Hola, mi nombre es padre Miguel Ángel Herrera y lo primero que necesita saber es esto.

Estoy ciego.

No puedo ver tu rostro si estás frente a mí.

No puedo ver el amanecer.

No he visto mi propia reflexión en un espejo desde hace 5 años.

Pero, hermano, hermana, puedo ver cosas que antes nunca vi.

Puedo ver la verdad.

Puedo ver el amor de Dios.

Puedo ver el plan perfecto que él tenía para quebrarme y reconstruirme.

Y todo comenzó la noche que cometí el peor error de mi vida sacerdotal.

Intentar quemar públicamente una imagen del beato Carlo Acutis.

Soy sacerdote católico desde hace 25 años.

Fui ordenado joven, lleno de ideales, lleno de teología progresista, lleno de certezas intelectuales.

Enseñaba en el seminario de Barcelona, escribía artículos criticando el sensacionalismo religioso.

Me burlaba de los movimientos carismáticos, de las apariciones marianas, de los milagros modernos.

Para mí la fe era razón, era ética, era justicia social.

No necesitábamos santos influencers ni adolescentes tecnológicos beatificados.

Cuando Carlo Acutis fue beatificado en octubre de 2020, yo lo vi como el colmo de la comercialización de la santidad, así que decidí hacer algo drástico.

El 10 de octubre de 2020, en el aniversario exacto de su beatificación, convoqué a mi parroquia para una misa de reflexión crítica.

Vinieron más de 200 personas.

Preparé un sermón de 40 minutos explicando por qué Carlo Acutis no debió ser beatificado.

Y al final tomé una fotografía impresa de Carlo, la puse en un recipiente metálico y anuncié, vamos a quemar esta imagen para recordar el primer mandamiento.

No tendrás dioses ajenos delante de mí.

Encendí el fuego y en ese momento Dios me dejó ciego para que finalmente pudiera ver.

Pero déjame retroceder, hermano, hermana, déjame llevarte al comienzo de esta historia, porque para entender lo que pasó esa noche del 10 de octubre de 2020, necesitas entender quién era yo, qué creía y por qué el beato Carlo Acutis representaba todo lo que yo despreciaba de la iglesia moderna.

Mi nombre completo es Miguel Ángel Herrera Rojas.

Nací en Sevilla en 1975 en una familia católica tradicional.

Mi padre era médico, mi madre profesora de literatura.

Crecí asistiendo a misa todos los domingos, rezando el rosario en familia, estudiando en colegios jesuitas.

Cuando tenía 18 años, sentí el llamado al sacerdocio, pero no fue un llamado místico o emocional, fue racional, casi filosófico.

Yo veía en la Iglesia Católica una institución con 2000 años de historia, una tradición intelectual impresionante, un sistema ético coherente.

Quería ser parte de eso.

Entré al seminario en 1993 y me sumergí en teología.

Amaba a Santo Tomás de Aquino, admiraba a Carl Runner, estudiaba teología de la liberación.

Para mí la fe era principalmente razón, milagros, experiencias místicas, apariciones, todo eso me parecía superstición residual de épocas menos ilustradas.

Fui ordenado sacerdote en el año 2000, a los 25 años.

Mi primera asignación fue como profesor de teología sistemática en el seminario menor de Barcelona.

enseñaba a jóvenes seminaristas sobre cristología, eclesiología, sacramentos, pero siempre con un enfoque crítico, racional, desmitificador, como yo lo llamaba.

Mis estudiantes me apodaban, padre escéptico, porque cuestionaba todo.

Las devociones populares, los supuestos milagros contemporáneos, las visiones marianas no aprobadas.

Yo decía que estaba protegiendo la fe verdadera de las distorsiones sentimentales.

En realidad estaba construyendo una fe sin misterio, sin asombro, sin Dios.

En 2010 me asignaron como párroco de Santa Teresa de Ávila, una iglesia progresista en el barrio de Gracia en Barcelona.

Era perfecto para mí.

una congregación educada de clase media, mayormente profesionales universitarios, gente que apreciaba sermones intelectuales, que prefería discusiones teológicas a procesiones con imágenes.

Durante 10 años construí una reputación como El sacerdote pensador.

Escribía columnas para periódicos católicos criticando lo que llamaba la banalización de la santidad.

argumentaba que la Iglesia había bajado sus estándares, que antes se requerían heroicidades extremas para la canonización, pero ahora cualquiera con una vida ejemplar podía ser considerado.

Publicaba ensayos con títulos provocativos.

Demasiados santos, la inflación de beatificaciones.

Cuando la santidad se vuelve marketing.

Mis artículos generaban controversia.

Algunos obispos me criticaban privadamente, pero yo tenía defensores entre el clero más progresista, entre teólogos académicos que compartían mi preocupación por lo que percibíamos como populismo religioso.

Me sentía como una voz profética llamando a la iglesia de vuelta a la seriedad intelectual.

En retrospectiva, era simplemente un hombre orgulloso que había confundido inteligencia con sabiduría, conocimiento con fe.

Entonces, llegó octubre de 2020.

El mundo estaba emergiendo lentamente de los confinamientos por COVID-19.

Las iglesias habían reabierto con restricciones y la Iglesia Católica anunció que Carlo Acutis, un adolescente italiano que murió de leucemia en 2006 a los 15 años, sería beatificado el 10 de octubre en Asis, Italia.

Cuando vi las noticias, sentí algo visceral en mi estómago.

No era solo desacuerdo teológico, era disgusto genuino.

Un chico de 15 años, un adolescente que jugaba videojuegos, que tenía PlayStation, que creó una página web.

Eso era un santo.

Ahora, para mí representaba todo lo malo de la Iglesia contemporánea.

El deseo desesperado de ser relevante para los jóvenes, la trivialización de la santidad para hacerla accesible, la comercialización de la fe usando lenguaje de redes sociales.

Vi titulares que lo llamaban El Santo de Internet, El influencer de Dios, el primer santo millennial y cada título me enfurecía más.

Yo había dedicado 20 años estudiando los santos verdaderos.

San Francisco, que renunció literalmente a todo, Santa Teresa de Ávila, que reformó una orden entera, San Ignacio, que fundó los jesuitas después de ser soldado herido.

Y ahora este niño con computadora era su igual.

Empecé a investigar obsesivamente sobre Carlo Acutis.

Leía cada artículo, cada testimonio, cada reporte.

Buscaba inconsistencias.

exageraciones, evidencia de que era simplemente un adolescente católico normal, que murió trágicamente joven y que la Iglesia estaba inflando artificialmente para propósitos de relaciones públicas.

Encontré que Carlo había catalogado milagros eucarísticos en un sitio web.

¿Ves? Le decía a mis colegas sacerdotes, un proyecto escolar básico de HTML y ahora es santo.

Leí que asistía a misa diaria.

Muchos niños lo hacen porque sus padres los obligan.

No es heroico, es obediencia.

Descubrí que había dicho frases como: “La Eucaristía es mi autopista al cielo y todos nacemos originales, pero muchos morimos como copias.

Para mí eran eslóganes superficiales, frases pegajosas diseñadas para memes de Instagram, no profundidad espiritual genuina.

Cuanto más investigaba, más convencido estaba de mi postura y decidí que necesitaba hacer algo público, algo profético, algo que llamara atención al problema de las beatificaciones apresuradas.

Así que planeé mi protesta litúrgica para el 10 de octubre de 2020, exactamente el día de su beatificación.

Durante las dos semanas previas promocioné el evento en redes sociales y boletines parroquiales.

Misa especial de reflexión.

¿Qué significa verdaderamente la santidad? Sabía que sería controversial.

Recibí emails furiosos de devotos de Carlo Acutis.

Recibí advertencias privadas de mi obispo auxiliar, sugiriendo que reconsiderara.

Pero yo estaba convencido de tener razón.

Estaba convencido de que alguien necesitaba decir la verdad, aunque fuera impopular.

El 10 de octubre de 2020 amaneció gris en Barcelona.

Era sábado.

Había programado la misa para las 7 pm, hora inusual, pero estratégica para maximizar asistencia.

Pasé la mañana escribiendo mi sermón, 40 páginas de argumentos teológicos densos.

Citaba a Santo Tomás sobre los criterios para santidad heroica.

Citaba documentos papales antiguos sobre el rigor del proceso de canonización.

construía un caso meticuloso de por qué Carlo Acutis no cumplía los estándares históricos.

En la tarde imprimí una fotografía grande de Carlo Acutis, esa imagen icónica donde sonríe con su sudadera azul con capucha.

La miré largamente.

Un niño, solo un niño, con ojos brillantes y sonrisa inocente.

Algo en mi pecho se tensó por un momento, pero lo ignoré.

Sentimentalismo, me dije.

No dejes que la emoción nuble tu juicio teológico.

A las 6:30 de la tarde empezaron a llegar feligreces.

Para las 7 pm la iglesia estaba completamente llena.

Conté aproximadamente 200 personas, quizás un poco más.

Algunos eran miembros regulares de mi parroquia que confiaban en mi liderazgo intelectual.

Otros eran curiosos, atraídos por la controversia, y algunos, pude notar por sus rostros serios, eran devotos de Carlo, que venían específicamente para oponerse a lo que yo planeaba hacer.

Había tensión palpable en el aire.

Comencé la misa normalmente, procesión de entrada, signos de la cruz, liturgia de la palabra, pero podía sentir la anticipación eléctrica.

Todos sabían que algo inusual vendría durante el sermón.

Después del evangelio subí al púlpito, tenía mi manuscrito de 40 páginas.

Comencé metódicamente estableciendo contexto histórico sobre el proceso de canonización.

Expliqué cómo en siglos pasados el escrutinio era extraordinariamente riguroso, cómo se requerían no solo milagros verificados, sino evidencia de virtudes heroicas sostenidas durante décadas.

Algunos feligreces asentían, otros se removían incómodos en sus bancas.

Continué durante 35 minutos construyendo mi argumento y finalmente llegué a mi conclusión.

La beatificación de Carlo Acutis hoy en Asís representa un peligroso precedente, confunde piedad ordinaria con santidad extraordinaria.

Y en nuestro deseo comprensible de tener santos jóvenes y modernos, estamos diluyendo el significado mismo de santidad.

Hice una pausa dramática.

Luego saqué de debajo del púlpito la fotografía impresa de Carlo Acutis que había preparado.

La sostuve en alto para que toda la congregación pudiera verla.

“Este es Carlo Acutis”, dije con voz firme.

Un adolescente que murió trágicamente de leucemia a los 15 años.

Sus padres lo amaban.

Sus amigos lo recordaban.

Esto es conmovedor y triste, pero no es santidad en el sentido que la iglesia ha entendido durante 2000 años.

Pude escuchar murmullos, algunos de acuerdo, otros de indignación.

Continué.

Y para recordarnos que solo Cristo merece nuestra adoración absoluta, que las imágenes son solo símbolos y no objetos de veneración, que debemos mantener nuestros estándares de santidad altos, voy a hacer algo profético.

Bajé del púlpito sosteniendo la fotografía.

Caminé hacia el altar donde había colocado previamente un recipiente metálico grande, como los que se usan para quemar incienso.

Puse la fotografía de Carlo dentro del recipiente.

Saqué de mi bolsillo un encendedor.

Toda la iglesia estaba en silencio absoluto.

Podía escuchar respiraciones contenidas.

Miré la fotografía una última vez.

Carlo Acuti sonriendo.

Ojos brillantes, inocencia radiante.

Por un segundo algo en mí vaciló, pero mi orgullo era más fuerte.

No es un ídolo dije en voz alta para la congregación.

Es papel e tinta.

Y al quemarlo, recordamos que solo Dios es santo.

Acerqué la llama del encendedor al borde de la fotografía, el fuego pequeño, naranja y amarillo.

Tocó el papel.

Y entonces, hermano, hermana, entonces sucedió algo que desafía toda explicación natural.

La llama tocó la fotografía.

Vi claramente como las lenguas de fuego rozaban el papel, lo envolvían, danzaban alrededor de los bordes, pero el papel no se quemó, no se carbonizó, no se volvió negro, no se arrugó con el calor, era como si hubiera una barrera invisible, un escudo protector entre el fuego y la imagen de Carlo.

Mis manos, sosteniendo el encendedor empezaron a temblar.

Acerqué más la llama.

Nada.

La fotografía permanecía intacta.

Inmaculada, perfecta.

Escuché gritos ahogados de la congregación.

Alguien gritó, “Es un milagro.

” Otro gritó, “¡Padre, deténgase.

” Pero yo no podía detenerme.

Mi mente racional buscaba desesperadamente explicaciones.

“El papel está tratado químicamente”, pensé.

“¿Es algún tipo de material resistente al fuego?” Seguí intentando quemar la fotografía.

30 segundos, un minuto, la llama constante, el papel intacto, mi corazón latía violentamente, mis manos temblaban tanto que casi dejé caer el encendedor y entonces sentí algo, un calor intenso en mis ojos, no en mi piel, no en mis manos cerca de la llama, específicamente en mis ojos, como si alguien hubiera presionado hierros calientes directamente contra mis globos oculares.

Grité.

Fue un grito gutural, animal de dolor puro.

Dejé caer el encendedor.

Mis manos volaron a mi cara cubriendo mis ojos que ardían con una agonía indescriptible.

Caí de rodillas frente al altar.

El dolor era tan intenso que no podía pensar.

No podía hablar coherentemente, solo podía gritar.

Escuché caos en la iglesia, pasos corriendo hacia mí, voces gritando.

Llamen una ambulancia.

Padre Miguel, ¿qué le pasa? Dios mío, sus ojos.

Alguien me agarró los hombros.

Sentí manos intentando quitar mis propias manos de mi cara.

Padre, déjeme ver, déjeme ver sus ojos.

Una voz que reconocí como el Dr.

Martínez, uno de mis feligreces.

Bajé mis manos temblando, abrí los ojos y no vi nada, solo oscuridad.

Oscuridad completa, total, absoluta.

No puedo ver, susurré.

Luego más fuerte.

No puedo ver.

Estoy ciego.

No veo nada.

Entré en pánico completo.

Mis manos buscaban desesperadamente en el aire, tocando rostros que no podía identificar, agarrando sotanas, golpeando accidentalmente el altar.

Mis ojos.

¿Qué pasó con mis ojos? El doctor Martínez me sostenía firmemente.

Padre, cálmese.

La ambulancia viene.

Voy a examinar sus ojos.

Sentí una linterna pequeña brillando en mis ojos, aunque no podía verla.

Sentí dedos abriendo mis párpados profesionalmente.

Pupilas reactivas, escuché murmurar al doctor Martínez.

Físicamente los ojos se ven normales, sin trauma visible, pero claramente no puede ver.

Las siguientes horas fueron un borrón de confusión, dolor y terror.

Los paramédicos llegaron, me pusieron en una camilla, me llevaron en ambulancia al Hospital Clinic de Barcelona.

Durante todo el trayecto yo gritaba preguntas.

¿Qué me pasó? ¿Por qué no puedo ver? ¿Es temporal? Nadie tenía respuestas.

En el hospital, un equipo de oftalmólogos me examinó durante horas.

Dilataron mis pupilas, usaron máquinas especializadas para examinar mis retinas, nervios ópticos, córneas.

Hicieron escáneres de mi cerebro buscando lesiones, tumores, derrames.

Cada examen volvía normal.

Padre Herrera, dijo finalmente la doctora Campos, la oftalmóloga principal, con voz cuidadosa.

Sus ojos están físicamente perfectos, no hay daño estructural.

Sus nervios ópticos funcionan.

Su cerebro procesa señales visuales normalmente según los escáneres.

Pero usted no puede ver.

Entonces, ¿qué es?, pregunté desesperado.

¿Qué me causó esto? Ella vaciló.

Hemos visto casos raros de lo que llamamos ceguera psicogénica o ceguera conversiva.

Es cuando factores psicológicos, generalmente trauma severo o estrés extremo, causan ceguera sin daño físico al ojo.

Está diciendo que es psicológico.

Mi voz salió áspera, casi hostil.

¿Que estoy fingiendo? No, no está fingiendo, respondió la doctora.

campos rápidamente.

El cerebro realmente no procesa la visión correctamente, pero la causa no es física, sino neurológica o psicológica.

En algunos casos es reversible con terapia, en otros dejó la oración inconclusa.

Me quedé en el hospital tres días.

neurólogos, psiquiatras, psicólogos, todos vinieron a evaluarme.

Me preguntaban una y otra vez sobre lo que había pasado esa noche.

Yo les contaba, omitiendo cuidadosamente el detalle de que la fotografía no se quemó.

Decía simplemente que estaba quemando una imagen cuando repentinamente quedé ciego.

Los doctores teoricaban.

Tal vez el acto de quemar la imagen había desencadenado culpa subconsciente severa.

Tal vez mi sí que estaba castigándome por un acto que parte de mí sabía que estaba mal.

Tal vez era una manifestación física de conflicto interno.

Yo escuchaba sus teorías sintiendo náusea, porque yo sabía, aunque no quería admitirlo, que esto no era psicológico, esto era sobrenatural, esto era divino, esto era castigo.

El tercer día, esto era na forma.

Mi obispo vino a visitarme.

Obispo Ramón Sánchez, un hombre de 68 años que siempre había sido paciente con mi heterodoxia teológica.

se sentó junto a mi cama del hospital.

Yo escuchaba su respiración pesada, pero no podía ver su rostro.

“Miguel”, dijo suavemente.

Ya no era padre Herrera, era Miguel.

Eso me dijo todo sobre la seriedad de la situación.

Necesito preguntarte algo y necesito que seas completamente honesto conmigo.

¿Qué realmente pasó esa noche? Así que le conté todo.

Le conté sobre la fotografía que no se quemó.

Le conté cómo las llamas tocaban el papel, pero no lo consumían.

Le conté sobre el calor sobrenatural en mis ojos.

Le conté sobre mi ceguera instantánea.

Cuando terminé, hubo un largo silencio.

Luego escuché al obispo Sánchez suspirar profundamente.

Miguel, hijo mío, creo que has experimentado lo que en teología llamamos una corrección divina.

Dios no te ha castigado por malicia.

te ha detenido dramáticamente de cometer un sacrilegio grave y en el proceso te ha dado una oportunidad de aprender algo que tu intelecto nunca pudo enseñarte.

¿Y qué es eso?, pregunté amargamente.

Humildad, respondió simple y directamente.

Has pasado dos décadas construyendo una fe basada en tu razón, tu educación, tu superioridad intelectual.

¿Has juzgado santos? Has cuestionado la sabiduría de la iglesia, has elevado tu juicio por encima del juicio de Dios.

Y ahora Dios te ha quitado tu vista física para que finalmente puedas ver espiritualmente.

Sus palabras me cortaron profundo.

Quise argumentar, defenderme, pero algo en mí estaba comenzando a quebrarse.

Esa armadura de certeza intelectual que había construido durante décadas tenía grietas.

Esa noche, solo en mi habitación del hospital, incapaz de dormir, incapaz de ver, lloré por primera vez en años.

No lloré por mi ceguera.

Lloré por mi orgullo, lloré porque finalmente empezaba a ver cuán perdido había estado, cuán lejos me había alejado de Dios mientras predicaba sobre él.

¡Cuán vacía había sido mi fe intelectual! Sin amor, sin asombro, sin humildad.

Alrededor de las 3 de la madrugada, mientras yacía despierto en la oscuridad que ahora era mi realidad permanente, sentí algo cambiar en la atmósfera de mi habitación.

No puedo explicarlo mejor que eso.

” El aire se volvió más denso, más presente.

Escuché una voz clara, juvenil, con acento italiano suave.

Padre Miguel”, dijo la voz, “no tengas miedo.

Mi corazón se detuvo.

¿Quién está ahí?”, susurré, mis manos buscando desesperadamente el botón para llamar a la enfermera.

“Soy Carlo,”, dijo la voz simplemente, “Carlo acutis.

Y vine a mostrarte lo que tus ojos nunca pudieron ver.

” Hermano, hermana, lo que pasó en las siguientes horas cambió mi vida para siempre.

Y en la segunda parte de este testimonio voy a contarte exactamente qué me mostró Carlo Acutis durante esa visita sobrenatural.

Voy a revelarte las verdades que me enseñó sobre la santidad, sobre el orgullo, sobre la gracia.

Voy a contarte cómo un santo de 15 años se convirtió en mi maestro espiritual más importante.

Y voy a explicarte por qué 5 años después, aunque sigo completamente ciego físicamente, veo más claro que nunca antes en mi vida.

Hermanos, si están viendo esta segunda parte es porque necesitan escuchar lo que pasó después de que quedé ciego.

Es porque algo en sus corazones los está llamando a conocer la verdad completa sobre aquella noche del 10 de octubre de 2020.

Estaba en mi habitación del hospital, eran las 3 de la madrugada y acababa de escuchar una voz juvenil con acento italiano diciendo, “Soy Carlo, Carlo Acutis, y vine a mostrarte lo que tus ojos nunca pudieron ver.

Mi primer instinto fue racional, incluso en ese momento de terror.

Estoy alucinando, pensé.

los medicamentos, el trauma psicológico.

Mi cerebro está creando esta experiencia.

Pero entonces sentí algo que ningún medicamento podría fabricar.

Sentí una presencia física en la habitación, no amenazante, sino cálida, casi tangible, como cuando entras a una habitación y sabes que alguien está allí antes de verlo, excepto que yo no podía ver nada.

Sé que tienes miedo, padre Miguel”, continuó la voz de Carlo.

“Sé que tu mente está buscando explicaciones racionales, pero necesito que por una vez en tu vida dejes de analizar y simplemente experimentes.

Déjame mostrarte por qué Dios permitió que quedaras ciego.

” Mis manos agarraban las sábanas del hospital con fuerza.

Mi respiración era rápida, superficial.

“¿Cómo sé que eres realmente Carlo Acutis?”, pregunté.

Mi voz temblando.

Podría ser mi imaginación, podría ser un demonio, podría ser cualquier cosa.

Escuché una risa suave, juvenil, llena de alegría genuina.

Padre Miguel, siempre cuestionando, siempre dudando.

Está bien.

Dios te hizo intelectual por una razón, pero también te hizo ciego ahora por una razón.

¿Quieres una prueba? Entonces te daré una.

La voz pausó y luego continuó.

En tu escritorio, en la rectoría, en el cajón inferior izquierdo, hay un sobre amarillo que nunca abriste.

Te llegó hace tres semanas de una mujer llamada Elena Moretti de Milán.

Ella te escribió contándote sobre cómo su hijo de 12 años se curó de neuroblastoma después de rezar a mi intersión.

te envió copias de expedientes médicos, pero tú nunca abriste el sobre porque viste mi nombre y lo descartaste como propaganda religiosa.

Mi sangre se eló, ¿cómo podía saber esto? Había recibido ese sobre.

Efectivamente, lo recordaba vagamente, tirándolo en el cajón sin abrirlo, molesto por lo que asumí era fanatismo religioso.

“Cuando regreses a casa,”, continuó Carlos, “Pídele a alguien que abra ese sobre y te lea la carta”.

Esa será tu primera prueba de que esto es real.

No supe qué responder.

Mi mente teológica giraba.

¿Era esto realmente una visitación sobrenatural o mi subconsciente recordaba el sobre y estaba creando esta experiencia elaborada? Veo que todavía dudas, dijo Carlo con paciencia infinita.

Está bien, padre Miguel.

Tus dudas son parte de quién eres, pero ahora escucha.

Escucha con más que tus oídos, escucha con tu corazón, con tu alma, con esa parte de ti que has ignorado durante décadas mientras construías fortalezas de razón.

Entonces Carlo comenzó a hablar.

Y hermano, hermana, lo que me dijo durante las siguientes horas transformó completamente mi comprensión de Dios, de la santidad, de mi propia ceguera.

Padre Miguel, tú pensabas que la santidad requería gestos dramáticos.

sacrificios extremos, cosas que parecieran heroicas a los ojos humanos.

Por eso despreciabas mi beatificación.

Un adolescente con videojuegos no encajaba en tu categoría de santo serio, pero Dios no mide la santidad como tú la mides.

Yo morí a los 15 años de leucemia.

No fundé una orden religiosa.

No escribí tratados teológicos.

No fui misionero en tierras lejanas.

Hice algo mucho más simple y mucho más difícil.

Amé a Jesús en la Eucaristía con todo mi corazón cada día, sin excepción, sin excusa.

Y ese amor, continuó Carlo, su voz llena de una convicción apasionada.

Ese amor simple, ordinario, consistente transformó mi vida corta en algo extraordinario.

Porque la santidad, padre Miguel, no es sobrehacer cosas grandes que impresionen a los historiadores.

Es sobre hacer cosas pequeñas con amor grande.

Es sobre levantarse cada mañana a las 5:30 para ir a misa cuando tus amigos duermen.

Es sobre ayunar los viernes cuando nadie te obliga.

Es sobre usar tus talentos.

hasta los talentos tecnológicos para glorificar a Dios.

Es sobredecir sí a Dios en mil formas pequeñas cada día.

Mientras Carlo hablaba, sentí algo quebrarse dentro de mí.

Lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas ciegas.

Porque tenía razón, yo había definido santidad tan estrechamente, tan intelectualmente, que había perdido su esencia.

Había admirado a los santos antiguos por sus logros monumentales, pero había olvidado que ellos también empezaron con actos ordinarios de amor extraordinario.

Tú me despreciabas”, dijo Carlos suavemente, sin acusación en su tono, “Solo tristeza, porque representaba algo que tu orgullo no podía aceptar, que la santidad está disponible para todos, no solo para teólogos brillantes como tú, no solo para místicos con visiones dramáticas, también para adolescentes con computadoras, también para niños que juegan Pokémon.

Dios no beatificó a Carlo Acutis, el genio tecnológico.

” Continuó.

Dios beatificó a Carlo Acutis, el enamorado de Jesús.

Y tu problema, padre Miguel, es que has pasado tanto tiempo estudiando a Jesús, que olvidaste cómo amarlo.

Has dissecado la fe con visturíes teológicos, hasta que no quedó misterio, no quedó asombro, no quedó espacio para que Dios te sorprenda.

Sus palabras eran como espadas, atravesando todas mis defensas cuidadosamente construidas.

Quise argumentar, quise defender mi enfoque intelectual de la fe, pero no pude porque en mi ceguera, sin distracciones visuales, sin nada que ver, excepto oscuridad, podía finalmente escuchar la verdad pura.

Entonces, ¿por qué estoy ciego?, pregunté.

Mi voz quebrada.

¿Es castigo? ¿Es venganza divina por intentar quemar tu imagen? No, respondió Carl firmemente.

No es castigo, es corrección, es misericordia.

Dios te amó demasiado para dejarte continuar en tu orgullo autodestructivo.

Te quitó tu vista física porque confiabas demasiado en ella, porque creías que solo lo que podías ver, medir y analizar era real.

Ahora, sin esa vista, tienes que aprender a ver con fe.

Tienes que aprender a caminar en oscuridad confiando en la luz de Dios.

Había una lógica extraña en sus palabras, una lógica que mi mente racional anterior hubiera rechazado, pero que mi corazón roto ahora podía recibir.

Y la fotografía, pregunté, ¿por qué no se quemó? Carlo rió suavemente.

Porque Dios quería mostrarte delante de 200 testigos que su poder es real, que los milagros no son supersticiones medievales, que lo sobrenatural irrumpe en lo natural cuando él lo decide.

Esa fotografía no se quemó, padre Miguel, por la misma razón que los tres jóvenes en el horno de fuego de Daniel no se quemaron porque Dios estaba protegiendo lo que tú intentabas destruir.

Permanecimos en silencio por un momento.

Yo procesando, Carlo esperando pacientemente.

Finalmente pregunté, “¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cómo vivo como sacerdote ciego? ¿Cómo sirvo a mi parroquia?” “Ah, padre Miguel”, dijo Carlo con ternura.

No volverás a esa parroquia.

Dios tiene un plan diferente para ti ahora.

Tu ceguera no es el fin de tu ministerio, es el comienzo de tu verdadero ministerio.

Vas a viajar, vas a contar tu historia, vas a ser testimonio viviente de que Dios todavía corrige, todavía transforma, todavía hace milagros.

Vas a ser el sacerdote ciego que predicaba con sus ojos y ahora predica con su corazón.

La idea me aterraba y emocionaba simultáneamente.

La gente me creerá.

Algunos sí, algunos no, respondió Carlo honestamente.

Pero no es tu trabajo convencer a todos.

Es tu trabajo dar testimonio de la verdad, contar lo que viviste, mostrar tu transformación y dejar que el Espíritu Santo haga el resto.

Hay algo más que necesitas saber, continuó Carlo, su voz volviéndose más seria.

Tu ceguera es física, pero también simbólica.

Representa la ceguera espiritual que tenías antes.

Pero así como Dios puede curar ceguera física instantáneamente si quisiera, también puede curar ceguera espiritual.

La diferencia es que tu ceguera física, él ha decidido dejarla como recordatorio constante, como humildad constante, como dependencia constante de él.

Cada día que despiertes en oscuridad, recordarás que necesitas a Dios.

Cada día que necesites ayuda para las tareas más simples, recordarás que no eres autosuficiente.

Cada día que no puedas ver rostros, pero tengas que discernir corazones, desarrollarás dones espirituales que tus ojos físicos nunca te habrían permitido.

Empecé a entender.

Mi ceguera no era solo castigo ni solo corrección, era también regalo.

Un regalo doloroso, costoso, pero regalo al fin.

¿Me visitarás de nuevo?, pregunté.

sintiendo que nuestra conversación estaba terminando.

“¿Cuándo lo necesites?”, prometió Carlo.

“Pero la mayor parte del tiempo tendrás que caminar por fe, no por vista.

” Literalmente, hubo un momento de silencio.

Sentí la presencia comenzar a desvanecerse.

“Espera, dije urgentemente.

Una última pregunta.

¿Me perdonas? ¿Por intentar quemar tu imagen, por despreciarte, por juzgarte sin conocerte?” La risa de Carlo fue cálida, llena de gracia.

Padre Miguel, te perdoné antes de que cometieras el acto y Dios te perdonó antes de que nacieras.

Ahora aprende a perdonarte a ti mismo.

Y entonces él se fue.

La presencia desapareció.

La habitación del hospital volvió a ser solo una habitación del hospital.

Pero yo ya no era el mismo hombre.

Permanecí despierto el resto de la noche, repasando cada palabra de Carlo, cada enseñanza, cada revelación.

Cuando las enfermeras entraron a las 6 a para chequeos de rutina, me encontraron sonriendo en la oscuridad.

“Padre Herrera, ¿está bien?”, preguntó la enfermera sorprendida.

“Sí”, respondí honestamente.

“Por primera vez en años, realmente estoy bien.

” Me dieron de alta del hospital tres días después.

Mi obispo me recibió personalmente en la rectoría.

Lo primero que le pedí fue que buscara en mi escritorio el sobre amarillo de Elena Moretti.

Escuché a Obispo Sánchez abrir el cajón inferior izquierdo, buscar entre papeles.

Aquí está, dijo con voz sorprendida.

Sobre amarillo.

Remitente Elena Moretti Milán.

¿Cómo sabías? Ábrelo dije simplemente y léeme la carta.

El obispo rompió el sobre y comenzó a leer.

Era exactamente como Carlo había descrito, una madre contando el milagro de la curación de su hijo de neuroblastoma.

Etapa cuatro después de rezar a la intersión de Carlo Acutis.

Expedientes médicos adjuntos mostrando la remisión imposible.

Una súplica apasionada para que yo, como teólogo respetado, investigara el caso y diera validez académica al milagro.

Miguel”, susurró el obispo Sánchez, “¿Cómo sabías de esta carta sin haberla abierto?” “Porque Carlo me lo dijo”, respondí calmadamente.

Carlo Acuti se me apareció en el hospital y me lo dijo.

Los siguientes meses fueron un proceso de reconstrucción completa de mi vida.

Tuve que aprender a navegar el mundo como persona ciega.

Tuve que aprender braile.

Tuve que aprender a usar un bastón.

Tuve que aprender humildad de formas que nunca imaginé.

Necesitar ayuda para vestirme, para comer, para caminar por calles que conocía de memoria.

Cada experiencia de dependencia era otra lección en humildad, pero también algo extraordinario comenzó a suceder.

Sin mis ojos físicos, otros sentidos espirituales se agudizaron.

podía discernir el estado emocional de las personas por el tono de sus voces con precisión asombrosa.

Podía sentir presencias espirituales, tanto angélicas como demoníacas, con claridad que nunca tuve cuando confiaba en mi vista.

Podía ver el corazón de las personas de maneras que mis ojos físicos nunca me permitieron.

Seis meses después de quedar ciego, mi obispo me pidió que diera mi primer testimonio público.

Fue en la catedral de Barcelona.

ante aproximadamente 500 personas.

Subí al púlpito con ayuda, mi bastón blanco en una mano, temblando de nervios.

“Mi nombre es padre Miguel Ángel Herrera.

” Comencé y voy a contarles cómo intenté quemar la imagen del beato Carlo Acutis y cómo Dios me dejó ciego para que finalmente pudiera ver.

Durante 45 minutos conté toda la historia.

La arrogancia teológica, la protesta litúrgica, la fotografía que no se quemó, mi ceguera instantánea, la visita de Carlo en el hospital.

Cuando terminé, hubo silencio completo en la catedral.

Luego, espontáneamente las 500 personas se pusieron de pie y aplaudieron.

No me aplaudían a mí, aplaudían la misericordia de Dios, aplaudían el testimonio de transformación.

Después de esa primera conferencia, las invitaciones comenzaron a llegar.

Primero de otras parroquias en Cataluña, luego de toda España, luego de América Latina, Argentina me invitó, México, Colombia, Perú, Chile.

En cada país contaba mi historia y en cada país veía conversiones.

Vi ateos que se arrodillaban llorando.

Vi católicos tibios que redescubrían su fe.

Vi jóvenes que decidían considerar vocaciones religiosas.

Vi personas con discapacidades que encontraban esperanza en mi testimonio de que Dios usa nuestras debilidades para su gloria.

En 2022, 2 años después de quedar ciego, la Iglesia me pidió que testificara formalmente en el proceso de canonización de Carlo Acutis.

Viajé a Roma acompañado por un asistente.

Ante un panel de cardenales y teólogos bajo juramento relaté exactamente lo que había sucedido.

Algunos me miraban con escepticismo, otros con asombro, pero todos tomaban notas cuidadosas.

Padre Herrera, me preguntó uno de los cardenales, ¿está usted afirmando que la fotografía del beato Carlo Acutis resistió al fuego sobrenaturalmente? Sí, eminencia”, respondí firmemente.

Frente a más de 200 testigos, la imagen no se quemó a pesar de estar expuesta directamente a las llamas durante más de un minuto.

“¿Y mantiene usted que su ceguera fue causada directamente por este evento sin explicación médica? Los expedientes médicos están disponibles para su revisión, eminencia.

” Múltiples especialistas confirmaron que mis ojos están físicamente perfectos.

La ceguera no tiene causa orgánica.

Yo creo y testifico bajo juramento que fue intervención divina directa.

El cardenal asintió y la supuesta aparición del beato Carlo Acutis en su habitación del hospital no fue supuesta eminencia.

Fue real, tan real como usted está sentado frente a mí ahora.

Carlo me habló durante horas.

me enseñó sobre santidad, sobre humildad, sobre el propósito de mi ceguera y me dio conocimiento de cosas que yo no podía saber naturalmente, como la carta de Elena Moretti que nunca había abierto.

Mi testimonio fue grabado, transcrito, analizado por teólogos.

Algunos lo aceptaron como evidencia de la santidad continua de Carlo.

Otros lo clasificaron como experiencia mística subjetiva, pero nadie pudo negar los hechos básicos.

La fotografía que no se quemó había sido presenciada por 200 personas.

Mi ceguera médicamente inexplicable estaba documentada.

Mi transformación completa de escéptico a defensor era innegable.

En abril de 2025, 5 años después de mi ceguera, recibí la noticia más extraordinaria.

Carlo Acutis sería canonizado oficialmente como santo.

La ceremonia sería en la Basílica de San Pedro en Roma y el Papa Francisco personalmente me invitó a estar presente.

Hermano, hermana, el 27 de abril de 2025 fue el día más emotivo de mi vida.

Estaba en la plaza de San Pedro, entre cientos de miles de peregrinos de todo el mundo.

No podía ver la basílica majestuosa, no podía ver al Papa, no podía ver el tapiz gigante de Carlo que colgaba de la fachada, pero podía sentir la presencia de Dios de maneras que mis ojos nunca me habrían permitido.

Cuando el Papa Francisco proclamó oficialmente, “Declaramos y definimos santo a Carlo, Acutis.

” La multitud estalló en aplausos, lágrimas, alabanzas.

Yo caí de rodillas en la plaza llorando libremente.

5 años antes había intentado destruir la reputación de este joven.

Ahora, ciego pero transformado, estaba celebrando su canonización.

La ironía divina era casi demasiado hermosa para soportar.

Después de la ceremonia tuve el privilegio extraordinario de una audiencia privada breve con el Papa Francisco.

Él tomó mis manos ciegas entre las suyas.

Padre Miguel, dijo con voz cálida, su testimonio ha tocado millones de vidas.

Dios tomó su ceguera y la convirtió en luz para otros.

Ese es el misterio de la cruz.

Nuestro mayor sufrimiento se convierte en nuestra mayor bendición cuando lo ofrecemos a Dios.

Santo Padre”, respondí con voz temblorosa.

Yo intenté quemar la imagen de un santo y Dios me cegó, pero en esa ceguera encontré más luz que en todos mis años de estudio teológico.

El Papa apretó mis manos.

Continúe dando testimonio, hijo mío.

El mundo necesita historias de transformación.

Necesita saber que Dios todavía interviene, todavía corrige, todavía ama tan apasionadamente que no nos deja en nuestro orgullo autodestructivo.

Ahora, hermano, hermana, estamos en diciembre de 2025.

Han pasado 5 años desde que quedé ciego, 5 años desde aquella noche del 10 de octubre de 2020.

Y puedo decirte con absoluta honestidad, no cambiaría nada si Dios me ofreciera recuperar mi vista mañana.

Le diría que no, porque mi ceguera física me enseñó a ver espiritualmente.

Mi oscuridad constante me enseñó a buscar la luz verdadera.

Mi dependencia diaria de otros me enseñó humildad que décadas de estudio nunca me enseñaron.

Cada mañana me despierto en oscuridad y cada mañana le doy gracias a Dios por esa oscuridad porque me recuerda que yo no soy Dios, me recuerda que necesito misericordia.

Me recuerda que la fe no es ver y luego creer, sino creer y luego ver con ojos del corazón.

Viajo constantemente.

Ahora América Latina se ha convertido en mi hogar espiritual.

He dado testimonio en México más de 30 veces.

En Argentina, Colombia, Perú, Chile, Venezuela.

En cada país veo el mismo patrón.

Personas rotas que encuentran esperanza en mi historia.

Ateos que comienzan a cuestionar su certeza.

Católicos tibios.

que se encienden de nuevo.

Jóvenes que descubren que la santidad no es solo para monjes medievales, sino también para adolescentes con computadoras.

Y siempre, siempre termino mis testimonios de la misma manera.

Levanto la fotografía de San Carlos Acutis.

Esa misma imagen que intenté quemar hace 5 años.

Esa imagen que milagrosamente no se quemó.

Esa imagen que ahora llevo conmigo a donde quiera que vaya.

Esta es la fotografía que intenté destruir.

Digo, sosteniendo la imagen que no puedo ver, pero que conozco de memoria.

Esta es la imagen que Dios protegió sobrenaturalmente y esta es la imagen que ahora beso cada noche antes de dormir, agradeciéndole a San Carlos Acutis por interceder por mi alma orgullosa.

Y entonces hago mi petición final.

Hermano, hermana, si hay algo en tu vida que estás resistiendo, alguna verdad que tu orgullo no quiere aceptar, alguna corrección que Dios está tratando de darte, no esperes hasta que él tenga que cegarte para que veas.

Ríndete ahora, humíllate ahora, acepta su misericordia ahora, porque Dios te ama demasiado para dejarte en tu orgullo y si es necesario, él te quitará lo que más valoras para darte lo que más necesitas.

Estoy ciego, pero veo más claro que nunca.

Perdí mis ojos, pero gané mi alma.

Intenté quemar a un santo y ese santo me salvó.

Esta es mi historia, este es mi testimonio y si te tocó el corazón, si algo en ti se movió, si reconociste tu propio orgullo en mi historia, entonces San Carlos Acutis está intercediendo por ti ahora mismo.

Él está orando para que tengas el valor de rendirte antes de que Dios tenga que quebrantarte.

Que Dios los bendiga.

San Carlos Acutis, ruega por nosotros.

Y recuerda siempre las palabras que Carlos me dijo aquella noche en el hospital.

La santidad no es hacer cosas grandes que impresionen a los historiadores, es hacer cosas pequeñas con amor grande.

Amén.

M.