Son exactamente las 3 de la madrugada del 8 de octubre de 2024 cuando encuentro a Mateo en la cocina hablando con alguien que no existe.

Está sentado en el suelo frío con su pijama de dinosaurios susurrando palabras que no logro comprender.

La luz de la luna entra por la ventana y lo baña completamente.

No me escucha entrar.

No me ve parada en el umbral con el corazón a punto de salírseme del pecho.

Lleva tres semanas hablando de este amigo invisible llamado Carlo, pero esta es la primera vez que lo veo así, en plena conversación, como si realmente hubiera alguien sentado frente a él.

Lo que no sé todavía es que en exactamente 72 horas recibiré el diagnóstico que cambiará todo y que las palabras que mi hijo está susurrando en este momento son sobre su propia muerte.

Me llamo Lucía Martínez, tengo 35 años y soy profesora de matemáticas en Milán.

Llegué a Italia hace 9 años persiguiendo un sueño académico que nunca se materializó completamente, pero que me dio algo mejor.

Mi hijo Mateo.

Su padre Alesandro desapareció de nuestras vidas cuando Mateo tenía 2 años.

No hubo drama, no hubo pelea grande, simplemente un día me dijo que no estaba listo para ser padre y se fue.

Recibí papeles de divorcio tres meses después desde una dirección en Florencia.

Nunca más supe de él.

Mateo preguntó por su papá exactamente dos veces en su vida.

La primera vez tenía 4 años y le dije que papá vivía muy lejos.

La segunda vez tenía 6 años y le dije la verdad que papá había elegido no estar con nosotros.

Mateo asintió, me abrazó y nunca volvió a preguntar.

Así es mi hijo, profundo, pensativo, capaz de procesar cosas que otros niños no podrían.

Vivimos en un apartamento pequeño en el barrio de Porta Romana, tercer piso sin ascensor, con vista a un patio interior donde los vecinos cuelgan ropa todas las mañanas.

Es el mismo apartamento donde Mateo dio sus primeros pasos, donde aprendió a leer a los 5 años, donde pasamos la pandemia juntos durante dos años enteros.

Cuando el mundo se cerró en marzo de 2020, tomé la decisión de educarlo en casa.

No fue difícil.

Soy maestra, después de todo.

Convertí la mesa del comedor en aula, la sala en laboratorio de ciencias improvisado, la cocina en espacio de arte.

Mateo floreció.

Aprendió más rápido sin las distracciones de un salón lleno, sin el bullying que había comenzado a sufrir por ser diferente, por ser el niño callado que prefería libros a fútbol.

Pero algo cambió hace exactamente 23 días.

Fue un martes por la tarde.

Estábamos terminando la lección de historia sobre el Imperio Romano cuando Mateo dejó de escribir en medio de una oración y me miró con esos ojos oscuros que heredó de su padre.

Mamá, dijo, “Hay un niño en mi clase que sabe muchas cosas sobre santos.

” Me reí.

Mateo, le dije, “No tienes clase, ¿estudias conmigo?” “Lo sé, mamá”, respondió con toda naturalidad.

“Pero Carlo viene a veces cuando tú no estás mirando.

Me habla de cosas importantes.

Pensé que era un amigo imaginario típico.

Los psicólogos dicen que es normal.

especialmente en niños que pasan mucho tiempo solos.

Le seguí la corriente.

Así, le dije.

¿Y qué te cuenta, Carlo? Mateo se emocionó inmediatamente.

Me cuentas sobre milagros eucarísticos, mamá.

Sobre cómo la se convirtió en carne real en el anciano en el año 750.

Sobre el milagro de Buenos Aires en 1996.

Sobre Siena y Bolsena y Santarem.

me nombró siete ciudades con fechas exactas y detalles que yo, católica de toda la vida, apenas conocía superficialmente.

Me quedé helada.

Mateo tiene 8 años.

No hemos estudiado milagros eucarísticos.

Nunca he hablado de estos temas con él en profundidad.

¿De dónde sacaste esa información? Le pregunté tratando de mantener la calma.

Carlo me la enseñó.

respondió como si fuera lo más obvio del mundo.

Dice que es importante que la gente sepa que la Eucaristía es real, que Jesús está realmente presente.

Dice que él hizo una exposición completa sobre esto cuando tenía mi edad.

Esa noche, después de acostar a Mateo, busqué en internet exposición milagros eucarísticos niño.

Lo que encontré me dejó sin respiración.

Carlo Acutis.

Nacido en Londres en 1991, criado en Milán, programador prodigio, devoto católico.

A los 11 años creó una exposición completa catalogando todos los milagros eucarísticos del mundo.

Murió de leucemia fulminante a los 15 años en octubre de 2006.

Beatificado en octubre de 2020.

Su cuerpo incorrupto descansa en Asís.

Las coincidencias me perturbaron, pero no me alarmaron todavía.

Mateo pudo haber escuchado algo en la iglesia, pudo haberlo buscado en mi computadora cuando yo no estaba mirando.

Los niños son curiosos, absorben información de lugares inesperados.

Decidí no darle demasiada importancia, pero Carlo no desapareció.

Al día siguiente, Mateo dejó su desayuno a medias y me dijo, “Mamá, Carlos dice que tengo que rezar más el rosario.

Dice que la Virgen María es muy importante y que ella lo ayudó mucho cuando estaba enfermo.

Esa palabra enfermo me erizó la piel.

Mateo nunca había estado enfermo, aparte de resfriados comunes.

Gozaba de salud perfecta.

Los días siguientes fueron una progresión extraña.

Mateo comenzó a dibujar.

Nunca había sido especialmente artístico.

Prefería números y palabras, pero de repente llenaba páginas enteras con imágenes de cálices dorados, hostias radiantes, ángeles rodeando altares.

Los dibujos eran buenos, sorprendentemente detallados para un niño de 8 años.

En uno de ellos dibujó un adolescente con sudadera y jeans, sonriendo con una computadora en las manos.

Debajo escribió con su letra infantil.

Carlo me enseñó esto.

Hablé con mi hermana Paula por teléfono.

Vive en Madrid.

Es psicóloga infantil.

Le describí todo.

Lucía me dijo con esa voz profesional que usa cuando está preocupada, pero no quiere alarmarte.

es probablemente un amigo imaginario elaborado.

Mateo es inteligente, absorbió información sobre este beato de algún lado y está procesándola creativamente.

Es su manera de explorar su fe, de sentirse conectado con algo más grande.

No te preocupes a menos que empiece a afectar su comportamiento diario o su salud.

Fue esa última palabra salud la que me hizo prestar más atención.

Porque justo en ese momento, 14 días después de que Carlo apareciera en nuestras vidas, noté que Mateo tenía ojeras, se cansaba más fácil, dejaba comida en el plato, el que siempre había tenido buen apetito.

Una tarde, subiendo las escaleras del apartamento, tuvo que detenerse en el segundo piso a recuperar el aliento.

“Mamá”, dijo con una sonrisa débil.

Carlo dice que a veces nuestro cuerpo se cansa porque está luchando batallas que no podemos ver.

Esa noche lo llevé al pediatra.

El doctor Renzo nos conoce desde que Mateo era bebé.

Es un hombre de 60 años con manos suaves y voz tranquilizadora.

Examinó a Mateo completamente.

Lo pesó.

Midió su temperatura, escuchó su corazón y pulmones, revisó su garganta y oídos.

Probablemente es anemia”, dijo finalmente común en niños en crecimiento.

Vamos a hacer unos análisis de sangre para estar seguros, pero no te alarmes.

Le doy hierro y en dos semanas estará corriendo otra vez.

Fuimos al laboratorio al día siguiente.

Mateo fue valiente cuando la enfermera le sacó sangre.

No lloró, solo apretó mi mano y miró hacia otro lado.

Carlo también tuvo que hacerse muchos análisis.

me dijo en el camino a casa.

Dijo que los doctores son ángeles que Dios pone en la tierra para cuidarnos.

Me pareció hermoso.

Me pareció la filosofía perfecta de un niño santo.

No me pareció una advertencia.

Los resultados llegaron tres días después.

El Dr.

Renzo me llamó a mi celular a las 4 de la tarde.

Lucía dijo, y algo en su tono me hizo sentarme.

Necesito que traigas a Mateo mañana a primera hora.

Sus niveles de glóbulos blancos están muy alterados.

Necesitamos hacer más pruebas.

¿Qué tipo de pruebas? Pregunté sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

Pruebas más específicas, respondió.

No quiero adelantarme, pero necesito que vengas mañana sin falta.

Esa noche no pude dormir.

Busqué glóbulos blancos alterados niños en Google y me hundí en un agujero de terror.

Leucemia.

linfoma, trastornos inmunológicos, infecciones graves.

Cada artículo era peor que el anterior.

A las 2 de la madrugada fui al cuarto de Mateo.

Dormía profundamente con su osito de peluche abrazado contra el pecho.

Se veía tan pequeño, tan frágil, tan perfectamente sano a pesar de todo.

¿Cómo podía estar enfermo? ¿Cómo podía tener algo grave este niño que era mi vida entera? Me arrodillé junto a su cama y recé por primera vez en años con desesperación real.

Virgen María, susurré, no sé si me escuchas, no sé si funcionan así estas cosas, pero te lo ruego, protege a mi hijo.

Que sea anemia simple, que sea algo menor.

No puedo perderlo.

Es todo lo que tengo.

Cuando abrí los ojos, Mateo estaba despierto mirándome.

Mamá, dijo con voz omnolienta.

Carlo dice que no tengas miedo.

dice que todo lo que pasa tiene un propósito, incluso las cosas que duelen.

Me abrazó y volvió a dormirse inmediatamente, dejándome temblando en el suelo de su habitación.

La mañana siguiente fuimos al hospital, no al consultorio del Dr.

Renzo, al hospital San Rafaele, uno de los mejores de Milán.

Nos esperaban en el departamento de hematología.

Una doctora joven llamada Francesca nos recibió con una sonrisa profesional que no llegó a sus ojos.

Nos hizo pasar a una sala de exámenes fría y blanca.

Le hicieron a Mateo más análisis de sangre, un examen físico completo.

Palparon su abdomen buscando agrandamiento de hígado o vaso.

Revisaron si tenía ganglios inflamados en cuello.

Axilas, inglés.

Mateo fue increíblemente cooperativo.

Respondió todas las preguntas.

Sí, se cansaba más de lo normal.

Sí, a veces le dolían los huesos, especialmente las piernas por la noche.

Sí, había tenido algunos moretones que aparecían sin razón clara.

Yo no sabía de los dolores en las piernas.

Yo no sabía de los moretones.

¿Por qué no me lo habías dicho?, le pregunté después.

Carlo dijo que no te preocupara, mamá, respondió.

dijo que los adultos ya tienen muchas preocupaciones.

Nos pidieron esperar dos horas, tres horas.

Mateo se durmió en la silla incómoda de la sala de espera con la cabeza en mi regazo.

Yo observaba cada respiración suya, cada pequeño movimiento, memorizando su cara como si necesitara guardar cada detalle en mi memoria.

A las 6 de la tarde nos llamaron de vuelta.

La doctora Francesca estaba sentada detrás de su escritorio con una carpeta gruesa enfrente.

Lucía comenzó y su uso de mi nombre de pila en lugar de señora Martínez me hizo saber que las noticias eran malas.

Los resultados de Mateo son preocupantes.

Tiene una cantidad anormalmente alta de glóbulos blancos inmaduros en su sangre.

Su hemoglobina está baja, sus plaquetas están bajas.

Necesitamos hacer una biopsia de médula ósea para confirmar, pero todo indica leucemia linfoblástica aguda.

El mundo se detuvo.

Las palabras siguientes llegaron como a través de agua, distorsionadas, lejanas, tratable, alta tasa de curación en niños, quimioterapia, hospitalización, 6 meses a 2 años de tratamiento, posibilidad de recaída, necesidad de actuar rápido.

Mateo, que había estado callado todo este tiempo, jaló mi manga.

Mamá, dijo, “Está bien.

” Carlo tuvo lo mismo.

Él me contó que al principio tuvo miedo, pero después entendió que Dios tenía un plan.

La doctora Francesca nos miró con extrañeza.

¿Quién es Carlo?, preguntó.

Su amigo imaginario.

Respondí con voz quebrada.

No es imaginario, mamá, corrigió Mateo con total convicción.

Carlo, es real, solo que tú no puedes verlo todavía.

La biopsia de médula ósea se programó para el día siguiente.

Es un procedimiento doloroso, incluso con sedación.

Le sacan médula del hueso de la cadera con una aguja gruesa.

Mateo tendría que quedarse en observación después.

Nos dieron una habitación en el piso de oncología pediátrica.

Mientras subíamos en el elevador, Mateo tomó mi mano.

Mamá, dijo, Carl me mostró esta habitación ayer.

Me dijo que estaríamos aquí y que conoceríamos a una enfermera muy amable llamada Sara.

Pensé que estaba fantaseando, una manera de lidiar con el miedo.

La enfermera que nos recibió en el piso se presentó.

“Me llamo Sara”, dijo con una sonrisa cálida.

Mateo me miró con ojos enormes.

“¿Lo ves, mamá?”, susurró.

Carlo nunca se equivoca.

Esa noche, mientras Mateo dormía conectado a monitores que registraban cada latido de su corazón, salí al pasillo y lloré por primera vez.

Lloré con soyosos que venían desde lo más profundo de mi ser.

Años de contenerme, años de ser fuerte sola, años de criar a este niño maravilloso sin ayuda, todo saliendo de golpe.

¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Cómo podía mi hijo de 8 años tener cáncer? ¿Por qué él? ¿Por qué no yo? Una mano tocó mi hombro.

Era Sara, la enfermera, me llevó a una sala pequeña reservada para familiares.

Me trajo agua y se sentó conmigo en silencio hasta que pude hablar.

He visto muchos casos como el de Mateo”, dijo finalmente.

“La leucemia linfoblástica aguda en niños tiene una tasa de curación de más del 85%.

Los niños responden mejor que los adultos.

Su hijo es joven, fuerte, tiene todas las posibilidades a su favor.

Le conté entonces sobre Carlo, sobre las conversaciones de Mateo con este amigo invisible, sobre el beato Carlo Acutis, que murió de la misma enfermedad, sobre cómo Mateo sabía cosas que no debería saber.

Sara no se rió, no lo descartó como fantasía infantil.

En cambio, me dijo algo que nunca olvidaré.

En este piso vemos muchas cosas que la ciencia no puede explicar.

Niños que mejoran contra todo pronóstico.

Familias que encuentran fuerza que no sabían que tenían.

Coincidencias que son demasiado perfectas para hacer coincidencias.

Si su hijo tiene un amigo que lo está ayudando a pasar por esto, aunque ese amigo esté en el cielo, entonces agradézcalo.

La fe mueve montañas.

Doct.

Martínez, aunque usted no pueda verlo, su hijo sí puede.

La biopsia de médula ósea, confirmó el diagnóstico.

Leucemia linfoblástica aguda, tipo B, riesgo estándar.

El pronóstico era relativamente bueno, dado lo temprano que la habíamos detectado.

El tratamiento comenzaría inmediatamente.

Tres fases: inducción, consolidación, mantenimiento.

La primera fase, la inducción, sería la más dura.

Quimioterapia intensiva para matar las células cancerosas en la médula ósea.

Mateo perdería su cabello.

Estaría extremadamente débil.

Su sistema inmunológico estaría destrozado.

Cualquier infección podría ser mortal.

Necesitaría estar en aislamiento parcial.

Necesitaría tantas transfusiones de sangre y plaquetas.

Necesitaría medicamentos que lo harían vomitar, que le causarían llagas en la boca, que lo harían sentir más enfermo de lo que la enfermedad misma lo hacía sentir.

Le explicaron todo esto a Mateo en términos que un niño de 8 años pudiera entender.

Tu cuerpo está fabricando células malas que necesitamos eliminar.

La medicina te hará sentir mal por un tiempo, pero es porque está matando a esas células malas.

Es como limpiar tu cuarto.

A veces tienes que hacer un desorden más grande antes de que quede limpio.

Mateo escuchó con atención y luego preguntó.

Voy a perder mi pelo como Carlo.

Sí, respondió la doctora suavemente.

Entonces, está bien, dijo Mateo.

Carlo dice que el pelo vuelve a crecer.

El primer ciclo de quimioterapia comenzó al día siguiente.

Vi cómo conectaban las bolsas de líquido tóxico al catéter permanente que habían instalado en el pecho de Mateo.

Vi cómo ese veneno entraba en las venas de mi hijo.

Ese primer día no pasó mucho.

Mateo estaba cansado, pero no terriblemente mal.

Me permitieron quedarme con él, dormir en una silla reclinable junto a su cama.

Compramos una computadora portátil para que pudiera ver películas.

continuar con algunas lecciones cuando se sintiera capaz.

Pero al segundo día comenzó los vómitos, primero uno, luego otro, luego constantes.

Mateo no podía retener nada en el estómago, ni agua, ni sopa, nada.

Le pusieron antiheméticos por vía intravenosa que ayudaron marginalmente.

Su piel tomó un tono grisáceo, sus labios se agrietaron, sus ojos se hundieron.

En 72 horas, mi hijo, hermoso y sonriente se convirtió en una sombra de sí mismo.

Y en medio de todo esto seguía hablando con Carlo.

Mamá, me decía, Carlo dice que esto es temporal.

Dice que cuando él estaba enfermo también se sentía muy mal, pero que valía la pena.

Dice que el sufrimiento bien ofrecido es un regalo para Dios.

Yo no entendía.

Yo estaba furiosa.

Furiosa con Dios, furiosa con el universo, furiosa con la injusticia de ver a mi hijo sufrir así.

Una noche, cuando Mateo finalmente se había quedado dormido después de horas de náusea, salía al balcón pequeño que había en el piso.

Hacía frío.

Era principios de octubre.

El aire de otoño entraba por mis pulmones como cuchillos.

Miré hacia el cielo de Milán, contaminado de luces, pero todavía mostrando algunas estrellas obstinadas.

Carlo Acutis, dije en voz alta, sintiendo una mezcla de ridiculez y desesperación.

Si realmente estás ahí, si realmente estás hablando con mi hijo, entonces por favor ayúdalo.

No lo dejes sufrir así.

Ayúdalo a pasar por esto.

El viento sopló fuerte.

Nada mágico pasó.

Ninguna señal divina.

Solo el frío y la soledad y mi hijo muriendo de a poco en la habitación detrás de mí.

Pero algo sí cambió esa noche.

Cuando volví a la habitación, encontré algo que no había estado ahí antes.

En la mesita de noche, junto al vaso de agua, había una estampita, una imagen de Carlo Acutis sonriendo con su sudadera característica, con las palabras beato Carlo Acutis, la computadora, instrumento de evangelización.

Tomé la estampita con manos temblorosas.

¿De dónde había salido? Nadie había entrado.

Mateo estaba dormido.

Las enfermeras no habrían dejado esto sin decirme.

Desperté a Mateo suavemente.

Cariño, le pregunté.

¿De dónde salió esto? Abrió los ojos lentamente.

Carlo la dejó.

Mamá, respondió como si fuera obvio.

Dijo que tú necesitabas saber que él es real.

dijo que tú tienes mucho miedo y que necesitas un recordatorio de que no estamos solos.

Guardé esa estampita en mi bolsillo.

La llevé conmigo todos los días desde entonces.

No sé si creo en milagros.

No sé si creo que un beato muerto hace 18 años está visitando a mi hijo.

Pero sé que necesitaba creer en algo, cualquier cosa, para sobrevivir lo que venía.

La primera semana de quimioterapia fue brutal.

La segunda fue peor.

El cabello de Mateo comenzó a caerse en mechones.

Lo encontraba en su almohada, en su ropa, flotando en el agua cuando lo bañaba.

Decidimos rasurarlo todo de una vez.

Mateo se sentó en la silla del baño del hospital con valentía increíble mientras yo pasaba la rasuradora por su cabeza.

Carlo dice que ahora nos parecemos más, me dijo viendo su reflejo en el espejo.

Dice que cuando él perdió su pelo, su mamá también lloró, pero después entendió que lo que importa está adentro, no afuera.

Las semanas se convirtieron en un ciclo interminable.

Quimioterapia, recuperación parcial, más quimioterapia.

Transfusiones de sangre cuando su hemoglobina caía demasiado.

Transfusiones de plaquetas cuando el riesgo de hemorragia era alto, antibióticos cuando desarrollaba fiebre, lo que pasaba cada vez con más frecuencia.

aislamiento cuando su conteo de glóbulos blancos era casi inexistente y cualquier germen común podría matarlo.

Y a través de todo esto, las conversaciones con Carlo continuaban.

Mateo me contaba sobre sus pláticas.

Carlo le enseñaba oraciones, le explicaba sobre los santos, le mostraba, decía Mateo, imágenes del cielo.

No como las pinturas, mamá, el cielo real.

Dice que es más hermoso de lo que podemos imaginar.

Dice que allí no hay dolor, no hay tristeza, solo amor perfecto de Dios.

Esas conversaciones me aterraban porque empezaban a sonar como preparación, como si Mateo estuviera siendo preparado para algo, como si Carlo lo estuviera preparando para morir.

Una tarde, un mes después del diagnóstico, Mateo estaba particularmente débil.

No había comido en dos días.

Los vómitos habían vuelto con fuerza.

Estaba conectado a una bolsa de nutrición intravenosa porque no podía tolerar nada por boca.

Lo ayudé a sentarse en la cama.

Me tomó la mano con sus deditos flacos.

Mamá, dijo, necesito decirte algo importante.

Carlo dice que pronto voy a tener que tomar una decisión.

¿Qué tipo de decisión? pregunté sintiendo pánico trepar por mi garganta.

“No lo sé todavía,”, respondió, “pero dice que cuando llegue el momento sabré qué hacer.

” Dice que él también tuvo que tomar una decisión cuando estaba enfermo.

Me apretó la mano.

“No tengas miedo, mamá.

Pase lo que pase, estaremos bien.

” Esa noche hablé con la doctora Francesca.

Le conté sobre las conversaciones de Mateo con Carlo, sobre cómo parecía estar preparándose para algo.

Ella frunció el seño.

“El tratamiento está funcionando”, me dijo.

Sus últimos análisis muestran reducción significativa de células cancerosas en la médula ósea.

Estamos en buen camino.

No hay razón médica para pensar que no va a superar esto.

Pero yo sabía algo que la doctora no sabía.

Sabía que Carlo Acutis había muerto.

Había sobrevivido solo una semana después de su diagnóstico.

La leucemía lo había consumido con velocidad aterradora.

Y aquí estaba mi hijo hablando con él todos los días, aprendiendo de él, escuchándolo describir el cielo.

Pasaron tres semanas más.

Mateo completó la fase de inducción del tratamiento.

Sus análisis mostraban que había alcanzado lo que llamaban remisión completa.

Las células cancerosas habían sido reducidas a niveles indetectables.

Era una excelente noticia.

Significaba que pasaríamos a la fase de consolidación.

Tratamiento menos intensivo, pero más prolongado.

Pero Mateo no mejoraba como esperábamos.

Seguía extremadamente débil.

seguía sin comer.

Su peso había caído peligrosamente.

Los doctores hablaban de alimentación por sonda naso gástricas y no empezaba a comer pronto.

Y las conversaciones con Carlos se intensificaban.

Ahora Mateo pasaba horas hablando solo, o no solo hablando con Carlo.

A veces reía, a veces lloraba, a veces simplemente escuchaba en silencio con los ojos cerrados y una expresión de paz absoluta en su rostro.

Una noche lo encontré escribiendo en un cuaderno que no sabía que tenía.

¿Qué escribes, cariño?, le pregunté.

Mi diario, respondió Carlo.

Dice que es importante escribir las cosas importantes para no olvidarlas.

¿Puedo verlo?, pregunté.

Todavía no, mamá”, dijo, “Cuando sea el momento correcto.

” Dos días después era 8 de octubre, 18 años exactos desde que Carlo Acutis había muerto.

No se lo mencioné a Mateo, pero él lo sabía.

Por supuesto que lo sabía.

“Mamá, me dijo esa mañana, hoy es el día de Carlo, el día en que él fue al cielo.

Quiero que vayamos a la capilla del hospital y recemos por él.

Así que fuimos Mateo en silla de ruedas porque ya no tenía fuerzas para caminar distancias largas.

Yo empujándolo por los pasillos silenciosos del hospital.

La capilla era pequeña, simple, con bancos de madera y un crucifijo sencillo.

Estaba vacía.

Nos sentamos en el primer banco.

Mateo sacó su rosario, el que había pedido que le comprara un mes atrás.

comenzó a rezar en voz baja.

A mitad del rosario empezó a llorar.

No soyosos fuertes, solo lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas hundidas.

Lo abracé.

¿Qué pasa, mi amor? Él respiró profundo.

Carlo me dijo hoy que pronto tendré que elegir.

Me dijo que él eligió quedarse solo una semana porque sabía que su trabajo en la tierra estaba completo.

Pero yo todavía no sé cuál es mi trabajo.

Todavía no sé si debo quedarme o irme con él.

El mundo se congeló.

Mi hijo de 8 años estaba diciéndome que tenía que elegir entre la vida y la muerte.

Mateo, le dije luchando por mantener la voz firme.

Tú no vas a ningún lado.

Vas a vivir, vas a crecer, vas a ser un hombre maravilloso.

Carlo está en el cielo, es cierto, pero tú te quedas aquí conmigo.

Él me miró con esos ojos oscuros llenos de sabiduría imposible para su edad.

Mamá”, dijo Carlos, dice que a veces Dios nos da opciones.

Dice que podemos elegir quedarnos y cumplir nuestra misión aquí o podemos elegir ir y cumplir una misión diferente allá.

Dice que las dos opciones son buenas, que las dos opciones son amor, pero que la decisión es nuestra.

¿No? Grité y mi voz resonó en la capilla vacía.

No tienes que elegir nada.

Tú te quedas aquí.

¿Me escuchaste? ¿Te quedas aquí conmigo? Terminamos el rosario en silencio.

Volvimos a la habitación.

Esa noche Mateo tuvo fiebre alta.

40 gr.

Los doctores corrieron pruebas buscando infección.

Comenzaron antibióticos de amplio espectro por vía intravenosa.

Su presión arterial bajaba, su oxígeno bajaba.

Lo trasladaron a cuidados intensivos.

Y ahora, tres días después, son las 3 de la madrugada y estoy parada en el umbral de la cocina de nuestro apartamento vacío, recordando todo esto mientras limpio compulsivamente superficies que ya están limpias, porque no puedo estar en el hospital ahora mismo.

Me obligaron a venir a casa a dormir, a comer, a cambiarme de ropa.

Pero, ¿cómo puedo dormir cuando mi hijo está luchando por su vida? ¿Cómo puedo comer cuando él no puede? ¿Cómo puedo estar aquí cuando él está allá? Mi teléfono suena.

Es la doctora Francesca.

El corazón se me detiene completamente.

Necesita venir inmediatamente.

Dice Mateo está pidiendo por usted.

Está despierto y lúcido.

Pero necesitamos hablar.

Hay decisiones que tomar.

Corro.

No espero taxi ni transporte público.

Corro las ocho cuadras hasta el hospital bajo la lluvia fría de octubre.

Llego empapada, sin aliento, con el pecho ardiendo.

Subo las escaleras porque no puedo esperar el elevador.

Llego a cuidados intensivos pediátricos, mostrando mi identificación a la enfermera que controla el acceso.

La doctora Francesca me espera afuera de la habitación de Mateo.

Su expresión lo dice todo antes de que hable.

La infección se extendió.

Dice, “Es sepsis.

Su cuerpo no tiene defensas para pelear.

Hemos hecho todo lo que podemos con antibióticos, pero no están funcionando.

Su presión está cayendo.

Sus riñones están comenzando a fallar.

Hay una opción.

¿Qué opción? Pregunto con voz que no reconozco como mía.

Hay una cirugía experimental, dice la doctora.

Podemos intentar remover la fuente de la infección directamente, limpiar su sistema, darle una oportunidad de pelear.

Pero es extremadamente riesgoso.

Con su sistema inmunológico destruido, con su cuerpo tan debilitado, las probabilidades de que sobreviva la cirugía son de 30%.

Puede morir en la mesa de operaciones, pero sin la cirugía morirá de sepsis en las próximas 24 horas.

30%.

Las palabras flotan en el aire como sentencia de muerte.

¿Puedo verlo?, preguntó.

Por supuesto, responde.

Entro a la habitación y casi caigo.

Mateo está rodeado de máquinas, tubos saliendo de su cuerpo en direcciones imposibles.

Su piel es translúcida.

Puedo ver las venas azules debajo.

Sus labios están grises, pero sus ojos cuando me ven, se iluminan.

Mamá, susurra.

La doctora tenía razón.

Está lúcido.

Está aquí completamente presente.

Me acerco a su cama.

Tomo su mano fría.

Cariño, comienzo, pero él me interrumpe.

Lo sé, mamá.

Escuché lo que dijo la doctora.

Sé que tengo que decidir.

Su voz es débil, pero clara.

Carlo está aquí ahora mismo.

Está parado junto a ti.

No puedes verlo, pero está sonriendo.

Dice que llegó el momento de elegir.

Las lágrimas explotan de mis ojos.

No puedo contenerlas.

Mateo, mi amor, tienes que elegir quedarte.

Por favor, por favor, elige quedarte conmigo.

Te necesito.

El mundo te necesita.

Todavía tienes tanto que hacer aquí.

Él cierra los ojos.

Puedo ver que está escuchando algo a alguien.

Carlo me está mostrando algo.

Mamá me está mostrando dos caminos.

En uno, me voy con él ahora.

Veo el cielo, veo a Jesús, veo a la Virgen.

Es tan hermoso, mamá, tan perfecto.

No hay más dolor, no más agujas, no más vómitos, solo paz.

Su voz se quiebra, pero en el otro camino me quedo.

Hago la cirugía.

Es muy doloroso.

Veo más sufrimiento, pero también veo algo más.

¿Qué ves? Susurro.

Te veo a ti, mamá.

Te veo sonriendo otra vez.

Te veo no tan triste.

Y veo algo más que Carlo dice es mi misión.

Veo niños, muchos niños, y yo les estoy hablando, les estoy contando sobre Carlo, sobre cómo me ayudó.

Les estoy enseñando que el sufrimiento puede tener sentido si lo ofrecemos con amor.

Algo se rompe dentro de mí.

Correteo hacia la puerta y le grito a la doctora Francesca.

Necesito ver algo.

Necesito ir a nuestro apartamento ahora.

Ella me mira confundida.

Señora Martínez, no tenemos tiempo.

Necesitamos su decisión sobre la cirugía.

Solo dame 30 minutos, le ruego.

30 minutos, por favor.

Corro otra vez.

Esta vez tomo un taxi que milagrosamente está afuera del hospital.

Llego al apartamento, subo los tres pisos en velocidad recéord.

Voy directo al cuarto de Mateo.

Busco frenéticamente.

Tiene que estar aquí.

El cuaderno, el diario que estaba escribiendo.

Lo encuentro debajo de su almohada.

Es un cuaderno azul simple con su nombre escrito en la portada con marcador negro.

Abro la primera página y mi mundo se detiene completamente con su letra infantil pero clara.

Mateo ha escrito conversaciones completas.

Están fechadas.

La primera entrada es de 23 días atrás, el día que mencionó a Carlo por primera vez.

Hoy conocí a Carlo.

Apareció en mi cuarto cuando mamá estaba haciendo el almuerzo.

Al principio tuve miedo porque brillaba un poco, pero su sonrisa era muy amable.

me dijo que venía a enseñarme cosas importantes.

Le pregunté por qué yo dijo que porque pronto voy a necesitar ser muy valiente.

Página tras página, Mateo ha documentado todo.

Conversaciones sobre milagros eucarísticos, lecciones sobre santos, explicaciones sobre el cielo y luego con fecha de 5co días atrás encuentro lo que me congela la sangre.

Carlo me dijo hoy que el 8 de octubre voy a tener que elegir.

Dijo que ese día es especial, el día en que él fue al cielo.

Dijo que yo voy a estar muy enfermo y los doctores van a querer hacer una cirugía peligrosa.

Dijo que puedo elegir ir con él al cielo o quedarme aquí con mamá.

Las dos opciones son buenas.

Las dos son lo que Dios quiere, solo que son misiones diferentes.

Hoy es 8 de octubre.

Hoy.

Carlo le dijo hace cinco días que esto iba a pasar hoy.

¿Cómo es posible? Sigo leyendo.

Las manos temblando tanto que apenas puedo sostener el cuaderno.

Carl me contó sobre su cirugía.

Dijo que cuando él estaba en el hospital también tuvo que decidir.

Los doctores querían hacer un tratamiento muy fuerte, pero él sabía que su tiempo en la tierra estaba completo.

Había terminado su exposición de milagros.

había evangelizado a todos los que tenía que evangelizar.

Entonces eligió ir al cielo para poder ayudar desde allá.

Pero dice que mi misión es diferente.

Dice que si elijo quedarme, voy a ayudar a muchos niños.

Voy a mostrarles que la fe puede sostenerte incluso cuando todo duele.

Voy a ser un testigo como él.

La última entrada es de ayer, escrita con letra temblorosa.

Mañana es el día.

Tengo mucho miedo, Carl.

El cielo suena hermoso.

Quiero ir contigo, pero mamá me necesita.

Y Carlo dice que hay niños que me van a necesitar también.

No sé qué elegir.

Carlo dice que cuando llegue el momento, mi corazón sabrá la respuesta.

Dios va a hablar a través de mi corazón.

Cierro el cuaderno y lo aprieto contra mi pecho.

Corro de vuelta al hospital con él en las manos.

Llego a cuidados intensivos.

La doctora Francesca me intercepta.

Señora Martínez, ya no podemos esperar más.

Necesito su autorización para la cirugía o necesito que acepte cuidados paliativos.

No digo, no es mi decisión, es de él.

Déjeme hablar con él.

Entro a la habitación.

Mateo está más pálido que antes.

Los monitores muestran números que sé que son malos.

Me siento en el borde de su cama.

Cariño, le digo mostrándole el cuaderno.

Encontré tu diario.

Leí todo.

Sé que Carlo te dijo que hoy tenías que elegir.

Sus ojos se llenan de lágrimas.

No estoy enojada.

Continúo rápidamente.

Entiendo.

Y tienes razón.

Esta es tu decisión, no mía.

Pero antes de que decidas, necesito decirte algo.

Tomo su mano fría entre las mías.

Mateo, eres la luz de mi vida.

Eres la razón por la que me levanto cada mañana.

Eres mi alegría, mi propósito, mi todo.

Si decides ir con Carlo, lo entenderé.

Será la cosa más difícil que he enfrentado, pero lo entenderé porque sé que estarás en un lugar hermoso, sin dolor, feliz, pero mi amor, mi respiración tiembla.

Si eliges quedarte, si eliges luchar, quiero que sepas que estaré contigo en cada segundo, en cada momento doloroso, en cada tratamiento.

Nunca estarás solo.

Y si Carlo dice que tienes una misión aquí, entonces yo te ayudaré a cumplirla.

juntos.

Mateo llora en silencio.

Mamá, susurra, tengo tanto miedo de la cirugía.

Carlo dice que va a doler mucho, que va a ser más difícil que todo lo que he pasado hasta ahora, pero también dice que del otro lado de ese dolor hay algo hermoso, hay propósito, hay vida.

Entonces, ¿qué quieres hacer, mi amor? La decisión es tuya y yo respetaré lo que decidas.

Él cierra los ojos.

Puedo ver sus labios moviéndose en oración silenciosa.

Un minuto pasa.

Dos.

Los monitores siguen pitando.

Su respiración es superficial.

Finalmente abre los ojos y me mira directo.

Quiero quedarme, mamá.

Quiero hacer la cirugía.

Carlos dice que está bien, que entiende.

Dice que me va a cuidar durante la cirugía.

Dice que no estaré solo.

Su voz es firme a pesar de lo débil que está.

Tengo miedo, pero quiero quedarme.

Quiero cumplir mi misión.

Quiero ayudar a otros niños como Carlo me ayudó a mí.

Llamo a la doctora Francesca.

Ella entra con un equipo completo.

Tenemos su decisión.

Pregunta.

Sí, respondo.

Haremos la cirugía.

Ella asiente ya en modo profesional completo.

El equipo quirúrgico está preparado.

Lo llevaremos en 10 minutos.

Esos 10 minutos son los más largos de mi vida.

Abrazo a Mateo, respiro su olor, memorizo cada detalle de su cara.

Te amo! Le susurro una y otra vez.

Te amo tanto.

Él sonríe débilmente.

Yo también te amo, mamá.

Nos vemos del otro lado.

Carlo prometió que voy a despertar.

Llega el momento de llevarlo.

Los enfermeros desconectan algunos monitores.

Preparan su cama para moverla.

Mateo toma mi mano una última vez.

Mamá, dice, le dije a Carlo que no me voy.

Le dije que todavía no es mi tiempo, que mi misión está aquí contigo, ayudando a otros niños a encontrar esperanza.

Carlos sonrió y dijo que estaba orgulloso de mí.

dijo que hice la elección valiente.

Se lo llevan.

Lo veo desaparecer por las puertas dobles del quirófano.

Me derrumbo en la sala de espera.

Sara, la enfermera, se sienta conmigo.

Otras madres están aquí también esperando noticias de sus propios hijos.

Nos convertimos en hermandad silenciosa de dolor compartido.

Pasan 3 horas.

Cuatro, cinco.

Cada minuto es una eternidad.

Rezo cada oración que conozco.

Aprieto la estampita de Carlo Acutis que todavía llevo en el bolsillo.

Carl, susurro, sé que estás ahí con él.

Por favor, cuídalo.

Por favor, tráemelo de vuelta.

A las 8 de la mañana, la doctora Francesca sale.

Todavía tiene puesto el traje quirúrgico.

Su mascarilla cuelga de su cuello.

Camina hacia mí y no puedo leer su expresión.

Mi corazón se detiene.

Sobrevivió, dice, y caigo de rodillas.

Sobrevivió a la cirugía.

Encontramos la fuente de la infección y la eliminamos.

Sus signos vitales se estabilizaron en la mesa.

Está en recuperación ahora.

Los próximos días serán críticos.

Su cuerpo está extremadamente débil, pero pasó el peor momento.

Tiene una oportunidad.

Lloro con un alivio tan intenso que me duele físicamente.

¿Puedo verlo? Pregunto.

Pronto.

Responde.

Necesitamos que se estabilice un poco más.

Dos horas después me permiten entrar a recuperación.

Mateo está inconsciente, conectado a aún más máquinas que antes, pero está vivo.

Su pecho sube y baja.

Su corazón late.

Está aquí.

Se quedó.

Me siento junto a él y tomo su mano.

Gracias, susurro.

No sé si le hablo a Dios, a Carlo, al universo o a mi hijo.

Gracias por quedarte.

Gracias por elegir la vida.

Gracias por ser tan increíblemente valiente.

24 horas después, Mateo abre los ojos.

Mamá, dice con voz ronca.

Lo logré.

La cirugía terminó.

Lloro y río al mismo tiempo.

Sí, mi amor, lo lograste.

Eres un guerrero.

Eres un milagro.

Carlo estuvo conmigo todo el tiempo.

Dice, no me dejó solo ni un segundo.

Cuando dolía mucho, me mostraba cosas hermosas para distraerme.

Me mostró ángeles cantando.

Me mostró a la Virgen María sonriéndome.

Me mostró mi futuro, mamá.

Vi que voy a estar bien.

Vi que voy a crecer.

Vi que voy a contar esta historia a muchos niños que necesitan escucharla.

Los días siguientes son delicados.

Mateo está débil.

Necesita más cirugías menores, más antibióticos, más cuidados intensivos, pero poco a poco, milímetro a milímetro, mejora su fiebre, baja, su presión, se estabiliza, sus riñones comienzan a funcionar mejor.

Su cuerpo, ese cuerpo pequeño de 8 años que ha soportado tanto, comienza a sanar.

Una semana después de la cirugía, lo trasladan de vuelta a su habitación regular en oncología.

Dos semanas después le dan de alta temporalmente.

Volveremos para más quimioterapia, pero por ahora puede venir a casa.

El día que salimos del hospital, Mateo insiste en ir a la capilla una última vez.

Vamos juntos.

Nos arrodillamos frente al crucifijo.

“Gracias, Carlo”, dice Mateo en voz alta.

“Gracias por ayudarme a elegir.

Gracias por quedarte conmigo.

Gracias por enseñarme que el sufrimiento puede transformarse en amor si lo ofrecemos correctamente.

Prometo cumplir mi misión.

Prometo contarles a otros niños sobre ti.

Prometo mostrarles que la fe es real y que nunca estamos solos.

Volvemos a nuestro apartamento en Porta Romana, el mismo apartamento donde todo esto comenzó hace dos meses que parecen dos años.

Mateo se sienta en su cama, calvo y delgado, pero vivo y sonriente.

“Mamá”, dice, “ya sé cuál es mi misión.

Voy a escribir un libro.

Voy a contar mi historia.

La historia de cómo Carlos me visitó, cómo me enseñó, cómo me ayudó a elegir la vida.

para que otros niños enfermos sepan que no están solos, para que sepan que el cielo es real, pero que a veces nuestra misión es quedarnos aquí y ser luz para otros.

Y así comenzamos.

Cada noche, después de sus lecciones y tratamientos, Mateo me dicta y yo escribo su historia con Carlo, sus conversaciones, sus miedos, su decisión, todo.

Hoy, tres meses después de aquella cirugía imposible, Mateo está en remisión completa.

Su cabello está creciendo de vuelta, oscuro y rizado como antes.

Sus mejillas tienen color otra vez.

Su risa llena nuestro apartamento.

Esta mañana recibimos visita especial.

Una familia con un niño de 7 años recién diagnosticado con leucemia.

Están aterrorizados, perdidos, sin esperanza.

Mateo se sienta con el niño, le muestra sus cicatrices, le cuenta su historia, le habla de Carlo, le muestra el cuaderno donde documentó todo.

El niño escucha con ojos enormes.

¿De verdad viste el cielo?, pregunta Mateo.

Aiente.

Carlo me mostró.

Es más hermoso de lo que puedes imaginar.

Pero, ¿sabes qué? También me mostró algo más.

me mostró que aquí en la tierra, incluso en el dolor, podemos encontrar propósito.

Podemos ser valientes, podemos ayudar a otros y nunca, nunca estamos solos.

Los padres del niño lloran.

“Gracias”, me dicen al salir.

No saben cuánto necesitábamos escuchar esto.

Ver a Mateo, ver que hay esperanza.

Esa noche, antes de dormir, Mateo se arrodilla junto a su cama como hace todas las noches.

Ahora Carlo dice, “Sé que me escuchas, aunque no puedo verte como antes.

Gracias por visitarme cuando más te necesitaba.

Gracias por enseñarme.

Gracias por dejarme elegir.

Elegí quedarme y no me arrepiento.

Voy a cumplir mi misión.

Voy a ser luz como tú fuiste luz.

Algún día nos encontraremos otra vez en el cielo, pero por ahora mi trabajo está aquí.

Me acuesto esa noche en mi propia cama, exhausta, pero en paz.

La estampita de Carlo Acutis está en mi mesita de noche.

La miro antes de apagar la luz.

No sé cómo explicar lo que pasó.

No sé si alguien me creerá.

Los médicos dicen que fue su fortaleza, su juventud, el tratamiento oportuno.

Y tienen razón.

Pero yo sé que hubo algo más, alguien más.

Un niño santo que murió a los 15 años visitó a mi hijo de ocho.

Le enseñó sobre fe, sobre esperanza, sobre amor.

Le dio la opción de irse al cielo o quedarse en la tierra.

Y mi hijo, mi valiente y hermoso hijo, eligió la vida.

Eligió el dolor y el propósito.

Eligió ser testigo de que los milagros son reales y que el amor de Dios alcanza incluso los lugares más oscuros.

Miro por la ventana hacia el cielo nocturno de Milán.

Gracias, Carl, susurro.

Gracias por salvar a mi hijo.

No solo de la muerte, sino para la vida, para una vida con significado, con misión, con luz.

Y en algún lugar, en ese cielo que Mateo describe como más hermoso de lo imaginable, estoy segura de que un adolescente con sudadera sonríe sabiendo que su trabajo continúa, que su legado vive, que el amor que sembró sigue multiplicándose niño tras niño, familia tras familia, corazón tras corazón.