
Le pagaron a ella $9,000 para aparecer fea en una cita a ciegas. Necesitaba el dinero.
Inocentemente aceptó nada personal, pero no sabía quién estaba del otro lado de la mesa.
Era un millonario y lo que pasó después lo cambió todo. 9000 pesos. Libia miraba el número en la pantalla de su teléfono como si las palabras fueran a desvanecerse solas.
Como si Jimena fuera a escribir de nuevo diciendo, “Era broma, obvio, pero el mensaje seguía ahí luminoso contra el fondo oscuro de WhatsApp junto con una carita guiñando el ojo.
9000 pes, Le, solo por verte descuidada en una cita. Es un experimento social que estoy documentando.
¿Te animas?” Libia sintió cómo se le cerraba la garganta, no por indignación ni por ofensa, sino porque su primer pensamiento, el que llegó antes que cualquier juicio moral, fue, “Con eso pago la renta de este mes.”
Y eso la horrorizó más que la propuesta misma. ¿En qué momento había llegado al punto donde 9,000 pesos compraban su dignidad tan fácilmente?
¿Cuándo exactamente había cruzado esa línea invisible donde los principios se volvían negociables? Según el saldo de la cuenta bancaria, dejó el teléfono sobre la mesa del diminuto comedor de su apartamento en la condesa y caminó hasta la ventana.
Afuera, la tarde se desvanecía en tonos grises sobre las calles mojadas. Los árboles de la cuadra goteaban todavía de la lluvia reciente y la gente pasaba apurada bajo paraguas, entrando a cafeterías iluminadas donde se vendían capuchinos que ella no se permitía comprar.
Hacía semanas que no entraba a ningún café, que preparaba su propio instantáneo en la cocina estrecha, donde la cafetera vieja hacía ruidos de agonía cada mañana.
Hacía meses que no compraba ropa nueva, que había cancelado su membresía del gimnasio, esa que había jurado era inversión en salud mental.
Ahora, su salud mental consistía en evitar revisar el saldo bancario y en contar monedas antes de decidir si compraba jitomates o solo pasta otra vez.
28 años, y esto era lo que tenía para mostrar, un apartamento diminuto que olía a humedad, facturas apiladas sobre el escritorio improvisado y un portafolio de diseño gráfico que nadie parecía querer contratar.
Medio año atrás, cuando todavía llegaban proyectos pequeños, se había dicho que era temporal, que el mercado freelance tenía altibajos naturales, que solo necesitaba persistir.
Hace algunos meses, cuando tuvo que pedirle dinero prestado a su mamá en Guadalajara, se juró que sería la última vez, que encontraría algo estable.
Hace poco, cuando el casero dejó el tercer aviso de desalojo pegado en su puerta, dejó de hacerse promesas.
Solo contaba días. Calculaba cuánto tiempo más podría estirar los frijoles del bote, cuántas comidas podía saltarse sin que el mareo la obligara sentarse en medio de la calle.
El teléfono vibró de nuevo. Jimena, otra vez. Sé que suena raro, pero confía en mí.
Es para un proyecto de comportamiento masculino en apps de citas. Quiero documentar cómo reaccionan los hombres cuando una mujer no se ajusta a las expectativas estéticas.
Tú ya tienes esa cita mañana con ese tal Gustavo, ¿no? Perfecto. Solo vas sin arreglarte.
Pants, cabello recogido, cero maquillaje. Ves cómo se comporta. Tomas notas mentales y después me cuentas, “Te pago los 9000 al día siguiente.
Es colaboración para investigación social.” Liv. Nada turbio. Libia releyó el mensaje despacio buscando el truco, la parte que no cuadraba, pero conocía a Jimena desde hace una década.
Habían compartido departamento en la universidad, se habían visto en sus peores crisis. Habían llorado juntas cuando los proyectos de titulación casi las destruyen.
Jimena era impulsiva, a veces caótica, pero nunca cruel. Nunca le haría algo malo intencionalmente.
Y sin embargo, algo en el estómago de Libia se retorcía incómodo. Una alarma silenciosa que no lograba identificar.
Tal vez era solo el hambre. Hacía horas que no comía nada más que un pan dulce que había comprado el día anterior en la tienda de la esquina, de esos que vendían tres por 20 pesos.
O tal vez era la sensación de estar cayendo esa que la acompañaba desde hace tiempo, desde que el último cliente grande canceló el contrato apenas días antes de que empezara, alegando recorte de presupuesto.
Ese proyecto iba a salvarla. Iban a ser 40,000 pesos por un rediseño completo de marca.
40,000 que ya había gastado mentalmente: renta, luz, internet, comida decente, tal vez hasta un par de zapatos porque los que tenía ya mostraban la suela.
Y luego nada. Silencio. El contacto dejó de responder mensajes, bloqueó su número, desapareció como si nunca hubieran hablado y Libia se quedó ahí con las manos vacías y facturas que no dejaban de llegar.
Gustavo Castillo repasó el nombre en su mente como si fuera un acertijo. Asía días había aceptado esa cita casi por aburrimiento, porque Jimena la había convencido de descargar la aplicación después de una botella de vino barato y un discurso de “Necesitas salir de tu cueva y conocer gente.”
Libia había creado el perfil sin muchas expectativas. Había puesto dos fotos donde salía medio decente, había escrito una biografía genérica sobre diseño y café y luego había llegado ese match con Gustavo.
El perfil era extrañamente minimalista para alguien en una app de citas, una sola foto donde aparecía de traje oscuro en lo que parecía un evento formal, mirando hacia el lado como si alguien lo hubiera llamado justo cuando disparaban la cámara.
No sonreía. La descripción era aún más escueta. 30 y pocos años, empresario, Ciudad de México.
Eso era todo. Ni hobbies, ni frases ingeniosas, ni emojis tratando de parecer accesible. Solo esas líneas que no decían nada y al mismo tiempo decían todo sobre alguien que probablemente estaba demasiado ocupado o demasiado desinteresado para esforzarse.
Habían intercambiado mensajes breves antes de que él propusiera verse. Nada profundo, nada memorable. Él preguntó a qué se dedicaba.
Ella respondió que era diseñadora gráfica freelance. Él dijo que le parecía interesante. Ella preguntó qué tipo de empresa tenía.
Él respondió vagamente: “Hotelería”, sin dar detalles. Luego vino la propuesta encontrarse al caer la tarde en un rooftop de Polanco, un lugar con vista decente.
Libia había aceptado porque no tenía nada mejor que hacer, porque la idea de salir del apartamento y pretender que su vida no era un desastre sonaba casi terapéutica.
No esperaba nada de esa cita. Tal vez una conversación mediocre, tal vez un hombre aburrido hablando de números y negocios, tal vez una copa de vino que no tendría que pagar ella.
Eso era todo. No había construido fantasías románticas ni expectativas de conexión. Era solo una salida, una distracción en una vida que necesitaba desesperadamente distracciones.
Y ahora Jimena le estaba ofreciendo 9000 pesos para convertir esa distracción en un fraude calculado, porque eso era no fraude, engaño, manipulación, ir a una cita con la intención deliberada de verse mal, de sabotear cualquier posibilidad de conexión genuina, solo para que Jimena pudiera escribir un artículo sobre hombres superficiales para probar algo que todos ya sabían, que las primeras impresiones importaban, que la gente juzgaba por apariencias, Libia se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de sangre.
El problema no era Gustavo. No lo conocía, no le debía nada. Probablemente nunca volvería a verlo después del encuentro.
El problema era ella misma, era mirarse al espejo y saber que estaba considerando esto seriamente, que estaba calculando si 9,000 pesos valían traicionar la última versión de sí misma que todavía reconocía.
Tomó el teléfono de nuevo y abrió su aplicación bancaria, algo que había evitado hacer durante días.
El saldo la golpeó como siempre, poco más de 1,000 pesos. La renta eran casi 7,000.
Vencía pronto, la luz eran casi 900. Cortaban pronto si no pagaba. Internet eran 400, ya llevaba retraso.
Sumó mentalmente el déficit que crecía como un agujero negro en su vida. Los 9,000 de Jimena cubrirían todo eso y le dejarían algo para comida para sobrevivir otro mes mientras buscaba proyectos, mientras enviaba propuestas, mientras rogaba que alguien, cualquiera, necesitara un logo, un flyer, lo que fuera.
Cerró los ojos y respiró hondo, intentando encontrar ese lugar dentro de ella donde solían vivir las certezas morales, esa voz clara que le decía qué estaba bien y qué estaba mal.
Pero solo encontró silencio y cansancio, agotamiento de decisiones imposibles, de elegir entre dignidad y supervivencia, entre principios y comer.
Abrió los ojos y miró alrededor del apartamento. Las paredes con manchas de humedad que el casero nunca arreglaba, el sofá heredado con resortes que se clavaban en la espalda, la mesa coja que tenía que equilibrar con un pedazo de cartón doblado, la ventana que no cerraba bien y dejaba entrar frío y ruido.
Este lugar la estaba devorando lentamente. No solo el espacio físico, sino lo que representaba, cada fracaso acumulado, cada proyecto perdido, cada vez que tuvo que decirle a su mamá por teléfono que todo iba bien cuando en realidad se estaba desmoronando.
Su mamá, Dios. Su mamá, que había trabajado doble turno en el hospital de Guadalajara para pagarle la universidad, que había vendido las joyas de la abuela para cubrir la colegiatura del último semestre, que le había dicho con lágrimas en los ojos el día de la graduación, ahora vas a comerte el mundo, mi hija.
Vas a ser una diseñadora famosa. Y aquí estaba Libia, años después considerando cobrar 9000 pesos por sabotear una cita con un desconocido, considerando vender algo que ni siquiera sabía cómo nombrar, integridad, autenticidad, la ilusión de que todavía era alguien que no hacía estas cosas.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez no era Jimena, era un recordatorio automático de su calendario sobre el encuentro del día siguiente con Gustavo Castillo en el rooftop de Polanco, como si el universo estuviera forzándola a decidir justo ahora, justo en este momento donde su estómago rugía de hambre y su cuenta bancaria gritaba vacío.
Libia escribió rápido antes de que la parte racional de su cerebro pudiera detenerla. ¿Y cómo sé que esto no es algo turbio?
¿Por qué necesitas específicamente que yo vaya desaliñada? La respuesta de Jimena llegó en segundos.
Porque necesito contraste. Ya tengo documentadas varias citas donde las mujeres iban arregladas. Ahora necesito el otro extremo y confío en ti para que observes bien, para que notes detalles que otra persona no vería.
Eres diseñadora. Tienes ojo para eso. Además, te conozco. Sé que eres honesta, que no vas a inventar datos solo para complacerme, por eso te necesito a ti.
Libia leyó el mensaje varias veces, buscando grietas en la lógica, buscando la trampa, pero sonaba razonable, sonaba casi legítimo.
Y la parte de ella que estaba desesperada, esa parte que llevaba meses creciendo como un tumor silencioso, se aferró a esa justificación como a un salvavidas.
Escribió despacio esta vez. ¿Me pagas al día siguiente en efectivo? Jimena respondió con un emoji de pulgar arriba y otro mensaje.
Te deposito cuando nos veamos después de la cita para que me cuentes todo o en efectivo si prefieres, lo que te funcione mejor.
Libia miró la pantalla durante lo que se sintió como una eternidad. Afuera, la noche había caído por completo sobre la condesa.
Las luces de los edificios vecinos se encendían una por una. Pequeños rectángulos amarillos donde otra gente vivía vidas que probablemente no incluían decidir si prostituir su apariencia por dinero.
Aunque tal vez sí, tal vez todo el mundo estaba haciendo este tipo de cálculos todo el tiempo, vendiendo pedazos de sí mismos por cheques de nómina, por rentas pagadas, por la ilusión de estabilidad.
Tal vez esto no era tan diferente. Tal vez ella solo estaba siendo honesta sobre algo que otros hacían disfrazado de normalidad.
Respiró profundo una última vez y escribió, “Okay, lo hago.” Y luego, porque necesitaba algún tipo de ancla moral, agregó, “Pero solo esta vez, Jime, solo porque realmente necesito el dinero.”
Jimena respondió inmediatamente. “Eres la mejor, L. Te juro que no te vas a arrepentir.
Y tranquila, es solo una cita, solo unas horas de tu vida. Ni siquiera tienes que volver a ver al tipo después.
Mañana al caer la tarde, ¿verdad? Llega como acabas de despertar. Pans sudadera, cabello en chongo, cero maquillaje.
Mientras más natural, mejor para el experimento. Y después me cuentas todo con lujo de detalle.
Te amo, amiga. Gracias por salvarme con esto. Libia no respondió, solo dejó caer el teléfono sobre el sofá y se quedó mirando el techo agrietado otra vez, preguntándose en qué momento exacto su vida se había convertido en esto.
La noche pasó lenta, arrastrándose como criatura herida. Libia no durmió bien. Cada vez que cerraba los ojos veía el número en su cuenta bancaria, las facturas rojas, la cara de decepción de su mamá, si supiera lo que estaba a punto de hacer.
Cuando finalmente amaneció, el día transcurrió en una neblina extraña donde todo parecía moverse en cámara lenta.
Intentó trabajar en algunas propuestas de diseño, pero no lograba concentrarse. Las formas en la pantalla se mezclaban.
Los colores no tenían sentido. Su creatividad se había ido de vacaciones indefinidas. Al mediodía comió lo que quedaba de frijoles de la olla, sin calentar, directo del refrigerador.
No tenía hambre de verdad, pero su cuerpo necesitaba combustible, aunque su mente estuviera en otra parte.
Conforme avanzaba la tarde, la ansiedad comenzó a trepar por su columna vertebral como enredadera venenosa.
Se duchó rápido porque el agua caliente se acababa después de unos minutos y luego se quedó parada frente al closset abierto, mirando la ropa como si fuera un acertijo imposible de resolver.
Tenía que verse mal, tenía que verse descuidada, tenía que parecer alguien que no se había esforzado absolutamente nada.
Sacó los pans grises más viejos que tenía, esos que usaba solo para dormir porque el elástico ya estaba vencido y se le caían constantemente de la cadera.
Encima una sudadera oversized color beige que había sido blanca hace años con manchas tenues de café que nunca salieron por completo.
El cabello lo recogió en un chongo alto, sin cepillarlo antes, dejando que los mechones rebeldes se escaparan en todas direcciones.
Sin maquillaje, su rostro se veía exactamente como se veía todas las mañanas al despertar.
Ojeras marcadas de no dormir bien, labios pálidos, piel brillosa. Se puso los lentes porque Jimena había insistido en que no usara los de contacto.
Mientras más descuidada te veas, mejor, había dicho. Como si Libia fuera un experimento de laboratorio y no una persona real, a punto de sentarse frente a un extraño, disfrazada de versión fallida de sí misma.
Se miró en el espejo del baño y casi no se reconoció. Se preguntó cómo se habría arreglado si esto fuera una cita real, si no estuviera cobrando 9,000 pesos por verse mal.
Probablemente se habría puesto el vestido negro que hacía que sus curvas se vieran bien, el que guardaba en el fondo del closet para ocasiones especiales que últimamente nunca llegaban.
Se habría maquillado sutilmente, delineador en los ojos, rímel para las pestañas, labial nude, se habría planchado el cabello y dejado que cayera suelto sobre los hombros.
Se habría puesto los aretes pequeños de plata que le había regalado su papá antes de morir.
Se habría visto bien. No espectacular, pero bien. Como alguien que se respeta a sí misma lo suficiente como para hacer un esfuerzo.
Ahora parecía alguien que había dejado de intentarlo hace mucho, lo cual, si era brutalmente honesta consigo misma, no estaba tan lejos de la verdad.
Salió del baño y agarró su bolso, verificando que llevara el celular, la cartera, las llaves, las llaves de un apartamento que tal vez perdería pronto si no conseguía más trabajos.
Las llaves de un espacio que odiaba, pero que era lo único que tenía. Miró la hora en la pantalla y calculó mentalmente cuánto tardaría en llegar.
El restaurante estaba en Polanco, lejos de la condesa. Pidió el Uber y esperó en la entrada del edificio viendo como el icono del auto se acercaba lentamente por avenida Ámsterdam.
El conductor llegó en un Nissan gris que olía ambientador de cereza artificial. No dijo nada sobre su apariencia, solo verificó el destino y arrancó en silencio.
Durante el trayecto, Libia miró por la ventana sin ver realmente nada. Las calles de la Ciudad de México pasaban como siempre, caóticas, iluminadas, llenas de gente moviéndose con prisa hacia lugares donde tal vez sí importaban, pensó en Gustavo Castillo otra vez, ese hombre del que no sabía nada más allá de un nombre y una foto borrosa.
¿Cómo reaccionaría al verla así? Probablemente con decepción educada. Probablemente inventaría alguna excusa después de unos minutos y se iría y ella podría decirle a Jimena que sí.
Efectivamente, los hombres eran superficiales. Caso cerrado, experimento completado, cobrar sus 9,000es y olvidar que esto había pasado, seguir buscando trabajos de diseño, seguir sobreviviendo mes a mes, seguir fingiendo que esto era temporal y no el resto de su vida.
El Uber se detuvo frente al edificio donde estaba el rooftop Sansio. Era uno de esos lugares elegantes de Polanco que Libia normalmente evitaba.
Porque una copa de vino costaba lo mismo que su presupuesto semanal de comida. La fachada era de vidrio oscuro y acero pulido, con un portero en la entrada que la miró con una mezcla de confusión y desdén cuando ella bajó del auto.
Probablemente no estaba acostumbrado a ver gente en pans entrando a ese lugar. Libia cuadró los hombros y caminó hacia la entrada de todas formas, porque ya estaba aquí, porque ya había aceptado esto, porque retroceder ahora significaba perder los 9000 pesos y quedarse exactamente donde estaba, quebrada, desesperada, invisible.
El elevador la llevó hasta el último piso en un silencio perturbador. Las puertas se abrieron a un espacio abierto donde el viento de la noche golpeaba suavemente, donde las luces de Polanco brillaban en todas direcciones como estrellas caídas, donde mesas pequeñas con manteles blancos esperaban a parejas que se veían exitosas y felices y completamente ajenas a lo que era vivir con poco más de 1000 pesos en la cuenta.
Caminó hacia el host, un hombre joven de traje que la evaluó con una mirada rápida antes de sonreír profesionalmente.
Buenas noches. ¿Tienes reservación? Ella asintió. Sí, a nombre de Gustavo Castillo. El host revisó su tablet y luego señaló hacia una mesa en la esquina del rooftop, cerca del borde donde la vista era mejor.
El señor Castillo ya llegó. Permítame acompañarla. Libia siguió al host entre las mesas, sintiendo como otras personas la miraban de reojo, como sus outfits perfectos contrastaban con su sudadera manchada y sus pants caídos, sintiendo como el peso de esta decisión se hacía más real con cada paso.
Y entonces lo vio Gustavo Castillo, sentado en la mesa del fondo, mirando hacia el horizonte de la ciudad con una copa de whisky en la mano.
Llevaba puesto un traje oscuro, perfectamente cortado, camisa blanca sin corbata, cabello peinado hacia atrás, con ese descuido intencional que solo el dinero compraba.
Cuando el host se acercó, él volteó y Libia vio como sus ojos la recorrían de arriba a abajo, cómo se detenían en los pants, en la sudadera, en el cabello desastroso, en la ausencia total de esfuerzo.
Y entonces pasó algo que ella no esperaba. Gustavo se levantó de la mesa, no con la expresión de alguien decepcionado o confundido, sino con algo parecido a la curiosidad genuina.
La miró directamente a los ojos, sin disimular, sin cortesía forzada. Y cuando habló, su voz fue más suave de lo que Libia había imaginado.
“Libia, ¿verdad?” , asintió incapaz de decir nada todavía. Él señaló la silla frente a él.
Por favor, siéntate. Libia obedeció mecánicamente, dejando caer su bolso en la silla vacía al lado.
Gustavo volvió a sentarse y la estudió otro momento más, como si estuviera resolviendo un acertijo.
Luego sonrió apenas. Una sonrisa pequeña que no llegaba a los ojos, pero que tampoco era falsa.
No esperaba esto, dijo finalmente. Libia sintió cómo se le encendían las mejillas de vergüenza.
Lo siento, yo tuve un día complicado y no me dio tiempo de Pero Gustavo levantó una mano interrumpiéndola.
No te disculpes. Hubo una pausa larga donde solo se escuchó el murmullo de las conversaciones alrededor y el viento jugando con los manteles.
Gustavo la miraba con una intensidad que la hacía sentir expuesta, pero no de manera desagradable.
Era como si estuviera viendo algo que nadie más veía. Eres la primera persona real que encuentro en meses.
Las palabras cayeron entre ellos como piedras en agua quieta, creando ondas que Libia no supo cómo interpretar.
Real? Preguntó ella, genuinamente confundida. Gustavo tomó un sorbo de su whisky antes de responder, como si necesitara ese momento para ordenar sus pensamientos.
Real, sin máscara, sin la producción completa, sin el performance de primera cita, solo tú.
Señaló vagamente su propia ropa, el traje caro, el reloj que probablemente costaba más que varios meses de renta de Libia.
Esto también es un disfraz, ¿sabes? Solo que es el que se espera de mí.
Empresario exitoso, trein y tantos años, traje de diseñador, vocabulario corporativo, todo perfectamente curado para dar la impresión correcta.
Se recargó en la silla y algo en su postura se relajó levemente, como si al admitir eso hubiera soltado un peso.
Pero tú llegaste aquí en Pants y no sé si fue intencional o accidental o si realmente no te importa lo que yo piense, pero es la cosa más honesta que he visto en mucho tiempo.
Libia no supo qué decir. Esto no era lo que se suponía que pasara. Se suponía que él se ofendería, que la cita terminaría rápido, que ella podría irse a casa y reportarle a Jimena que sí, los hombres eran superficiales, experimento exitoso, pero esto era otra cosa completamente diferente.
Él estaba mirándola como si hubiera encontrado algo valioso en medio de toda la basura, como si su apariencia descuidada fuera un regalo y no un insulto.
Y lo peor de todo era que Libia podía sentir algo despertando en su pecho, algo peligroso y estúpido que sonaba mucho a esperanza.
Carraspeó intentando recuperar el control de la situación. Bueno, honestamente casi cancelo. No tenía muchas ganas de salir esta noche.
No era mentira del todo. Gustavo asintió como si eso tuviera sentido perfecto. Entonces, ¿por qué viniste?
La pregunta la atravesó como una flecha. Porque necesito 9,000. Porque estoy desesperada, porque mi mejor amiga me está pagando para sabotear esto.
Pero obviamente no podía decir nada de eso, así que buscó algo que no fuera completamente falso, porque pensé que tal vez sería diferente.
Las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas y se dio cuenta con horror de que eran más verdaderas de lo que había pretendido.
Gustavo la estudió en silencio durante un momento que se sintió eterno y luego algo cambió en su expresión, una suavidad que no había estado ahí antes.
Diferente, repitió él como probando la palabra en su boca. Sí, entiendo eso. Hizo una seña al mesero que pasaba cerca.
¿Quieres tomar algo? Vino, cerveza, whisky. Libia dudó. Su instinto le decía que pidiera agua, que mantuviera la cabeza clara, que no se relajara demasiado en esta situación absurda.
Pero otra parte de ella, la parte que llevaba meses aguantando tensión constante, que vivía en estado permanente de alerta por facturas y desalojos, quería algo que la ayudara a respirar.
Vino blanco dijo finalmente, “Lo que tengan está bien.” Gustavo ordenó una botella sin mirar el menú, probablemente porque ya conocía cada vino de la carta.
Porque era el tipo de persona que frecuentaba lugares así. El mesero desapareció silenciosamente y los dejó solos otra vez.
Entonces, dijo Gustavo, recargándose hacia adelante con los codos sobre la mesa, cuéntame algo real sobre ti, algo que no pondrías en un perfil de aplicación de citas.
Libia sintió una risa nerviosa subiendo por su garganta. Algo real. ¿Cómo que estoy aquí cobrando 9000 pesos por verte mal?
¿Cómo que no he comido decentemente en semanas? ¿Cómo que estoy a días de perder mi apartamento?
Soy diseñadora gráfica freelance. Empezó porque eso al menos era verdad y últimamente no está siendo tan freelance como me gustaría, más bien es desempleada con laptop.
La broma salió amarga, más honesta de lo que había planeado. Gustavo no sonró con condescendencia como ella esperaba.
En cambio, asintió lentamente. “Conozco esa sensación”, dijo él, “de estar en un lugar que no es donde pensabas que estarías, de preguntarte cómo terminaste ahí.”
Libia lo miró con escepticismo apenas contenido. Este hombre, con su traje que probablemente costaba más que todo su guardarropa junto, con su reloj de marca y su reservación en un rooftop exclusivo, conocía esa sensación.
Gustavo debió notar su incredulidad porque añadió, “Sé que no lo parece. Sé que esto, gestualizó vagamente hacia sí mismo, hacia el entorno, da otra impresión, pero hace no tanto tiempo yo también estaba en un apartamento pequeño comiendo ramen instantáneo, preguntándome si alguna vez llegaría a algo.
Hubo algo en su voz, una vulnerabilidad que no encajaba con la imagen pulida que proyectaba, que hizo que Libia lo mirara realmente por primera vez.
¿Y qué pasó?, preguntó ella genuinamente curiosa. Ahora Gustavo tomó otro sorbo de whisky antes de responder.
Trabajé mucho, demasiado. Probablemente. Construí algo que funcionó y luego ese algo creció más de lo que había planeado y de repente estaba aquí, en este lugar que se suponía era el objetivo y me di cuenta de que no se sentía como pensaba que se sentiría.
Hizo una pausa mirando su copa como si contuviera respuestas. El éxito se siente extrañamente vacío cuando lo alcanzas solo, cuando no tienes con quién compartirlo, porque sacrificaste todas tus relaciones para llegar ahí.
Las palabras flotaron entre ellos, crudas y sin filtro, y Libia sintió algo aflojándose en su pecho, algo que había estado apretado durante tanto tiempo, que ya había olvidado cómo se sentía respirar sin esa presión.
El mesero regresó con el vino, sirvió dos copas con movimientos precisos y desapareció de nuevo en la penumbra elegante del rooftop.
Libia tomó su copa y bebió, sintiendo el líquido frío deslizándose por su garganta, un lujo pequeño que no se había permitido en mucho tiempo.
Gustavo la observaba con esa atención que la hacía sentir simultáneamente expuesta e interesada. “¿Y tú?”
, preguntó él, “¿Cómo llegaste a esto?” El gesto que hizo con la mano abarcaba no solo el momento presente, sino algo más amplio, más existencial.
Libia se rió sin humor. Decisiones optimistas, dijo ella. Renuncié a un trabajo estable porque quería libertad creativa.
Aposté todo al freelance porque creía que tenía suficiente talento para sobrevivir de eso. Rechacé ofertas porque no se alineaban con mi visión y ahora estoy aquí descubriendo que la libertad creativa sabe a frijoles recalentados y vergüenza cuando tu mamá llama preguntando cómo van las cosas y tienes que mentirle.
La honestidad la sorprendió a ella misma. No había planeado decir tanto, pero el vino y la mirada atenta de Gustavo y el simple agotamiento de cargar sola con todo esto durante tanto tiempo, estaban desarmando sus defensas más rápido de lo que podía reconstruirlas.
“No le mientes a tu mamá para protegerte a ti”, dijo Gustavo suavemente. “Le mientes para protegerla a ella, porque si supiera lo difícil que está siendo, sufriría.
Y tú prefieres cargar sola con el peso que transferírselo a alguien más. Libia sintió algo quebrándose dentro de ella, una grieta pequeña en la presa que había construido para contener meses de miedo y frustración.
Ella trabajó tanto para que yo pudiera estudiar, dijo Libia y su voz salió más rasposa de lo que esperaba.
Vendió cosas, trabajó turnos extra, sacrificó todo y yo le prometí que valdría la pena.
¿Qué iba a hacer alguien? Y mírame ahora. Gesticuló hacia sí misma, hacia los pants y la sudadera, hacia la evidencia visible de todos sus fracasos acumulados.
No puedo ni pagar la renta. Gustavo no dijo nada por un momento, solo la miraba con esa intensidad que ya estaba empezando a reconocer, esa forma que tenía de escuchar realmente, no solo de esperar su turno para hablar.
“Mi papá murió cuando yo tenía 22”, dijo finalmente. Dejó deudas, muchas deudas. Mi mamá y yo tuvimos que vender la casa donde crecí para pagarlas.
Durante años viví con esa sensación de que le había fallado, de que si hubiera sido más listo o más rápido o mejor, habría encontrado una forma de salvar esa casa.
Tomó otro sorbo de whisky. Construí todo esto, señaló alrededor hacia el ruftop elegante, hacia la ciudad brillante abajo, en parte para demostrarle que no había sido en vano, que sus sacrificios habían producido algo.
Pero ella murió antes de verlo, antes de saber que había funcionado. El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo.
Era el tipo de silencio que aparece cuando dos personas comparten heridas similares, cuando reconocen en el otro el mismo tipo de cicatrices que ellos mismos cargan.
Libia bebió más vino, dejando que el alcohol suavizara los bordes afilados de sus emociones.
“¿Cómo lo superaste?” , preguntó en voz baja. Gustavo sonríó apenas, una sonrisa triste que no alcanzó sus ojos.
No lo superé, solo aprendí a vivir con ello. Aprendí que no puedes cambiar el pasado, que no puedes reescribir los errores, que lo único que puedes hacer es intentar ser mejor mañana que hoy.
Hizo una pausa. Y algunos días incluso eso se siente imposible. Libia sintió lágrimas picando en sus ojos y parpadeó rápido para contenerlas.
No iba a llorar aquí, en este lugar elegante, frente a este extraño que de alguna manera no se sentía tan extraño ya.
¿Por qué me estás contando esto? Preguntó. Apenas me conoces. Gustavo la miró directamente sin apartar la mirada.
Porque tú fuiste honesta primero. Porque llegaste aquí sin pretensiones, sin intentar impresionarme, sin el performance habitual.
Y eso me dio permiso de ser honesto también, de quitarme la máscara por un rato.
Señaló su traje otra vez. Esto es agotador, ¿sabes? Ser siempre la versión pulida, siempre el empresario exitoso, siempre la persona que tiene todas las respuestas.
A veces solo quiero ser alguien que también está tratando de entender qué carajos está haciendo con su vida.
Las palabras resonaron en Libia como campanas. Miró a Gustavo realmente por primera vez, más allá del traje caro y el escenario elegante y vio a alguien tan cansado como ella.
Alguien que también estaba cargando pesos invisibles, que también estaba fingiendo que todo estaba bien cuando no lo estaba y por un momento loco se olvidó completamente de los 9,000 pesos, del experimento de Jimena, del plan de sabotear esta cita.
Por un momento solo fue una conversación real entre dos personas reales y eso era algo que no había tenido en mucho tiempo.
El mesero apareció silenciosamente para rellenar las copas de vino y Gustavo ordenó algo de comer sin consultar el menú.
“Espero que no seas vegetariana”, dijo con una media sonrisa. Libia negó con la cabeza, todavía procesando todo lo que acababan de compartir.
Entonces, dijo Gustavo después de que el mesero se fue, “si pudieras hacer cualquier cosa con tu vida sin preocuparte por dinero o facturas o expectativas, ¿qué harías?”
La pregunta la tomó desprevenida. Nadie le había preguntado eso en años. Todos siempre preguntaban qué estaba haciendo, no querría hacer.
“Illustración”, respondió sin pensar. Siempre quise ilustrar libros infantiles, crear mundos completos con personajes y colores y historias que hicieran que los niños sintieran lo que yo sentía cuando leía de pequeña.
Se detuvo consciente de lo infantil que sonaba, pero eso no paga las cuentas. Así que hago logos para startups y flyers, para eventos y diseños que nadie realmente ve.
¿Por qué no haces las dos cosas? Preguntó Gustavo. Los logos durante el día para pagar las cuentas y la ilustración durante la noche para alimentar tu alma.
Libia rió amargamente. Porque cuando terminas de hacer logos todo el día, no tienes energía para nada más.
La creatividad no funciona así. No puedes dividirla en compartimentos ordenados y esperar que florezca en el tiempo libre.
Gustavo asintió lentamente, como si estuviera realmente considerando sus palabras. Tienes razón. Perdón. Esa fue una respuesta típica de empresario, optimizar y dividir tiempo.
Pero la creatividad no es una hoja de cálculo. La comprensión en su voz sorprendió a Libia.
La mayoría de la gente no entendía eso, cómo el arte se drenaba de ti cuando tenías que prostituirlo para sobrevivir.
La comida llegó. Pequeños platos elegantes con porciones que parecían más arte que alimento, pero que sabían sorprendentemente bien.
Libia comió despacio saboreando cada bocado, consciente de que esto era probablemente lo mejor que había comido en semanas.
Gustavo comía mecánicamente, más interesado en la conversación que en la comida. ¿Tienes algo de tu trabajo de ilustración que pueda ver?, preguntó.
Libia dudó. Su portafolio de ilustración era antiguo, cosas que había hecho en la universidad, algunas piezas personales que hacía cuando todavía tenía energía para eso.
“Tengo algunos en mi Instagram”, dijo finalmente, “ero son viejos. No he tenido tiempo de hacer nada nuevo últimamente.”
Mintió. No era que no tuviera tiempo, era que había perdido la chispa, la motivación, la creencia de que valía la pena crear algo solo por el placer de crearlo.
Gustavo sacó su teléfono. ¿Cuál es tu usuario? Libia se lo dio observando mientras él escrolleaba por su fit.
Podía ver sus propias ilustraciones reflejadas en la pantalla del teléfono de él. Acuarelas de bosques imaginarios, personajes con ojos grandes y expresivos, escenas de magia cotidiana, cosas que había hecho cuando todavía creía que el arte podía salvarte, que la creatividad era suficiente.
Gustavo se detuvo en una ilustración particular, una niña sentada bajo un árbol leyendo un libro mientras criaturas fantásticas emergían de las páginas.
“Esta”, dijo volteando el teléfono para mostrársela. Esta es hermosa. Libia sintió calor en las mejillas.
Gracias. La hice hace como dos años. Era para un proyecto que nunca se materializó.
¿Puedo comprártela? Preguntó Gustavo de repente. Libia parpadeó confundida. Comprarla es solo una ilustración digital, ¿no es?
Pero Gustavo la interrumpió. Quiero contratarte para que hagas una serie. Ilustraciones para los hoteles, piezas originales que cuenten historias, algo que haga que la gente sienta algo cuando las vea.
No solo decoración genérica comprada en catálogos corporativos. Libia lo miraba como si estuviera hablando en otro idioma.
No entiendo. Ni siquiera me conoces. No sabes si soy buena para eso. Gustavo sonrió y esta vez la sonrisa alcanzó sus ojos.
Sé que tu trabajo tiene alma. Eso es más importante que la técnica perfecta. La técnica se puede afinar, el alma no se puede fabricar.
Libia no pudo dormir esa noche. Se quedó despierta mirando el techo agrietado de su apartamento, repasando cada palabra que Gustavo había dicho, cada mirada que habían compartido, cada momento donde la conversación había dejado de ser una cita fingida y se había convertido en algo peligrosamente real.
El encuentro había terminado tarde después de horas de conversación que fluyó tan naturalmente que ninguno de los dos notó como el roof toop se fue vaciando a su alrededor, como las luces de la ciudad cambiaron de ritmo, como la noche avanzaba mientras ellos seguían hablando.
Gustavo había insistido en pagarle un Uber de regreso y cuando ella protestó débilmente, él simplemente dijo, “Déjame hacer esto, por favor.”
Y había algo en su voz, una calidez genuina que no era con descendencia ni lástima, que hizo que Libia aceptara sin más resistencia.
Ahora, acostada en su cama estrecha con las sábanas que necesitaban lavarse desde hacía días, Libia sentía el peso de lo que había hecho instalándose en su pecho como piedra fría.
Había ido a esa cita con la intención de sabotearla. Había cobrado 9,000 pesos por verse mal a propósito, por participar en el experimento extraño de Jimena, por ser parte de algo que ahora, en la soledad de la madrugada se sentía profundamente equivocado.
Y lo peor era que la noche había sido genuinamente hermosa. Habían conectado de una forma que ella no experimentaba desde hacía años, tal vez nunca.
Gustavo la había mirado como si realmente la viera, no la versión pulida que ella solía presentar al mundo, sino la persona rota y cansada que se escondía debajo.
Y él le había ofrecido trabajo, trabajo real, creativo, bien pagado, una oportunidad de hacer lo que amaba y sobrevivir al mismo tiempo.
Pero todo estaba construido sobre una mentira. Él pensaba que ella había llegado así por autenticidad, por ser diferente, por no jugar los juegos habituales de las citas.
Pensaba que había encontrado a alguien genuino en medio de un mar de falsedad. Y la verdad era que Libia había sido pagada para actuar exactamente de esa manera.
Era otra actuación, solo que en dirección opuesta a la usual. En lugar de fingir ser mejor de lo que era, había fingido ser peor, pero seguía siendo fingimiento y eso la carcomía por dentro como ácido lento.
Su teléfono vibró en la mesita de noche. Mensaje de Jimena. ¿Cómo te fue? Cuéntame todo.
Paso mañana con tu pago. Libia miró la pantalla brillante en la oscuridad, sintiendo náusea trepar por su garganta, los 9000 pesos, su salvación financiera, el dinero que pagaría la renta, la luz, la comida, el dinero que le daría tiempo para respirar, para buscar más trabajos, para tal vez aceptar la oferta de Gustavo sin la presión inmediata de la supervivencia.
Pero aceptar ese dinero significaba completar la transacción. Significaba admitir que había vendido algo que no tenía precio.
La posibilidad de una conexión real significaba convertir la noche más auténtica que había tenido en meses en una farsa calculada.
Libia dejó el teléfono sin responder y se giró hacia la pared, cerrando los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar las últimas horas.
Pero cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Gustavo cuando le había dicho que su trabajo tenía alma.
Veía como sus ojos se habían suavizado cuando ella había admitido que estaba luchando. Veía esa sonrisa pequeña que había aparecido cuando ella había dicho algo que lo había hecho reír genuinamente y sintió como algo dentro de ella se partía en dos direcciones opuestas.
La necesidad desesperada de sobrevivir versus el deseo de ser alguien que todavía se respetaba a sí misma.
La mañana llegó gris y fría. Libia se levantó con dolor de cabeza, mitad por falta de sueño, mitad por la cantidad de vino que había bebido.
Se preparó café instantáneo con las últimas cucharadas que quedaban en el frasco y se sentó en el sofá con la taza caliente entre las manos, mirando su teléfono como si fuera una bomba a punto de explotar.
Tenía tres mensajes nuevos de Jimena, cada uno más insistente que el anterior, preguntando cómo había ido, exigiendo detalles, recordándole que pasaría a dejarle el dinero y tenía un mensaje de Gustavo enviado temprano en la mañana.
Buenos días. Anoche fue una de las mejores conversaciones que he tenido en años. Me gustaría volver a verte.
¿Tienes planes para esta semana? Libia sintió su estómago haciendo nudos imposibles. Se obligó a ducharse, a cambiarse de ropa, a hacer algo productivo con el día.
Abrió su laptop y revisó correos, pero las palabras en la pantalla se mezclaban sin sentido.
Intentó trabajar en una propuesta de diseño que tenía pendiente, pero sus manos temblaban sobre el teclado y no lograba concentrarse.
Todo se sentía contaminado por lo que había hecho, por la mentira que había vivido, por el fraude que había cometido.
Y la parte más retorcida era que técnicamente no había hecho nada ilegal. No había robado, no había lastimado a nadie físicamente, solo había, ¿qué?
Traicionado una conexión potencialmente real por dinero, ¿vio la posibilidad de algo genuino por supervivencia?
¿En qué momento eso se había vuelto equivalente a un crimen? El timbre del apartamento sonó al mediodía.
Libia sabía quién era sin necesidad de preguntar. Abrió la puerta y encontró a Jimena parada ahí con su sonrisa habitual, llevando dos cafés para llevar y una bolsa de pan dulce.
Amiga, cuéntame todo cómo reaccionó. Se fue rápido, puso cara de decepción. Jimena entró sin esperar invitación, dejando el café y el pan sobre la mesa, sacando su teléfono como si estuviera lista para tomar notas.
Libia cerró la puerta despacio, sintiendo como el peso de la situación se volvía más real con cada segundo.
“Kime, necesito preguntarte algo.” Su voz salió más seria de lo que había pretendido. Jimena la miró con curiosidad, mezclada con algo parecido a preocupación.
“¿Qué pasa? Estuvo raro. ¿Te hizo sentir incómoda? ¿Por qué realmente necesitabas que yo hiciera esto?”
La pregunta flotó entre ellas como humo denso. Jimena parpadeó confundida. Ya te dije, para mi proyecto de comportamiento masculino en aplicaciones de citas para documentar cómo reaccionan cuando las expectativas no se cumplen.
Pero había algo en su voz, una nota falsa que Libia reconoció después de una década de conocerla.
¿Qué proyecto, Shime? ¿Dónde lo vas a publicar? ¿Para qué plataforma es? Libia dio un paso más cerca, estudiando la cara de su mejor amiga como si fuera un diseño con elementos que no cuadraban.
Dame detalles. Cuéntame más sobre este experimento social. Jimena se movió incómoda, evitando el contacto visual directo.
Es para un blog que estoy empezando sobre psicología social y relaciones modernas. Ya sabes, contenido de ese tipo.
¿Qué blog? Presionó Libia. ¿Cómo se llama? Muéstramelo. El silencio que siguió fue respuesta suficiente.
Jimena se mordió el labio inferior. Ese tic nervioso que siempre había tenido cuando mentía, desde la universidad cuando inventaba excusas para no ir a clases.
“Xhime”, dijo Libia en voz baja, sintiendo como una realización fría se extendía por sus venas como hielo.
“No hay ningún proyecto, ¿verdad?” Jimena no respondió inmediatamente se quedó mirando sus manos, jugando con el anillo que llevaba en el dedo índice y Libia supo con certeza absoluta que algo estaba profundamente mal con toda esta situación.
“Dime la verdad”, exigió Libia y su voz salió más dura de lo que había pretendido.
“¿Por qué querías que yo saboteara esa cita?” Jimena exhaló largo, derrotada. Cuando finalmente habló, su voz era pequeña, avergonzada.
Porque yo quería esa cita. Las palabras cayeron como bombas entre ellas. Yo había estado observando el perfil de Gustavo Castillo durante meses.
Sabía quién era. Sabía que era dueño de esos hoteles boutique, que tenía dinero, que era exitoso.
Y cuando tú me contaste casualmente que habías hecho match con él, que tenían una cita programada, yo yo sentí envidia.
Hizo una pausa y cuando continuó las palabras salían atropelladas como si hubiera estado conteniendo esta confesión durante días.
Pensé que si tú ibas y lo arruinabas, si le causabas una mala impresión, tal vez después yo podría, no sé, encontrármelo de alguna forma, hacer mi propio match con él, tener mi oportunidad.
Libia sintió como si el piso se hubiera abierto bajo sus pies. Me pagaste 9000 pesos para sabotear mis propias posibilidades con alguien porque tú lo querías para ti.
No era pregunta, era constatación de una traición tan profunda que no tenía palabras para nombrarla completamente.
Jimena levantó las manos en gesto defensivo. Suena horrible cuando lo dices así, pero no pensé que realmente te fuera a importar.
Dijiste que no esperabas nada de la cita, que solo ibas porque no tenías nada mejor que hacer.
No sabía que que realmente conectarían o algo así. Libia se rió sin humor, un sonido áspero que no reconoció como propio.
No importa si esperaba algo o no, me usaste. Pagaste para manipularme, para que hiciera algo en tu beneficio sin saber cuáles eran tus verdaderas intenciones.
Lo siento dijo Jimena. Y había lágrimas genuinas en sus ojos ahora. Lo siento mucho.
Lev fue estúpido y egoísta. Y tienes razón, te traicioné, pero estaba desesperada. He estado sola tanto tiempo, viendo cóo todo el mundo a mi alrededor encuentra a alguien.
Y cuando vi la oportunidad con Gustavo, alguien que parecía perfecto, alguien que podría, no sé, cambiar mi vida, simplemente actué sin pensar.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Si sirve de algo, me arrepiento.
Especialmente ahora que veo lo mal que te hizo sentir. Libia se quedó mirándola durante un largo momento, procesando capas de traición y desesperación compartida.
Porque entendía esa desesperación. Había estado viviendo en ella durante meses. Entendía tomar decisiones terribles cuando sentías que te estabas ahogando.
Pero entender no significaba perdonar. Vete, dijo Libia finalmente, su voz cansada más que enojada.
Llévate tu dinero y vete. Señaló hacia la puerta. Jimena sacó un sobre del bolso con manos temblorosas.
Aquí están los 9,000. Tal como prometí. Lo dejó sobre la mesa junto a los cafés que nadie había tocado.
“Laff, por favor, no quiero perder tu amistad por esto. Somos mejores amigas desde hace una década.
Podemos superarlo, ¿verdad?” Pero Livia no respondió, solo mantuvo la puerta abierta esperando. Jimena tomó su bolso y caminó hacia la salida, deteniéndose un momento en el umbral.
“De verdad, lo siento”, susurró antes de salir. Libia cerró la puerta suavemente detrás de ella y se quedó parada ahí.
Mirando el sobre con dinero sobre la mesa, como si fuera evidencia de un crimen, 9,000es.
El precio de su dignidad, aparentemente, el costo de una traición disfrazada de amistad. Y lo peor era que todavía los necesitaba desesperadamente.
La renta seguía vencida, la luz seguía por cortarse, el hambre seguía arrollendo su estómago vacío.
Nada de eso había cambiado solo porque ahora sabía la verdad sobre las intenciones de Jimena.
Libia tomó el sobre y lo abrió contando los billetes mecánicamente. Estaban completos, 9,000 pesos exactos.
Suficiente para sobrevivir otro mes. Suficiente para mantener el techo sobre su cabeza. Suficiente para comprar tiempo mientras decidía si aceptaba la oferta de trabajo de Gustavo o si le confesaba la verdad sobre esa noche y arriesgaba perderlo todo.
Su teléfono vibró otra vez. Otro mensaje de Gustavo. No quiero presionarte. Solo quería que supieras que hablé con mi equipo esta mañana sobre el proyecto de ilustraciones.
Están emocionados. Podríamos empezar pronto si te interesa. Sin presión. Claro, piénsalo. Libia leyó el mensaje tres veces sintiendo náusea mezclarse con esperanza.
Él estaba siendo genuino. Estaba ofreciendo exactamente lo que ella necesitaba. Trabajo creativo, pago decente, una oportunidad de hacer lo que amaba y todo estaba construido sobre el malentendido de quién era ella realmente, de por qué había llegado así a esa cita.
Si le decía la verdad, probablemente lo perdería. La oferta de trabajo desaparecería, la conexión que habían construido se revelaría como farsa y ella volvería a estar exactamente donde estaba, sola, quebrada, sin opciones.
Pero si no le decía la verdad, viviría con esa mentira para siempre. Cada vez que trabajara en sus ilustraciones, cada vez que lo viera, cada vez que construyeran algo juntos, estaría basado en engaño y eventualmente de alguna forma la verdad saldría.
Las mentiras siempre salían. Especialmente las que importaban. Libia dejó caer el teléfono sobre el sofá y se cubrió la cara con las manos, sintiendo el peso imposible de la decisión presionando sobre sus hombros.
¿Qué era peor? ¿Confesar y perderlo todo, pero mantener su integridad? ¿O quedarse callada y construir algo potencialmente hermoso sobre cimientos podridos?
No tenía respuesta, solo tenía cansancio y 9000 pesos sobre la mesa y un mensaje sin responder de un hombre que pensaba que ella era algo que no era.
Y el día apenas estaba comenzando. Libia pasó los siguientes días en un estado de parálisis emocional que oscilaba entre la culpa paralizante y la tentación pragmática.
El sobre con los 9000 pesos seguía sobre la mesa del comedor, intocado como evidencia física de su dilema moral.
Cada vez que pasaba junto a él, sentía náusea mezclada con alivio, rechazo mezclado con necesidad.
Había pagado la renta finalmente, sintiendo cada billete como peso sobre su conciencia. Pero al menos el casero había dejado de amenazarla con desalojo.
La luz seguía encendida, el internet seguía funcionando. Había comprado comida real, no solo pasta instantánea y pan del día anterior.
Su cuerpo estaba sobreviviendo, pero algo dentro de ella se sentía cada vez más muerto.
Gustavo había enviado mensajes casi todos los días. Nada invasivo, nada exigente, solo mensajes cortos que mostraban que estaba pensando en ella.
Vi esta ilustración en una galería hoy y pensé en tu trabajo. Creo que el tuyo es mejor, acompañado de una foto de un cuadro abstracto.
Ya pensaste en la propuesta. Sin presión, solo curiosidad, con un emoji sonriente que de alguna forma no se sentía forzado.
Hay un café nuevo en Roma Norte que tiene los mejores chilaquiles que he probado.
Pensé que tal vez querrías ir algún día. Cada mensaje era una invitación gentil, un recordatorio de que él realmente quería conocerla más, que la conexión de aquella noche no había sido imaginada y cada mensaje hacía que el nudo en el estómago de Libia se apretara un poco más.
Ella había respondido de manera breve, cortés, manteniendo cierta distancia sin ser grosera. Me alegra que te haya gustado.
Gracias por pensar en mí. Todavía estoy considerando la propuesta. Gracias por tu paciencia. Suena delicioso.
Tal vez pronto. Respuestas que no cerraban puertas, pero tampoco las abrían del todo. Gustavo parecía entender que ella necesitaba espacio porque no presionaba.
No exigía explicaciones por su reticencia y eso de alguna forma lo hacía peor, porque demostraba que él era exactamente el tipo de persona que parecía ser, considerado, paciente, genuinamente interesado en ella como persona y no solo como conquista o proyecto.
El tipo de hombre que no merecía ser engañado, incluso si el engaño había sido accidental en su origen.
Una tarde, mientras Libia trabajaba en una propuesta de diseño particularmente frustrante para un cliente que había pedido 14 revisiones sin pagar nada extra, su teléfono sonó con una llamada, número desconocido.
Normalmente no contestaba llamadas de números que no reconocía, pero algo la hizo responder esta vez.
Hola. La voz del otro lado era femenina, profesional, ligeramente formal. Buenas tardes. Hablo con Libia Nováez.
Libia confirmó sintiendo curiosidad mezclada con cautela. Mi nombre es Patricia Ruiz, soy asistente ejecutiva de Gustavo Castillo.
Él me pidió que me comunicara contigo para coordinar una reunión formal sobre el proyecto de ilustraciones que discutieron.
¿Tendrías disponibilidad esta semana para una junta en nuestras oficinas? El mundo de Libia se detuvo por un segundo.
Esto era real. Gustavo no solo había mencionado la propuesta casualmente, realmente había iniciado el proceso, había involucrado a su equipo, había movido piezas para hacer esto realidad.
Esto no era una promesa vaga hecha en el calor de una conversación nocturna regada con vino y vulnerabilidad compartida.
Era una oferta concreta, profesional, que estaba materializándose independientemente de si Libia estaba lista o no.
Yo, “Sí, claro”, logró decir finalmente, su voz sonando más estable sentía. ¿Qué día tenías en mente?
Patricia sugirió un día a mitad de semana dándole opciones de horario. Libia eligió uno casi al azar, todavía procesando lo que esto significaba.
Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono durante largo rato, sintiendo como las paredes de su apartamento se cerraban alrededor de ella.
Tenía que tomar una decisión. No podía seguir posponiendo esto indefinidamente. No podía ir a esa junta y empezar un proyecto profesional real mientras cargaba esta mentira como piedra en el estómago.
Pero tampoco podía simplemente confesarle a Gustavo por mensaje de texto que toda esa noche había sido una actuación pagada, que su autenticidad había sido manufacturada por 9,000es y la manipulación de una amiga envidiosa.
Eso era el tipo de conversación que requería estar frente a frente, mirarlo a los ojos mientras su imagen de ella se desmoronaba completamente.
La idea la aterrorizaba, pero sabía que era lo correcto. Lo que no sabía era si tenía el coraje de realmente hacerlo.
Esta noche, Libia abrió una botella de vino barato que había comprado con el dinero de Jimena, consciente de la ironía amarga de emborracharse con dinero de la traición, mientras decidía si cometer otra traición al quedarse callada.
Se sentó en el sofá con su laptop y abrió un documento en blanco, pensando que tal vez escribir ayudaría a clarificar sus pensamientos.
Escribió y borró comienzos de confesiones durante horas. Gustavo, hay algo que necesito decirte sobre esa noche.
Borrar. No fui completamente honesta contigo cuando nos conocimos. Borrar. Hay circunstancias sobre nuestra primera cita que no conoces.
Borrar. Nada sonaba bien. Todo sonaba como excusa, como justificación, como intento de minimizar lo que había hecho.
Y tal vez porque eso era exactamente lo que estaba tratando de hacer. Cuando el vino se terminó y el reloj marcaba pasada la medianoche, Libia cerró la laptop sin haber llegado a ninguna conclusión.
Se fue a la cama sintiéndose peor que antes, con la cabeza dándole vueltas por el alcohol y el corazón apretado por la indecisión.
Soñó con Gustavo esa noche, pero en el sueño él la miraba con decepción devastadora cuando ella le confesaba la verdad y luego simplemente se daba vuelta y se iba desapareciendo en una niebla espesa mientras ella gritaba disculpas que él ya no podía escuchar.
Despertó con el amanecer, sudando y con náusea, sabiendo que su subconsciente había dado el veredicto que su mente consciente no quería aceptar.
Tenía que decirle la verdad sin importar las consecuencias. El día de la junta llegó más rápido de lo que Libia hubiera querido.
Se vistió con cuidado esta vez, eligiendo ropa que la hacía verse profesional, pero no pretenciosa.
Jeans oscuros, blusa color crema, blazer negro que había sido caro hace años cuando todavía tenía dinero para ese tipo de inversiones.
Se maquilló sutilmente, peinó su cabello, se puso los aretes de plata de su papá como amuleto de buena suerte.
Se miró en el espejo y vio a alguien que se parecía a la diseñadora gráfica, que alguna vez había pensado que sería competente, creativa, con su vida medianamente junta.
La imagen era reconfortante, incluso si sabía que era solo superficie. El Uber la dejó frente a un edificio elegante en Polanco, todo vidrio y acero, con el logo discreto de Castillo Boutique Hotels, en la entrada.
El lobby era impresionante, sin ser ostentoso, pisos de mármol, plantas exuberantes, arte contemporáneo en las paredes.
Libia se acercó a la recepción y dio su nombre, y la recepcionista la dirigió hacia los elevadores con indicaciones precisas.
La oficina de Gustavo estaba en uno de los pisos superiores. Libia subió con el estómago hecho nudos, ensayando mentalmente cómo empezaría la conversación.
Tal vez debería pedirle hablar en privado antes de la junta formal. Tal vez debería esperar hasta después.
Tal vez debería simplemente lanzarse y confesar todo de una vez, como arrancar una curita de golpe en lugar de despacio.
Las puertas del elevador se abrieron a un espacio abierto de oficinas modernas donde gente joven trabajaba en escritorios minimalistas y las paredes de vidrio permitían que la luz natural inundara todo.
Patricia salió a recibirla. Una mujer de mediana edad con sonrisa profesional y eficiencia en cada movimiento.
Libia, qué gusto conocerte. Gustavo está terminando una llamada, pero estará contigo en unos minutos.
¿Quieres café, agua té? Libia pidió agua, su boca súbitamente seca. La hicieron pasar a una sala de juntas con una mesa larga de madera clara y sillas ergonómicas.
Había un proyector, una pizarra blanca, ventanas enormes con vista a la ciudad. Libia se sentó y tomó su agua en sorbos pequeños, tratando de calmar los nervios que hacían que sus manos temblaran levemente.
La puerta se abrió y Gustavo entró, y el mundo de Libia se estrechó hasta solo ellos dos.
Él llevaba traje otra vez, pero menos formal que la noche que se conocieron. Camisa sin corbata, mangas enrolladas hasta los codos.
Su rostro se iluminó cuando la vio, sonrisa genuina que hizo que algo en el pecho de Libia doliera.
“Libia, me da mucho gusto verte.” Se acercó y por un momento pareció considerar darle un beso en la mejilla, pero luego optó por extender la mano.
Ella la tomó sintiendo el calor de su palma contra la suya, sintiendo como todo lo que había ensayado se evaporaba de su mente.
“Gracias por venir”, continuó Gustavo tomando asiento frente a ella. Quería hacer esto formal porque realmente creo en tu trabajo y quiero que sepas que esta es una propuesta seria, no solo algo que se me ocurrió después de demasiado whisky.
Río ligeramente y Libia trató de sonreír, pero probablemente se vio más como mueca. Antes de que empecemos, dijo ella, y su voz salió más temblorosa de lo que hubiera querido.
Hay algo que necesito decirte, algo sobre esa noche que nos conocimos. Gustavo la miró con atención inmediata, su expresión cambiando a algo más serio.
¿Estás bien? Hice algo que te incomodó. La preocupación genuina en su voz hizo que Libia sintiera ganas de llorar.
No, no es eso. Es que yo no fui completamente honesta sobre las circunstancias. Respiró profundo tratando de encontrar las palabras correctas.
Pero antes de que pudiera continuar, la puerta de la sala de juntas se abrió de nuevo y entraron dos personas más, un hombre joven con tablet y portafolio y una mujer de unos treint y tantos con aire de directora creativa.
“Perdón por la demora”, dijo la mujer. “Soy Valentina Cortés, directora de marketing, y él es Roberto, nuestro coordinador de proyectos.”
Se sentaron alrededor de la mesa sacando dispositivos y libretas. Gustavo miró a Livia con algo parecido a disculpa.
Pensé que sería bueno que conocieras al equipo con el que estarías trabajando directamente. Espero que esté bien.
Libia asintió mecánicamente, sintiendo como la oportunidad de confesar se le escapaba de las manos.
Ahora había testigos. Ahora esto era oficial y profesional. Y ya no era el espacio apropiado para admitir que toda su conexión inicial había sido basada en engaño.
Valentina tomó la palabra. Explicando la visión para el proyecto. Ilustraciones originales para cada una de las seis propiedades de la cadena hotelera, piezas que capturaran la esencia única de cada lugar, que contaran historias visuales que los huéspedes recordaran.
Hablaba con entusiasmo genuino sobre el trabajo de Libia, sobre cómo Gustavo les había mostrado su portafolio y todos habían quedado impresionados por la calidad emocional de sus ilustraciones.
Roberto discutió plazos y presupuestos. Números que hicieron que Libia parpadeara porque eran significativamente más generosos de lo que había esperado.
Esto no era un proyecto pequeño, era el tipo de trabajo que podría estabilizarla financieramente durante meses, que le daría credibilidad profesional, que podría abrir puertas a más oportunidades.
Era exactamente lo que necesitaba y estaba basado en una mentira que crecía más grande con cada minuto que pasaba sin confesarla.
Gustavo la miraba durante toda la presentación estudiando sus reacciones, sonriendo cuando ella parecía impresionada por algún detalle.
Había orgullo en su expresión como si estuviera feliz de poder ofrecerle esto, como si realmente creyera en ella.
Y Libia sintió el peso de su silencio, volviéndose más pesado, más tóxico. “¿Qué opinas?”
, preguntó Gustavo cuando Valentina y Roberto terminaron su explicación. “¿Te interesa? ¿Hay algo que quieras modificar o discutir?”
Libia abrió la boca sintiendo como las palabras correctas peleaban con las palabras necesarias. Debería decir que necesitaba hablar con él en privado.
Debería pausar todo esto hasta que pudiera ser honesta. Debería priorizar la integridad sobre la oportunidad.
Pero lo que salió de su boca fue, “Me encantaría formar parte de este proyecto.
Suena increíble.” Y sintió como algo dentro de ella se rompía definitivamente. Los siguientes días se convirtieron en una boráine de trabajo que Libia no había experimentado en meses.
El contrato llegó por correo electrónico, detallado, profesional, con números que seguían pareciéndole irreales cada vez que los leía.
Firmó con manos temblorosas, consciente de que cada trazo digital la comprometía más profundamente con una situación construida sobre cimientos frágiles.
Roberto le envió briefings completos para cada hotel, paquetes de fotografías, descripciones de la experiencia que querían transmitir.
Valentina programó llamadas creativas donde discutían paletas de colores, estilos narrativos, enfoques emocionales y Gustavo enviaba mensajes personales entre las comunicaciones profesionales difuminando las líneas entre colaborador y algo más.
¿Cómo va el primer boceto? Sin presión, solo curiosidad, acompañado de una foto de un café que había tomado con la nota combustible creativo esencial, ¿verdad?
Libia respondía con actualizaciones profesionales durante el día, pero por las noches, cuando el trabajo estaba hecho y la soledad del apartamento se volvía opresiva, se permitía respuestas más personales.
El café es definitivamente esencial, aunque últimamente prefiero el té porque el café me pone muy ansiosa.
Y él respondía, “Ansiedad creativa o ansiedad existencial.” Y ella, sorprendida por la pregunta directa, “¿Hay diferencia?”
Y él probablemente no, pero una suena más romántica que la otra. Conversaciones que se sentían peligrosamente cercanas a coqueteo, a construcción de intimidad, a algo que iba más allá de relación cliente diseñadora.
Libia trabajaba en las ilustraciones con una intensidad que bordeaba la obsesión. Pasaba horas perfeccionando cada detalle, cada trazo, cada elección de color, parcialmente porque quería que el trabajo fuera excepcional, que justificara la confianza que Gustavo había depositado en ella, pero también porque mientras trabajaba podía no pensar en la mentira, podía sumergirse en mundos visuales que ella controlaba completamente, donde cada elemento tenía sentido y propósito, donde no había engaño ni culpa, solo arte, solo la pureza.
De crear algo hermoso desde la nada. Las ilustraciones que emergían eran probablemente las mejores que había hecho en años, alimentadas por una mezcla tóxica de inspiración genuina y necesidad de redención a través de la excelencia.
Envió el primer conjunto de bocetos, una tarde lluviosa, acompañados de un correo profesional explicando las decisiones creativas detrás de cada pieza.
La respuesta de Valentina llegó rápido. Libia, esto es exactamente lo que buscábamos. El equipo está impresionado.
Gustavo quiere programar una llamada contigo para discutir los siguientes pasos. Libia sintió ese familiar nudo en el estómago.
Orgullo mezclado con culpa, logro mezclado con fraude. La llamada se programó para el día siguiente.
Cuando el teléfono sonó y apareció el nombre de Gustavo en la pantalla, Libia respiró profundo tres veces.
Antes de contestar. “Libia”, dijo él, y había algo en su voz que sonaba diferente, más suave que en las juntas formales.
“Acabo de ver tus bocetos. Son increíbles. No, mejor que increíbles. Son exactamente lo que imaginé, pero no sabía cómo articular.”
“Gracias”, logró decir Libia, sintiendo calor en las mejillas a pesar de estar sola en su apartamento.
Me alegra que hayan conectado con la visión. Hubo una pausa y luego Gustavo continuó.
¿Podemos hablar fuera del contexto de trabajo por un segundo? Como personas, no como cliente y diseñadora.
Libia sintió su corazón acelerándose. Claro. Otra pausa más larga esta vez y Libia podía casi escuchar a Gustavo eligiendo sus palabras cuidadosamente.
He estado pensando mucho en nuestra primera conversación en esa noche en el rooftop y me doy cuenta de que desde entonces cada vez que hablamos hay esta formalidad profesional que no estaba ahí antes, como si hubiéramos retrocedido a ser extraños educados en lugar de lo que fuera que empezamos a construir esa noche.
Las palabras atravesaron a Libia como flechas precisas. Tenía razón. Ella había estado manteniendo distancia deliberadamente, usando el proyecto como escudo, escondiéndose detrás de correos profesionales y respuestas medidas, porque cada vez que bajaba la guardia, cada vez que se permitía conectar genuinamente con él, la culpa la consumía un poco más.
No era mi intención hacerte sentir así, dijo finalmente. Es solo que mezclar lo profesional con lo personal puede complicar las cosas.
Gustavo se rió quedamente. Ya están complicadas, Libia, al menos para mí, porque contraté a una diseñadora excepcional.
Sí, pero también no puedo dejar de pensar en la mujer que conocí esa noche, la que llegó en Pants y me dijo verdades que la mayoría de la gente tarda meses en compartir.
Libia cerró los ojos sintiendo lágrimas picando detrás de los párpados. Gustavo, hay cosas sobre esa noche que no sabes, cosas que podrían cambiar cómo me ves.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Una confesión parcial empujando contra la compuerta de su silencio.
Hubo un silencio largo del otro lado y cuando Gustavo habló de nuevo, su voz era cuidadosa, medida.
¿Cómo que tienes pareja? ¿Estás casada? ¿Hay algo que deba preocuparme éticamente? Libia negó con la cabeza, aunque él no pudiera verla.
No, nada de eso. Es más complicado. Gustavo exhaló audiblemente. Entonces, cuéntame. Porque honestamente, Libia, siento que hay esta pared entre nosotros que no estaba ahí al principio.
Y no sé si la construiste tú o si es mi imaginación. La construí yo, admitió Libia.
Su voz apenas más alta que un susurro. Porque tengo miedo de que si te cuento la verdad completa, todo esto desaparezca.
El proyecto, la conexión, la forma en que me miras como si fuera alguien que vale la pena conocer.
Hubo otro silencio, este más pesado, más cargado. ¿Qué podría ser tan terrible? ¿Que piensas que cambiaría todo eso?
Preguntó Gustavo, y había genuina confusión en su voz. Libia abrió la boca para responder para finalmente soltar la verdad completa, pero lo que salió fue, “¿Podemos hablar de esto en persona?
No se siente correcto hacerlo por teléfono. Gustavo accedió inmediatamente. Por supuesto. ¿Cuándo estás libre?
Mañana, pasado. Acordaron verse al día siguiente por la tarde en un café tranquilo, lejos de Polanco, lejos de las oficinas, en territorio neutral.
Libia pasó esa noche sin dormir, ensayando la confesión una y otra vez. Había decidido contarle todo.
El dinero, Jimena, la manipulación, su desesperación financiera. Cómo había ido a esa cita con intenciones completamente diferentes a las que él había percibido.
Le diría que su conexión había sido real para ella también, que no había fingido las emociones ni las vulnerabilidades compartidas, pero que el contexto inicial había sido manufacturado y luego dejaría que él decidiera qué hacer con esa información.
Si quería terminar el proyecto, lo entendería. Si quería no volver a verla, lo aceptaría.
Pero al menos podría mirarse al espejo de nuevo sin ese peso aplastante de duplicidad.
Al menos podría intentar reconstruir algo parecido a integridad desde los escombros de esta situación desastrosa.
El café que eligió Gustavo era pequeño y acogedor en una calle tranquila de Coyoacán, lejos del bullicio de Polanco.
Libia llegó temprano, nerviosa, y pidió un té que no tomó. Cuando Gustavo entró, vestido casualmente en jeans y suéter, se veía diferente del empresario de traje.
Se veía más como la persona que había sido esa noche en el rooftop, cuando las barreras habían caído y habían sido solo dos personas compartiendo pesos invisibles.
Se sentó frente a ella, pidió café y luego la miró con esa atención total que ella había llegado a reconocer como característica suya.
Entonces, dijo simplemente, “Estoy escuchando.” Libia respiró profundo, consciente de que este era el momento que había estado posponiendo durante semanas.
No había más lugar para esconderse. Aquella noche que nos conocimos comenzó sus manos temblando levemente alrededor de la taza de té.
No fui ahí solo porque quería conocerte. Fui porque mi mejor amiga me pagó 9,000 pesos para ir vestida así a propósito, para verte mal intencionalmente.
Las palabras salieron atropelladas como si hubieran estado contenidas tanto tiempo que ahora se derramaban sin control.
Gustavo parpadeó claramente no esperando eso. ¿Qué? Libia continuó. Las palabras fluyendo ahora que había roto el sello.
Me dijo que era para un experimento social sobre comportamiento masculino en citas, que quería documentar cómo reaccionaban los hombres cuando las expectativas no se cumplían.
Y yo yo estaba desesperada, meses sin trabajo decente, la renta vencida, amenazas de desalojo.
Esos 9,000 pesos eran la diferencia entre mantener mi apartamento o perderlo. Gustavo la miraba sin expresión legible, procesando.
Libia no podía detenerse ahora. Después descubrí que no había ningún experimento, que ella había estado obsesionada contigo durante meses, que te había visto en redes sociales, que sabía quién eras.
Y cuando le mencioné casualmente que tenía una cita contigo, sintió envidia. Así que me pagó para arruinar mis propias posibilidades, porque ella quería tener las suyas contigo después.
Libia se limpió una lágrima que había escapado sin que se diera cuenta. Pero lo que pasó esa noche, la conversación que tuvimos, las cosas que compartimos, eso fue real.
Yo no fingí eso. No fingí conectar contigo ni las emociones ni nada de lo que sentí.
Solo fingí el contexto inicial y sé que eso probablemente no hace mucha diferencia, pero necesitaba que supieras la verdad antes de que esto fuera más lejos.
El silencio que siguió se sintió interminable. Gustavo había dejado su café sin tocar, mirándola con una expresión que Libia no podía descifrar.
Finalmente habló. Y cuando planeabas decirme esto su voz era calmada, peligrosamente calmada. Libia se encogió.
Traté de decírtelo en la junta antes de que llegaran Valentina y Roberto, pero luego se volvió formal y profesional y no encontré el momento correcto y cuanto más tiempo pasaba, más difícil se volvía.
Gustavo asintió lentamente, mirando hacia su café como si contuviera respuestas. Entonces, durante todas estas semanas, mientras trabajabas en las ilustraciones, mientras hablábamos, mientras yo pensaba que estábamos construyendo algo, tú sabías que todo había empezado como fraude.
Las palabras eran declaración, no pregunta. Sí, admitió Libia, la vergüenza quemándola desde adentro. Y lo siento.
Siento haberme quedado callada tanto tiempo. Siento haber aceptado ese dinero en primer lugar. Siento que tu primera impresión de mí fue manufacturada en lugar de genuina.
Siento todo esto. Gustavo se recargó en su silla pasándose una mano por el cabello y Libia podía ver cómo procesaba capa tras capa de lo que ella acababa de revelar.
“Devolviste el dinero”, preguntó finalmente. Lidia negó con la cabeza. “Lo usé para pagar la renta y las facturas.
Todavía lo necesitaba, aunque odiaba cada segundo de tenerlo. Gustavo la miró directamente entonces. ¿Y el proyecto?
¿Aceptaste trabajar conmigo por culpa, por intentar compensar el engaño inicial? La pregunta la atravesó porque contenía verdad que ella no había querido examinar.
Parcialmente, admitió Libia, pero también porque realmente quería el trabajo, porque era exactamente lo que necesitaba creativa y financieramente, porque creía que podía hacer algo excepcional con ello.
Mis motivaciones estaban mezcladas y confusas, y probablemente no completamente puras. Se limpió otra lágrima.
Pero el trabajo que he hecho es honesto. Las ilustraciones son lo mejor que tengo para dar.
Esa parte al menos es real. Gustavo permaneció en silencio durante largo rato y Libia podía ver pensamientos cruzando su rostro como nubes cambiantes.
Finalmente suspiró profundo. “No sé cómo sentirme respecto a esto”, dijo honestamente. “Parte de mí está molesto porque me hiciste creer algo que no era cierto.
Parte de mí entiende la desesperación que te llevó ahí. Y parte de mí sigue creyendo que lo que compartimos esa noche fue real, independientemente de cómo empezó.
Fue real, insistió Libia, al menos de mi lado. Cuando te hablé de mi vida, de mis miedos, de mi relación con mi mamá, todo eso era verdad.
No actué vulnerabilidad, no fingí conexión, solo llegué ahí con intenciones equivocadas que cambiaron completamente una vez que empezamos a hablar.
Gustavo asintió lentamente. Eso hace que sea más complicado, ¿sabes? Sería más fácil si todo hubiera sido mentira.
Podría simplemente estar enojado y terminar con esto limpiamente. Pero si fue real mezclado con fraude, entonces tengo que decidir qué pesa más.
Tomó su café finalmente, bebiendo como si necesitara algo que hacer con las manos. Necesito tiempo para procesar esto, para pensar qué significa y cómo me siento al respecto.
Libia asintió. Sintiendo el nudo en su garganta apretándose. Lo entiendo completamente y si quieres terminar el proyecto, lo acepto.
Puedo devolverte lo que ya me pagaron o encontrar a alguien más para terminarlo, lo que necesites.
Gustavo la miró con algo parecido a tristeza. No quiero terminar el proyecto. Tu trabajo es excepcional y sería estúpido dejarlo ir por orgullo herido, pero necesito espacio.
Necesito no hablar contigo fuera del contexto profesional por un tiempo mientras averiguo cómo siento respecto a todo esto.
Las palabras dolieron más de lo que Libia había anticipado, pero las aceptó como lo que eran, consecuencia justa de sus decisiones.
Por supuesto, lo que necesites. Se levantó para irse, sintiendo que quedarse más tiempo solo empeoraría las cosas.
Gustavo no se levantó con ella, solo la miró mientras ella recogía su bolso. “Libia”, dijo cuando ella estaba por salir.
Ella se detuvo volteando. “Gracias por finalmente decirme la verdad. Sé que no fue fácil.”
Y había algo en su voz que sonaba como perdón futuro, como posibilidad de eventualmente entender, como puerta entreabierta, en lugar de cerrada violentamente.
Las semanas que siguieron a la confesión se sintieron como vivir en un limbo emocional extraño.
Libia continuaba trabajando en las ilustraciones, enviando actualizaciones profesionales a través de Valentina y Roberto, recibiendo feedback técnico que ya no venía directamente de Gustavo.
Los mensajes personales se habían detenido por completo. No más fotos de café, no más preguntas sobre cómo iba su día, no más conversaciones nocturnas que rozaban la intimidad, solo correos corporativos con lenguaje formal y distancia medida.
Libia se decía que esto era lo correcto, lo justo, la consecuencia natural de sus decisiones, pero dolía de todas formas, como perder algo que apenas había comenzado a florecer antes de que las heladas lo marchitaran.
Prematuramente. El trabajo se convirtió en su refugio y su penitencia simultáneamente. Cada ilustración era un intento de demostrar que al menos en esto era genuina, que su talento no era fraude, que merecía esta oportunidad incluso si la forma en que llegó a ella estaba manchada.
Trabajaba hasta tarde, perfeccionando detalles que probablemente nadie más notaría, invirtiendo horas en elecciones de color que tal vez eran solo procrastinación disfrazada de profesionalismo.
Su apartamento se llenó de vocetos, pruebas de impresión, muestras de paletas. Las paredes que antes solo reflejaban su fracaso, ahora mostraban evidencia de que todavía podía crear algo hermoso cuando se lo permitía.
Era un consuelo pequeño, pero era algo. Una tarde, mientras trabajaba en la quinta ilustración de la serie, su teléfono sonó con un número que no reconoció, pero que tenía código de Guadalajara.
Contestó con cautela. Bueno. La voz de su mamá llenó la línea cálida y familiar, y Libia sintió algo aflojándose en su pecho que no sabía que estaba apretado.
Mi hija, ¿cómo estás? Hace semanas que no sé de ti. Había preocupación genuina en su tono.
Ese tipo de preocupación maternal que detecta problemas incluso a través de kilómetros de distancia y líneas telefónicas.
Libia había estado evitando llamar porque no confiaba en su propia capacidad de fingir que todo estaba bien.
Pero ahora, escuchando la voz de su mamá, sintió el impulso abrumador de ser honesta por una vez.
Mamá, empezó y su voz se quebró levemente. He estado pasando por cosas difíciles. Y entonces, como si esas palabras hubieran abierto una compuerta, todo salió.
La crisis financiera, la desesperación, los 9,000 pes, la cita fraudulenta, la confesión a Gustavo, el proyecto que continuaba, pero la conexión personal que probablemente había destruido.
Habló durante lo que se sintieron como horas y su mamá escuchó sin interrumpir, haciendo sonidos pequeños de comprensión o empatía, pero dejándola vaciar todo el peso que había estado cargando sola.
Cuando finalmente terminó, exhausta por la catarsis verbal, hubo un silencio largo del otro lado.
“¡Ay, mi hija!” , dijo su mamá finalmente, y había tantas emociones en esas dos palabras, que Libia sintió lágrimas brotando.
“Has estado cargando todo esto sola durante tanto tiempo. ¿Por qué no me dijiste que las cosas estaban tan difíciles?”
Libia se limpió las mejillas con el dorso de la mano. Porque tú trabajaste tanto para que yo pudiera estudiar, para que tuviera oportunidades.
No quería decepcionarte diciéndote que no pude hacerlo funcionar. Su mamá suspiró profundamente. Escúchame bien, Libia Elena Nováez.
No hay nada que puedas hacer que me decepcione tanto como verte sufrir sola porque tienes miedo de decirme la verdad.
El éxito no es una línea recta. A veces caemos, a veces tomamos decisiones desesperadas que no son las mejores.
Eso no te hace un fracaso, te hace humana. Las palabras penetraron defensas que Libia había construido durante meses, tal vez años.
Pero hice algo terrible, mamá. Engañé a alguien que no merecía ser engañado. Y lo peor es que lo hice por dinero.
Su mamá se quedó en silencio un momento, eligiendo sus palabras. Hiciste algo cuestionable en circunstancias desesperadas.
Pero después hiciste lo más difícil. Dijiste la verdad, incluso sabiendo que podrías perderlo todo.
Eso requiere más coraje que nunca haber cometido el error en primer lugar. Hizo una pausa.
Y mi hija, sobre el dinero que necesitabas, ¿por qué no me pediste ayuda otra vez?
¿Sabes que aunque no tengamos mucho, siempre hay algo para ti. Libia sintió más lágrimas cayendo.
Ya te había pedido prestado antes. No quería seguir siendo tu carga. No eres una carga”, dijo su mamá con firmeza.
“Eres mi hija y ayudarte no es obligación que me molesta, es privilegio que agradezco, ¿me entiendes?”
Libia asintió aunque su mamá no pudiera verla, la garganta demasiado cerrada para hablar. Su mamá continuó, “Más suave ahora.
Respecto a ese hombre, Gustavo, ¿todavía sientes algo por él?” La pregunta atravesó a Libia porque la había estado evitando conscientemente durante semanas.
Sí, admitió en voz baja, pero arruiné cualquier posibilidad antes de que realmente empezara. Su mamá hizo ese sonido que hacía cuando estaba pensando, ese pequeño murmullo que Libia conocía desde la infancia.
Si vale la pena, encontrarás la forma. Y si no, al menos aprendiste algo importante sobre ti misma en el proceso.
Hablaron un poco más sobre cosas pequeñas y grandes y cuando finalmente colgaron, Libia se sintió simultáneamente más ligera y más pesada, como si hubiera transferido parte del peso, pero también hubiera aceptado su realidad más completamente.
Los días siguientes, Libia notó algo cambiando en su forma de trabajar. Antes había estado creando desde un lugar de culpa y compensación, intentando ser lo suficientemente buena para merecer el perdón.
Pero después de hablar con su mamá, empezó a crear desde un lugar diferente, desde la aceptación de que había cometido errores, pero que su arte seguía siendo válido, que su talento no estaba definido por sus peores decisiones.
Las ilustraciones que emergieron tenían una calidad diferente, algo más libre, más auténtico. Valentina lo notó en su siguiente llamada de revisión.
No sé qué cambió Olivia, pero estas últimas piezas tienen algo especial. Hay una profundidad emocional que las anteriores no tenían y esas ya eran excepcionales.
Libia agradeció el cumplido sin explicar que la profundidad probablemente venía de haber finalmente dejado de esconderse de sí misma.
El proyecto estaba acercándose a su conclusión. Solo faltaba una ilustración, la última de la serie, la que representaría el hotel Insignia de la Cadena.
Libia había estado posponiendo esta específicamente porque sabía que Gustavo tenía conexión personal especial con esa propiedad.
Era el primer hotel que había abierto, el que había construido con dinero prestado y fe ciega, el que casi lo arruina antes de salvarlo.
Roberto le había enviado todo el material de referencia, fotos de arquitectura, descripciones de la experiencia del huésped, historia del edificio, pero Libia sentía que le faltaba algo crucial, algún elemento que no estaba en los documentos oficiales.
Necesitaba entender qué significaba ese lugar para Gustavo personalmente. Solo corporativamente. Después de días de intentar crear algo que se sentía incompleto, Libia tomó una decisión que probablemente era estúpida, pero necesaria.
Le escribió a Gustavo directamente, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos. El mensaje fue breve, profesional, sin pretensiones de reconexión personal.
Gustavo, estoy trabajando en la última ilustración, la del hotel en Oaxaca. Tengo todo el material técnico, pero siento que me falta algo.
Ese lugar claramente significa algo especial para ti. ¿Estarías dispuesto a compartir qué es lo que quieres que la gente sienta cuando vean esa imagen?
No como cliente, sino como la persona que construyó ese sueño. Envió el mensaje antes de que pudiera arrepentirse y luego pasó la siguiente hora mirando su teléfono obsesivamente, esperando una respuesta que tal vez nunca llegaría.
La respuesta llegó esa noche cuando Libia ya había aceptado que tal vez había cruzado un límite que no debía.
Libia, gracias por preguntar. Tienes razón, ese lugar es diferente para mí. Podemos hablar mañana.
Hay cosas que son más fáciles de explicar en conversación que por mensaje. Libia sintió su corazón acelerándose.
Esto no era reconciliación necesariamente, pero era comunicación. Era un puente después de semanas de silencio.
Aceptó inmediatamente y acordaron una llamada para la tarde siguiente. Libia pasó las horas previas, nerviosa, ensayando mentalmente cómo mantener la conversación profesional, cómo no presionar por más de lo que él estaba dispuesto a dar, cómo respetar los límites que él había establecido legítimamente.
Cuando el teléfono sonó, Libia dejó que timbrara dos veces antes de contestar, intentando parecer casual, aunque su pulso estaba corriendo.
Hola. La voz de Gustavo sonaba diferente de cómo la recordaba. Había una suavidad que no había estado ahí en su última conversación presencial.
Hola, Libia, ¿cómo has estado? La pregunta era simple, pero cargada, abriendo espacio para honestidad o formalidad, según ella eligiera, trabajando mucho, respondió.
Las ilustraciones están quedando bien. Al menos eso creo. Gustavo hizo un sonido afirmativo. Valentina me ha estado mostrando los avances.
Son más que bien. Son extraordinarias. Hubo una pausa y luego, pero esa no fue realmente mi pregunta.
Te pregunté cómo has estado tú, la persona, no el trabajo. Libia sintió algo apretándose en su pecho.
Honestamente, ha sido complicado trabajar en esto mientras procesaba todo lo demás, pero tuve una conversación con mi mamá que ayudó a poner cosas en perspectiva.
Se detuvo sin saber cuánto compartir. Me hizo darme cuenta de que he estado cargando mucha vergüenza que tal vez necesito soltar para poder avanzar.
Gustavo permaneció en silencio durante un momento. He estado pensando mucho también sobre lo que me dijiste, sobre cómo empezó todo, sobre qué significa.
Libia contuvo la respiración y llegué a algunas conclusiones que quiero compartir contigo, pero primero déjame contarte sobre el hotel en Oaxaca, que es para lo que originalmente íbamos a hablar.
Durante la siguiente media hora, Gustavo habló sobre ese primer hotel con una apertura que Libia no había escuchado incluso en su primera noche juntos.
Habló sobre cómo lo construyó como homenaje a su mamá, quien siempre había soñado con tener un lugar donde la gente se sintiera en casa, lejos de casa, cómo casi pierde todo cuando las primeras reservaciones fueron desastrosas, cómo estuvo a días de la bancarrota.
¿Cómo el éxito eventual se sintió menos como victoria y más como alivio de no haber fallado completamente.
Habló sobre los detalles arquitectónicos que eligió personalmente, las fotos familiares que colgó en las paredes, la forma en que diseñó cada espacio para que contara una historia sobre pertenencia y refugio.
Y mientras hablaba, Libia tomaba notas frenéticas, pero también solo escuchaba, absorbiendo no solo información, sino emoción, sintiendo cómo ese lugar vivía en la narrativa de Gustavo.
Cuando terminó, hubo un silencio cargado, pero no incómodo. “Gracias por compartir eso”, dijo Libia finalmente.
“Ahora entiendo qué necesito capturar. No es solo un edificio, es un sentimiento de refugio construido desde amor y pérdida.”
Gustavo hizo un sonido afirmativo. Exactamente. Sabía que lo entenderías. Es por eso que quería que tú hicieras esto.
Otra pausa y luego Libia sobre lo otro, sobre nosotros o lo que sea que esto es.
Libia sintió su respiración detenerse. He tenido tiempo de procesar todo lo que me dijiste.
Y tienes razón. El contexto inicial fue manufacturado, pero también has tenido razón en que lo que pasó después fue real y he estado tratando de decidir qué pesa más.
¿Y a qué conclusión llegaste? Preguntó Libia, su voz apenas más alta que un susurro.
Gustavo exhaló lentamente, que todos tenemos momentos donde tomamos decisiones desesperadas que no son nuestras mejores versiones y que lo que defines a una persona no es el error, sino qué hace después.
Tú me dijiste la verdad sabiendo que podrías perder el proyecto y cualquier posibilidad conmigo.
Eso requiere coraje que la mayoría de la gente no tiene. Hizo una pausa. Así que creo que quiero intentar esto de nuevo, empezar desde un lugar honesto esta vez, sabiendo quiénes somos realmente, incluyendo nuestras partes rotas.
Las palabras flotaron entre ellos como promesa frágil, como posibilidad de algo que podría construirse correctamente desde escombros de lo que casi fue.
¿Estás seguro?, preguntó Libia, necesitando confirmar que había escuchado correctamente. Porque no quiero que sientas que tienes que hacer esto por compasión o porque el proyecto está casi terminado.
Gustavo se rió suavemente. No es compasión, Libia, es que durante esta semana, sin hablar contigo, me di cuenta de que te extrañaba.
Extrañaba tu forma de ver el mundo, tus mensajes nocturnos, la manera en que tu mente trabaja y la vida es demasiado corta para dejar ir conexiones genuinas solo porque empezaron imperfectamente.
Libia sintió lágrimas rodando por sus mejillas, estas de alivio y gratitud más que de culpa.
No sé qué decir. Gustavo respondió con calidez en su voz. Di que terminarás esa última ilustración y luego di que irás a cenar conmigo cuando la entregues.
Una cita real esta vez, sin agendas ocultas ni dinero de por medio. Solo dos personas intentando conocerse honestamente.
Libia rió entre lágrimas. Puedo hacer eso. Hablaron un poco más sobre detalles pequeños y planes tentativos.
Y cuando finalmente colgaron, Libia se quedó sentada en su apartamento diminuto, sintiendo que algo había cambiado fundamentalmente.
No era que todo estuviera arreglado perfectamente, ni que las consecuencias de sus decisiones hubieran desaparecido mágicamente.
Pero había honestidad ahora, donde antes había engaño. Había posibilidad donde antes había solo culpa.
Y eso era suficiente para empezar a construir algo real. Se giró hacia su computadora y abrió el archivo de la última ilustración con energía renovada, finalmente sabiendo exactamente qué necesitaba capturar.
Refugio construido desde amor y pérdida. Segundas oportunidades nacidas de honestidad difícil, belleza emergiendo de cimientos imperfectos.
Libia trabajó en la última ilustración con una intensidad que bordeaba lo espiritual. Cada trazo llevaba el peso de todo lo que Gustavo le había compartido sobre ese hotel, sobre su mamá, sobre refugio y pertenencia.
Pasó días perfeccionando detalles, la forma en que la luz caía sobre la fachada colonial, las bugambilias desbordándose de los balcones, la calidez que emanaba de las ventanas iluminadas, sugiriendo hogares temporales donde extraños se convertían en familia.
Pero más que la arquitectura, intentó capturar el sentimiento que Gustavo había descrito, esa sensación de llegar a un lugar y exhalar finalmente después de contener la respiración durante demasiado tiempo.
Cuando terminó, se quedó mirando la pantalla durante largo rato, sabiendo que esta era probablemente la mejor pieza que había creado en su vida, no por técnica perfecta, sino porque contenía verdad emocional que no podía falsificarse.
Envió el archivo final con un mensaje simple. Espero haber capturado lo que ese lugar significa.
La respuesta de Gustavo llegó menos de una hora después. Es perfecta. Es exactamente como se siente ese lugar en mis mejores recuerdos.
Gracias por entenderlo tan profundamente. Y luego en un mensaje separado, ¿sigues libre para esa cena?
Pensé que podríamos celebrar el proyecto terminado y también simplemente pasar tiempo juntos sin presión de trabajo o confesiones difíciles.
Libia sintió mariposas en el estómago que no había sentido en meses, tal vez años.
“Me encantaría,” respondió. Acordaron encontrarse dos noches después en un restaurante pequeño que Gustavo conocía.
Nada ostentoso, solo comida honesta y ambiente tranquilo. Esta vez Libia se vistió con cuidado deliberado, eligiendo ropa que la hacía sentir como ella misma en su mejor versión.
Vestido sencillo, color verde oscuro, el cabello suelto y natural, maquillaje mínimo que resaltaba en lugar de ocultar.
Se miró en el espejo y vio a alguien que reconocía, alguien que había sobrevivido a sus propios errores y salido del otro lado todavía intacta.
El restaurante estaba en San Ángel, una zona que Libia conocía poco, y cuando entró encontró a Gustavo ya esperando en una mesa del fondo.
Él se levantó cuando la vio y hubo un momento de excitación antes de que él decidiera besarla en la mejilla, un gesto simple que de alguna forma se sintió significativo en su normalidad.
“Te ves hermosa,”, dijo. Y no había performance en las palabras, solo observación genuina. Libia sintió calor en las mejillas.
Gracias, tú también te ves bien. Y era verdad, Gustavo llevaba jeans y camisa casual sin el traje corporativo, viéndose más relajado de lo que ella lo había visto incluso en su primer encuentro.
Se sentaron y hubo ese momento inicial de incomodidad que viene con empezar algo de nuevo después de que se rompió y tuvo que repararse.
Pero entonces Gustavo sonríó, esa sonrisa pequeña que Libia había llegado a reconocer y dijo, “Entonces, cuéntame algo real sobre ti que no tenga nada que ver con diseño o trabajo o drama pasado, solo algo que te haga ser quién eres.”
Libia pensó durante un momento, apreciando la pregunta por lo que era. Invitación a construir desde cero con honestidad, colecciono piedras, dijo finalmente y se rió un poco de lo absurdo que sonaba en voz alta.
Desde que era niña, cada vez que voy a algún lugar nuevo, recojo una piedra pequeña y la guardo.
Tengo frascos llenos en mi apartamento. Mi mamá dice que es ridículo, que solo es basura ocupando espacio.
Pero para mí cada una cuenta una historia sobre dónde estuve y quién era en ese momento.
Gustavo la miraba con esa atención completa que ella recordaba de su primera noche. Eso es hermoso.
¿Tienes alguna favorita? Libia asintió. Hay una del funeral de mi papá. La recogí del jardín del cementerio cuando todos se habían ido.
Es solo una piedra gris común, pero cuando la sostengo, recuerdo que sobreviví ese día y si sobreviví eso, puedo sobrevivir cualquier cosa.
El silencio que siguió fue respetuoso, cargado de comprensión mutua. Luego Gustavo compartió, “Yo tengo algo similar.
Guardo boletos de cine. Todas las películas que he visto desde que mi mamá murió.
Ella amaba el cine. Íbamos juntos todo el tiempo. Así que ahora cada vez que voy guardo el boleto como prueba de que todavía la llevo conmigo de alguna forma.
Libia sintió algo apretándose en su pecho. Esa sensación de reconocer en otro una grieta similar a la tuya.
¿Cuál fue la última que viste? Gustavo pensó un momento, una cosa francesa rara sobre un chef que pierde el sentido del gusto.
Era deprimente, pero hermosa. Creo que mi mamá la habría amado. Sonríó tristemente. Aunque probablemente me habría criticado por ir solo en lugar de llevar una cita.
Libia rió suavemente. Bueno, la próxima vez no tienes que ir solo. Si quieres compañía, claro.
La oferta flotó entre ellos. Casual en superficie, pero significativa en sus implicaciones. Gustavo la sostuvo con la mirada.
Me gustaría eso. Me gustaría mucho. La cena continuó con conversaciones que fluían naturalmente entre lo profundo y lo trivial, entre risas compartidas y silencios cómodos.
Hablaron sobre infancias, sobre sueños abandonados y otros que persistían tercamente, sobre miedos que nadie más conocía.
Gustavo confesó que a veces sentía que el éxito lo había atrapado en una versión de sí mismo que no reconocía completamente, que extrañaba la simplicidad de cuando luchaba, pero al menos sabía claramente quién era.
Libia admitió que había estado tan enfocada en sobrevivir que había olvidado preguntarse para qué estaba sobreviviendo, qué quería de la vida más allá de solo no fracasar.
Creo que tal vez eso es parte de por qué conectamos”, dijo Gustavo pensativamente. “Ambos estamos un poco perdidos, solo en direcciones diferentes.”
Cuando terminaron de cenar y el mesero llevó la cuenta, Gustavo la tomó, pero Libia detuvo su mano gentilmente.
“Déjame pagar la mitad. Quiero que esto sea entre iguales, no como cliente y diseñadora o como alguien rescatando a alguien más.”
Gustavo la miró con algo parecido a admiración. De acuerdo, me parece justo. Dividieron la cuenta matemáticamente y había algo satisfactorio en ese gesto pequeño de equilibrio.
Salieron del restaurante a una noche fresca de Ciudad de México, las calles de San Ángel iluminadas suavemente y relativamente tranquilas para ser la capital.
¿Quieres caminar un poco?, preguntó Gustavo. Libia asintió y comenzaron a andar sin dirección particular, solo moviéndose juntos por las calles empedradas.
En algún punto sus manos se rozaron accidentalmente y luego deliberadamente, y entonces Gustavo entrelazó sus dedos con los de ella como si fuera la cosa más natural del mundo.
Caminaron así durante cuadras, hablando intermitentemente, pero también simplemente existiendo en el espacio compartido. Eventualmente llegaron a una plaza pequeña con una fuente en el centro y bancas alrededor.
Se sentaron todavía tomados de la mano, mirando el agua iluminada. “Libia”, dijo Gustavo después de un rato.
“Quiero decirte algo y necesito que sepas que no lo digo a la ligera.” Ella volteó a mirarlo sintiendo su pulso acelerarse.
Sé que esto es nuevo, que recién estamos empezando realmente, pero creo que lo que tenemos, esta conexión es especial.
Y no quiero dejarlo ir por miedo o por orgullo o por el pasado complicado.
Quiero construir algo real contigo desde aquí, desde este momento honesto. Libia sintió lágrimas picando en sus ojos, pero estas eran diferentes a todas las lágrimas que había derramado en los últimos meses.
Yo también quiero eso dijo. Su voz temblorosa pero firme. Y sé que voy a meter la pata a veces porque soy humana y estoy rota en algunos lugares.
Pero prometo ser honesta contigo. Prometo no esconderme detrás de versiones falsas de mí misma, sean mejores o peores que quien realmente soy.
Gustavo levantó su mano libre y tocó su mejilla suavemente. Todos estamos rotos en algunos lugares.
Eso es lo que nos hace interesantes. Se inclinó hacia delante lentamente, dándole tiempo de retirarse si quería.
Pero Libia se inclinó hacia él también, cerrando la distancia. El beso fue suave, tentativo al principio, luego más seguro y cuando finalmente se separaron, ambos estaban sonriendo.
Eso fue mejor que cualquier cosa que había imaginado”, murmuró Gustavo. Libia ríó sintiéndose más ligera de lo que se había sentido en años.
Se quedaron en esa plaza hasta tarde hablando sobre futuros posibles sin presión de definirlos completamente.
Gustavo mencionó que estaba considerando abrir otro hotel, tal vez en la costa, y preguntó medio en broma si Libia querría estar involucrada en el concepto creativo desde el principio.
Ella dijo que le encantaría, pero también que quería empezar a trabajar en su propio proyecto paralelo.
Un libro ilustrado que había estado soñando durante años, pero nunca había tenido el coraje de comenzar.
Ahora tengo suficiente estabilidad financiera para arriesgarme en algo que tal vez no tenga retorno inmediato, explicó.
Y creo que si no lo intento ahora, nunca lo haré. Gustavo apretó su mano.
Lo vas a lograr y voy a estar ahí celebrando cuando lo hagas. La certeza en su voz hizo que Libia creyera que tal vez era posible.
Eventualmente tuvieron que reconocer que era tarde y ambos tenían responsabilidades al día siguiente, Gustavo la acompañó a conseguir un taxi, pero antes de que ella subiera, la detuvo una última vez.
“Gracias”, dijo simplemente. Libia ladeó la cabeza. ¿Por qué, Gustavo sonrió? Por ser valiente suficiente para decirme la verdad, incluso cuando era difícil, por darme la oportunidad de elegir perdonar en lugar de asumir que no lo haría, por ser real conmigo desde ese primer momento en el rooftop, incluso si las circunstancias eran raras, Libia sintió emoción inundándola.
Gracias a ti por darme esa segunda oportunidad, por ver más allá del error hacia la persona que estaba tratando de ser.
Se besaron de nuevo más largo esta vez. Y cuando finalmente se separaron, ambos sabían que esto era el comienzo de algo que valía proteger.
En el taxi de regreso a la condesa, Libia miraba por la ventana a la ciudad pasando, las luces borrosas creando patrones abstractos.
Pensó en todo el camino que había recorrido desde la desesperación que la había llevado a aceptar esos 9000 pesos, pasando por la culpa aplastante de vivir con engaño hasta la libertad frágil, pero real haber confesado y sido perdonada.
Pensó en Jimena, a quien probablemente necesitaría perdonar eventualmente, pero todavía no estaba lista. Pensó en su mamá, a quien llamaría mañana para contarle cómo había ido la cena.
Pensó en las ilustraciones que había creado, evidencia tangible de que podía hacer algo hermoso, incluso cuando todo lo demás se estaba desmoronando, y pensó en Gustavo, en cómo a veces las mejores cosas empiezan de las formas más imperfectas.
Cuando llegó a su apartamento, Libia entró y por primera vez en meses no sintió las paredes cerrándose sobre ella.
Seguía siendo pequeño, seguía teniendo manchas de humedad, seguía siendo modesto, pero ya no se sentía como prisión, se sentía como punto de partida.
Encendió su laptop y abrió un documento nuevo. En la parte superior escribió: “Proyecto libro ilustrado, borrador uno.”
Y luego, porque el momento lo pedía, abrió el cajón de su escritorio y sacó uno de los frascos con piedras.
Eligió una del fondo, una que había recogido hace años en un viaje universitario a Puebla, cuando todavía creía que el mundo estaba lleno de posibilidades infinitas.
La sostuvo en su palma sintiendo su peso sólido y decidió que era momento de creer eso de nuevo.
Su teléfono vibró con un mensaje de Gustavo. “Llegaste bien.” Ella respondió, “Sí, gracias por esta noche.
Fue perfecta.” Él envió de vuelta. “Solo la primera de muchas, espero.” Libia sonríó. Guardó el teléfono y miró la pantalla en blanco de su documento.
Había infinitas formas en que su vida podría desarrollarse desde este punto. Algunas aterradoras, algunas emocionantes, probablemente la mayoría una mezcla de ambas.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Libia sentía que tenía agencia en cómo se desarrollaría esa historia.
Había cometido errores, sí, había tomado decisiones desesperadas que la habían llevado por caminos oscuros, pero también había encontrado el coraje de ser honesta cuando importaba.
Había creado arte que significaba algo. Había abierto su corazón a la posibilidad de amor, incluso después de casi destruirlo con sus propias manos.
Comenzó a escribir las palabras fluyendo más fácilmente de lo que había esperado. No era perfecto, no era pulido, pero era genuino.
Y mientras escribía, mientras creaba algo desde la vulnerabilidad en lugar del miedo, Libia supo que finalmente estaba en el camino correcto.
No porque todo se hubiera arreglado mágicamente, no porque ya no tuviera problemas o dudas, sino porque estaba eligiendo enfrentar su vida con honestidad en lugar de esconderse de ella.
Y eso decidió era suficiente para empezar a construir algo hermoso. Afuera, la Ciudad de México continuaba su ritmo incansable.
Pero dentro del apartamento pequeño en la Condesa, Libia Novaes finalmente había encontrado algo parecido a la paz y también algo parecido al amor y definitivamente algo parecido a la esperanza de que los finales pueden ser comienzos si tienes el coraje de dejarlo serlo.
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