Hoy voy a revelarte una verdad que una mujer intentó negar durante 55 años.

Elena Rodríguez nunca oró ni una sola vez en más de medio siglo.

Era profesora de filosofía.

Atea militante, escribió libros contra la religión, se burlaba de la fe, ridiculizaba la Eucaristía, pero en sus últimos días, completamente sola y muriendo de un tumor cerebral, Carlo Acutis la confrontó con una verdad.

Hay cosas que una persona nunca imagina que dirá en voz alta.

Yo pasé 80 años de mi vida convencida de que la oración era un ejercicio de autoengaño para mentes débiles, que Dios era un invento humano para soportar el absurdo de la existencia, que la fe era cobardía intelectual disfrazada de virtud.

Escribí tres libros defendiendo estas ideas.

Di conferencias en siete países distintos.

Recibí premios académicos por mi trabajo en filosofía materialista.

Y hoy, en lo que probablemente sean mis últimos días de lucidez completa, voy a contarte cómo un adolescente italiano muerto hace más de 20 años me obligó a confrontar la posibilidad de que estuve completamente equivocada durante más de medio siglo.

No sé si lo que viví fue real o si mi cerebro moribundo me está jugando la broma más cruel imaginable.

Pero lo que sí sé es que nunca volveré a ser la mujer que era y que Carlo Acutis tiene algo que ver con eso.

Mi nombre es Elena Rodríguez, tengo 80 años, fui profesora de filosofía en la Universidad Central de Venezuela durante 37 años.

Me especialicé en materialismo dialéctico y crítica de la religión.

Mis estudiantes me llamaban la dama de hierro porque nunca permití sentimentalismos en mi salón de clases.

Si alguien mencionaba a Dios en un ensayo académico, lo reprobaba automáticamente, no por crueldad, por principio.

La filosofía seria no tiene espacio para supersticiones medievales.

Eso es lo que siempre creí.

Eso es lo que enseñé durante casi cuatro décadas.

Nací en Maracaibo en 1945.

Mi padre era ingeniero petrolero.

Mi madre era ama de casa católica de bota.

Crecí yendo a misa todos los domingos.

Hice mi primera comunión a los 8 años con un vestido blanco que mi madre cosió durante tres meses.

Recuerdo haber sentido algo aquel día, una especie de emoción infantil.

Pensé que realmente estaba recibiendo a Jesús.

Qué inocente era.

Qué manipulable.

Todo cambió cuando tenía 16 años.

Mi hermano menor murió de poliomielitis.

Tenía 11 años.

Se llamaba Rafael.

Era un niño brillante, alegre, lleno de vida.

Mi madre rezaba el rosario todos los días pidiendo su sanación.

Organizó novenas.

Llevó a Rafael a ver tres sacerdotes distintos que rezaron sobre él.

Nada funcionó.

Rafael murió después de seis meses de agonía lenta.

Vi a mi madre destrozada, arrodillada frente al altar de nuestra casa, llorando y preguntándole a su Dios por qué le había quitado a su hijo.

Y ese día entendí algo fundamental.

Dios no existe.

O si existe, no le importamos.

Las oraciones son palabras lanzadas al vacío.

La fe es un placebo emocional que funciona hasta que la realidad te golpea en la cara con algo tan brutal que ninguna ilusión puede sostenerse.

Dejé de ir a misa ese mismo año.

Mi madre lloró.

Mi padre me abofeteó.

No me importó.

Había visto la verdad.

Y la verdad era que estamos solos en un universo indiferente, que debemos construir significado nosotros mismos porque no hay ningún plan divino, que la religión es una muleta para quienes no tienen el coraje de enfrentar el absurdo.

Me fui a Caracas a los 18 años.

Entré a la universidad a estudiar filosofía.

Me convertí en la mejor estudiante de mi generación.

Leí a Nietzsche, a Marx, a Feuerback, a Russell.

encontré en ellos la confirmación intelectual de lo que ya sabía emocionalmente.

Dios ha muerto y nosotros lo matamos.

O mejor dicho, nunca existió y nosotros finalmente tuvimos el valor de admitirlo.

Me casé a los 25 años con un compañero de estudios llamado Alberto.

Era ateo como yo.

Tuvimos una hija, la llamamos Marta.

Decidimos criarla sin religión, sin bautizo, sin ninguna de esas ceremonias primitivas.

Queríamos que creciera libre de supersticiones, que pensara por sí misma, que basara sus creencias en evidencia, no en fe ciega.

El matrimonio duró 12 años.

Alberto me dejó por una estudiante de posgrado.

No me afectó tanto como debería.

Para entonces ya había construido mi verdadera identidad alrededor de mi trabajo académico.

Los sentimientos eran biología, el amor era química cerebral, el sufrimiento era inevitable, pero no tenía significado trascendente.

Solo había que soportarlo hasta que pasara.

Crié a Marta sola.

Le di todo lo que pude.

Educación excelente, libros, viajes, conversaciones intelectuales desde que era pequeña.

La entrené para pensar críticamente, para cuestionar todo, para no aceptar nada sin evidencia.

Estaba orgullosa de ella.

Era brillante, racional, libre.

Entonces, Marta cumplió 19 años y me dijo que se había convertido al catolicismo.

Pensé que era una fase, una rebeldía adolescente.

Me dije que eventualmente volvería a la razón, pero no fue así.

Marta se sumergió completamente en la fe, se bautizó, tomó su primera comunión como adulta, empezó a ir a misa diariamente.

Conoció a un hombre católico, se casó en la iglesia, tuvo tres hijos, los bautizó a todos.

Nuestra relación se volvió tensa.

Yo intentaba no ser agresiva, pero cada vez que la veía rezar, sentía una mezcla de tristeza y rabia.

Mi propia hija había caído en la misma trampa de la que yo había intentado salvarla.

le había dado todas las herramientas para pensar libremente y eligió encadenarse a un sistema de creencias basado en mitos del primer siglo.

Los años pasaron, me jubilé a los 65, seguí escribiendo, seguí dando conferencias ocasionales.

Mi tercer libro, La ilusión de Dios, en el siglo XXI, se vendió razonablemente bien.

Recibí odio de grupos religiosos, recibí elogios de círculos académicos seculares.

Me gustaba ser controversial.

Me gustaba ser la voz de la razón en un país donde la mayoría de la gente todavía creía en santos y vírgenes y milagros.

Marta y yo manteníamos contacto mínimo.

Ella me invitaba a las fiestas de sus hijos.

Yo iba, éramos educadas, pero había una distancia enorme entre nosotras.

Ella oraba por mí.

Yo lo sabía.

Me molestaba profundamente.

No necesitaba sus oraciones.

No las quería.

Me sentía insultada cada vez que pensaba en ella, arrodillada, pidiendo por mi conversión, como si yo fuera una pecadora perdida que necesitaba salvación.

Cumplí 80 años el 15 de marzo de 2025.

Marta organizó una pequeña cena.

Vinieron mis tres nietos.

Fueron amables, educados.

Los tres católicos practicantes también.

Pensé en lo irónico de la situación.

Toda mi vida dedicada a promover el pensamiento racional y mi única descendencia era devotamente religiosa.

Dos semanas después del cumpleaños empecé con dolores de cabeza.

Al principio los ignoré, tomaba ibuprofeno, seguía con mi rutina, pero los dolores empeoraron.

se volvieron tan intensos que no podía concentrarme para leer.

Eso sí me asustó.

La lectura era mi vida.

Si no podía leer, algo estaba muy mal.

Marta me llevó al hospital.

Le habían dicho los doctores que necesitaban hacerme estudios, una resonancia magnética, análisis de todo tipo.

Tardaron una semana en darme los resultados.

Esa semana fue extraña.

Seguía teniendo los dolores, pero ahora, además, tenía miedo.

Un miedo que no había sentido en décadas, el miedo de no saber, de no tener control.

El 28 de marzo, el Dr.

Ramírez me citó en su consultorio.

Era un hombre de unos 50 años, serio, profesional, no perdió tiempo en rodeos.

Tumor cerebral, glioblastoma multiforme, grado 4.

Inoperable por la ubicación, agresivo.

3 meses de vida, quizás cuatro, si respondía bien a tratamiento paliativo.

Me quedé sentada en silencio.

Marta estaba conmigo.

Empezó a llorar.

El doctor seguía hablando.

Opciones de tratamiento, quimioterapia para ganar tiempo, radioterapia, cuidados paliativos, hospicio cuando llegara el momento.

Yo solo pensaba una cosa, esto es todo.

80 años de vida y ahora la nada, exactamente como siempre supe que sería.

No hay más allá.

No hay vida después de la muerte, solo el fin de la conciencia.

como apagar una luz, como quedarse dormida y nunca despertar.

Debería haberme sentido en paz.

Había pasado décadas preparándome mentalmente para este momento.

Sabía que la muerte era el fin natural de todos los organismos biológicos.

No había nada que temer, solo aceptar.

Pero no sentía paz, sentía terror.

Marta me acompañó de regreso a mi apartamento.

No hablamos mucho en el taxi.

Cuando llegamos, ella me ayudó a sentarme en el sofá.

Se arrodilló frente a mí.

Tomó mis manos.

Mamá, dijo, “Necesitas hablar con un sacerdote.

” La miré con incredulidad.

“¿Me estás hablando en serio?”, le dije.

Ahora, en este momento, ¿me estás pidiendo que me convierta? No es conversión, dijo ella, es consolación, es preparación.

Mamá, no tienes que morir sola.

Dios puede darte paz.

No necesito paz de un Dios imaginario, le respondí.

Necesito que me dejes procesar esto en privado.

Pero ella no se rindió.

Mamá, solo habla con él.

Con el padre Miguel.

Es un hombre sabio.

No te va a presionar.

Solo escucha lo que tiene que decir.

No dije firmemente.

No voy a hipócrita en mis últimos meses de vida.

Viví 80 años sin Dios.

Voy a morir sin Dios, con dignidad, con coherencia.

Marta se levantó.

Tenía lágrimas en los ojos.

Entonces voy a orar por ti, dijo, todos los días hasta tu último aliento.

Haz lo que quieras, le dije, pero déjame sola ahora.

Ella se fue, cerró la puerta suavemente, me quedé sentada en el sofá de mi apartamento vacío, 80 años, 3 meses más, quizás cuatro, y después nada.

Los primeros días fueron confusos.

El doctor me había dado medicamentos para el dolor.

Me hacían sentir aturdida.

Dormía mucho.

Cuando estaba despierta intentaba leer, pero no podía concentrarme.

Las palabras se movían en la página.

A veces veía doble, a veces olvidaba lo que acababa de leer.

Marta venía todos los días, traía comida, limpiaba mi apartamento, intentaba no hablar de religión, pero a veces no podía evitarlo.

Me decía que estaba rezando novenas, que había pedido a su grupo de oración que intercediera por mí, que confiaba en que Dios me tocaría el corazón.

Yo la toleraba, no tenía energía para discutir.

Además, ella era lo único que me quedaba.

Mi única familia.

No podía alejarla en estos últimos meses.

Dos semanas después del diagnóstico, empecé quimioterapia paliativa.

No para curarme, eso era imposible, solo para ganar un poco más de tiempo.

Los efectos secundarios fueron brutales, náuseas constantes, fatiga extrema.

Perdí el apetito completamente.

Perdí peso rápidamente.

Marta seguía viniendo.

Ahora traía a sus hijos a veces mis nietos.

Santiago de 22 años, Laura de 19, Tomás de 16.

Eran buenos chicos, respetuosos.

Me miraban con tristeza.

Probablemente su madre les había pedido que oraran por mí también.

Un día Santiago me trajo un libro.

dijo que pensaba que me gustaría aunque fuera solo como lectura ligera.

Era una biografía.

Carlo Acutis, el primer santo millennial, se llamaba.

Miré la portada.

Un adolescente sonriente, jeans y sudadera.

Parecía cualquier chico moderno.

¿Quién es este?, pregunté.

Un beato, dijo Santiago.

Bueno, ahora es santo.

Lo canonizaron hace poco.

Murió muy joven de leucemia.

Tenía 15 años, era un genio de la computación, documentó milagros eucarísticos de todo el mundo.

¿Y por qué piensas que me interesaría? Pregunté con más sarcasmo del que pretendía.

Santiago se encogió de hombros.

Era muy inteligente, dijo, como tú.

Pero encontró algo que tú nunca has encontrado.

Paz en la fe.

Solo pensé que tal vez te gustaría leer sobre alguien que pensaba profundamente sobre estas cosas.

Me molesté.

Pero no dije nada.

Santiago se fue.

El libro se quedó en mi mesa de noche.

Pasaron varios días.

Los dolores de cabeza empeoraban.

Los medicamentos me ayudaban, pero me dejaban en un estado de semiconciencia constante.

Dormía, despertaba, comía poco, dormía de nuevo.

El tiempo se volvía difuso.

Una noche desperté a las 3 de la madrugada.

El apartamento estaba completamente silencioso, oscuro.

Sentía el peso de la soledad como una piedra sobre mi pecho.

Por primera vez desde el diagnóstico lloré.

No lágrimas elegantes, llanto feo, soyosos que sacudían todo mi cuerpo, porque estaba aterrada, completamente aterrada.

La muerte se acercaba y yo no tenía control sobre nada.

Miré hacia la mesa de noche.

El libro seguía ahí.

La cara de ese adolescente sonriendo desde la portada.

Lo tomé solo porque no tenía nada más que hacer.

Solo porque el silencio era insoportable.

Solo porque necesitaba distraer mi mente de la realidad de mi situación.

Empecé a leer.

Carlo Acutis nació en Londres el 3 de mayo de 1991.

Creció en Milán.

Desde pequeño mostró fascinación por la computación.

Aprendió programación por su cuenta.

Creó sitios web cuando la mayoría de los niños apenas sabía usar internet.

Era brillante.

Eso lo reconocí inmediatamente.

Un niño genio.

Pero lo que más me llamó la atención fue su obsesión con la Eucaristía.

Desde los 7 años pedía ir a misa diaria.

No porque sus padres lo obligaran.

Su madre ni siquiera era practicante al principio.

Era su propia decisión, su propia necesidad.

Leí sobre cómo Carlo documentaba milagros eucarísticos, casos en toda la historia donde la consagrada había sangrado, donde había tomado forma de carne humana, donde análisis científicos habían mostrado tejido cardíaco real.

Carlo creó una exposición digital de todos estos casos.

Los investigó meticulosamente, los catalogó, los presentó al mundo.

Me pareció fascinante desde un punto de vista intelectual.

Este niño había aplicado rigor científico a creencias religiosas.

Había intentado probar lo que por definición es improbable.

Me pareció noble, aunque completamente equivocado.

Los supuestos milagros eucarísticos tenían explicaciones racionales, contaminación, bacterias, fenómenos naturales mal interpretados.

La gente ve lo que quiere ver, pero seguí leyendo.

Algo en la historia de Carlo me enganchó.

su inteligencia, su claridad, su convicción absoluta.

Carlo decía que la Eucaristía era su autopista al cielo, que en ese pedazo de pan consagrado estaba realmente presente Jesucristo, cuerpo, alma y divinidad.

No simbólicamente, no metafóricamente, realmente, sustancialmente, y que eso cambiaba todo.

¿Qué podría hacer creer eso a un niño brillante?, me preguntaba mientras leía.

¿Qué tipo de experiencia subjetiva lo llevó a esa certeza? Luego llegué a la parte de su enfermedad, leucemia fulminante, diagnosticada en 1976.

Murió el 12 de octubre de 2006.

Tenía 15 años.

Ofreció su sufrimiento por el Papa y por la Iglesia.

Hasta el final mantuvo su fe.

Su última palabra fue mamá.

Cerré el libro.

Eran las 5 de la madrugada.

No había dormido nada, pero mi mente estaba extrañamente alerta.

Este niño murió con paz.

Pensé.

Yo estoy muriendo con terror.

¿Cuál es la diferencia? La diferencia es la ilusión.

Él se permitió creer en algo que le daba consuelo.

Yo me niego a autoengañarme.

Esa es la diferencia.

Pero entonces pensé en algo más.

Y si no era ilusión.

Y si había algo que yo no podía ver.

¿Y si mi materialismo era el verdadero autoengaño? Sacudí la cabeza.

Los medicamentos me estaban afectando.

Estaba pensando tonterías.

La muerte me estaba volviendo débil, sentimental, exactamente lo que había despreciado toda mi vida.

Dejé el libro en la mesa, intenté dormir, no pude.

La imagen de Carlo Acutis no se iba de mi mente.

Su sonrisa, su certeza, su paz en la muerte.

Los días siguientes fueron peores.

Los dolores aumentaron.

El doctor ajustó los medicamentos, me dio opciones, podía seguir con quimio, podía detenerla, podía considerar hospicio.

Le dije que quería quedarme en casa, que no quería morir en un hospital.

Me dijo que entendía, pero que eventualmente necesitaría más ayuda de la que podía recibir en mi apartamento.

Marta sugirió que me mudara con ella.

Me negué.

No iba a pasar mis últimos días en una casa donde había crucifijos en cada pared y rosario sobre las mesas.

Necesitaba mi espacio, mi independencia, aunque fuera ilusoria.

Rechacé el hospicio también.

Marta se veía preocupada, pero no discutió.

Contrató una enfermera que venía dos veces al día.

Una mujer joven llamada Patricia era católica también.

Por supuesto, todo el mundo era católico, excepto yo.

Patricia era amable, profesional, nunca mencionaba religión hasta que un día me encontró leyendo el libro de Carlo Acutis.

¿Conoces su historia?, me preguntó mientras revisaba mi presión arterial.

Estoy leyendo sobre él, dije.

Fue un chico interesante.

Fue un santo dijo ella suavemente.

Yo le pedí su intercesión cuando mi hermano estaba enfermo.

Mi hermano se sanó.

Coincidencia”, dije.

Ella sonrió.

“Tal vez”, dijo, “o tal vez no.

A veces solo necesitamos tener fe de que hay algo más grande que nosotros.

” No le respondí.

No tenía energía para debate filosófico con mi enfermera, pero después de que se fue, volví a mirar el libro.

Había una foto de Carlo en su primera comunión.

8 años.

el mismo vestido blanco que yo había usado, la misma edad, pero en su cara había algo que yo no recuerdo haber sentido.

Alegría genuina, certeza, como si realmente creyera que estaba recibiendo a alguien.

Yo solo había sentido emoción de un evento especial, de ser el centro de atención, de usar un vestido bonito.

Nunca sentí presencia de nada más allá de mi propia imaginación infantil.

¿Qué había sentido, Carlo? Ahora quiero preguntarte algo.

Si supieras que solo te quedan 3 meses de vida, ¿estarías dispuesto a cuestionar todo lo que has creído durante 80 años o te aferrarías a tus convicciones sin importar qué? Piénsalo.

Realmente piénsalo y déjame saber en los comentarios qué harías.

Las semanas pasaban.

Abril se convirtió en mayo.

Los dolores se volvieron insoportables, incluso con medicamentos.

Empecé a tener episodios extraños.

A veces veía cosas que no estaban ahí.

Sombras en las esquinas de mi visión, voces lejanas que no podía identificar.

El doctor dijo que era normal.

El tumor afectaba diferentes partes de mi cerebro.

Alucinaciones, nada más.

Pero una tarde vi algo distinto.

Estaba sentada en mi sofá intentando leer.

Ya no podía concentrarme en filosofía seria.

Estaba releyendo el libro de Carlo Acutis por tercera vez.

No sé por qué.

Algo en su historia me jalaba.

De repente sentí una presencia en la habitación.

No era sombra en la esquina de mi visión.

Era sensación clara de que no estaba sola.

Miré alrededor.

El apartamento estaba vacío.

Patricia se había ido hacía una hora.

No había nadie, pero la sensación persistía.

Alguien está aquí conmigo pensé.

Y por primera vez en 60 años pensé en mi hermano Rafael, el niño de 11 años que murió de poliomielitis.

El evento que destruyó mi fe.

Rafael, dije en voz alta.

¿Eres tú? Silencio.

Por supuesto.

No había nadie, solo mi cerebro moribundo creando ilusiones.

Pero entonces pensé, si Rafael existe en algún lugar después de la muerte, ¿qué me diría? ¿Me perdonaría por usar su muerte como excusa para abandonar a Dios o me entendería? Empecé a llorar, no sé por qué.

Tal vez por los medicamentos, tal vez por la soledad, tal vez porque por primera vez en décadas permitía que el recuerdo de Rafael me afectara sin escudarme detrás de filosofía materialista.

Rafael había sido un niño dulce, amable.

Creía en Dios con la fe simple de un niño.

Cuando estaba enfermo rezaba.

Decía que no tenía miedo porque Jesús lo cuidaba.

Murió con paz, como Carlo Acutis.

Los dos niños, los dos con leucemia.

Bueno, Rafael tenía polio, pero ambos con enfermedades terribles.

Los dos muriendo jóvenes, los dos con paz que yo no entendía.

¿Cómo se muere con paz a los 11 años? ¿A los 15 años? ¿Qué tienen los niños que los adultos perdemos? Tomé el libro de nuevo.

Busqué una frase específica que había leído antes.

Carlo había dicho algo sobre la tristeza, que era mirar demasiado hacia nosotros mismos y que la felicidad era mirar hacia Dios.

Qué simple.

Pensé, qué absurdamente simple.

Y sin embargo, yo había pasado 80 años mirando hacia mí misma, hacia mi intelecto, hacia mis logros, hacia mi autosuficiencia.

Y ahora en la muerte no tenía nada de eso.

Mi intelecto se desmoronaba con el tumor.

Mis logros no significaban nada.

Mi autosuficiencia era completamente ilusoria porque dependía de Patricia y de Marta y de doctores y de medicamentos que apenas mantenían el dolor tolerable.

Estaba completamente sola y completamente aterrada.

Marta vino esa noche, trajo sopa, me ayudó a comer, aunque apenas pude tomar unos sorbos.

Se quedó sentada conmigo en silencio por un rato.

Luego dijo algo que me sorprendió.

Mamá, dijo, sé que no quieres hablar con el padre Miguel, pero puedo al menos rezar contigo.

No necesitas decir nada, solo déjame rezar.

La miré, vi su rostro lleno de amor, de preocupación genuina.

Mi hija, la única persona en el mundo que realmente me amaba a pesar de todo.

Está bien, dije, “Reza si quieres.

” Ella tomó mi mano, cerró los ojos, empezó a orar en voz baja.

Padre celestial, comenzó, “te pido por mi madre.

Sé que no cree en ti, pero yo creo y confío en tu misericordia.

Por favor, tócale el corazón, muéstrale tu amor, ayúdala a no tener miedo, envía a tus ángeles a acompañarla y si es tu voluntad, sánala, pero sobre todo dale paz en el nombre de Jesús.

Amén.

Abrió los ojos.

Tenía lágrimas corriendo por sus mejillas.

Gracias, mamá”, dijo.

“Gracias por dejarme hacer eso.

” “No sé qué decir”, respondí, “pero me alegra que te haya dado paz a ti.

” “No es solo para mí”, dijo, “es para ti también, aunque no lo creas ahora.

” Se fue poco después.

Me quedé sola de nuevo, pero algo había cambiado.

No sabía qué.

Solo sabía que la oración de Marta me había conmovido de una manera que no esperaba, no porque creyera que había alguien escuchando, sino porque había sido un acto de amor puro.

Mi hija amándome lo suficiente como para rogar a su Dios por mí.

Esa noche tuve un sueño o tal vez fue alucinación.

Ya no podía distinguir.

Vi a Rafael, mi hermano, tenía 11 años, exactamente como lo recordaba.

Estaba sonriendo.

Elena me dijo, “No estés triste por mí.

Estoy bien.

Siempre he estado bien.

” ¿Cómo? Le pregunté.

¿Cómo puedes estar bien si moriste tan joven? Porque la muerte no es el final”, dijo, “es el principio.

” Y mamá no estaba equivocada al orar por mí.

Sus oraciones me acompañaron hasta el cielo.

Desperté sudando.

El reloj marcaba las 4 de la madrugada.

El apartamento estaba oscuro y silencioso.

“Solo un sueño”, me dije.

Solo mi cerebro procesando recuerdos viejos.

Pero la imagen de Rafael sonriendo no se iba.

Los días siguientes fueron confusos.

A veces no sabía qué día era.

A veces olvidaba si Patricia ya había venido o si estaba esperándola.

Los medicamentos aumentaban, el dolor aumentaba más rápido.

El doctor me había advertido que esto pasaría, que eventualmente llegaría a un punto donde los medicamentos no serían suficientes.

Marta me presionó de nuevo sobre el hospicio.

Le dije que no quería morir en mi casa, en mi espacio, con mis cosas.

Ella finalmente aceptó, pero dijo que entonces necesitaría contratar a alguien para que se quedara conmigo por las noches.

Patricia solo venía durante el día.

No quiero nadie, dije.

Quiero estar sola.

No puedes estar sola, mamá, respondió.

Es peligroso.

Puedes caerte.

Puedes necesitar ayuda.

Por favor, cedo no tenía fuerzas para pelear.

Una mujer llamada Rosa empezó a venir por las noches.

Dormía en mi sofá, revisaba que estuviera bien.

Me ayudaba al baño cuando lo necesitaba.

Era humillante, pero ya no me importaba.

La dignidad es un lujo que pierdes cuando estás muriendo.

Una noche le pregunté a Rosa si era católica.

Dijo que sí.

¿Tú crees que hay vida después de la muerte?, le pregunté.

Sí, señora dijo sin dudar.

Mi esposo murió hace 3 años.

Sé que lo volveré a ver.

¿Cómo puedes estar tan segura? Pregunté.

Porque Dios lo prometió, dijo.

Y Dios no miente.

Qué fe más simple pensé.

Qué certeza sin evidencia.

Y sin embargo, ella dormía en paz todas las noches.

Yo apenas podía dormir tres horas seguidas entre el dolor y el miedo.

Una tarde, Patricia entró a mi habitación y me encontró llorando.

No le había oído llegar.

Estaba sentada en mi cama abrazando el libro de Carlo Acutis y llorando como niña.

Señora Elena dijo suavemente.

¿Qué pasa? Tengo miedo admití.

Tengo tanto miedo de morir y no sé qué hacer con ese miedo.

Ella se sentó en la cama a mi lado.

¿Puedo decirle algo?, preguntó.

Asentí.

El miedo a la muerte es natural, dijo, “pero no tiene que ser el final.

” Carlo Acutis no tenía miedo porque sabía que la muerte era solo paso a algo mejor.

“¿Usted puede tener esa misma paz?” No puedo, dije, no puedo creer en algo que no tiene evidencia.

He pasado toda mi vida siendo honesta intelectualmente.

No puedo abandonar eso ahora solo porque estoy asustada.

La honestidad intelectual también significa estar dispuesta a considerar que tal vez ha estado equivocada, dijo Patricia gentilmente.

No es debilidad cambiar de opinión cuando tienes nueva información.

¿Qué nueva información? Pregunté casi con risa.

un libro sobre un niño que creía en milagros.

Eso no es evidencia.

No, dijo, pero su miedo sí lo es.

Su miedo le está diciendo algo.

Le está diciendo que hay algo más, que su alma sabe lo que su mente se niega a aceptar.

Me quedé callada.

No tenía respuesta porque en el fondo sabía que tenía razón.

Mi terror no era solo miedo al dolor físico, era miedo existencial, miedo de que tal vez estuve equivocada.

de que tal vez hay algo después y yo no estaba preparada.

Patricia se fue.

Yo me quedé con el libro.

Lo abrí en una página al azar.

Era una cita de Carlo.

No sino Dios.

Tres palabras tan simples, tan profundas.

El opuesto exacto de cómo había vivido mi vida.

Yo siempre había sido sobre mí, mi intelecto, mis logros, mi verdad, mi camino.

¿Qué pasaría si por una vez no fuera sobre mí? Ya estaba en mayo avanzado.

El doctor me había dado hasta finales de junio, tal vez julio si tenía suerte, pero la suerte no existía, solo probabilidades biológicas y las mías no eran buenas.

Marta venía todos los días ahora.

A veces traía a sus hijos.

Santiago seguía preguntándome si había terminado el libro de Carlo.

Le decía que sí, que lo había leído tres veces.

Me preguntó qué pensaba.

Le dije que pensaba que Carlo había sido un joven extraordinario.

Santiago sonrió.

¿Vas a pedirle que interceda por ti?, preguntó.

No sé cómo hacer eso, admití.

Solo háblale, dijo.

¿Cómo hablarías con un amigo? Cuéntale lo que sientes.

Él escucha.

Era absurdo hablar con un niño muerto.

Pero Santiago lo decía con tanta sinceridad, con tanta fe simple.

Lo pensaré, le dije.

Esa noche, cuando Rosa estaba dormida en el sofá y el apartamento estaba oscuro y silencioso, tomé el libro de nuevo.

Miré la foto de Carlos sonriendo.

Está bien, dije en voz baja.

No sé si puedes oírme.

Probablemente no.

Probablemente estoy hablando sola, pero si existe alguna posibilidad de que estés en algún lugar, necesito ayuda.

Tengo miedo.

Tengo mucho miedo y no sé cómo dejar de tener miedo.

Tú creías en algo que te dio paz.

Yo no creo en nada y eso me está matando más rápido que el tumor.

Si puedes hacer algo, si puedes mostrarme algo, lo que sea, por favor, silencio.

Por supuesto, ¿qué esperaba? Una respuesta audible, una aparición.

Pero mientras estaba sentada ahí en la oscuridad sosteniendo ese libro, sentí algo.

No puedo describirlo precisamente.

No era paz.

No todavía.

Era más como pequeña grieta en la armadura de certeza que había construido durante 80 años.

Una pequeña duda de mi duda.

Una pequeña pregunta de si tal vez, solo tal vez, había algo que no entendía.

Me dormí con el libro sobre mi pecho.

Los días se volvieron borrosos.

Junio llegó.

Los dolores eran constantes.

Ahora Patricia aumentó mis medicamentos de nuevo.

Me advirtió que pronto llegaríamos al límite de lo que era seguro dar, que después de eso solo habría sedación paliativa, dormir hasta morir, básicamente.

No quiero eso, le dije.

Quiero estar consciente hasta el final.

Eso va a ser muy difícil, señora Elena”, dijo.

“El dolor será insoportable.

” “No me importa”, dije.

Necesito estar consciente.

Necesito estar presente.

No le dije por qué.

No le dije que tenía miedo de que si me dormían no despertara, que si había algo después de la muerte, necesitaba estar alerta para verlo, que no podía arriesgarme a perder ese momento por estar sedada.

Marta estaba cada vez más preocupada.

Podía verlo en su cara.

Me decía que me veía peor cada día, que había perdido demasiado peso, que mis ojos se veían hundidos, que mi piel tenía tono grisáceo.

Le dije que lo sabía, que podía verme en el espejo, que veía a la muerte apoderándose de mi cuerpo lentamente.

Una tarde me preguntó directamente, “Mamá, ¿has pensado en hablar con el padre Miguel?” Solo una vez, solo para que te explique lo que creemos.

No tienes que aceptar nada, solo escucha.

La miré por largo tiempo.

Vi el amor en sus ojos, el amor desesperado de una hija viendo a su madre morir.

El amor que la hacía rogar, aunque sabía que probablemente dirían que no.

Está bien, dije finalmente.

Que venga.

Marta casi se cae de la silla de la sorpresa.

¿En serio? preguntó.

En serio, dije.

No prometo nada, pero lo escucharé.

Ella empezó a llorar.

Me abrazó.

Por primera vez en años realmente me abrazó y yo la abracé de vuelta.

mi hija, mi única hija que me amaba a pesar de todo, que oraba por mí a pesar de saber que yo pensaba que sus oraciones eran inútiles.

El padre Miguel vino al día siguiente.

Era un hombre de unos 60 años, pelo gris, anteojos, vestía ropa de calle, no sotana.

Se veía como cualquier abuelo normal.

“Señora Rodríguez”, dijo al entrar, “Gracias por recibirme.

Le pedí que se sentara.

Marta nos dejó solos.

Me preguntó cómo me sentía.

Le dije la verdad, que me estaba muriendo y que tenía miedo.

El miedo es comprensible, dijo.

La muerte es lo más desconocido que existe.

Pero no tiene que ser el final.

Ese es el problema.

Le dije.

No hay evidencia de que no sea el final.

Todo lo que sabemos científicamente sugiere que la conciencia es producto del cerebro.

Cuando el cerebro muere, la conciencia cesa, no hay más.

Él asintió.

Entiendo por qué piensa eso, dijo.

Pero la fe no se basa solo en evidencia científica, se basa en experiencia, en testimonio, en transformación de vidas.

Millones de personas a través de la historia han tenido encuentros con lo divino que cambiaron todo.

Experiencia subjetiva.

No es evidencia objetiva.

Respondí.

La gente tiene experiencias con todas las religiones.

Eso no las hace verdaderas.

Tiene razón, dijo.

Pero hay algo distinto en el cristianismo.

No es solo filosofía o moralidad, es relación.

ese encuentro personal con un Dios que se hizo hombre, que sufrió, que murió y que resucitó.

Si la resurrección de Cristo es verdadera, entonces todo cambia.

La muerte no es el fin, es transformación.

Sí, repetí, pero esa es una afirmación extraordinaria que requiere evidencia extraordinaria.

La mejor evidencia son los testigos, dijo.

Los apóstoles vieron a Cristo resucitado.

Estuvieron dispuestos a morir por ese testimonio.

La gente no muere por una mentira que ellos mismos inventaron.

Discutimos por casi una hora.

Él era paciente, no se enojaba con mis objeciones, no me presionaba, solo presentaba el caso de la fe con calma y respeto.

Finalmente le pregunté algo que me había estado molestando.

¿Por qué un Dios todopoderoso permitiría tanto sufrimiento? ¿Por qué niños como mi hermano Rafael mueren de enfermedades horribles? ¿Por qué Carlo Acutis murió a los 15 años? Si Dios es bueno y poderoso, ¿por qué hay tanto dolor? Esa es la pregunta más difícil, admitió, y no tengo respuesta completa, pero sí sé esto.

Dios no nos prometió vida sin sufrimiento.

Nos prometió que estaría con nosotros en el sufrimiento.

Cristo mismo sufrió.

murió en una cruz, conoce nuestro dolor desde adentro y nos prometió que el sufrimiento no es la última palabra, que hay resurrección después de la muerte, que hay sentido en el dolor, aunque no siempre lo veamos.

Quiero creerle, le dije honestamente.

Quiero pensar que hay algo más, pero no puedo simplemente decidir creer.

La creencia no funciona así.

Tiene razón, dijo.

La fe es don.

No podemos generarla nosotros mismos, solo podemos abrirnos a recibirla.

Y usted ya dio el primer paso al aceptar hablar conmigo, al leer sobre Carlo Acutis, al permitir esa pequeña grieta de duda en su certeza, se levantó para irse.

“Voy a orar por usted”, dijo.

“Y si alguna vez quiere hablar de nuevo, solo dígale a Marta, vendré inmediatamente.

” “Gracias”, dije.

Y lo dije sinceramente.

Después de que se fue, me quedé pensando en nuestra conversación.

No había cambiado mi mente, pero había plantado algo, una semilla de pregunta, de posibilidad.

Los días siguientes fueron los más difíciles hasta ese momento.

El dolor se volvió casi insoportable.

Patricia me dijo que realmente necesitaba considerar sedación, que no había razón para sufrir tanto.

“Todavía no”, le dije.

Un poco más, solo un poco más.

No sabía qué estaba esperando.

Solo sabía que necesitaba estar alerta, que algo tenía que pasar, que no podía rendirme todavía.

Marta venía dos veces al día ahora, por la mañana y por la noche.

Me ayudaba con todo, me bañaba, me cambiaba, me daba de comer cucharada por cucharada.

Era humillante, pero también hermoso.

Mi hija cuidándome como yo la había cuidado cuando era bebé.

Una noche, mientras me ayudaba a acostarme, me dijo algo.

Mamá, dijo, quiero que sepas que te amo.

Siempre te he amado, incluso cuando peleábamos sobre religión, incluso cuando no hablábamos por semanas.

Siempre te amé y siempre te amaré.

Estés donde estés después de esto.

Empecé a llorar.

Ella también.

Yo también te amo”, le dije.

Y lamento haber sido tan dura contigo.

Lamento no haber podido aceptar tu fe.

“Lamento tanto, no tienes nada que lamentar”, dijo.

“Fuiste la mejor madre que pudiste ser.

Me enseñaste a pensar, a ser fuerte, a no rendirme.

Esos son dones que siempre llevaré conmigo.

Nos abrazamos por largo tiempo.

Cuando finalmente se fue, me quedé despierta mirando el techo.

El libro de Carlo Acutis estaba en mi mesa de noche como siempre.

Lo había leído tantas veces que conocía pasajes de memoria.

Carl, susurré en la oscuridad, si estás ahí, si puedes oírme, ayúdame.

Muéstrame algo, lo que sea, porque no puedo hacer esto sola.

No puedo enfrentar la muerte sin saber si hay algo más.

El silencio era absoluto, pero en ese silencio sentí algo, no puedo explicarlo.

Era como presencia, como si no estuviera completamente sola, como si alguien estuviera escuchando.

Era mediados de junio.

El doctor me había dado hasta finales de mes originalmente, pero ahora decía que tal vez no llegaría tan lejos, que el tumor avanzaba más rápido de lo esperado, que mi cuerpo se estaba apagando.

Una semana más, le dije.

Dame una semana más.

No sabía por qué pedía eso.

Solo sabía que necesitaba más tiempo, un poco más de tiempo para entender, para descubrir, para encontrar lo que estaba buscando, sin saber exactamente qué era.

Los dolores eran constantes.

Ahora no había momentos sin dolor.

Patricia me daba medicamentos cada 4 horas.

Me ayudaban apenas.

Rosa se quedaba conmigo todo el tiempo, no solo las noches.

Marta prácticamente vivía en mi apartamento.

Estaba rodeada de amor, de cuidado, pero también estaba más sola que nunca, porque la muerte es algo que cada uno enfrenta solo.

Nadie puede morir por ti, nadie puede acompañarte al otro lado.

Vas solo, completamente solo.

O tal vez no pensaba.

Tal vez Carlo tenía razón.

Tal vez Cristo acompaña, tal vez no estamos solos, pero necesitaba saber.

Necesitaba algo más que fe ciega.

Necesitaba algún tipo de confirmación, algún tipo de señal.

Una noche, era 19 de junio, desperté con dolor terrible, peor que nunca, como si algo dentro de mi cabeza estuviera explotando.

Grité.

Rosa vino corriendo, llamó a Patricia.

Patricia llamó al doctor.

El doctor llegó a las 2 de la madrugada, me examinó.

Dijo que el tumor estaba sangrando internamente, que esto era el principio del fin, que tenía días, tal vez solo horas, que necesitaba sedación inmediata para controlar el dolor.

No dije entre gritos de dolor.

No todavía.

Por favor, no todavía.

Señora Elena dijo, el dolor solo va a empeorar.

No hay razón para sufrir así, solo un poco más.

” Rogué, “Por favor.

” Él me miró con tristeza.

Luego asintió.

“Le daré algo para el dolor que no la sedará completamente”, dijo.

“Pero si empeora más, no tengo opción.

Necesito sedarla.

” “Está bien”, dije.

Me inyectó algo.

El dolor disminuyó a nivel tolerable, pero seguía ahí.

un dolor sordo y constante que me recordaba que mi cerebro se estaba destruyendo.

Marta llegó poco después.

El doctor la había llamado.

Entró a mi habitación con ojos rojos de llorar.

“Mamá”, dijo, “Déjame llamar al padre Miguel, por favor, para que te dé los últimos sacramentos, para que no mueras sin estar en paz con Dios.

” Miré a mi hija, vi su rostro desesperado y pensé en Carlo Acutis, en Rafael, en todos los que murieron con fe, con paz, con certeza de algo más.

Todavía no, le dije, pero pronto.

Te prometo que pronto.

Ella se sentó en la silla junto a mi cama, tomó mi mano y ahí se quedó toda la noche sosteniendo mi mano mientras yo luchaba contra el dolor y contra mi propia incredulidad.

Amanecí 20 de junio.

El dolor era constante, pero el medicamento lo mantenía manejable.

podía pensar, podía estar presente y sabía que me quedaba muy poco tiempo.

Patricia vino, me revisó, me ayudó a tomar un poco de agua.

No podía comer nada.

Mi cuerpo estaba cerrándose.

Señora Elena dijo suavemente.

¿Hay algo que pueda hacer por usted? Sí, le dije.

Tráeme la Eucaristía.

Ella se quedó paralizada.

¿Qué? La Eucaristía, repetí, quiero verla.

Quiero que alguien traiga una consagrada.

Necesito verla con mis propios ojos antes de morir.

Patricia empezó a llorar.

Oh, señora Elena, dijo, “¿Significa esto que no sé lo que significa? La interrumpí.

Solo sé que necesito verla.

Que Carlo Acutis dedicó su vida a documentar su realidad y que necesito saber si tenía razón.

Necesito ver con mis propios ojos lo que él vio.

Patricia corrió a llamar a Marta.

Marta corrió a llamar al padre Miguel.

El padre Miguel dijo que vendría inmediatamente y mientras esperaba, sola en mi cama, sosteniendo el libro de Carlo Acutis contra mi pecho, supe que estaba a punto de cruzar una línea, que lo que iba a pasar en las próximas horas cambiaría todo, o confirmaría mi ateísmo de toda la vida, o lo destrozaría completamente.

El padre Miguel llegó a las 11 de la mañana, traía un pequeño estuche.

Dentro, me explicó, había una consagrada.

El cuerpo de Cristo.

No simbólicamente, no metafóricamente, realmente puedo verla.

Pregunté.

Por supuesto, dijo.

Abrió el estuche, sacó una pequeña cajita dorada, la abrió.

Adentro había un círculo blanco delgado, pan sin levadura, ordinario, simple.

Esto es, dijo, el mayor misterio de nuestra fe.

Cristo mismo presente, real, esperando.

Lo miré.

Solo veía pan, nada más.

Sentí desilusión profunda.

No había luz, no había sensación especial, solo un pedazo de pan en una caja dorada.

“No siento nada”, dije.

“La fe no siempre es sentimiento,” respondió el padre Miguel.

A veces es decisión, a veces es salto en la oscuridad.

Carlo Acutis no vio con ojos físicos la presencia de Cristo en la Eucaristía, pero la vio con ojos de fe y esa visión transformó su vida.

Cerró la cajita, la puso en mi mesa de noche.

La dejaré aquí, dijo, “poraso decide recibirla, pero no la presiono.

Solo ore.

Pídale a Dios que le muestre la verdad y esté abierta a lo que él quiera revelarle.

Se fue.

Marta se quedó.

Rosa estaba en la sala.

Patricia vendría más tarde para mi siguiente dosis de medicamento.

Me quedé mirando esa cajita dorada.

Adentro estaba lo que cristianos de 2000 años habían adorado, lo que mártires habían muerto defendiendo, lo que Carlo Acutis había documentado obsesivamente.

¿Era real o era la ilusión más grande de la historia humana? Necesitaba saber.

Antes de morir, necesitaba saber la verdad.

El dolor aumentaba de nuevo.

Patricia llegaría en dos horas con más medicamento, pero estas dos horas serían cruciales.

Sentía que me acercaba a algo, a algún momento definitivo, a alguna respuesta.

Carlo susurré mirando su foto en el libro.

Ayúdame a ver, ayúdame a entender.

Ayúdame a saber si dedicaste tu vida a algo real o si fue hermosa ilusión.

Porque si fue real, necesito saberlo ahora.

Necesito verlo antes de que sea demasiado tarde.

El apartamento estaba en silencio.

Marta había ido a preparar algo de comer.

Rosa estaba descansando.

Estaba sola con ese círculo de pan en una caja dorada.

Sola con la pregunta más importante que había evitado durante 80 años.

¿Existe Dios? ¿Y si existe, realmente está presente en ese pedazo de pan? El reloj marcaba la 1 de la tarde.

El sol entraba por mi ventana, el dolor latía en mi cabeza como tambor constante y yo estaba a punto de descubrir si todo lo que creí o mentira.

Lo que sucedería en las próximas horas me destrozaría, me reconstruiría, me mostraría algo que cambiaría no solo mi muerte, sino el significado de toda mi vida.

Pero todavía no había llegado.

Todavía estaba en el momento antes, el momento de no saber, el momento de estar suspendida entre dos mundos, entre dos verdades incompatibles.

Y en ese momento, con el libro de Carlo Acutis en una mano y mirando esa cajita dorada en mi mesa de noche, entendí por primera vez lo que significaba realmente tener fe.

No era certeza, era apertura, era decir sí a posibilidad de estar equivocada.

Era permitir que la realidad fuera más grande que mis categorías mentales.

Era rendición del orgullo intelectual que me había definido durante 80 años.

Era terror absoluto y también era el principio de algo que todavía no podía nombrar.

El dolor aumentó súbitamente.

No era el dolor familiar del tumor, era algo diferente, una presión intensa detrás de mis ojos, como si algo estuviera empujando desde adentro de mi cráneo hacia afuera.

Intenté gritar, pero no salió sonido.

Mi cuerpo entero se tensó y entonces sucedió.

El apartamento desapareció, no gradualmente, instantáneamente.

Un segundo estaba en mi cama mirando la cajita dorada.

Al siguiente estaba en un espacio que no puedo describir con palabras humanas.

No era oscuridad, no era luz, era algo fuera de categorías que conozco.

Y en ese espacio vi algo que destrozó 80 años de certeza materialista en un instante.

Vi la Eucaristía, pero no como círculo de pan.

Vi lo que realmente era.

Vi a Cristo no como figura histórica, no como concepto teológico.

Lo vi presente, real, sustancialmente presente en ese pedazo de pan que había despreciado toda mi vida como superstición medieval.

Vi la verdad que Carlo Acutis había pasado 15 años documentando la presencia real, no simbólica, no metafórica, real.

Y no era visión pacífica.

No era consuelo inmediato, era terror absoluto.

Porque si esto era real, entonces todo lo que enseñé durante 37 años era mentira.

Cada artículo que escribí ridiculizando la fe era ataque contra la verdad.

Cada estudiante que convencí de que Dios no existía fue desviado por mi soberbia.

Cada vez que me burlé de mi hija por arrodillarse ante la Eucaristía, estaba burlándome de Cristo mismo.

La magnitud de mi error era tan devastadora que quería desaparecer.

Quería no existir.

Porque, ¿cómo vives sabiendo que dedicaste tu vida entera a destruir lo que era verdadero? ¿Cómo enfrentas a un Dios que ridiculizaste durante más de medio siglo? Pero entonces vi algo más.

Vi que Cristo no me miraba con ira.

Me miraba con amor, amor que no merecía, amor que no podía comprender.

Y en ese amor vi también mi hermano Rafael.

Vi que sus oraciones infantiles no habían sido vanas, que mi madre arrodillada pidiendo por él no había estado hablando al vacío, que todo lo que consideré ilusión era más real que cualquier cosa que toqué con mis manos.

No sé cuánto duró, tal vez segundos, tal vez horas.

El tiempo no funcionaba normalmente en ese espacio.

Pero cuando regresé a mi cuerpo, cuando el apartamento volvió a materializarse alrededor mío, estaba llorando tan fuerte que no podía respirar.

Soyosos que sacudían todo mi cuerpo moribundo.

Marta entró corriendo.

Mamá, ¿qué pasó? ¿Estás bien? No podía hablar, solo lloraba.

Señalé la cajita dorada.

Ella la tomó.

Me miró sin entender.

¿Quieres recibirla?, preguntó con voz temblorosa.

Asentí.

Y entre soyosos logré decir tres palabras que nunca pensé pronunciar.

Llama al padre.

Marta casi dejó caer la cajita.

Empezó a llorar también.

Corrió a buscar su teléfono.

Llamó al padre Miguel.

Le dijo que viniera inmediatamente, que su madre quería confesarse, que había sucedido un milagro.

Colgó.

volvió a mi lado, me tomó las manos.

“¿Qué viste, mamá?”, preguntó.

“¿Qué te mostró?” “Lo vi”, dije entre lágrimas.

“Vi la verdad.

Vi que estuve equivocada, completamente equivocada durante 80 años.

Y ahora no sé cómo vivir con eso.

No sé cómo morir sabiendo lo que hice.

” “Dios te perdona, mamá”, dijo Marta llorando.

“Ya te perdonó.

Solo necesitas pedirlo.

¿Cómo puede perdonarme?, pregunté.

¿Cómo puede perdonar lo que hice? Alejar a tanta gente de él, destruir tanta fe.

Toda mi vida fue ataque contra la verdad.

Cristo murió por eso, dijo ella, murió exactamente por eso, por gente como nosotros, por pecadores, por los perdidos, por los que estuvieron equivocados.

No vino por los justos, vino por los que necesitamos misericordia.

El padre Miguel llegó en 20 minutos, entró a mi habitación y supo inmediatamente que algo había cambiado.

Se acercó a mi cama, se arrodilló junto a mí.

¿Qué sucedió, Elena? Preguntó suavemente.

Ahora me llamaba por mi nombre.

No, señora Rodríguez.

La vi.

Susurré.

Vi la Eucaristía.

Vi lo que realmente es.

Vi a Cristo y ahora sé que estuve equivocada toda mi vida y tengo tanto miedo, tanto miedo de que sea demasiado tarde, de que haya hecho demasiado daño.

Nunca es demasiado tarde, dijo él.

Nunca.

Mientras hay vida, hay posibilidad de conversión.

¿Quieres confesarte? Sí, dije, pero no sé cómo.

Nunca lo he hecho.

Bueno, una vez cuando tenía 8 años, pero no recuerdo nada.

Yo te guío, dijo, solo habla con honestidad.

Dile a Dios lo que hay en tu corazón.

Y así comencé mi primera confesión real en 72 años.

Le conté todo.

55 años de rechazo activo a Dios, de burla de la fe, de enseñar a otros que la religión era superstición, de alejar a estudiantes de cualquier búsqueda espiritual, de ser cruel con mi hija por su catolicismo, de usar la muerte de Rafael como excusa para mi ateísmo en lugar de como oportunidad para confiar en un plan más grande.

Hablé por casi 30 minutos.

El padre Miguel solo escuchaba.

Cuando terminé, cuando no quedaban más palabras, solo más lágrimas, él puso su mano sobre mi cabeza.

Elena dijo, “En nombre de Jesucristo te absuelvo de todos tus pecados.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Hizo la señal de la cruz sobre mí y en ese momento sentí algo que nunca había experimentado en mi vida.

Paz.

Paz que no venía de mi razonamiento.

Paz que no venía de haber resuelto algún problema filosófico.

Paz que venía de saber que era amada a pesar de todo.

Que era perdonada a pesar de todo.

Que no estaba sola.

¿Quieres recibir la comunión?, preguntó el padre Miguel.

Sí, dije sin dudar, por favor.

Tomó la cajita dorada, la abrió, sacó la la elevó frente a mí.

El cuerpo de Cristo dijo, “Amén”, respondí.

“Y por segunda vez en mi vida, después de 72 años recibí la Eucaristía.

La puso en mi lengua.

La dejé disolverse y mientras se disolvía sentía algo inexplicable: Presencia.

Cristo dentro de mí, en mi cuerpo moribundo, en mi cerebro destruido por el tumor.

Ahí presente, real.

El padre Miguel rezó sobre mí, me dio los últimos sacramentos, la unción de los enfermos.

Me explicó que ahora estaba preparada, que cuando la muerte llegara no tenía que temer, que Cristo me llevaría a casa.

Después de que terminó, se quedó sentado junto a mi cama.

Marta estaba del otro lado sosteniendo mi mano.

“Quiero que sepas algo,” me dijo el padre Miguel.

Carlo Acutis oró por conversiones durante toda su corta vida.

Ofreció su sufrimiento específicamente para que personas alejadas de Dios lo encontraran.

No es coincidencia que su historia llegara a ti justo ahora.

Él estaba intercediendo.

Todavía está intercediendo.

Miré el libro en mi mesa de noche, la foto de ese adolescente sonriendo y entendí.

No había sido casualidad, no había sido solo curiosidad intelectual.

Carlo me había estado llamando, me había estado mostrando el camino y finalmente en mi última semana de vida había tenido el coraje de seguirlo.

“Gracias, Carl”, susurré mirando su foto.

“Gracias por no rendirte conmigo.

Gracias por mostrarme la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

” Los siguientes dos días fueron extraños.

El dolor físico seguía ahí.

El tumor seguía destruyendo mi cerebro.

Pero el terror había desaparecido.

Ya no tenía miedo de morir.

Sabía a dónde iba, sabía quién me esperaba.

Patricia venía y lloraba de alegría cada vez que me veía.

Rosa rezaba el rosario junto a mi cama.

Marta nunca se apartaba de mi lado.

Sus tres hijos vinieron.

Les pedí perdón por haber sido tan dura con su fe.

Les dije que tuvieron razón todo el tiempo.

Santiago trajo más libros sobre Carlo Acutis.

Los leía en voz alta para mí cuando yo ya no podía sostener nada.

Cada historia me asombraba más.

Los milagros documentados, las curaciones atribuidas a su intercesión, la rapidez de su canonización.

Todo apuntaba a que ese adolescente había sido algo extraordinario.

El 22 de junio por la tarde, el padre Miguel vino de nuevo, me trajo la comunión, la recibí con lágrimas de gratitud.

Le pedí que me explicara más sobre la Eucaristía, sobre cómo era posible que Cristo estuviera presente en el pan.

Es misterio, dijo, no podemos comprenderlo completamente con nuestra razón, pero podemos experimentarlo, podemos conocerlo.

Y tú lo has conocido, Elena.

Has tenido un don extraordinario.

Has visto lo que la mayoría solo cree por fe.

Porque yo, pregunté, ¿por qué me mostró eso? No lo merecía.

Nadie lo merece, respondió.

Es gracia pura.

Tal vez porque sabía que tu mente racional necesitaba más que palabras.

Tal vez porque quería mostrarte que la razón y la fe no son opuestas, que la verdad más profunda incluye ambas.

O tal vez simplemente porque te ama y punto.

Esa noche empeoré considerablemente.

El dolor aumentó a niveles que los medicamentos ya no podían controlar.

Patricia me advirtió que tendría que sedarme, que ya no había opción.

Está bien”, le dije.

Estoy lista, pero antes de que me cedara pedí algo.

Pedí que todos se reunieran alrededor de mi cama.

Marta, sus tres hijos, Rosa, Patricia, el padre Miguel, que todavía estaba ahí.

Cuando todos estuvieron presentes, hablé con lo que me quedaba de voz.

Quiero que sepan, dije, que viví 80 años en oscuridad pensando que era luz.

Pasé décadas enseñando mentiras pensando que era verdad.

Y en mis últimos días, Dios tuvo misericordia de mí, me mostró lo que es real, me dio oportunidad de arrepentirme, de volver a casa.

Hice una pausa para respirar.

Cada palabra requería esfuerzo enorme.

“Quiero pedirles algo.

” Continué.

Cuenten mi historia, no para avergonzarme, sino para mostrar que nunca es demasiado tarde, que Dios espera hasta el último momento, que su misericordia es más grande que nuestros errores.

No importa cuántos años, no importa cuánto daño, siempre hay camino de regreso.

Todos lloraban.

Marta me apretó la mano.

Lo haré, mamá, dijo.

Lo prometo y quiero que le den gracias a Carlutis, dije.

A ese niño que nunca conocí, pero que intercedió por mí, que no se rindió con esta vieja atea obstinada.

Díganle que funcionó, que lo logró.

Patricia me inyectó el sedante.

Sentí como mi conciencia empezaba a disolverse.

El último pensamiento coherente que tuve fue de gratitud.

Gratitud por el dolor que me quebró.

Gratitud por Marta que nunca dejó de orar.

Gratitud por Carló el camino.

Gratitud por Cristo que me esperó 80 años.

Y entonces me sumergí en la inconsciencia.

Mi madre murió el 24 de junio de 2025 a las 6 de la mañana.

Yo estaba sosteniendo su mano.

El padre Miguel acababa de darle la comunión por última vez, aunque ella ya no estaba consciente, pero habíamos acordado hacerlo de todos modos, por si acaso podía sentirlo de alguna manera.

Cuando dejó de respirar, no sentí la desesperación que esperaba.

Sentí paz porque sabía dónde estaba, sabía a quién había encontrado.

Mi madre, que pasó 55 años sin orar, finalmente había orado.

Y Dios había respondido de manera tan clara, tan poderosa, que nadie en esa habitación podía dudar de lo que había sucedido.

El funeral fue pequeño.

Ella había pedido ser enterrada con el libro de Carlo Acutis.

Lo pusimos en el ataúd junto a ella.

También pusimos una imagen de la Eucaristía y un rosario que nunca usó en vida, pero que sostuve sobre su pecho en el ataúd.

Varios de sus exestudiantes vinieron, algunos sabían de su conversión, otros no.

Les conté la historia.

Cómo Carlo Acutis había intercedido, cómo ella había visto la verdad en sus últimos días.

Algunos lloraban, otros parecían escépticos, pero todos escucharon.

Después del funeral encontré algo en su apartamento, un cuaderno que había estado escribiendo en sus últimos días cuando todavía podía sostener un bolígrafo.

Eran notas dispersas, reflexiones sobre lo que había visto, sobre su conversión.

Una página me impactó particularmente.

Había escrito, “Pasé 80 años construyendo argumentos contra Dios.

Tomó un momento de visión mística destrozarlos todos.

La experiencia es más poderosa que el argumento.

El encuentro es más real que la filosofía.

Carlos lo sabía, por eso documentaba los milagros, no para probar, sino para invitar, para decir, “Ven y ve.

” Y yo finalmente vine.

Finalmente vi.

Y nada volverá a ser igual.

Guarde ese cuaderno.

Lo leo cuando necesito recordar que Dios no se rinde con nadie, que su misericordia alcanza hasta el último momento, que nunca es demasiado tarde para volver a casa.

Han pasado varios meses desde que mamá murió.

A veces todavía no puedo creer lo que sucedió.

Mi madre, la atea militante, mi madre, la profesora que ridiculizaba la religión.

Mi madre confesándose, recibiendo la comunión, muriendo con paz en Cristo.

Es el tipo de historia que la gente no cree cuando la cuentas.

Pero yo estuve ahí.

Vi su terror transformarse en paz.

Vi su duda transformarse en certeza.

Vi su muerte transformarse de fin aterrador a principio esperanzado.

Y todo porque un adolescente italiano que murió hace más de 20 años ofreció su sufrimiento por conversiones como esta.

Todo porque Carlo Acutis creyó que la Eucaristía era real y dedicó su corta vida a ayudar a otros a verlo también.

Mi madre vivió 80 años.

Carlo vivió 15.

Pero en esos 15 años, Carlo hizo más por el reino de Dios que mi madre en 80.

Y al final, en los últimos días de vida de mi madre, Carlo la llevó a casa.

Esa es la historia que mi madre me pidió que contara.

No es historia de perfección, es historia de misericordia, de gracia, de Dios esperando pacientemente a una mujer obstinada hasta que finalmente estuvo lista para ver.

Y si mi madre pudo convertirse después de 55 años de rechazo activo, entonces cualquiera puede.

Nunca es demasiado tarde.

Nunca estás demasiado perdido, nunca has hecho demasiado daño.

La misericordia de Dios es más grande siempre.

Carlo Acutis, el primer santo millennial, intercede todavía y mi madre es prueba de eso.

Gracias, Carlo, por no rendirte con ella, por mostrarle el camino, por llevarla a Cristo cuando todos pensábamos que era imposible.

Y mamá, donde quiera que estés ahora, finalmente en paz, finalmente en casa, espero que sepas que cumplí mi promesa, conté tu historia y espero que ayude a alguien más a encontrar lo que tú encontraste, que nunca es demasiado tarde para orar.

Yeah.