Mi nombre es padre Roberto Santini, tengo 52 años
y durante 22 años he cargado un secreto tan oscuro que consumió cada momento de mi existencia.

He sido un sacerdote católico que mató a un hombre hasta que el 28 de septiembre de 2006, un chico
de 15 años llamado Carlo Acutis entró a mi iglesia y pronunció palabras que revelaron mi secreto
más profundo y me ofreció algo que nunca pensé posible.

El perdón.

Llevo más de dos décadas
viviendo esta doble vida.

Cada mañana celebro la misa en la pequeña iglesia de Santa Lucía
en Milán.

Mis feligres me saludan con respeto, me llaman padre Roberto con cariño, me consultan
sus problemas, buscan mi consejo espiritual.

Ninguno de ellos sabe que el hombre que bendice
sus matrimonios, que bautiza a sus hijos, que les ofrece la absolución de sus pecados, es en
realidad un asesino, un hombre cuyas manos, estas mismas manos que alzan la [ __ ] consagrada cada
día, alguna vez quitaron una vida.

El peso de este secreto es como una piedra atada a mi cuello que
me arrastra hacia el fondo cada vez que intento respirar.

He intentado convencerme durante años
de que lo que hice fue un accidente, que fue en defensa propia, que la investigación me absolvió.

Pero en las noches, cuando estoy solo en la rectoría y el silencio se vuelve ensordecedor, sé
la verdad.

Maté a un hombre y peor aún, construí toda mi vida sacerdotal sobre esa mentira, sobre
ese pecado no confesado.

Me hice sacerdote por expiación, no por vocación.

Cuando tenía 30 años y
trabajaba en construcción, algo terrible ocurrió, algo que cambiaría el curso de mi vida para
siempre.

Y durante 22 años creí que ese secreto moriría conmigo, que lo llevaría a la tumba sin
que nadie más lo supiera jamás.

Pero entonces apareció Carlo a Cutis.

No era un chico común.

Eso
lo supe desde el momento en que cruzó la puerta de mi iglesia aquella tarde de septiembre.

Había algo en sus ojos, una profundidad que no correspondía a sus 15 años, una luz que
parecía venir de otro lugar.

Y cuando me miró, cuando pronunció mi nombre completo sin que yo
se lo dijera, supe que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Lo que no sabía es que ese encuentro
pondría fin a 22 años de silencio, que ese chico conocería detalles sobre aquella noche de 1984,
que ni siquiera la policía había descubierto, que me diría cosas sobre David, el hombre que
maté, que nadie más en este mundo podría saber, y que a través de él recibiría el perdón que
durante más de dos décadas había creído imposible.

Pero antes de contarte sobre Carlo, tengo que
llevarte al principio.

Tengo que mostrarte quién era yo antes de convertirme en el padre Roberto.

Tengo que confesarte aquí y ahora lo que realmente sucedió aquella noche de marzo de 1984, la noche
en que maté a David Torino.

Era el año 1984.

Yo tenía 30 años y trabajaba en una empresa
de construcción en las afueras de Milán.

Mi nombre entonces era simplemente Roberto
Santini, un trabajador más entre docenas, con las manos callosas por cargar ladrillos y mezclar
cemento.

No tenía grandes aspiraciones.

Ganaba lo suficiente para pagar mi pequeño apartamento, para
beber una cerveza los viernes con los compañeros, para ahorrar algo cada mes sin un propósito
claro.

La construcción era un trabajo duro pero honesto.

Comenzábamos a las 6 de la mañana, cuando
Milán todavía dormía y el cielo apenas empezaba a aclararse.

El olor a cemento húmedo, el ruido
constante de las máquinas, el sudor que empapaba nuestra ropa incluso en invierno.

Así eran mis
días rutinarios, predecibles, sin sobresaltos.

Entre mis compañeros estaba David Torino.

Era
un hombre de mi edad, quizás un año o dos mayor, alto, de complexión fuerte, con el cabello
oscuro, siempre despeinado, y una barba de tres días que nunca se afeitaba completamente.

David era callado la mayor parte del tiempo, concentrado en su trabajo, pero cuando bebía y
bebía con frecuencia, se volvía otra persona, ruidoso, paranoico, agresivo.

Trabajamos juntos
durante casi dos años sin mayores problemas.

Nos saludábamos por las mañanas, compartíamos
el almuerzo de vez en cuando, charlábamos sobre fútbol o sobre las quejas comunes de
cualquier obrero.

El capataz era un imbécil.

El pago llegaba siempre tarde.

El trabajo nunca
terminaba.

Nada profundo, nada personal.

Éramos conocidos, no amigos.

Yo sabía que David estaba
casado con una mujer llamada María.

La había visto una vez cuando pasó por la obra para traerle el
almuerzo que había olvidado.

Era una mujer menuda, de rostro suave, con ojos que evitaban el contacto
directo.

Recuerdo que me saludó con timidez.

y se fue rápidamente.

David apenas le dirigió la
palabra, solo tomó la bolsa y volvió al trabajo.

Hubo algo en esa interacción que me incomodó,
una frialdad que no pude nombrar en ese momento.

Los meses pasaron, el invierno dio paso a una
primavera húmeda y fría.

Y entonces, en marzo de 19, 1984, todo cambió.

comenzó con pequeñas
cosas que no entendí en su momento.

David empezó a mirarme de forma extraña.

Cuando yo hablaba con
otros compañeros, lo sorprendía observándome desde lejos con una expresión que no podía decifrar.

Dejó de sentarse conmigo durante el almuerzo.

Cuando yo llegaba al comedor improvisado que
teníamos en la obra, él tomaba su bolsa y se iba a comer solo.

Le pregunté un día si algo andaba mal.

me ignoró completamente, como si yo no hubiera hablado.

Los otros trabajadores empezaron a notar
la atención.

Algunos me preguntaban qué había pasado entre David y yo.

Yo no tenía respuesta.

No
había hecho nada.

No había dicho nada que pudiera explicar su cambio de actitud.

La situación
se volvió más tensa con cada día que pasaba.

David dejó de dirigirme la palabra por
completo.

Si yo entraba en una habitación, él salía.

Si teníamos que trabajar en el mismo
proyecto, encontraba excusas para irse a otra área.

El ambiente se volvió tan incómodo que el
capataz nos separó asignándonos tareas en extremos opuestos de la obra.

Pero eso no fue suficiente
para evitar lo que vendría después.

Fue un viernes por la tarde.

Recuerdo el olor a lluvia en el
aire.

las nubes bajas y grises que amenazaban tormenta.

Habíamos terminado el turno y la mayoría
de los trabajadores ya se había ido.

Yo me quedé unos minutos extra terminando de limpiar mis
herramientas, guardándolas en el almacén.

Era algo que hacía siempre, un hábito de orden que me había
enseñado mi padre.

Salí del almacén y comencé a caminar hacia la salida de la obra cuando escuché
pasos detrás de mí.

rápidos, pesados.

Me volteé y vi a David acercándose.

Su rostro estaba rojo,
sus puños cerrados, olía a alcohol.

Había estado bebiendo.

Roberto, me gritó.

Su voz temblaba
de rabia.

Necesito hablar contigo.

Me detuve confundido.

David, ¿qué pasa? ¿Estás bien? se
acercó más, invadiendo mi espacio personal tan cerca que podía sentir su aliento.

“No, no estoy
bien y tú sabes por qué.

No sé de qué hablas”, le respondí genuinamente perdido.

“David, si hice
algo que te molestó, dímelo y lo arreglamos.

” “Lo arreglamos”, repitió con sarcasmo amargo.

“¿Cómo
se arregla que te estés acostando con mi esposa?” Sus palabras me golpearon como un puñetazo.

Me quedé paralizado sin poder procesar lo que acababa de escuchar.

¿Qué? David, ¿estás loco? Yo
ni siquiera conozco a tu esposa.

Mentiroso gritó.

Te he visto mirándola.

Te he visto hablando
con ella en el mercado.

Yo, David, la vi una vez cuando vino a traerte el almuerzo.

La saludé.

Eso es todo.

No he vuelto a verla.

No me mientas.

Su voz subía de volumen con cada palabra.

Ella ha
estado diferente, distante.

Sé que hay alguien más y sé que eres tú.

Intenté mantener la calma.

David, te juro por Dios que no he tocado a tu esposa.

Ni siquiera he hablado con ella.

Lo que
sea que esté pasando en tu matrimonio.

Yo no tengo nada que ver.

Pero él no escuchaba.

La paranoia
y el alcohol habían construido una realidad en su mente que ninguna palabra mía podía desmantelar.

Sacó algo de su chaqueta, un cuchillo.

La hoja brilló bajo la luz grisácea del atardecer.

“Voy
a matarte”, dijo con una calma aterradora.

“Voy a matarte aquí mismo.

” Mi corazón comenzó a latir
tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

David, por favor, baja el cuchillo.

Podemos
hablar de esto.

Ya no hay nada de qué hablar.

Se lanzó hacia mí.

No lo pensé.

No tuve tiempo
para pensar.

Mi cuerpo reaccionó por instinto puro.

Me moví hacia un lado.

Esquivando el
primer ataque.

Él perdió el equilibrio y tropezó hacia adelante.

Yo aproveché para empujarlo,
intentando crear distancia entre nosotros.

Pero David era más fuerte de lo que yo había
calculado.

Se recuperó rápidamente y volvió a atacar.

Esta vez la hoja me rozó el brazo
izquierdo.

Sentí el ardor, la sangre caliente empapando mi camisa.

El miedo se transformó en
pánico.

Iba a matarme.

Realmente iba a matarme.

Lo que pasó después es algo que he revivido
mil veces en mi mente tratando de entenderlo, tratando de cambiarlo de alguna manera.

David se
lanzó por tercera vez.

Yo agarré un pedazo de tubo de metal que estaba en el suelo, parte de los
materiales de construcción esparcidos por todas partes.

Lo alcé instintivamente sin pensar en
las consecuencias.

David corrió directo hacia mí.

El impulso de su propio cuerpo, combinado con mi
movimiento defensivo, hizo que el tubo lo golpeara en la cabeza con una fuerza terrible.

Escuché el
sonido, un crujido sordo y húmedo que nunca podré olvidar.

Cayó inmediatamente como un edificio
que se derrumba sin intentar frenar la caída, sin poner las manos para protegerse, solo cayó.

El cuchillo salió volando de su mano, aterrizando varios metros lejos.

Yo me quedé allí de pie,
sosteniendo el tubo manchado de sangre, mirando el cuerpo inmóvil de David Torino en el suelo.

Durante unos segundos que parecieron eternos, no me moví, no respiré, no pensé, solo miré.

La
sangre empezaba a formar un charco oscuro bajo su cabeza.

Sus ojos estaban abiertos, vacíos, mirando
a ninguna parte.

Entonces, la realidad me golpeó.

Lo había matado.

Había matado a David.

Solté el
tubo.

Mis manos temblaban incontrolablemente.

Me acerqué a él, me arrodillé, busqué el pulso en su
cuello.

Nada, nada.

Intenté hacer presión en la herida de su cabeza, pero había demasiada sangre,
demasiado daño.

David, susurré.

David, por favor.

No, no, no, no.

Pero no hubo respuesta, solo
silencio.

El silencio más pesado que he conocido en mi vida.

No sé cuánto tiempo pasó antes de
que pudiera moverme.

Quizás fueron minutos, quizás solo segundos.

Mi mente se movía en cámara
lenta, procesando lo que había sucedido.

Defensa propia, me decía.

Fue defensa propia.

Él tenía un
cuchillo.

Iba a matarme.

Pero eso no cambiaba el hecho fundamental.

Un hombre estaba muerto por mi
mano.

Corrí a la oficina del capataz.

El teléfono.

Necesitaba llamar a la policía a una ambulancia,
aunque sabía que ya era demasiado tarde.

Mis dedos apenas podían marcar los números.

Cuando
finalmente logré comunicarme, las palabras salían entrecortadas, incoherentes.

Hubo un accidente
en la obra.

Un hombre está muerto.

Por favor, vengan rápido.

La policía llegó en menos de 20
minutos, también una ambulancia.

Los paramédicos confirmaron lo que yo ya sabía.

David Torino
estaba muerto.

Los siguientes días fueron un borrón.

Interrogatorios interminables.

La misma
pregunta una y otra vez desde diferentes ángulos.

¿Qué pasó exactamente? Les conté la verdad.

David
me atacó con un cuchillo.

Yo me defendí.

Lo golpeé con un tubo de metal.

Cayó.

Murió.

Encontraron el
cuchillo donde había caído.

Tenía las huellas de David.

Mi brazo tenía el corte de la hoja,
una evidencia física del ataque.

Los otros trabajadores testificaron sobre el comportamiento
extraño de David en las semanas previas, sobre su alcoholismo, sobre su paranoia creciente.

La
investigación duró tres semanas.

Tres semanas en las que viví en un estado de suspenso constante,
esperando que en cualquier momento alguien descubriera algo que me incriminara, que probara
que yo había provocado todo esto de alguna manera, pero no encontraron nada porque no había nada que
encontrar.

El caso fue cerrado.

Muerte accidental en el contexto de un ataque con arma blanca.

Roberto Santini había actuado en defensa propia.

Ningún cargo sería presentado.

Debería haberme
sentido aliviado.

Debería haber sentido que la justicia había prevalecido.

Pero solo sentía vacío
y culpa, una culpa que me consumía desde adentro como ácido.

Asistí al funeral de David.

Fue una
ceremonia pequeña, apenas una docena de personas.

Su viuda, María, estaba allí vestida de negro con
los ojos rojos e hinchados.

No me miró ni una sola vez durante todo el servicio.

No sé si era porque
me culpaba o porque no podía soportar ver a nadie en ese momento.

Después del funeral, no volví a la
construcción.

No podía.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a David cayendo.

Escuchaba ese sonido
terrible.

Sentía el peso del tubo en mis manos.

Renuncié a mi trabajo una semana después.

Me
encerré en mi apartamento durante meses.

No salía, excepto para comprar lo esencial.

No hablaba con
nadie.

Pasaba las noches sin dormir y los días en un estado de vigilia brumosa.

Fue durante esos
meses oscuros cuando comencé a entrar en iglesias.

Al principio, solo para estar en algún lugar
que no fuera mi apartamento.

Las iglesias eran silenciosas, frescas, ofrecían un refugio del
mundo exterior.

Me sentaba en los últimos bancos y miraba las velas encendidas, las estatuas de
los santos, el crucifijo.

Una tarde en la iglesia de San Ambrosio, un sacerdote se me acercó.

Era un
hombre mayor con cabello blanco y ojos bondadosos.

Hijo, me dijo, veo que cargas un peso muy grande.

¿Quieres hablar? Y por primera vez en meses hablé.

No le conté todo.

No le conté sobre David, sobre
el tubo de metal, sobre la sangre, pero le conté sobre la culpa, sobre la sensación de haber hecho
algo imperdonable, sobre la imposibilidad de vivir con ese peso.

El sacerdote escuchó en silencio.

Cuando terminé, puso su mano en mi hombro y dijo algo que cambió todo.

La culpa que sientes es
señal de que todavía hay bondad en tu corazón.

Dios no abandona a quienes buscan redención, pero
tienes que hacer algo con ese dolor.

Tienes que transformarlo en servicio.

Esas palabras plantaron
una semilla.

Durante las siguientes semanas la idea creció.

podía dedicar el resto de mi vida a
expiar lo que había hecho.

Podía servir a Dios, ayudar a otros, intentar compensar de alguna
manera la vida que había quitado.

En enero de 1985, 10 meses después de la muerte de David,
entré al seminario.

Les dije a los formadores que sentía un llamado al sacerdocio, una vocación
de servicio.

No era completamente mentira.

Sí, sentía un llamado, pero no era la voz de Dios
la que me llamaba, era la voz de mi propia culpa.

Los años en el seminario fueron duros.

Estudié
filosofía, teología, pastoral.

Aprendí latín, griego, hebreo.

Asistí a las misas diarias.

Recé
litúrgicas.

Participé en retiros espirituales.

Externamente era el estudiante modelo.

Internamente era un fraude.

Cada vez que estudiábamos sobre el sacramento de la confesión,
sobre la absolución de los pecados, sentía una hipocresía ardiente.

¿Cómo podía yo, alguien
cuyas manos habían quitado una vida, pretender ofrecer perdón a otros? ¿Cómo podía pronunciar
las palabras, “Tus pecados te son perdonados?” cuando yo mismo no había sido perdonado, pero
seguí adelante porque la alternativa era volver a ese apartamento oscuro, a esas noches sin dormir,
a ese vacío que amenazaba con tragarme entero.

Fui ordenado sacerdote en 1990.

Fue una ceremonia
hermosa en la catedral de Milán.

Mi madre lloró de alegría.

Mis pocos amigos que quedaban me
felicitaron.

El arzobispo puso sus manos sobre mi cabeza y pronunció las palabras sagradas de
la ordenación.

Y yo, Roberto Santini, me convertí oficialmente en el padre Roberto.

Me asignaron a
la iglesia de Santa Luccia, una parroquia pequeña en un barrio obrero de Milán.

Era perfecta para
mí, sin muchas expectativas, sin mucha atención.

Podía hacer mi trabajo, cumplir con mis deberes y
vivir en relativa paz.

Durante los siguientes 16 años.

Eso fue exactamente lo que hice.

Celebraba
misas, administraba sacramentos, visitaba enfermos, aconsejaba a parejas con problemas
matrimoniales, presidía funerales y bodas.

Era un sacerdote competente, sino inspirador.

Mis
feligreces me respetaban, nadie sospechaba nada.

Pero cada noche cuando cerraba la puerta de mi
habitación en la rectoría, el peso volvía.

David Torino, el tubo de metal, el sonido de su cabeza
al romperse, la sangre.

Ese momento había definido toda mi vida adulta.

Había construido mi identidad
sacerdotal sobre una base de culpa no confesada.

Intenté convencerme de que estaba haciendo
penitencia suficiente.

Cada misa que celebraba, cada confesión que escuchaba, cada vez que
ayudaba a alguien, era una forma de compensar.

Pero en el fondo sabía que no era suficiente
porque nunca había confesado mi propio pecado, nunca había buscado el perdón que necesitaba.

¿Cómo podía hacerlo? Ir a otro sacerdote y decir, “Padre, hace 22 años maté a un hombre.

exponerme
así, destruir todo lo que había construido.

Así que guardé silencio y el silencio se convirtió
en mi cárcel.

Entonces llegó octubre de 2006.

Era un jueves por la tarde, el 5 de octubre, para
ser exacto, una de esas tardes de otoño en Milán, cuando el aire se vuelve fresco y las hojas
comienzan a cambiar de color.

Yo había terminado la misa de las 6 de la tarde y estaba en mi
oficina revisando el sermón del domingo.

La iglesia estaba prácticamente vacía, algunas velas
encendidas frente a la imagen de la Virgen María.

El silencio habitual de las tardes entre semana.

Me gustaban estos momentos de quietud cuando podía estar solo con mis pensamientos, aunque esos
pensamientos rara vez me traían paz.

Escuché la puerta principal de la iglesia abrirse y cerrarse.

Pas suave sobre el piso de piedra.

Supuse que era alguien que venía a rezar o a encender una vela.

No le di importancia y seguí con mi trabajo.

Pasaron quizás 20 minutos cuando decidí salir
de mi oficina para comprobar que todo estuviera bien antes de cerrar por la noche.

Cuando entré al
área principal de la iglesia, lo vi.

Era un chico joven, quizás de 15 o 16 años.

Estaba sentado
en uno de los bancos del medio, completamente inmóvil, con las manos juntas sobre el regazo.

No
estaba rezando visiblemente, pero había algo en su postura que sugería profunda concentración.

Lo que me llamó la atención de inmediato fue su aspecto.

Estaba muy delgado, casi frágil.

Su
piel tenía una palidez que hablaba de enfermedad.

Pero sus ojos, cuando levantó la mirada y me
vio, eran extraordinariamente brillantes, claros, como si viera a través de las cosas en lugar
de simplemente mirarlas.

“Buenas tardes, hijo”, le dije acercándome.

“¿Hay algo en lo que pueda
ayudarte?” El chico me sonríó.

Una sonrisa suave, pero de alguna manera penetrante.

“Buenas tardes,
padre Roberto Santini.

La forma en que dijo mi nombre completo me detuvo.

No había manera de que
supiera quién era yo.

Nunca lo había visto antes en mi vida.

La iglesia no tenía ninguna placa
con mi nombre en la entrada.

Era imposible que lo supiera.

¿Nos conocemos?, le pregunté con cautela.

No, padre, pero yo sé quién es usted.

Me acerqué más estudiándolo.

Vestía ropa simple, vaqueros y
una sudadera azul.

Llevaba una pequeña mochila a sus pies, nada extraordinario en su apariencia,
excepto por esos ojos.

“¿Cómo sabes mi nombre?” “Dios me lo dijo,” respondió con una naturalidad
desconcertante.

“Y también me dijo que viniera a hablar con usted hoy, que usted necesita escuchar
algo importante.

” Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

Esto era extraño, muy extraño.

Pero había
algo en el chico que no me asustaba.

Era más bien una sensación de expectación.

¿Y qué es lo que
necesito escuchar?, le pregunté medio esperando algún mensaje religioso genérico.

El chico se
puso de pie.

Era más bajo de lo que había pensado, quizás 1,65 m.

me miró directamente a los ojos
y dijo, “Necesita escuchar sobre David Torino.

El mundo se detuvo.

Mi corazón dejó de latir.

Mis
pulmones dejaron de funcionar.

Toda la sangre de mi cuerpo pareció convertirse en hielo.

David
Torino.

Ese nombre, ese nombre que no había pronunciado en voz alta en 22 años.

Ese nombre que
solo vivía en mis pesadillas.

¿Qué? ¿Qué dijiste? Logré susurrar.

David Torino repitió el chico con
calma.

El hombre que murió el 15 de marzo de 1984.

El hombre cuya muerte usted ha cargado como una
culpa durante 22 años.

Mis piernas casi se dieron.

Me agarré del respaldo de un banco para no caer.

¿Quién eres? Logré articular.

¿Quién te envió? Mi nombre es Carlo Acutis”, respondió, “y nadie
me envió excepto Dios.

Estoy aquí porque hay algo que usted necesita saber, algo que ha esperado
durante más de dos décadas.

” “Esto es imposible”, dije.

Mi voz temblaba.

Nadie sabe sobre eso.

Nadie.

Dios sabe, padre Roberto.

Dios siempre ha sabido y ahora él quiere que usted sepa algo
también.

Carlo hizo un gesto hacia el banco.

¿Podemos sentarnos? Esto tomará un momento.

No sé cómo, pero mis piernas me llevaron hasta el banco.

Me senté pesadamente, sintiendo cada
uno de mis 52 años.

Carlos se sentó junto a mí, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana.

“Sé lo que pasó aquella noche”, comenzó.

Sé que David lo atacó con un cuchillo.

Sé que usted se
defendió.

Sé que su muerte fue un accidente, no un asesinato.

Pero también sé que usted ha vivido
con la culpa como si hubiera sido un asesino a sangre fría.

Las lágrimas comenzaron a correr por
mi rostro.

No podía detenerlas.

22 años de dolor, de secreto, de culpa, todo saliendo de golpe.

¿Cómo puedes saber todo esto? Le pregunté entre soyosos.

Porque Dios me lo mostró”, respondió
simplemente.

Y porque David me lo dijo.

David, David te lo dijo.

Sí, padre.

David Torino está
en el cielo y quiere que usted sepa algo muy importante.

Él lo perdona.

No podía respirar.

El aire no entraba a mis pulmones.

El perdón.

David me perdonaba, pero Carlo no había terminado.

No solo David lo perdona, padre, Dios también lo perdona.

Lo perdonó el mismo día que sucedió.

Lo
perdonó cuando usted entró al seminario buscando redención.

Lo perdonó cada vez que celebró la misa
con corazón arrepentido.

Lo ha perdonado siempre.

El único que no lo ha perdonado es usted
mismo.

Me derrumbé completamente.

Lloraba como no había llorado desde que era niño.

Todos esos años guardando ese secreto, castigándome, viviendo en una cárcel de mi propia
construcción.

Y ahora este chico, este extraño, me estaba diciendo que todo ese tiempo había
estado perdonado.

Carlo puso su mano en mi hombro.

Pero hay algo más, padre, algo que necesita saber
para que pueda creer completamente en este perdón.

¿Qué? Logré preguntar.

En aproximadamente una
hora, una mujer va a venir a esta iglesia, una mujer que usted conoció hace muchos años.

Ella
necesita confesarse y lo que le diga confirmará todo lo que le he dicho hoy.

¿Quién? ¿Quién
va a venir? María Torino, la viuda de David.

Sentí que el mundo giraba a mi alrededor.

María,
la mujer de David, ¿por qué vendría aquí? ¿Cómo sabía Carlo que vendría? Ella tiene algo que
confesarle, algo que cambiará todo lo que usted creyó sobre aquella noche.

Escúchela, Padre,
y después de escucharla, permítase finalmente recibir la paz que Dios le ha estado ofreciendo
todos estos años.

Carlos se puso de pie.

Su rostro seguía sereno, pero vi algo en sus
ojos.

Dolor, cansancio, como si cargar estos mensajes del cielo le costara algo profundo.

¿A
dónde vas?, le pregunté.

Me voy a casa, padre.

Mi trabajo aquí está terminado por ahora, pero
recuerde, David lo perdona, Dios lo perdona.

Ahora es su turno de perdonarse a sí mismo.

Comenzó a
caminar hacia la salida.

Espera, le grité.

¿Cómo te encontraré? ¿Volverás? Se detuvo en la puerta
y se volvió hacia mí.

No necesita encontrarme, padre.

Solo necesita abrirse al perdón.

Todo lo
demás vendrá por sí solo.

Y se fue.

Simplemente se fue, dejándome solo en la iglesia con el
eco de sus palabras resonando en mi cabeza.

Me quedé sentado en ese banco, paralizado.

No
sabía qué pensar, qué sentir.

¿Había sido real o estaba perdiendo la cordura después de tantos
años de culpa? Miré mi reloj.

Eran las 7:15 de la tarde.

Carlo había dicho en aproximadamente una
hora.

Si tenía razón, María Torino aparecería antes de las 8:30.

Esperé.

No sabía qué más
hacer.

Me quedé allí.

en ese banco mirando el crucifijo sobre el altar.

El tiempo se movía con
una lentitud torturante.

Cada minuto parecía durar una eternidad.

A las 8:20 escuché la puerta de la
iglesia abrirse.

Me volteé casi con miedo de mirar y allí estaba ella, María Torino.

La reconocí
inmediatamente, aunque habían pasado 22 años.

Tenía el cabello gris ahora arrugas alrededor de
los ojos.

Pero era definitivamente ella.

Caminó lentamente por el pasillo central.

Cuando me
vio, se detuvo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Padre Roberto, dijo con voz quebrada, no sabía
que usted estaba aquí en esta iglesia.

María, respondí levantándome.

¿Qué te trae aquí? Necesito
necesito confesarme, dijo.

Llevo años cargando algo y no puedo más.

Mi médico me dijo que tengo
cáncer.

No me queda mucho tiempo y antes de morir necesito confesar la verdad.

Me acerqué a ella.

Por supuesto.

Ven, vamos al confesionario.

No, dijo.

Aquí está bien.

Necesito decirlo mirándolo
a los ojos.

Nos sentamos juntos en el primer banco.

María temblaba.

Tomé sus manos entre las
mías intentando darle consuelo, aunque yo mismo estaba temblando.

Padre, comenzó, “Conoce a mi
esposo, a David, sabe cómo murió.

” “Sí”, respondí con voz apenas audible.

“Lo que no sabe es por
qué estaba tan paranoico esas últimas semanas.

¿Por qué lo atacó a usted?” Respiró profundamente,
preparándose para lo que venía.

David tenía razón en sospechar que yo tenía una aventura.

Pero
se equivocó en la persona.

No era usted, padre, era Antonio, el hermano de David.

Sentí como si
me hubieran golpeado en el estómago.

El hermano de David.

Comenzó un año antes de que David
muriera.

Antonio y yo.

Fue un error terrible.

David empezó a sospechar que algo pasaba, pero era
demasiado orgulloso para considerar que pudiera ser su propio hermano.

Cuando lo vio a usted
siendo amable conmigo en el mercado aquel día, decidió que tenía que ser usted.

Las lágrimas
corrían libremente por su rostro.

Ahora, si yo hubiera tenido el valor de decirle la verdad,
de admitir mi pecado, David nunca lo habría confrontado, nunca lo habría atacado, estaría vivo
hoy.

Todo fue mi culpa, padre, todo.

La abracé mientras lloraba.

Después de todos estos años,
finalmente tenía la última pieza del rompecabezas.

David no había sido simplemente un borracho
paranoico.

Su paranoia tenía base en la realidad, solo que había acusado al hombre equivocado.

María, le dije suavemente, lo que hiciste fue un pecado, pero la muerte de David no fue tu culpa.

Fue un accidente trágico, el resultado de muchas decisiones malas de muchas personas, incluyendo
el mismo David.

Nos quedamos allí por más de una hora.

Le di la absolución de su pecado.

Oramos
juntos.

Cuando finalmente se fue, parecía más ligera, como si hubiera dejado un peso terrible en
ese banco.

Y yo por primera vez en 22 años sentía algo parecido a la paz.

Carlo tenía razón, sobre
todo, sobre María viniendo, sobre su confesión, sobre el perdón de David y de Dios.

Esa noche en
mi habitación.

Me arrodillé junto a mi cama y por primera vez en más de dos décadas realmente oré.

No recité palabras memorizadas.

No seguí fórmulas litúrgicas.

Simplemente hablé con Dios como un
niño habla con su padre.

Dios, dije, he sido un tonto.

He cargado una culpa que tú ya habías
perdonado.

He vivido como un prisionero cuando tú me habías dado la llave.

Perdóname.

Ayúdame
a perdonarme a mí mismo.

Y en el silencio de esa noche sentí algo que no había sentido en décadas.

Paz.

Verdadera paz.

Las siguientes semanas fueron diferentes.

No es que la culpa desapareciera
completamente de la noche a la mañana.

Pero había cambiado.

Ya no era una cadena que me
arrastraba hacia abajo.

Era más como una cicatriz, algo que formaba parte de mi historia, pero que
ya no me definía.

Intenté varias veces encontrar a Carlo Acutis.

Pregunté en las escuelas locales, en
otras parroquias.

Describí su apariencia a otros sacerdotes.

Nadie parecía conocerlo.

Era como si
hubiera aparecido de la nada solo para entregarme ese mensaje y luego se hubiera desvanecido.

Entonces, el 12 de octubre, apenas dos semanas después de nuestro encuentro, vi algo en el
periódico local que me heló la sangre.

Era un breve artículo sobre un joven que había muerto
después de una batalla contra la leucemia.

El chico había sido conocido por su devoción
religiosa y por crear un sitio web sobre milagros eucarísticos.

Su funeral sería al día siguiente en
la iglesia de Santa María.

El nombre del chico era Carlo Acutis.

No podía respirar.

Lo leí y releí
varias veces, esperando haber entendido mal, pero no había error.

Carlo Acutis, 15 años, había
muerto de leucemia el 12 de octubre de 2006.

¿Cómo era posible? Lo había visto apenas dos semanas
antes.

Estaba débil, pálido, pero vivo.

Había empeorado tan rápidamente.

Entonces recordé sus
ojos, ese cansancio que había visto en ellos.

como si cargar mensajes del cielo le costara algo
profundo.

Quizás ya sabía que estaba muriendo.

Quizás por eso vino a verme cuando lo hizo.

Fui al
funeral.

La iglesia de Santa María estaba llena de personas, cientos de ellos, muchos jóvenes de
la edad de Carlo.

El ambiente era extrañamente pacífico, no como los funerales oscuros y tristes
que normalmente presidía.

Había dolor, sí, pero también algo más.

Esperanza.

Me quedé en el
fondo observando.

El ataúdlo era blanco y simple, rodeado de flores.

Su familia estaba en la primera
fila.

Su madre, que después supe se llamaba Antonia, tenía los ojos rojos, pero su rostro
mostraba una paz extraña.

Durante la homilía, sacerdote habló sobre la vida extraordinaria de
Carlo, sobre cómo desde niño había tenido una devoción especial por la Eucaristía, sobre cómo
había usado la tecnología para evangelizar, sobre cómo había ofrecido su sufrimiento por el Papa y
por la Iglesia.

Entonces el sacerdote dijo algo que me dejó paralizado.

Carlo me confesó semanas
antes de su muerte que Dios le había revelado que partiría pronto.

No estaba asustado, estaba en
paz.

Me dijo que su muerte tendría un propósito, que a través de ella muchos conocerían el amor
de Jesús.

Sentí lágrimas corriendo por mi rostro.

Carlos sabía que iba a morir y aún así, en sus
últimas semanas de vida, había usado su tiempo para venir a liberarme de 22 años de culpa.

Después del funeral, me acerqué brevemente a la familia para expresar mis condolencias.

No
les conté sobre mi encuentro con Carlo.

No era el momento, pero prometí en silencio que honraría
su memoria, que viviría la libertad que él me había dado.

Volví a Santa Lucía esa noche con el
corazón pesado, pero también lleno de gratitud.

Carlo había dado su vida por tantas cosas, por
su amor a Dios, por su deseo de ayudar a otros, por llevar mensajes de perdón a personas como yo,
que los necesitaban desesperadamente.

Los días pasaron.

El otoño dio paso al invierno.

La vida en
la parroquia continuó su ritmo habitual, pero yo había cambiado.

Celebraba las misas con una paz
nueva.

Escuchaba confesiones con más compasión.

Aconsejaba a los feligres con mayor autenticidad,
porque finalmente me había perdonado a mí mismo.

Era un domingo por la tarde, a principios
de diciembre.

Había terminado la última misa del día y estaba cerrando la iglesia cuando noté
algo extraño.

Sobre el altar, junto al crucifijo, había una rosa blanca.

Me acerqué despacio.

No había estado allí durante la misa.

Estaba seguro.

Alguien tenía que haberla dejado mientras
yo estaba en la sacristía guardando los ornamentos litúrgicos.

La rosa era perfecta, fresca,
fragante, como si acabara de ser cortada.

Pero no había nadie en la iglesia.

Todas las
puertas estaban cerradas.

No había manera de que alguien hubiera entrado sin que yo lo notara.

Me incliné para tomarla y entonces lo vi.

Atado al tallo con un hilo delgado, había un pequeño
papel doblado.

Con manos temblorosas lo tomé y lo abrí.

Era una nota escrita a mano.

La caligrafía
era firme, masculina y las palabras me dejaron sin aliento.

Roberto, te he perdonado.

Estás
libre, David.

La nota cayó de mis manos.

Miré a mi alrededor esperando ver a alguien, alguna
explicación, pero estaba solo, completamente solo.

Tomé la rosa con cuidado reverente.

Era
real, sólida, no era una alucinación.

Y la nota, la caligrafía me parecía extrañamente familiar,
aunque no podía estar seguro después de tantos años, pero las palabras eran inconfundibles.

Me
arrodillé allí mismo, sosteniendo la rosa y lloré.

Pero esta vez no eran lágrimas de culpa o dolor,
eran lágrimas de liberación total.

David me había perdonado no solo en palabras que Carlo me había
transmitido, sino ahora con una señal tangible, una rosa que no debería estar allí, con un mensaje
que nadie vivo podría haber escrito.

Llevé la rosa a mi habitación y la coloqué en un pequeño jarrón
sobre mi escritorio.

Cada día esperaba que se marchitara, que perdiera su frescura, pero no lo
hizo.

Días pasaron, luego semanas, luego meses.

La rosa nunca se marchitó.

Han pasado años desde
entonces.

La rosa todavía está en mi escritorio, tan fresca como el día que apareció.

Ningún
científico podría explicarlo.

Ninguna lógica podría entenderlo.

Es simplemente un milagro, un
recordatorio constante de que el perdón de Dios es real, que los muertos pueden hablar desde
el cielo, que nada es imposible para Dios.

Carlo Acutis fue beatificado en 2020.

Cuando
escuché la noticia no me sorprendió.

Sabía que ese chico era especial.

Los había sabido desde el
momento en que pronunció mi nombre completo sin que yo se lo dijera.

Ahora, cuando celebro la misa
cada mañana, ya no siento esa hipocresía ardiente.

Cuando ofrezco la absolución a los penitentes,
lo hago con la autoridad de alguien que conoce el poder transformador del perdón divino.

22 años
cargué un secreto que casi me destruye.

Y en una tarde de septiembre, un chico moribundo de 15
años me liberó de esa cárcel con tres palabras simples.

David te perdona.

Ahora vivo en libertad.

No porque lo que hice no importara, importó.

Quitó una vida, destruyó una familia, cambió mi
destino.

Pero también aprendí que ningún pecado es tan grande, que el perdón de Dios no pueda
alcanzarlo.

Y cada vez que miro esa rosa blanca en mi escritorio, recuerdo que el cielo está
más cerca de lo que pensamos, que los santos interceden por nosotros, que los muertos no
están tan muertos como creemos y que el perdón, cuando finalmente lo aceptamos puede transformarlo
todo.

Gracias, Carlo, gracias por quitarme esta gran carga de encima.

Comparte este testimonio,
hermano, y mira el resto de videos.

Amén.