra y cambió la vida de un viejo kiosquero que había perdido la fe.
La gente me pregunta a veces si realmente creo que Carlos sabía el futuro, si realmente creo que fue un milagro y siempre respondo lo mismo.
Tengo la prueba en mi casa.
Mi hija está viva cuando debería estar muerta.
Tengo la prueba en mi corazón.
Volví a creer cuando había jurado nunca hacerlo.
Tengo la prueba en esa nota escrita por un chico tres días antes de morir.
Martina Martonelli.
Marzo 2007.
Ella verá la primavera.
Gabriel volverá a creer.
Esa es mi historia, la historia de cómo un santo adolescente entró a mi kiosco pidiendo una Biblia y como ese simple encuentro de 20 minutos demostró que el cielo es real, que Dios escucha, que la fe tiene poder.
Carlo Acutis murió a los 15 años, pero su legado sigue vivo en mi hija, en mí.
En cada persona que escucha esta historia y se pregunta si tal vez, solo tal vez hay más en este mundo de lo que podemos ver.
Y hay algo más que nunca le he contado a nadie hasta ahora, algo que descubrí hace apenas un año y que me dejó sin palabras otra vez.
Fui a visitar a Antonia de nuevo.
Nos habíamos vuelto cercanos a lo largo de los años unidos por el recuerdo de Carlo.
Ella estaba organizando las cosas de su hijo, preparándolas para cuando eventualmente sea canonizado.
Y me mostró algo que no sabía que existía, su diario.
Carlo llevaba un diario espiritual donde escribía sus oraciones, sus pensamientos, sus conversaciones íntimas con Dios.
Eran páginas y páginas de la vida interior de un santo adolescente.
Y en la entrada del 8 de octubre de 2006, un día antes de venir a mi kiosco, exactamente 24 horas antes de nuestro encuentro, Carlo había escrito esto con su puño y letra.
Mañana debo ir a comprar una Biblia.
Jesús me mostró en oración a un hombre que la necesita.
Bueno, no es para él exactamente, es para su hija.
Ella está muy enferma, pero va a sanar.
Dios me lo mostró claramente y el Padre ha perdido la fe.
Está enojado con Dios por algo que pasó hace años, pero la va a recuperar.
Solo necesita una señal.
Yo seré esa señal.
Dios me está dando estos últimos días, no para mí mismo, sino para los demás.
Cada momento cuenta.
Cada acción tiene un propósito eterno.
Mañana iré al kosco en Vía Porpora.
Hablaré con Gabriel.
Le daré esperanza cuando más la necesite, porque eso es lo que Jesús hace a través de nosotros cuando nos dejamos usar por él.
Nos convierte en instrumentos de su amor.
Nos usa para llevar esperanza a los desesperados luz, a los que están en oscuridad.
Y yo quiero ser eso hasta mi último aliento.
Cuando leí esas palabras, cuando vi mi nombre escrito en el diario de Carlo un día antes de conocerme, algo en mí se quebró de nuevo.
Pero esta vez no fue dolor, fue asombro absoluto, porque significaba que Dios había planeado todo esto.
Desde antes de que Carlo y yo nos conociéramos, Dios ya había orquestado nuestro encuentro.
Ya había decidido usar a un chico moribundo para salvar a mi hija y restaurar mi fe.
Esa es la verdad que ahora llevo conmigo todos los días, que nada es casualidad, que cada encuentro tiene significado, que Dios trabaja a través de las personas más inesperadas de las maneras más extraordinarias.
Carlo Acutis era solo un chico de 15 años, pero en manos de Dios se convirtió en un instrumento de milagros.
Y yo, un simple vendedor de periódicos que había perdido toda esperanza, me convertí en testigo de esos milagros.
Gracias, Carlo Acutis, ruega por nosotros.
Amén.
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