¿Cuándo llegarán los humanos a Marte? Mira en qué año NASA planea hacerlo

La idea de llevar seres humanos a Marte ha sido presentada durante décadas como el siguiente paso inevitable de la civilización.

Primero salimos de la Tierra, luego llegamos a la Luna, y después —según la lógica del progreso tecnológico— conquistaremos el planeta rojo.

Es una narrativa poderosa: inspira, emociona y parece condensar lo mejor de la especie humana, esa combinación de curiosidad, ambición y voluntad de ir más allá.

Pero cuando se examina con calma, esa visión se vuelve mucho menos romántica. La gran pregunta no es solamente cómo llegar a Marte, sino si los primeros humanos que lo pisen tendrán una posibilidad razonable de regresar.

Y la respuesta, si se analiza con honestidad, resulta perturbadora: puede que no. No porque necesariamente vayan a morir al llegar, ni porque toda misión marciana esté condenada al fracaso, sino porque el regreso podría ser, durante mucho tiempo, la parte menos realista de toda la empresa.

Hablar de “misiones a Marte” sugiere viajes de ida y vuelta, como si el modelo mental todavía fuera el de Apolo.

Pero Marte no es la Luna. No está a tres días. No permite rescates rápidos.

No ofrece ventanas de salida constantes. Está lo bastante lejos como para transformar cualquier error en una sentencia definitiva.

Por eso, cuando se habla de los primeros humanos en Marte, conviene abandonar el lenguaje cómodo de la exploración clásica y aceptar otro más duro: los primeros viajeros podrían ser, en la práctica, colonos forzosos.

Llegar a Marte ya es extremadamente difícil, pero volver lo es mucho más. Una misión tripulada no solo necesita aterrizar un hábitat, suministros, sistemas de soporte vital y tripulación.

También debe garantizar que, meses o años después, exista una nave capaz de levantar vuelo desde la superficie marciana y colocar a esos astronautas en órbita para iniciar el retorno a la Tierra.

Ese detalle cambia por completo la ecuación. Despegar desde Marte requiere una enorme cantidad de propelente.

Y el problema no es solo la cifra absoluta, sino la cadena logística que hay detrás.

Cada kilogramo que debe estar disponible en Marte obliga a lanzar muchos más desde la Tierra.

Esa multiplicación de masa convierte al regreso en la parte más cara, más delicada y más vulnerable de toda la misión.

Por eso surgió desde hace años una idea que, sobre el papel, parece brillante: fabricar combustible directamente en Marte con recursos locales.

Extraer dióxido de carbono de la atmósfera, obtener agua del subsuelo, producir metano y oxígeno, almacenar el propelente y usarlo después para la nave de ascenso.

La teoría existe. El problema es que la teoría no equivale a una infraestructura fiable operando durante años en uno de los entornos más hostiles imaginables.

En la Tierra, los sistemas industriales fallan incluso con mantenimiento constante, personal experto, repuestos disponibles y cadenas de suministro robustas.

En Marte, esas ventajas desaparecen. El polvo fino puede infiltrarse en mecanismos delicados. La radiación degrada materiales y electrónica.

Las temperaturas oscilan violentamente. Las tormentas pueden afectar operaciones durante largos periodos. Y lo más importante: si un sistema crítico falla, no hay un equipo de rescate industrial al otro lado del continente.

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Solo hay lo que ya llevaste contigo. En otras palabras, el regreso depende de que una pequeña fábrica autónoma de combustible funcione casi a la perfección durante mucho tiempo en un planeta donde nunca hemos operado a esa escala.

Esa no es una apuesta pequeña. Es una pirámide entera construida sobre una serie de “ojalá”.

En el imaginario popular, ir a Marte parece una versión más larga de viajar a la Luna.

Pero la duración cambia todo. Una trayectoria eficiente energéticamente implica meses de viaje de ida.

Después, por mecánica orbital, la tripulación no puede simplemente decidir “volver cuando quiera”. Debe esperar la ventana adecuada.

Eso significa permanecer en Marte durante más de un año antes de iniciar el regreso, y luego afrontar otro largo trayecto de vuelta.

En total, una misión humana puede extenderse durante casi tres años, o más, dependiendo de la arquitectura elegida.

Y si el sistema que debía permitir el retorno no está listo cuando llega la ventana orbital, la tripulación no pierde unos días: puede perder años.

Eso vuelve aterrador el concepto de “esperar a la próxima oportunidad”. Cada aplazamiento no es solo un retraso logístico.

Es más consumo de suministros, más exposición a radiación, más desgaste psicológico y más deterioro fisiológico.

Marte no premia la demora. La convierte en una amenaza acumulativa. Incluso si resolviéramos el problema del combustible y la ingeniería, quedaría otro igual de inquietante: la biología.

El cuerpo humano evolucionó en una gravedad de 1 g. Todo en nuestra fisiología —músculos, huesos, sistema cardiovascular, equilibrio, distribución de fluidos— está ajustado a esa condición.

La microgravedad ya ha mostrado efectos importantes en astronautas de larga duración: pérdida de masa muscular, disminución de densidad ósea, alteraciones visuales, cambios cardiovasculares y dificultades de readaptación al volver a la Tierra.

Marte no tiene microgravedad, pero sí una gravedad mucho menor que la terrestre. Eso podría parecer una ventaja, pero también introduce una incertidumbre enorme.

No sabemos con precisión cómo responde el cuerpo humano a estancias muy largas en gravedad parcial.

Sabemos que la ausencia de carga suficiente deteriora músculo y hueso. Sabemos que el cuerpo se adapta con rapidez.

Lo que no sabemos es si la gravedad marciana basta para frenar ese deterioro o si simplemente lo ralentiza.

Y ahí aparece una posibilidad inquietante: que el cuerpo se adapte demasiado bien a Marte.

Después de muchos meses o años viviendo en gravedad reducida, el regreso a la Tierra podría no ser solamente duro; podría ser médicamente inviable para algunos cuerpos.

Un astronauta debilitado tras meses en Marte y luego otros meses de microgravedad en el viaje de retorno tendría que readaptarse de golpe a una gravedad 2,6 veces superior a la marciana.

Eso significa más carga sobre el corazón, más exigencia sobre huesos y músculos, y un riesgo mayor de colapso físico.

La primera generación de humanos en Marte sería, en parte, un experimento vivo. No porque nadie lo admita así, sino porque simplemente no tenemos datos previos suficientes.

Y el problema de experimentar con humanos a 200 millones de kilómetros es evidente: no existe margen cómodo para equivocarse.

Hay peligros espectaculares que capturan la atención —explosiones, fallos de motor, accidentes de aterrizaje—, y luego hay amenazas silenciosas.

La radiación pertenece a esta segunda categoría. La Tierra protege a la vida con dos escudos gigantescos: una atmósfera densa y un campo magnético global.

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Marte carece de una protección comparable. Su atmósfera es muy delgada y su campo magnético global desapareció hace miles de millones de años.

Eso deja la superficie mucho más expuesta a la radiación cósmica y a partículas energéticas provenientes del Sol.

Durante el viaje interplanetario, la protección es aún menor. Los astronautas pasarían meses en el espacio profundo, fuera del escudo magnético terrestre.

Esa exposición acumulada incrementa el riesgo de cáncer, daño cardiovascular, cataratas, alteraciones neurológicas y otros efectos a largo plazo.

Una tormenta solar severa, además, podría generar una emergencia aguda si la nave no cuenta con blindaje adecuado.

Se pueden imaginar mitigaciones: hábitats cubiertos por regolito, refugios específicos, materiales protectores, zonas de tormenta dentro de la nave.

Todo eso ayuda, pero no elimina el problema. El blindaje pesa, y el peso es enemigo directo de cualquier misión marciana.

Cada capa adicional de protección debe lanzarse desde la Tierra, con todo el costo y la complejidad que eso implica.

La paradoja cruel es esta: cuanto más larga es la estancia, mayor es la exposición total; pero intentar regresar demasiado pronto suele ser orbitalmente imposible.

Así, la misión obliga a aceptar una dosis que no sería tolerable en casi ningún otro contexto.

Desde un punto de vista estrictamente radiológico, incluso podría llegar a parecer más “racional” quedarse en Marte que asumir otra travesía larga por el espacio profundo.

Que esa frase tenga sentido ya dice mucho sobre la magnitud del problema. Hay otra dificultad que a menudo se menciona al pasar, como si fuera secundaria frente a la ingeniería o la medicina: la psicología.

En realidad, podría ser el factor que termine inclinando la balanza. Una tripulación marciana vivirá durante años en espacios reducidos, con pocas personas, bajo estrés constante y en un entorno donde cada error tiene consecuencias potencialmente letales.

No habrá paseos al exterior sin traje. No habrá aire libre, ni clima amable, ni variedad sensorial.

La comunicación con la Tierra tendrá retrasos considerables, imposibilitando conversaciones fluidas. El apoyo emocional será siempre diferido, incompleto, remoto.

La Tierra, además, seguirá adelante sin ellos. Ese punto parece abstracto hasta que se vuelve íntimo.

Mientras los astronautas estén en Marte, sus familias cumplirán años, se enfermarán, cambiarán, envejecerán. Habrá bodas, nacimientos, funerales, crisis y reconciliaciones que solo llegarán en forma de mensaje.

Todo vínculo humano quedará mediado por una distancia temporal, no solo espacial. El astronauta no solo estará lejos.

Estará sistemáticamente tarde para todo. Los experimentos de aislamiento en la Tierra —desde bases antárticas hasta simulaciones de hábitats marcianos— ya han mostrado problemas de sueño, irritabilidad, letargo, tensiones interpersonales y caída de la moral.

Pero todos esos estudios comparten una diferencia crucial respecto de Marte: los participantes saben que, en última instancia, están en la Tierra.

Saben que la simulación terminará. Saben que hay salida. En Marte, esa certeza desaparece. Y cuando un ser humano percibe que no hay salida, el cansancio emocional cambia de naturaleza.

La misión deja de ser una aventura exigente y empieza a parecer una forma sofisticada de encierro.

En esas condiciones, la depresión no es solo sufrimiento interno: es una amenaza operacional. Una persona deprimida puede cometer errores, saltarse verificaciones, perder motivación para mantener protocolos o romper dinámicas esenciales de cooperación.

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En una tripulación de cuatro personas, un conflicto serio no es un inconveniente. Es una posible falla sistémica.

A menudo se presenta la idea de “quedarse en Marte” como una visión filosófica grandiosa: convertirnos en una especie multiplanetaria.

Pero detrás del idealismo hay una fuerza mucho más prosaica y poderosa: el dinero. Llevar humanos a Marte con garantías robustas de retorno cuesta muchísimo más que llevarlos solo de ida.

El cohete de regreso, el combustible, la redundancia, los repuestos, los sistemas de respaldo, la infraestructura industrial local y los márgenes de seguridad elevan el presupuesto hasta niveles políticamente difíciles de sostener.

En cambio, una misión pensada desde el principio como asentamiento permanente reduce radicalmente la complejidad.

Ahí aparece una verdad incómoda: la permanencia no es solo una narrativa inspiradora; es también la opción más barata.

Y cuando la opción más barata coincide con la más rentable mediáticamente —porque una colonia permanente genera atención sostenida, simbolismo histórico y valor de marca—, el sistema entero empieza a inclinarse en una dirección.

No hace falta una conspiración. Bastan incentivos mal alineados. Los planificadores pueden seguir hablando de retorno, pero si los presupuestos reales no incluyen redundancia seria ni capacidad de rescate, entonces el retorno existe más como aspiración que como compromiso firme.

En papel, siempre habrá planes de contingencia. En la práctica, muchas contingencias serán imposibles de resolver a tiempo.

El resultado es una especie de ficción funcional: todos actúan como si el billete de vuelta estuviera ahí, aunque la estructura completa de la misión sugiera otra cosa.

Eso no significa que haya mala fe inevitable. Significa algo más inquietante: que el sistema puede terminar produciendo abandono sin necesidad de decidirlo explícitamente.

¿Es ético mandar personas en esas condiciones? Aquí aparece la pregunta más difícil de todas.

No la técnica, no la médica, no la económica. La moral. ¿Es ético enviar seres humanos a Marte sabiendo que la probabilidad de que no regresen es alta?

La respuesta intuitiva suele refugiarse en el consentimiento: si los astronautas conocen los riesgos y aceptan ir, ¿quién puede impedírselo?

Después de todo, la humanidad ha admirado siempre a quienes asumen riesgos extremos. Pero Marte no encaja del todo en esa lógica.

Aceptar la posibilidad de morir en una misión es una cosa. Aceptar una alta probabilidad de quedar varado permanentemente es otra.

Porque quien queda vivo en Marte sigue siendo responsabilidad de quienes lo enviaron. Sigue necesitando soporte, suministros, atención médica, respaldo institucional y, sobre todo, una obligación moral de no ser convertido en símbolo vacío después de consumada la hazaña.

El consentimiento informado solo es éticamente válido si la información realmente es completa y honesta.

Y aquí está el problema: durante años, el discurso público sobre Marte ha oscilado entre el entusiasmo y la vaguedad.

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Se habla mucho de visión, poco de irreversibilidad. Mucho de futuro humano, poco de cuerpos deteriorados, ventanas orbitales perdidas, salud mental rota y presupuestos incapaces de sostener rescates.

La cuestión ética no es si alguien debería poder ofrecerse voluntario. La cuestión ética es si una institución —pública o privada— puede presentar como exploración lo que en el fondo se parece más a un exilio tecnológicamente sofisticado.

Puede que los primeros humanos en Marte no mueran allí de inmediato. Puede que construyan hábitats, cultiven alimentos, hagan ciencia extraordinaria y sobrevivan durante años.

Puede incluso que inauguren la primera presencia humana permanente en otro mundo. Todo eso es posible.

Pero precisamente por eso conviene mirar de frente la posibilidad más incómoda: que los primeros en llegar no sean recordados como exploradores de ida y vuelta, sino como los primeros seres humanos que cruzaron una frontera sin retorno real.

No porque les faltara valentía. No porque fracasaran. Sino porque Marte exige una combinación casi inhumana de perfección técnica, resistencia biológica, fortaleza psicológica y recursos económicos sostenidos.

Y cuando una empresa depende de que todas esas variables funcionen a la vez durante años, la probabilidad de permanencia deja de ser una excepción.

Empieza a parecer el desenlace más coherente. Tal vez, con el tiempo, la tecnología cambie eso.

Tal vez en décadas existan sistemas de propulsión mejores, blindaje más eficaz, medicina adaptada a la gravedad parcial e infraestructuras marcianas capaces de sostener viajes de retorno fiables.

Pero para los primeros, para quienes inauguren esa ruta, la situación será distinta. Ellos no viajarán con la comodidad del precedente.

Viajarán como prueba. Y esa es la razón por la que la frase “los primeros humanos en Marte nunca volverán” no suena a exageración, sino a advertencia.

Porque llegar a Marte será una proeza. Pero volver de Marte, al menos al principio, podría ser algo mucho más cercano a un lujo que a una garantía.