El Último Juego de Diosdado: La Caída del Imperio de Maduro

Diosdado Cabello se despertó esa mañana con un nudo en el estómago.

La noticia de la captura de Nicolás Maduro había sacudido los cimientos del régimen, y él, como su mano derecha, sentía el peso de la traición en el aire.

“¿Qué pasará ahora?”, pensó, mientras miraba por la ventana de su lujoso apartamento en Caracas, contemplando una ciudad que parecía más un campo de batalla que un hogar.

El país se encontraba en un estado de caos.

“Venezuela es otra”, había declarado el analista político Antonio De La Cruz.

“Estamos en un ‘interregno’, donde el viejo orden se desmorona y uno nuevo está surgiendo”.

Diosdado sabía que su tiempo se estaba agotando.

“No puedo dejar que esto me afecte”, se dijo, pero la verdad era que la incertidumbre lo estaba consumiendo.

La llegada de Laura Dogu, la representante de Estados Unidos, marcó un nuevo capítulo en esta historia.

“Su presencia valida este ‘estado tutelado’”, pensó Cabello, sintiendo que cada palabra resonaba como un tambor de guerra en su mente.

“No hay lugar para la debilidad”, reflexionó, mientras se preparaba para una reunión crucial con los altos mandos militares.

En el encuentro, la atmósfera era tensa.

Los generales, antes leales a Maduro, ahora miraban a Diosdado con desconfianza.

“La presencia estadounidense impacta directamente en nosotros”, advirtió uno de ellos.

“Si intentamos sabotear este proceso, sufriremos las consecuencias”.

Cabello sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies.

“No puedo permitir que esto me debilite”, pensó, sintiendo que su poder se desvanecía.

Mientras tanto, en el Palacio de Miraflores, Delcy Rodríguez intentaba mantener la aparente normalidad.

“Soy la continuidad administrativa”, decía a quienes la rodeaban, pero en su interior sabía que no persuadía a nadie.

“Solo administro una transición que está siendo monitoreada desde el Norte”, reflexionó, sintiendo que su papel era cada vez más irrelevante.

El país estaba dividido.

Algunos celebraban la caída de Maduro, mientras otros temían lo que vendría.

“¿Qué pasará con nosotros?”, se preguntaban los ciudadanos, sintiendo que la incertidumbre era un monstruo acechante.

Diosdado sabía que debía actuar con astucia.

“Debo mostrarles que sigo siendo el verdadero poder detrás del trono”, pensó, mientras trazaba un plan para recuperar su influencia.

Esa noche, Cabello se reunió en secreto con sus aliados más cercanos.

“Necesitamos un golpe de efecto”, dijo, su voz baja pero firme.

“Si podemos demostrar que aún controlamos las fuerzas armadas, la gente volverá a temernos”.

La conspiración se tejía como una telaraña, y cada palabra era un hilo que lo unía a su destino.

Mientras tanto, Laura Dogu seguía observando.

“La situación es volátil”, pensaba, sintiendo que cada decisión podía desencadenar una guerra.

“Debo asegurarme de que este proceso de transición sea pacífico”.

Su presencia era un recordatorio constante de que el poder ya no estaba en manos de Maduro ni de Cabello, sino de fuerzas externas que dictaban el rumbo del país.

Los días pasaron, y la tensión aumentó.

Diosdado decidió que era hora de actuar.

“No puedo quedarme de brazos cruzados mientras el poder se me escapa”, pensó.

Comenzó a reunir a sus seguidores, prometiendo un retorno triunfal.

“Juntos, podemos recuperar lo que nos pertenece”, proclamó, sintiendo que la adrenalina comenzaba a fluir.

Pero el plan de Cabello no pasó desapercibido.

Laura y su equipo estaban al tanto de cada movimiento.

“Si Diosdado se pone tonto, sufrirá”, advirtió uno de los asesores.

La advertencia era clara: cualquier intento de sabotear el proceso sería respondido con fuerza.

Diosdado sintió que el tiempo se le agotaba.

“No puedo dejar que me intimiden”, pensó, sintiendo que la desesperación comenzaba a apoderarse de él.

La noche del enfrentamiento llegó.

Cabello se presentó ante sus seguidores, su voz resonando con fervor.

“¡Es hora de recuperar nuestro poder!”, gritó, sintiendo que la multitud respondía con entusiasmo.

Pero en su interior, la duda lo devoraba.

“¿Estoy haciendo lo correcto?”, se preguntó, sintiendo que cada grito era un eco de su propia ambición.

Mientras tanto, Laura y su equipo observaban desde las sombras.

“Esto puede volverse peligroso”, pensó, sintiendo que la situación estaba a punto de estallar.

“Debemos estar preparados para cualquier cosa”.

La tensión era palpable, y cada segundo que pasaba se sentía como un latido de guerra.

El enfrentamiento ocurrió en las calles de Caracas, donde Diosdado se encontró cara a cara con sus detractores.

“¡No podemos permitir que esto continúe!”, gritaban, mientras la multitud se arremolinaba.

Cabello sintió que el poder se desvanecía.

“¿Qué he hecho?”, pensó, sintiendo que la realidad se desmoronaba a su alrededor.

En medio del caos, Laura tomó la decisión de intervenir.

“Es hora de poner fin a esto”, dijo, mientras se dirigía a la escena.

Su presencia era un símbolo de la autoridad que había reemplazado al régimen de Maduro.

“La transición debe ser pacífica”, afirmó, sintiendo que su voz resonaba como un rayo de esperanza en medio de la tormenta.

Diosdado se dio cuenta de que había perdido el control.

“No puedo seguir así”, pensó, sintiendo que la desesperación lo consumía.

“Todo lo que he construido se está desmoronando”.

En un momento de claridad, comprendió que su ambición lo había llevado a este punto.

“He fallado a mi pueblo”, reflexionó, sintiendo que el arrepentimiento lo invadía.

Finalmente, Cabello se rindió.

“No puedo luchar contra lo inevitable”, pensó, sintiendo que su tiempo había llegado a su fin.

La caída del imperio de Maduro también significaba su propia caída.

“La historia recordará mi ambición, pero también mi fracaso”, reflexionó, sintiendo que cada lágrima derramada era un recordatorio de su derrota.

En los días siguientes, Diosdado Cabello se convirtió en un símbolo de lo que había sido y lo que podría haber sido.

“La lucha por el poder es un juego peligroso”, pensó, sintiendo que la vida lo había llevado a un callejón sin salida.

“Quizás, algún día, pueda encontrar la redención”, reflexionó, sintiendo que la esperanza aún podía brillar en medio de la oscuridad.

Al final, Diosdado comprendió que la verdadera batalla no era por el poder, sino por la dignidad.

“He perdido mucho, pero quizás aún pueda encontrar un camino hacia la paz”, pensó, sintiendo que la lucha por su legado apenas comenzaba.

“Este es solo el comienzo de un nuevo capítulo”.