Este 30 de marzo de 2026, el cielo sobre la capital peruana parece haberse teñido de una melancolía particular, coincidiendo con el capítulo final de una de las historias más entrañables del entretenimiento nacional.
En una jornada donde el dolor y la gratitud se entrelazaron de manera indisoluble, el cuerpo de Víctor Manuel Rojas Ibáñez, conocido y amado por todo un país simplemente como Manolo Rojas, recibió el último adiós en el cementerio Campo Fe de Huachipa.

Lo que se vivió en este camposanto no fue solo un sepelio protocolar, sino una manifestación masiva de amor colectivo hacia un hombre que, durante más de tres décadas, hizo de la risa una herramienta de sanación y unión para millones de hogares.
Desde las primeras luces del alba, cientos de personas comenzaron a congregarse en los alrededores del cementerio.
No eran solo familiares o colegas del medio artístico; eran ciudadanos de a pie, abuelos que recordaban sus inicios en los programas cómicos de antaño, y jóvenes que crecieron viendo sus parodias más recientes.
Todos llegaron movidos por un mismo impulso: despedir a ese vecino ilustre que, a pesar de la fama, nunca perdió la sencillez que lo caracterizaba.
El silencio respetuoso que reinaba en el lugar solo se veía interrumpido por el llanto incontenible de quienes sentían la partida de Manolo como la de un pariente cercano.
La ceremonia religiosa fue un momento de altísima carga espiritual.
El sacerdote encargado de la misa de cuerpo presente inició su alocución elevando una súplica al cielo: “Escucha nuestras súplicas por tu hijo Víctor Manuel Rojas Ibáñez, a quien acabas de llamar a tu presencia”.
Durante el sermón, se resaltó un mensaje que resonó profundamente entre los asistentes: la importancia de vivir cada día como si fuera el último, utilizando los talentos y dones otorgados por Dios para mejorar el entorno.
Manolo, sin duda, cumplió con esa premisa, utilizando su don para la imitación y la comedia no solo como un oficio, sino como una misión de vida.
Cuando la carroza fúnebre hizo su ingreso triunfal, el ambiente se cargó de una emoción difícil de describir.
Los aplausos, ese alimento vital del artista, estallaron de manera espontánea, mezclándose con las lágrimas de sus seres queridos.
Fue una escena impactante que reflejó la dualidad de su existencia: el hombre que provocaba carcajadas infinitas estaba ahora partiendo en medio de un silencio absoluto, solo roto por el batir de palmas que agradecían cada segundo de alegría regalado.
Sus familiares más cercanos, visiblemente afectados por el cansancio del duelo y la magnitud de la pérdida, tomaron la palabra para recordarlo como un hombre noble, generoso y, por encima de todo, apasionado por su trabajo.
En el campo santo, la presencia de figuras emblemáticas del espectáculo subrayó la relevancia de Manolo en la industria.
Rostros conocidos como Carlos Cacho, Mariela Zanetti, Zelma Gálvez y el popular “Chiquiplum”, entre muchos otros, se mantuvieron firmes al lado del féretro, compartiendo el dolor de una familia que ha quedado huérfana de su líder.

Los colegas coincidieron en que Manolo era un artista que, incluso sin cámaras al frente, mantenía esa chispa y esa capacidad de hacer sonreír a los demás, convirtiendo cualquier reunión cotidiana en un momento especial.
Sin embargo, el camino hacia este entierro en Lima no estuvo exento de tensiones y emociones encontradas.
Horas antes de llegar a Huachipa, el féretro de Manolo Rojas realizó un último y emotivo recorrido por su tierra natal: Huaral.
El regreso a “la capital de la agricultura” no fue un simple traslado logístico; fue un reencuentro cargado de nostalgia.
Huaral vio crecer a Manolo, lo vio caminar por sus calles como un vecino más, comprar en el mercado local y construir su identidad lejos de las luces de la televisión.
La plaza central de la ciudad se llenó desde temprano con personas portando polos blancos, flores y globos que lanzaron al cielo, intentando devolverle en un solo gesto todo el cariño que él les brindó durante años.
Fue en este punto donde la solemnidad del homenaje en Huaral chocó con la voluntad del pueblo.
Cuando los familiares anunciaron la decisión de trasladar los restos a Lima para el entierro definitivo, se produjo un quiebre en el ambiente.
“Cumplan con su voluntad”, gritaban algunos pobladores, mientras otros reclamaban que debía quedarse en Huaral, cerca de su padre y en la tierra que lo vio nacer.
La plaza entera se llenó de voces en desacuerdo, evidenciando que el nombre de Manolo ya no pertenecía solo a su familia, sino que se había convertido en un símbolo de identidad para toda una región.
Para los huaralinos, sentir que se llevaban a Manolo era como si les quitaran un pedazo de su propia historia.

Ante esta situación, los familiares, con voz entrecortada, pidieron respeto por su dolor y por la decisión tomada como núcleo cercano.
“Entiendo su preocupación, entiendo cómo se sienten, pero lo único que quiero que sepan es que no hay personas que sufran más que nosotros”, expresaron en un momento de cruda honestidad.
A pesar de la resistencia inicial, el homenaje continuó y una multitud acompañó a la carroza por las calles de Huaral en un recorrido lento, como si quisieran detener el tiempo y retrasar el adiós inevitable.
De regreso en Lima, en el Cementerio Campo Fe, el acto final fue de una paz sepulcral.
En medio de un mar de flores, el féretro fue descendido mientras los familiares lanzaban pétalos como símbolo de despedida eterna.
Un detalle que llamó la atención de los presentes fue la lápida, marcada no solo con su nombre, sino con un código QR que servirá como testimonio digital de su historia, permitiendo que las futuras generaciones accedan a su legado con un solo escaneo.
Es la modernidad abrazando a la tradición, asegurando que la historia de Víctor Manuel Rojas Ibáñez trascienda las barreras del tiempo físico.
Manolo Rojas no fue solo un comediante; fue un arquitecto de la memoria colectiva del Perú.
Logró entrar en los hogares sin pedir permiso a través de la pantalla y se quedó para siempre en el corazón del público.
Hoy, mientras su cuerpo descansa en su última morada, su esencia sigue más viva que nunca en cada sketch repetido, en cada imitación magistral y en cada peruano que, al recordarlo, esboza una sonrisa.
Su partida nos deja una lección fundamental: el humor es, en esencia, una forma de amor, una manera de aliviar los días difíciles y de conectar con los demás desde la vulnerabilidad y la risa.
El eco de sus personajes seguirá resonando en los pasillos de los canales de televisión y en las cabinas de radio que lo albergaron durante décadas.
Huaral siempre será su cuna y Lima su última morada, pero su verdadero hogar estará siempre en el aplauso eterno de un país que jamás lo olvidará.
Descanse en paz, Manolo Rojas; su última función ha terminado, pero el aplauso apenas comienza.
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