💥¡El choque más salvaje en la TV española! Pablo Iglesias vs Palomera: ¿Quién protege a los periodistas corruptos?

El plató tembló.
La tensión era eléctrica desde el primer minuto y nadie imaginaba hasta dónde iba a llegar el encontronazo entre Pablo Iglesias y Esther Palomera.
Todo comenzó hablando de redes sociales y terminó destapando el hedor de las cloacas del Estado, con nombres propios, acusaciones directas y un ataque sin precedentes a los cimientos del periodismo español.
Pablo Iglesias, con voz firme y mirada encendida, no se contuvo ni un segundo.
Acusó directamente a periodistas con programas de máxima audiencia de haber participado en campañas de acoso y destrucción política.
“A mí no me atacaron tuiteros”, dijo con rabia, “me atacaron policías de élite, me destrozaron la vida periodistas corruptos y mafiosos con programa de televisión”.
La acusación no iba en el aire.
Nombres como Ferreras y Eduardo Inda emergieron como fantasmas incómodos que Esther Palomera se negó rotundamente a mencionar.
Y esa fue la mecha.

Iglesias no hablaba solo de un clima hostil en redes, hablaba de una estructura paralela de poder mediático-policial que utilizó bulos y manipulación para borrar a Podemos del mapa político.
Recordó los audios de Ferreras con Villarejo, donde el periodista decía abiertamente que sabía que la noticia era falsa pero aún así la iba a lanzar.
Una bomba que no fue investigada con la ferocidad que merecía y que, según Iglesias, fue silenciada por periodistas como Palomera, que, siendo considerada progresista, decidió no alzar la voz.
“Tú me contaste que Ana Rosa te sacó de la mesa y te comía la rabia”, le dijo directamente.
Palomera, visiblemente molesta, negó ser del PSOE y trató de desviar la conversación hacia la crítica generalizada a todos los partidos.
Pero eso solo encendió aún más los ánimos.
Iglesias no lo permitió.
“No me compares con fascistas como Vito Quiles o Javier Negre”, gritó.
“A mí esa gentuza me ha acosado en la puerta de mi casa, delante de mis hijos, con amenazas y violencia, y tú tienes la poca vergüenza de meterme en el mismo saco”.
La tensión era ya insostenible.
Palomera insistía en que todos los partidos, incluido Podemos, han tenido hordas de tuiteros para desprestigiar a la prensa.
Pero Iglesias no hablaba de tuiteros.

Hablaba de periodistas que desde sus tronos mediáticos decidieron mentir sabiendo que lo hacían, de policías que operaban con total impunidad, de un aparato paralelo que operó contra él, contra Montero,
contra Matute, contra toda la izquierda alternativa.
Y mientras tanto, Palomera evitaba mencionar a Ferreras.
Ese silencio, ese vacío ensordecedor, se convirtió en la principal munición de Iglesias.
Porque mientras ella hablaba de “ofensivas tuiteras”, él hablaba de campañas institucionales, de cloacas del Estado, de amenazas reales, de sobres con balas.
¿Y cuál fue la defensa de Palomera? Que siempre ha dicho lo que piensa.
Que nunca ha militado en un partido.
Que no merece ser señalada por hacer su trabajo.
Pero eso no bastó.
Porque, como dijo el propio presentador, si alguien ha guardado silencio ante un escándalo tan grave como el de Ferreras, pierde legitimidad moral para hablar de acoso mediático.
El debate se convirtió en un grito desesperado de Iglesias por visibilizar lo que él considera el gran tabú del periodismo español: la connivencia de ciertos medios con intereses políticos y económicos que usan la
información como arma de destrucción política.

Y no lo dice desde el resentimiento, lo dice desde la experiencia personal de haber sido víctima directa de esa maquinaria.
“¿Recuerdas cuando dijeron que la ley del solo sí es sí liberaba violadores? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste eso? Ya no se dice, porque nunca fue cierto.
Fue otra campaña mediática”, espetó con furia.
El público, los tertulianos y hasta el propio presentador sabían que lo que estaban presenciando era algo más que un debate.
Era un juicio público a un sistema podrido en sus raíces, y la única defensa que encontró Palomera fue refugiarse en el argumento de que todos los partidos hacen lo mismo.
Pero esa equidistancia no convenció a nadie.
Porque mientras unos lanzan tuits, otros lanzan campañas televisivas con fondos millonarios, con grabaciones ilegales y con periodistas que se sientan en platós a mentir a sabiendas.
Iglesias cerró el enfrentamiento con una frase que retumbó como una sentencia: “Los medios en este país se han desprestigiado solitos.
Y si tú te sientas con Eduardo Inda, no me digas que yo soy igual que Vito Quiles.
No te lo consiento”.
Y tenía razón.
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Porque mientras algunos periodistas progresistas guardaban silencio ante los abusos mediáticos cometidos por sus colegas, la izquierda política era demolida a base de bulos, mentiras y montajes.
Lo más doloroso, como reconoció Iglesias, es que cuando se repiten estas dinámicas pero afectan al PSOE, entonces sí se denuncia, sí se habla de cloacas, sí se habla de corrupción judicial y mediática.
Pero cuando fue contra Podemos, solo se habló de victimismo.
El duelo entre Palomera e Iglesias no fue solo una pelea en televisión.
Fue una lección cruda sobre cómo funciona el poder mediático en España.
Y por eso mismo, por lo incómodo, por lo doloroso y por lo brutalmente honesto, se ha convertido en el debate más explosivo de los últimos tiempos.
Y lo más preocupante no es lo que se dijo.
Lo más preocupante es todo lo que aún no se ha dicho… porque hay silencios que gritan más fuerte que cualquier verdad.
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