Dicen de él que es un maldito, un genio,

un marginal glorioso que vivió al borde

del abismo y regresó para escupirle al

mundo su verdad. Fue yonkey, fue

leyenda, fue deseo prohibido en una

España que no estaba lista para él.

Ator de "A Lei do Desejo" Eusebio Poncela morre aos 79 anos | Euronews

Eusebio Poncela no pidió permiso, rompió

las reglas, quemó las etiquetas y dejó

cicatrices en el cine, en el teatro y en

la vida. Hoy, a sus casi 80 años sigue

siendo un huracán silencioso, imposible

Eusebio Poncela, oficio de tinieblas | Columnistas

de detener. Quédate porque lo que vas a

descubrir no es solo la historia de un

actor, es el retrato de una revolución

con nombre y apellidos. ¿Qué destacarías

de Eusevio Poncela? Comparte tu opinión

Eusebio Poncela - Biography - IMDb

en los comentarios y participa en el

debate. Desde las entrañas de un barrio

obrero de Madrid llamado Vallecas nace

un niño que no tarda en demostrar que

está hecho de otra pasta. No se

conforma, no se somete, no encaja, es

Eusebio Poncela, un laberinto de sorpresas exigente, incisivo y profundamente seductor | Cine

puro nervio, puro fuego. Se llama

Eusebio Poncela. Y aunque aún nadie lo

sepa, está destinado a sacudir los

cimientos del cine, el teatro y la

televisión en España. Su infancia no es

fácil. Escapa de casa más de una vez. es

Hoy Urban Beat homenajea a Eusebio Poncela, el último divo del cine español

expulsado de ocho colegios y en casa el

aire está cargado de cicatrices

invisibles. Su padre, un socialista

culto, arrastra la derrota de haber

luchado en el bando equivocado de una

guerra que lo dejó deshecho. En medio de

todo eso, Eusebio ya tiene claro quién

es y, sobre todo lo que no está

dispuesto a ser. Desde los 3 años dice

que quiere ser actor y no

miente. Participa en funciones escolares

y se forma en la Real Escuela Superior

de Arte Dramático. Su cuerpo y su voz se

convierten en instrumentos afilados,

listos para romper la hipocresía y la

rigidez de la escena española. Su debut

profesional llega con Mariana Pineda

junto a María Dolores Pradera y pronto

se consolida en montajes como Romeo y

Julieta Omarsade, dirigido por Adolfo

Marcillac. En el teatro encuentra su

verdad, su espacio natural, su refugio.

No actúa para gustar, actúa para ser.

Durante los años 70, Poncela alterna

teatro con cine y televisión. participa

en Estudio 1, viaja a Londres, París,

Nueva York, y se va ganando una

reputación. Es brillante, sí, pero

también es difícil. No se deja manejar.

Rechaza papeles comerciales, desprecia

la fama fácil y se va creando un aura de

actor marginal, insumiso, irrepetible.

Es el tipo de intérprete que incomoda a

los productores, pero fascina a los

directores valientes. Todo cambia en

1979. Ese año marca un antes y un

después. Poncela protagoniza Arrebato,

la obra maestra de Iván Zulueta. Una

película hipnótica experimental donde se

funden el cine, la adicción y el deseo.

Eusebio interpreta a un director

atrapado por la heroína y la línea entre

el personaje y el actor comienza a

desdibujarse porque en la vida real él

también empieza a caer en ese abismo. La

heroína entra en escena silenciosa y

letal y transforma su casa en Madrid en

un infierno parecido al de Kid Richards

según sus propias palabras. Pero antes

de desaparecer, Poncela deja golpe sobre

la mesa. Operación Ogro, dirigida por

Yillo Pontecorbo, donde interpreta a un

miembro de ETA en una cinta que remueve

conciencias por retratar el asesinato de

Carrero Blanco. El actor se convierte en

un símbolo de un cine político,

arriesgado, sin

concesiones, pero mientras en pantalla

brilla, por dentro se va apagando. En

esos años oscuros, Poncela se convierte

en una víctima más de la heroína. España

no está preparada para entenderlo. No

hay comprensión, solo estigma, solo

rechazo. Se le ve como aú paria, un

problema, un actor incómodo con un

talento que asusta y una vida personal

que espanta. Así que toma una decisión

radical. Huye del país. Se marcha a

Argentina, Ausuaya, la ciudad más

austral del planeta. Allí, en medio del

frío y el silencio, comienza a

desintoxicarse por su cuenta. No pisa

una clínica, no sigue un programa, lo

hace a su manera, solo como siempre, y

lo consigue. Eusebio Poncela sobrevive,

se limpia y renace. En esos años lejos

de España encuentra también otro modo de

expresarse. La pintura descubre un

placer nuevo, una forma de crear sin

tener que

exponerse, pinta, camina, respira, vive.

Y cuando menos lo espera, el cine vuelve

a llamarlo. Es Adolfo Aristarain, que lo

quiere para un papel que marcará su

regreso por todo lo alto. Dante en

Martín Hche, ese personaje pansexual,

inteligente, brutalmente libre, parece

escrito para él y su frase hay que

follarse a las mentes se convierte en un

manifiesto. Una declaración de

principios, una cachetada a una sociedad

anquilosada. Con Cecilia Roz lado,

Poncela demuestra que no solo ha vuelto,

ha vuelto mejor que nunca. Pero la

gloria no le interesa, nunca le ha

interesado. Cuando lo invitan a

entrevistas, no suaviza nada. Dice lo

que piensa, sin filtro. La política le

parece una farsa, un bucle. La cultura

oficial le da urticaria. Se define como

anarquista emocional y ni la vejez lo ha

domado. Tiene 80 años, según dice

Wikipedia, porque él nunca lo confirma,

pero se le ve fuerte, entero con esa

belleza inquebrantable que el tiempo no

ha logrado borrar. Rechaza trabajos en

cine y no le parecen relevantes. Se

refugia en el teatro, donde su alma

encuentra sentido y aún hoy, en pleno

siglo XXI, sigue actuando. Sigue dejando

al público de pie, aplaudiendo arabiar.

Como en el beso de la mujer araña, donde

interpreta a Molina una figura ambigua,

carnal, necesaria. El público lo adora,

lo espera en la puerta, le grita bravo

con los ojos llenos de emoción y él como

siempre solo sonríe, recoge su abrigo y

desaparece entre las

sombras. A medida que pasan los años 80,

el nombre de Eusebio Poncela se vuelve

indispensable en el cine español. No

porque él lo buscara, no porque hiciera

promociones ni fiestas, ni se codeara

con las élites mediáticas. Todo lo

contrario, su leyenda crece porque se

mantiene intacto, feroz, inconquistable.

Es un actor que solo acepta papeles que

le hablen, que le quemen, que le

ofrezcan una grieta por donde colarse

con su alma. Nada más. Y en esa década

gloriosa se cruzan en su camino algunos

de los directores más importantes de la

historia del cine español. Pilar miró,

le da uno de sus papeles más intensos en

Werfer, donde la sensibilidad y el dolor

se filtran por cada plano. Con Imanol

Uribe en El Rey pasmado demuestra que

puede alternar el drama con la crítica

social y seguir brillando. Pero si hay

una relación artística que marca un

antes y un después en su vida, es la que

mantiene con Pedro Almodobar, primero en

matador, donde interpreta a un comisario

entre la pasión y la culpa, y luego en

la ley del deseo, una película que

cambia por completo las reglas del cine

español. Allí, Poncela encarna a Pablo,

un director homosexual profundamente

enamorado de un joven impulsivo y

peligroso interpretado por Antonio

Banderas. La película incluye una escena

de sexo anal entre ambos que sacude a

una España aún empapada de represión

moral. Esa escena no solo rompe tabúes,

rompe el cine en dos.

Poncela como siempre está lejos cuando

ocurre el escándalo. Se encuentra en

Costa Rica filmando otra película. Ni

siquiera se entera de la revolución que

ha provocado en las salas. Ni quiere

enterarse. Cuando le dicen que ha sido

un éxito, responde sin pestañear. Nesuda

la [ __ ] Él ya está pensando en lo

siguiente, en lo que aún no ha hecho.

Mientras tanto, su imagen empieza a

consolidarse como la de un actor

maldito, un putón cardíaco, como él

mismo se define. La crítica lo idolatra,

el público lo respeta, la industria lo

teme porque es un tipo que no acepta

órdenes, no se deja vestir por modas ni

corrientes. Es un lobo solitario, un

marginal que se ha ganado ese título a

pulso y con un orgullo feroz. Pero

también hay un hombre detrás del mito,

un hombre que ha sufrido, que ha

enterrado amigos por culpa de la droga,

que ha vivido en carne propia el

rechazo, la incomprensión, el infierno

de una España que no sabía cómo tratar a

quienes salían del molde. Él no oculta

nada, lo dice todo. No fui a clínicas,

me curé solo. Soy un genio de la

supervivencia. Gracias a la genética,

gracias a mi padre. Ese mismo espíritu

es el que lo lleva ya limpio, a volver a

pisar los escenarios con una fuerza

renovada, pero más sabio, más

selectivo. Ya no quiere saber nada del

cine vacío. No le motiva pasar semanas

rodando con 50 personas que no conoces y

la historia no tiene fundamento. Elige

el teatro y en el teatro brilla como

nunca. En obras como El beso de la mujer

araña, dirigido por Carlota Ferrer, se

entrega por completo. Su personaje,

Molina, no es solo un preso político. Es

una figura de transición, de género, de

sensibilidad, un alma libre atrapada en

un cuerpo castigado. El público aplaude

de pie, lo esperan a la salida, le

agradecen con lágrimas en los ojos.

Poncela, ya en sus 80 sigue dejando

huellas imborrables sobre el escenario y

no se detiene porque si hay algo que le

sobra es vitalidad. Sigue haciendo

ejercicio, como le enseñó su padre. Vive

en un pueblo rodeado de campo y

silencio. Y aunque ya no ve las noticias

ni se mete en debates políticos, sigue

siendo un anarquista de corazón, un

provocador nato, un hombre que no pide

permiso para existir. También lo vemos

en series de televisión como Omerly.

Sapere Aude, donde interpreta a un

carismático dueño de un cabaret sin

miedo a abrazarlo cuir, lo excéntrico,

lo diferente. Cuando alguien insinúa que

podría encasillarse por hacer personajes

homosexuales, él revienta el argumento.

¿Qué tiene que ver por dónde metes la

cosa con el personaje? A Javier Barden

lo encasillan por hacer de heterosexual.

No me fastidies. Cada palabra suya es un

disparo, pero no un disparo ciego. Es un

dardo envenenado de

lucidez. Habla de la libertad como algo

sagrado. Habla de los prejuicios como

una enfermedad

nacional. España es un país facha, no

solo conservador. Facha dice, y no lo

hace para provocar, lo hace porque es su

verdad. Eusebio Poncela no se calla,

nunca lo ha hecho ni en los peores

momentos. Y esa lealtad brutal, asimismo

es lo que lo ha convertido en una figura

legendaria, en una rara avis del

espectáculo español. Un hombre que ha

sobrevivido a la censura, a las drogas,

a la industria y que sigue a día de hoy

más vivo que nunca. Eusebio Poncela no

ha construido una carrera, ha levantado

un universo propio, un lugar donde las

reglas no aplican, donde el tiempo no

corre igual y donde cada personaje que

interpreta es una exploración, una

confesión, un acto de resistencia. Por

eso, aunque ha trabajado con los grandes

nombres del cine español, nunca ha sido

uno más. Nunca ha sido un actor del

montón. Él nace y se consume en escena y

eso lo distingue de cualquiera. Durante

los años 90, con su alma limpia y su voz

aún más poderosa, Concela retoma el cine

desde una madurez serena y punzante.

Participa en proyectos como Sagitario,

dirigido por Vicente Molina Fax, donde

vuelve a interpretar un personaje con

una carga homosexual profunda y

desafiante. No lo hace por militancia,

lo hace porque le interesa, porque esos

papeles hablan de lo que nadie quiere

mirar. La identidad, el deseo, la

fragilidad, el cuerpo también aparece en

la miniserie viento del pueblo, dando

vida al poeta Miguel Hernández y se

involucra en producciones

cinematográficas como Tuno Negro, Remei,

Los Borgia o Teresa, el cuerpo de

Cristo, todas ellas atravesadas por la

crítica, el simbolismo y el riesgo. No

acepta papeles decorativos, quiere

conflicto, quiere vértigo, quiere

belleza. En el año 2001, su trabajo

junto a Ángela Molina en Sagitario

demuestra que su fuerza no se ha

diluido. Es un intérprete de silencios,

de gestos mínimos, de miradas que

arrasan y en teatro su leyenda no hace

más que crecer. Obras complejas,

contemporáneas, arriesgadas. Intacto.

Una coproducción internacional con el

legendario Max Fon Sidow le vale una

nominación al Goya como mejor actor y no

es para menos.

La crítica se rinde una vez más. También

participa en la película argentina

Hermanas de Julia Solomonov, que revisa

el trauma de la dictadura desde una

mirada

íntima. Eusebio no solo actúa, se

convierte en parte del tejido emocional

de cada obra. No le interesa la gloria,

sino la verdad. En 2004 recibe el Premio

Nacional de Cinematografía Nacho

Martínez en el Festival de Gijón. Lo

acepta con ironía. dice que seguramente

haya personas más valiosas que él a

quienes debería ir dirigido. Pero todos

saben que ese premio no es un favor, es

una deuda saldada, porque si hay alguien

que ha entregado su cuerpo, su alma y

sus entrañas al arte en España, ese es

Eusebio Poncela. En la televisión

también de Jaguaya lo vemos en Águila

Roja, en Isabel y en Carlos rey

emperador, donde interpreta al cardenal

Cisneros, un personaje duro, ambiguo, de

enorme peso histórico. Repite ese mismo

papel en El Ministerio del Tiempo y con

solo unos minutos en pantalla logra

imponer una presencia tan poderosa como

la de cualquier protagonista. Su voz, su

postura, su gesto, todo en él sigue

siendo puro teatro. Puro cine, pura

leyenda. Pero Usebio no busca volver a

estar en el centro. Vive en su retiro,

en el campo, lejos del ruido. Desde hace

años se aleja de la gran ciudad. Ya no

le interesa lo que se cuece en las

tertulias de moda ni en los

informativos. Dice que no ve noticias,

que la política es un teatro repetitivo

donde nadie quiere entenderse y sin

embargo, su presencia pública sigue

teniendo peso político porque su sola

existencia es un acto de disidencia. En

entrevistas habla de sus días de

juventud con una mezcla de sarcasmo y

ternura. Recuerda que estaba en París

cuando murió Franco, esperando a que el

dictador se decidiera de una vez. Para

celebrar su muerte, no brindó con vino,

se tomó un ácido. Así es él, siempre a

lo grande, siempre libre. Y es libertad

lo que lo hace profundamente querido. No

hay nadie como él.

Cuando habla, suelta frases que se

vuelven tatuajes generacionales. Cuando

actúa, convoca a una audiencia que sabe

que está ante algo único, irrepetible,

casi sagrado. No hay pose, no hay

cálculo, solo entrega. A día de hoy,

Poncela sigue en activo, no por

necesidad económica, sino porque ama lo

que hace, porque el escenario lo llama,

porque la interpretación es su

respiración. asegura que podría vivir

cómodamente sin trabajar, pero no

concibe una vida alejada del oficio que

lo salvó. Su independencia, su lenguaje

sin filtros, su forma de estar en el

mundo, lo han convertido en un referente

absoluto, no solo en la cultura

española, también en la lucha por la

libertad, por la identidad, por el

derecho a ser, sin pedir permiso. Sus

papeles, sus frases, sus gestos viven en

la memoria de varias generaciones que

han aprendido con él que el arte no

tiene género, ni moral, ni límites.

Eusebio Poncela está vivo, vibrante,

lúcido y sigue siendo una fuerza

creativa imparable. Es a día de hoy uno

de los últimos grandes actores libres

del panorama español. Un nombre que no

se ajusta a ningún molde, una voz que no

se calla, un cuerpo que aún vibra con

cada personaje. Y cuando un día ya no

esté, su sombra seguirá proyectándose

sobre el teatro, sobre las pantallas,

sobre cada actor que se atreva a vivir

sin pedir permiso. Porque su historia no

es solo la de un actor brillante, es la

de un superviviente, un insumiso, un

símbolo. Recuerda que esto fue Famosos

del Corazón, tu canal de YouTube donde

la verdad siempre sale a la luz.